Un buen partido
5.10
La casa de Baitar, donde vivían el nawab sahib y sus hijos, y que durante generaciones había sido habitada por sus ancestros, era uno de los edificios más hermosos de Brahmpur. Tenía una larga fachada de color amarillo pálido, persianas verde oscuro, columnatas, techos altos, grandes espejos, muebles macizos y lóbregos, candelabros, retratos al óleo de los anteriores habitantes de la casa y fotografías enmarcadas que, a lo largo de los pasillos, conmemoraban las visitas de diversas autoridades británicas: casi todos los visitantes, al observar los alrededores, sucumbían a una especie de melancólico sobrecogimiento, reforzado en los últimos tiempos por el aspecto polvoriento y descuidado de extensas zonas de la mansión, cuyos antiguos ocupantes se habían marchado a Pakistán.
Begum Abida Khan también vivió aquí con su marido, el hermano menor del nawab sahib. Para su irritación, durante muchos años permaneció recluida en las habitaciones que ocupaban las mujeres, antes de convencer a su marido de que le permitiera un contacto más lógico y directo con el mundo exterior. Y con el tiempo resultó ser más eficaz que él en las causas sociales y políticas. Con la Partición, su marido —firme partidario de la división del país— se dio cuenta de lo vulnerable que era su posición en Brahmpur y decidió marcharse.
Primero fue a Karachi. Más tarde —en parte porque no sabia con certeza cómo afectaría su asentamiento en Pakistán a sus propiedades y a la situación de su mujer en la India, en parte porque no era una persona sedentaria y en parte porque era religioso— fue a Iraq a visitar varios santuarios chiítas, y durante una época se instaló allí. Hasta tres años más tarde no regresó a la India, y nadie sabía qué planeaba hacer.
Él y Abida no tenían hijos, por lo que quizá tampoco tenía mucha importancia.
La cuestión de los derechos de propiedad quedó pendiente. Baitar no era —como Marh— un principado sujeto a primogenitura, sino una gran hacienda zamindari cuyo territorio se hallaba completamente dentro de la India británica, y que estaba sujeto a las leyes de herencia musulmanas. Existía la posibilidad de dividir la propiedad en caso de
muerte o disolución de la familia, pero eso era algo que no había ocurrido en generaciones, y casi todo el mundo había seguido viviendo en la misma laberíntica casa de Brahmpur o en Fuerte Baitar, si no de una manera amigable, al menos sin litigios. Y debido al constante ajetreo, las visitas, las fiestas, las celebraciones, tanto en las habitaciones de los hombres como de las mujeres reinaba una atmósfera de vitalidad y energía.
Con la Partición las cosas cambiaron. La casa ya no fue la gran comunidad que había sido siempre. En muchos aspectos se convirtió en un lugar desolado. Tíos y primos se dispersaron rumbo a Karachi o Lahore. De los tres hermanos, uno había muerto, otro se había marchado y sólo el apacible viudo, el nawab sahib, seguía viviendo allí.
Cada vez pasaba más tiempo en su biblioteca, leyendo poesía persa, historia de Roma o cualquier cosa que se le antojara. Dejaba casi todos los asuntos administrativos de su hacienda de Baitar —la fuente de casi todos sus ingresos— a su munshi. Ese eficaz medio administrador y medio secretario no le animaba a que dedicara demasiado tiempo a sus asuntos de zamindar. Para las cuestiones no relacionadas con sus propiedades, el nawab sahib tenía un secretario particular.
Con la muerte de su esposa, y a medida que iba envejeciendo, el nawab sahib se volvía cada vez menos sociable, más consciente de la proximidad de su muerte. Deseaba pasar más tiempo con sus hijos, pero éstos estaban en la veintena, y solían tratar a su padre con afectuosa distancia. Los estudios de abogacía de Firoz, la carrera de medicina de Imtiaz, sus propios círculos de amigos, sus asuntos amorosos (de los cuales al padre le llegaban pocas noticias), les apartaban de la órbita de la Casa de Baitar. Y su querida hija Zainab rara vez le visitaba —sólo cada par de meses—, sólo cuando su marido le permitía a ella y a los dos nietos del nawab sahib ir a Brahmpur.
A veces incluso echaba de menos la fulgurante presencia de Abida, una mujer cuya franqueza y falta de pudor el nawab sahib desaprobaba instintivamente. Begum Abida Khan, diputada del Congreso, se había negado a someterse a las constricciones de la zenana y a las obligaciones de una mansión, y ahora vivía en una pequeña casa cerca de la Asamblea Legislativa. Creía que debía ser agresiva, y, si era necesario, descarada, a la hora de luchar por las causas que ella
consideraba justas o útiles, y veía al nawab sahib como alguien de nula utilidad. De hecho, tampoco tenía una elevada opinión de su marido, el cual, en su opinión, había «huido» de Brahmpur en medio del pánico y ahora se arrastraba por Oriente Medio en un estado de senilidad religiosa. Debido a que su sobrina Zainab —a la que apreciaba— estaba de visita, fue a presentar sus respetos a la Casa de Baitar, aunque el purdah que se esperaba que mantuviera la enfurecía, al igual que las críticas a su modo de vida procedentes de las ancianas mujeres de la zenana.
Después de todo, ¿quiénes eran esas mujeres que se arrogaban el papel de depositarias de la tradición y la historia familiar? Sólo dos viejas tías del nawab sahib y la viuda de su otro hermano. Nadie más quedaba de aquella zenana antaño concurrida. Los únicos niños que quedaban en la Casa de Baitar eran los que estaban de visita: los nietos del nawab sahib, de tres y seis años de edad. Les encantaba visitar la Casa de Baitar y Brahmpur, pues aquella enorme mansión les parecía excitante, y podían ver las mangostas deslizándose bajo las puertas de las habitaciones cerradas y abandonadas, y porque todo el mundo, desde Firoz mamu e Imtiaz mamu hasta los «viejos sirvientes» y cocineros, les hacían muchas fiestas. Y porque su madre parecía mucho más feliz allí que en casa.
Al nawab sahib no le gustaba lo más mínimo que le molestaran mientras estaba leyendo, aunque hacía una excepción con sus nietos.
Hassan y Abbas corrían con libertad por toda la casa. Fuera cual fuera el estado de ánimo del nawab, ellos le alegraban; incluso cuando estaba sumido en el impersonal consuelo de la historia, se sentía feliz de que le devolvieran al mundo real, siempre y cuando fueran sus nietos, y sólo ellos, quienes le arrancaran de los libros. Al igual que el resto de la casa, la biblioteca también se iba echando a perder. Aquella espléndida colección, reunida por su padre y que sus tres hermanos habían ampliado —cada uno con gustos distintos—, se hallaba en una habitación igualmente espléndida y de altas ventanas. Aquella mañana, el nawab sahib, que llevaba una kurta recién almidonada —con unos cuantos agujeros cuadrados que parecían provocados por las polillas (aunque qué polilla dejaría señales tan cuadradas?)-estaba sentado en
una mesa redonda, leyendo Las notas marginales de Lord Macaulay,33
seleccionadas por G. O. Trevelyan.
Los comentarios de Macaulay acerca de Shakespeare, Platón y Cicerón eran tan incisivos como perspicaces, y el editor estaba convencido que valía la pena publicar aquellas notas de su eminente tío.
Sus propios comentarios eran de declarada admiración: «Macaulay muestra respeto incluso por la poesía de Cicerón, al distinguir claramente entre la mala y la menos mala» era una frase capaz de provocar una leve sonrisa en el nawab sahib.
Aunque, después de todo, pensaba el nawab sahib, ¿cómo distinguimos lo que vale la pena hacer de lo que no? Yo, por ejemplo, ya estoy en plena decadencia, y no creo que valga la pena consumir el resto de mi vida combatiendo a los políticos, a los campesinos, a los pececillos de plata, a mi yerno o a Abida para conservar y mantener un
~ido cuya supervivencia requiere una lucha que se me hace excesiva.
Cada uno de nosotros habita un reducido dominio y regresa a la nada.
Supongo que si yo tuviera un tío tan distinguido como Lord Macaulay podría pasarme un año o dos cotejando y editando sus notas.
Y dio en meditar acerca de cómo la Casa de Baitar acabaría en nada con la abolición del zamindari y el agotamiento de los fondos procedentes de sus tierras. Y ya resultaba difícil, según su munshi, conseguir de los campesinos una renta aceptable. Éstos aducían que los tiempos eran difíciles, pero bajo esa excusa se percibía la sensación de que aquella relación de dependencia con el propietario estaba llegando a un inexorable fin. Entre aquellos que más despotricaban en contra del nawab sahib había algunos a quienes en el pasado había tratado con excepcional indulgencia, casi con generosidad, actitud que ahora no le podían perdonar.
¿Qué le sobreviviría? Se le ocurrió que aunque durante toda su vida había sido un gran amante de la poesía urdu, jamás había escrito un poema, ni un solo pareado, que fuera a pasar a la posteridad. En su opinión, aquellos que no vivían en Brahmpur menoscababan la poesía de Mast, aunque en sueños pudieran completar muchos de los ghazales que había escrito. Le sorprendía que no existiera ninguna edición
realmente crítica de los poemas de Mast, y comenzó a observar las motas de luz que flotaban entre el sol que se derramaba sobre su mesa.
Quizá, se dijo, tal como están las cosas, ésta es la labor más adecuada para mí. En cualquier caso, seguro que me llenaría de satisfacción.
Siguió leyendo, saboreando la perspicacia con que Macaulay analizaba el carácter de Cicerón sin pasar nada por alto: ese hombre entregado a la aristocracia que le había adoptado, hipócrita, devorado por la vanidad y el odio, y aun con todo indudablemente «grande». El nawab sahib, que en aquella época pensaba mucho en la muerte, se quedó perplejo ante la siguiente observación de Macaulay: «En mi opinión, los triunviros no le dieron ni más ni menos que su merecido.»
A pesar de que el libro había sido rociado con insecticida, un pececillo de plata surgió reptando del lomo y correteó por la mancha de sol que había en la mesa redonda. El nawab sahib se lo quedó mirando un instante, y se preguntó qué le había ocurrido a aquel joven que parecía tan entusiasmado con la idea de hacerse cargo de su biblioteca.
Había dicho que se pasaría por la Casa de Baitar, pero eso había sido lo último que el nawab sahib había sabido de él, y había transcurrido un mes desde entonces. Cerró el libro y lo sacudió, abrió una página al azar y siguió leyendo como si el nuevo párrafo enlazara directamente con el anterior:
El documento que más admiraba de toda la correspondencia era la respuesta de César al mensaje de gratitud de Cicerón en referencia a la generosidad que el conquistador había mostrado hacia los adversarios políticos que habían caído en su poder durante la rendición de Corfinio.
Contenía (eso solía decir Macaulay) la frase más elegante jamás escrita:
«Me alegro de que mi acción haya obtenido tu beneplácito; tampoco me preocupo cuando oigo decir que aquellos a quienes he dejado libres y con vida volverán a alzarse en armas contra mi; pues nada ambiciono más que ser yo mismo y que ellos sean quienes son.»
El nawab sahib leyó la frase varias veces. En una ocasión contrató a un profesor particular de latín, pero no llegó muy lejos. Ahora intentaba encajar las sonoras frases del inglés con las frases aún más sonoras del
original. Permaneció unos diez minutos como en un ensueño, meditando acerca del significado y la expresión de la frase, y así habría continuado si alguien no le hubiera tirado de la pernera de sus pantalones.
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