Un buen partido
6.23
Borracho, arruinado, lejos de sentirse feliz, Maan regresó a Prem Nivas a paso ligero. Para su sorpresa y desazón, su madre volvía a esperarle levantada. Cuando le vio, de nuevo se echó a llorar. El asunto del navratan ya había supuesto una dura prueba para ella.
—Maan, hijo mío, ¿qué te ha pasado? ¿Qué te ha hecho esa mujer?
¿Es que no sabes lo que la gente dice de ti? Incluso en Benarés deben de saberlo, a estas alturas.
—¿En Benarés?, ¿quién va a saberlo en Benarés? —preguntó Maan, lleno de curiosidad.
—Quién, pregunta —dijo la señora Mahesh Kapoor, y comenzó a llorar aún con más intensidad. Había un fuerte olor a whisky en el aliento de su hijo.
En un gesto protector, Maan le rodeó el hombro con el brazo, y le dijo que se fuera a dormir. Ella le dijo que subiera a su habitación por la escalera del jardín para no molestar a su padre, que estaba trabajando en su despacho.
Pero Maan, que no siguió esta última indicación, subió canturreando por la escalera principal.
—¿Quién es? ¿Quién anda ahí? ¿Eres tú, Maan? —dijo la airada voz de su padre.
—Sí, baoji —dijo Maan, y continuó subiendo las escaleras.
—¿Me has oído? —le llamó su padre con una voz que resonó por la mitad de Prem Nivas.
—Sí, baoji. —Maan se detuvo.
—Entonces baja enseguida.
—Sí, baoji. —Tambaleándose, Maan bajó las escaleras y entró en el despacho de su padre. Se sentó en una silla, al otro lado del escritorio.
Aparte de ellos dos, y de unos cuantos lagartos que corretearon por el techo durante su conversación, no había nadie más en el despacho.
—Levántate. ¿Te he dicho que te sientes?
Maan intentó ponerse en pie, pero no pudo. Volvió a intentarlo y se apoyó en la mesa, inclinándose hacia su padre. Tenía los ojos vidriosos.
Los papeles que había en la mesa y el vaso de agua junto a la mano de su padre parecieron asustarle.
Mahesh Kapoor se puso en pie, la boca apretada y los ojos severos.
Tenía una carpeta en la mano derecha, que lentamente pasó a su izquierda. Iba a abofetear a Maan con todas sus fuerzas cuando la señora Mahesh Kapoor entró impetuosamente y dijo:
—No, no, no hagas eso...
Su voz y sus ojos eran una súplica dirigida a su marido, y él cedió.
Maan, mientras tanto, cerró los ojos y volvió a dejarse caer en la silla.
Comenzó a dormirse.
Su padre, furioso, rodeó la mesa y comenzó a sacudirle como si quisiera descoyuntarle todos los huesos del cuerpo.
—¡Baoji! —dijo Maan, despierto por ese ajetreo. A continuación se echó a reír.
Su padre volvió a levantar la mano derecha, y con el dorso de la mano abofeteó a su hijo de veinticinco años en plena cara. Maan se quedó boquiabierto, miró a su padre y levantó una mano para tocarse la mejilla.
La señora Mahesh Kapoor se sentó en uno de los bancos que había en el despacho. Estaba llorando.
—Ahora escúchame, Maan. A no ser que quieras otra bofetada, escúchame —dijo su padre, más furioso aún ahora que su esposa lloraba por culpa de algo que él había hecho—. No me importa que mañana por la mañana no te acuerdes de lo que voy a decirte ahora, pero no voy a esperar hasta que estés sobrio. ¿Me has entendido? —Levantó la voz y repitió—: ¿Me has entendido?
Maan asintió, reprimiendo su primer impulso, que fue de volver a cerrar los ojos. Tenía tanto sueño que sólo pudo oír unas cuantas palabras que llegaban y partían de su conciencia, a la deriva. En algún
lugar, le pareció, había una especie de hormigueo que se convertía en dolor. ¿Era él quien lo sufría?
—¿Te has visto? ¿Puedes imaginarte tu aspecto? Vas despeinado, tienes los ojos vidriosos, llevas los bolsillos del revés, colgando, toda tu kurta hiede a whisky...
Maan meneó la cabeza, y la dejó caer suavemente sobre el pecho.
Todo lo que deseaba era librarse de lo que ocurría fuera de su cabeza: aquella cara colérica, esos gritos, ese hormigueo.
Bostezó.
Mahesh Kapoor agarró el vaso de agua y lo arrojó a la cara de Maan. Parte del líquido cayó sobre sus papeles, pero ni siquiera bajó los ojos para verlo. Maan tosió, se ahogó y se incorporó con un sobresalto.
Su madre se tapó los ojos con las manos y sollozó.
—¿Qué has hecho con el dinero? ¿Qué has hecho? —preguntó Mahesh Kapoor.
—¿Qué dinero? —preguntó Maan, observando el agua que goteaba por la parte delantera de su kurta: uno de los regueros seguía la ruta de la mancha de whisky.
—El dinero de tu negocio.
Maan se encogió de hombros y frunció el entrecejo para concentrarse.
—¿Y el dinero que te di para gastos? —prosiguió su padre, amenazador. Maan frunció el entrecejo en una concentración aún más profunda, y volvió a encogerse de hombros.
—¿Qué has hecho con él? Yo te diré lo que has hecho, lo has gastado con esa puta. —Mahesh Kapoor jamás se habría referido a Saeeda Bai en esos términos de no haber perdido totalmente el control.
La señora Mahesh Kapoor se llevó las manos a los oídos. Su marido soltó un bufido. Impaciente, pensó que su mujer se estaba comportando como los tres monos de Gandhiji reunidos en uno solo. Lo siguiente que haría sería taparse la boca con las manos.
Maan miró a su padre, se quedó un segundo pensativo, a continuación dijo:
—No, sólo le he comprado regalos de poca monta. Nunca me pide nada... —Se estaba preguntando adónde había ido a parar el dinero.
Entonces debes de haberlo gastado en juego y bebida —dijo su padre, disgustado.
Ah, sí, eso era, recordó Maan, aliviado. En voz alta y en tono de satisfacción, como si tras mucho empeño acabara de resolver un arduo problema, dijo:
—Sí, eso es, baoji. Bebido..., jugado..., gastado. —A continuación pareció atisbar las implicaciones de la última palabra, y pareció avergonzado.
—Sinvergüenza, sinvergüenza, te comportas peor que un depravado zamindar, y no pienso tolerarlo —gritó Mahesh Kapoor. Soltó un manotazo sobre la carpeta que tenía delante—. No voy a tolerarlo, y no pienso tenerte aquí más tiempo. Vete de la ciudad, vete de Brahmpur.
Vete enseguida. No pienso tenerte aquí. Estás destrozando la paz espiritual de tu madre, tu propia vida, mi carrera política y la reputación de nuestra familia. Te doy dinero, ¿y qué haces con él? Te lo juegas o lo gastas en putas o en whisky. ¿Es que sólo sirves para el libertinaje?
Nunca creí que llegaría a avergonzarme de un hijo mío. Si quieres ver a alguien que pasa por verdaderas dificultades fíjate en tu cuñado, pero él nunca me pide dinero para su negocio, y mucho menos «para cosillas sin importancia». ¿Y qué me dices de tu prometida? Te encontramos una muchacha estupenda, de buena familia, te concertamos una buena boda, y tú te vas detrás de Saeeda Bai, cuya vida y milagros son un libro abierto.
—Pero yo la amo —dijo Maan.
—¿Que la amas? —gritó su padre, con una incredulidad entreverada de rabia—. Vete a la cama enseguida. Ésta es tu última noche en esta casa. Mañana te quiero fuera de aquí. ¡Fuera! Vete a Benarés o a donde quieras, pero vete de Brahmpur. ¡Fuera!
La señora Mahesh Kapoor le imploró a su marido que anulara tan drástica orden, pero no lo consiguió. Maan observó las dos
salamanquesas que había en el techo mientras correteaban de un lado a otro. De pronto se levantó, muy decididamente y sin ayuda de nadie, y dijo:
—De acuerdo. ¡Buenas noches! ¡Buenas noches! ¡Buenas noches!
¡Me iré! Mañana dejaré esta casa.
Se fue a la cama por su propio pie, e incluso se acordó de quitarse los zapatos antes de dormirse.
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