Un buen partido
11.16
Sanaki Baba hablaba con los ojos cerrados.
—Om. Om. Om.
El Señor es un océano de dicha, y yo soy una gota.
El Señor es un océano de amor, y yo formo parte de él.
Soy parte integrante del Señor.
Inhalad las vibraciones por la nariz.
Inhalad y exhalad.
Om alokam, Om anandam.
El Señor está en ti y tú formas parte del Señor.
Inhalad cuanto os rodea y al maestro divino.
Exhalad los malos sentimientos.
Sentid, no penséis.
No sintáis ni penséis.
El cuerpo no es vuestro, la mente no es vuestra, el intelecto no es vuestro.
Cristo, Mahoma, Buda, Rama, Krishna, Shiva: el mantra es anjapa jaap, el Señor no tiene nombre.
La música son vibraciones inaudibles. Que la música abra vuestros centros como si fueran flores de loto.
No debéis nadar, debéis fluir.
O flotar como la flor de loto.
OK.
Acabó. Sanaki Baba cerró la boca y abrió los ojos. Lentamente y a regañadientes, los que meditaban con él regresaron al mundo que habían abandonado. Fuera llovía a cántaros. Durante veinte minutos
encontraron la paz y la unidad en un mundo ajeno a conflictos y rivalidades. Dipankar tuvo la sensación de que todo el que había compartido la meditación debía de experimentar un cálido afecto por los demás. Se quedó consternado al presenciar la siguiente escena: La sesión apenas había acabado cuando el profesor dijo:
—¿Puedo hacer una pregunta?
—¿Por qué no? —dijo Sanaki Baba, como si estuviera soñando.
El profesor se aclaró la garganta.
—La pregunta se dirige a Madam —dijo, poniendo énfasis en la palabra «Madam», de manera que ésta no pudiera eludir la cuestión—.
En la inhalación y exhalación que hemos practicado, ¿el efecto se debe a la oxidación o a la meditación?
Alguien, en la parte de atrás, dijo:
—Habla en hindi. —El profesor repitió su pregunta en hindi.
De todos modos, era una pregunta curiosa, aunque no fácil de responder... o sólo podía responderse con un «a ambas cosas», pues no había ninguna contradicción implícita entre la oxidación y la meditación. Estaba claro que la intención del profesor era poner en su sitio a aquella mujer que había usurpado demasiado poder y ejercía una excesiva influencia en Babaji, y que esa pregunta evidenciaría su.
ignorancia y sus pretensiones.
Pushpa estaba a la derecha de Sanaki Baba; se levantó. Sanaki Baba había vuelto a cerrar los ojos y sonrió beatíficamente durante el siguiente diálogo.
Todas las miradas —a excepción de la de Sanaki Baba— estaban puestas en Pushpa. Ésta habló en inglés, de manera enérgica y con una fría cólera:
—Permíteme aclararte que esa pregunta no se dirige a «Madam» ni a nadie más que no sea el maestro. Si aquí enseñamos algo es en su nombre, y cualquier cosa que digamos no son sino sus vibraciones hablando a través nuestro. La «Madam» no sabe nada. De modo que cualquier pregunta debe dirigirse al maestro. Eso es todo.
Dipankar se quedó atónito ante la severidad de su respuesta. Miró al Baba para ver qué decía. Los ojos de éste aún estaban cerrados en una sonrisa, y no alteró su pose de meditación. Al cabo de unos instantes abrió los ojos y dijo:
—Es como Pushpa dice, y le pido que hable con mis vibraciones.
Al pronunciar la palabra «vibraciones», en el exterior se dibujó un rayo; siguió el trueno.
El maestro había obligado a Pushpa a responder a la pregunta. Ésta se cubrió la cara con un trozo de tela para ocultar su apuro y turbación.
A continuación volvió a descubrir sus facciones y habló con cólera, sinceridad y a la defensiva.
Mirando fijamente al profesor, dijo:
—Antes debo decir que aquí todos somos sadhikas, todos estamos aprendiendo, no importa nuestra edad, y sólo debemos hacer preguntas que sean de interés, no preguntar por preguntar, o para poner a prueba a
«Madam», al maestro o a quien sea. Si realmente te preocupa esa cuestión, entonces puedes preguntar, si no es así, entonces no obtendrás la gracia del gurú. Una vez aclarado esto, te responderé, porque tengo la impresión de que habrá más sesiones de preguntas y respuestas, y quiero que todo esto quede claro desde el principio...
En este punto, el profesor fue a interrumpirla, pero ella no le dejó abrir la boca.
—Déjame acabar. Estoy respondiendo a tu pregunta, profesor sahib, fuera cual fuese tu intención al formularla, ¿entonces por qué me interrumpes? No soy científica ni erudita en oxidaciones, la oxidación es algo natural, y siempre está ahí. Pero ¿qué ocurre? Quizá estás viendo u oyendo algo, pero una palabra o una imagen: ¿qué es? ¿Cuál es su efecto? Puede ser distinto. Si ves una imagen obscena, eso ejercerá un efecto sobre ti, un poderoso efecto —arrugó la nariz y cerró los ojos en un gesto de disgusto—; una imagen hermosa, en cambio, es algo distinto. Igual ocurre con la música. La música del bhajan es música, la música de las películas también es música, pero en una persona producen un efecto, y en otra un efecto distinto. Lo mismo ocurre con los olores. Pongamos por ejemplo el olor a quemado: cuando el incienso
se quema huele bien, pero cuando se queman unos zapatos el olor es terrible. O tomemos las procesiones de las akharas de mañana: algunos estarán de buen humor, otros irán con ánimo beligerante. Depende. Y
también el sankritan, como esta noche: se puede tener un sankirtan con buenas o con malas personas. —El último comentario estuvo lleno de mordacidad—. Por eso San Chaitanya82 sólo participaba en sankirtans con buenas personas... Así que permíteme decirte, profesor sahib, que la pregunta no es: «¿Es meditación? ¿Es oxidación?» La verdadera pregunta es: «¿Qué pretendes? ¿Adónde quieres llegar?»
Sanaki Baba abrió los ojos y comenzó a hablar. La lluvia resonaba con fuerza y su voz era débil, pero no resultaba difícil oírle. Las palabras del gurú eran serenas y confortadoras, aun cuando sus intenciones fueran apuntar matices y señalar errores. Pero Pushpa meneaba la cabeza a derecha e izquierda mientras el maestro hablaba, sonriendo jubilosa mientras éste expresaba sus contundentes argumentos, argumentos que ella veía dirigidos contra el «derrotado» profesor. Había tan poco amor en todo eso, era una actitud tan defensiva y posesiva que Dipankar apenas podía soportarlo. Experimentó un rechazo tan violento que vio a aquella mujer bajo una luz completamente distinta.
Se refocilaba de tal modo con la derrota de su rival que Dipankar casi sintió náuseas.
OceanofPDF.com