Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 95 de 478

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Un buen partido

6.9

Unos minutos más tarde, Maan apareció cabalgando, se quitó la gorra de montar en un alegre gesto de saludo y se bajó del caballo.

—¿Dónde estabas? —preguntó Firoz—. Son muy estrictos en el horario, y si nos retrasamos más de diez minutos en la hora que teníamos reservada para el caballo de madera, se lo alquilarán a otro.

De todos modos, ¿cómo conseguiste que te permitieran montar uno de sus caballos sin ir acompañado de un miembro del club?

—Oh, no sé —dijo Maan—. Simplemente me acerqué y hablé con

uno de los mozos de cuadra, y me ensilló este caballo bayo.

Firoz se dijo que no debía sorprenderse demasiado: la actitud desenfadada de su amigo le hacia salir con bien de todo tipo de situaciones inverosímiles. El mozo de cuadra debió de dar por sentado que Maan era miembro de pleno derecho del club.

Cuando tuvo a Maan incómodamente sentado en el caballo de madera, Firoz comenzó su adiestramiento. En la mano derecha de Maan puso el ligero palo de polo de bambú, y por añadidura le pidió que apuntara y lo hiciera oscilar unas cuantas veces.

—Esto no es nada divertido —dijo Maan después de unos cinco minutos.

—Nada es divertido durante los cinco primeros minutos —replicó Firoz con calma—. No, no cojas el palo de ese modo..., manténlo recto..., no, completamente recto..., eso es..., sí, ahora muévelo..., media oscilación..., ¡bien! Tu brazo debe moverse como si fuera una extensión del palo.

—Se me ocurre al menos una cosa que resulta divertida en los cinco primeros minutos —dijo Maan con una sonrisa ligeramente idiota, agitando el palo de cualquier manera y perdiendo un poco el equilibrio.

Firoz observó fríamente la postura de Maan.

—Estoy hablando de cosas que requieren habilidad y práctica —

dijo.

—Eso requiere mucha práctica y habilidad —dijo Maan.

—No te hagas el gracioso —dijo Firoz, que se tomaba el polo muy en serio—. Ahora quédate exactamente como estás y mírame. Observa que la línea que hay entre mis hombros resulta exactamente paralela a la espina dorsal del caballo. Procura adoptar esta posición.

Maan lo intentó, pero la encontró aún más incómoda.

—¿De verdad crees que todo lo que requiere habilidad ha de ser doloroso al principio? —preguntó—. Mi profesor de urdu parece ser de la misma opinión. —Colocó el palo entre las piernas y se enjugó la frente con el dorso de la mano derecha.

—Venga, Maan —dijo Firoz—, no me dirás que ya estás cansado después de cinco minutos de práctica. Ahora practicaremos con la pelota.

—La verdad es que estoy bastante cansado —dijo Maan—. Me duele un poco la muñeca. Y el codo, y el hombro.

Firoz le lanzó una sonrisa para darle ánimos y colocó la pelota en el suelo. Maan hizo oscilar el palo hacia adelante y falló estrepitosamente.

Volvió a intentarlo otra vez y falló.

—Sabes —dijo Maan—. No estoy de humor para jugar al polo.

Preferiría estar en otra parte.

Firoz, sin hacerle caso, dijo:

—No mires nada más que la pelota..., sólo la pelota..., nada más..., ni a mí..., ni siquiera adónde va a ir la pelota..., ni siquiera una imagen lejana de Saeeda Bai.

Este último comentario, en lugar de hacer que Maan volviera a fallar el golpe, tuvo como resultado que el mazo rozara ligeramente la parte superior de la pelota.

—Las cosas no van demasiado bien con Saeeda Bai, Firoz —dijo Maan—. Ayer se enfadó mucho conmigo, y no sé por qué.

—¿Qué pasó? —dijo Firoz, sin excesivo interés.

—Bueno, su hermana entró mientras estábamos hablando y dijo que el loro parecía alicaído. Bueno, la verdad es que se trata de un periquito'

aunque un periquito es una especie de loro, ¿no es cierto? De modo que le sonreí y mencioné a nuestro profesor de urdu, y le dije que los dos teníamos algo en común. Me refería, naturalmente, a Tasneem y a mí.

Y Saeeda Bai se puso furiosa. Simplemente se puso furiosa. Pasó media hora antes de que volviera a hablarme de modo cariñoso. —Maan parecía todo lo ensimismado que le era posible.

—Humm —dijo Firoz, pensando en lo brusca que Saeeda Bai había sido con Tasneem cuando él visitó la casa para entregar el sobre.

—Casi me pareció que sentía celos —prosiguió Maan tras una pausa y un par de golpes más—. Pero ¿por qué alguien tan asombrosamente hermoso como ella ha de sentir celos de nadie? Y mucho menos de su hermana.

Firoz se dijo que él nunca hubiera utilizado las palabras

«asombrosamente hermosa» para referirse a Saeeda Bai. Era su hermana quien le había asombrado con su belleza. También imaginaba que era posible que Saeeda Bai envidiara su lozanía y juventud.

—Bueno —le dijo a Maan, con una sonrisa en sus rasgos lozanos y atractivos—, yo no me lo tomaría como una mala señal. No veo por qué estás deprimido. Ya deberías saber que las mujeres son así.

—¿De manera que tú crees que los celos son una buena señal? —

preguntó Maan, quien también propendía a ser celoso—. Pero para los celos ha de haber un motivo, ¿no crees? ¿Has visto alguna vez a su hermana pequeña? ¿Cómo podría siquiera compararse con Saeeda Bai?

Firoz no dijo nada durante unos minutos, a continuación hizo un breve comentario:

—Sí, la he visto. Es bastante guapa. —Y no dijo nada más.

Pero Maan, mientras intentaba golpear infructuosamente la pelota, volvía a pensar en Saeeda Bai.

—A veces creo que siente más cariño por el periquito que por mí —

dijo, ceñudo—. Nunca se enfada con él. No puedo más. Estoy agotado.

La última frase no se refería a su corazón, sino a su brazo. Maan estaba derrochando mucha energía en sus golpes, y Firoz parecía disfrutar de verle sin resuello.

—¿Sentiste algo en el brazo cuando diste el último golpe? —

preguntó.

—Una especie de tirón —dijo Maan—. ¿Cuánto rato quieres que siga con esto? —preguntó.

—Oh, entonces ya has tenido suficiente —dijo Firoz—. Resulta muy alentador. Estás cometiendo todos los errores típicos de un principiante.

Lo único que has conseguido golpear es la parte superior de la pelota.

No es eso lo que has de hacer, debes apuntar a la parte inferior, y eso la levantará suavemente. Si apuntas a la parte de arriba, toda la fuerza del impacto la absorberá el suelo. La pelota no irá muy lejos, y además te encontrarás, como te ha pasado ahora, con que el brazo sufre un dolor breve y agudo.

—Dime una cosa, Firoz —dijo Maan—, ¿cómo conseguisteis aprender urdu tú e Imtiaz? Me parece imposible..., todos esos puntos y garabatos.

—Teníamos a un viejo maulvi35 que venía a casa expresamente para enseñarnos —dijo Firoz—. Mi madre se empeñó en que también aprendiéramos persa y árabe, aunque Zainab fue la única que consiguió dominar esas dos lenguas.

¿Cómo está Zainab? —preguntó Maan. Se dijo que aunque él había sido su favorito cuando eran unos críos, hacía muchos años que no la veía..., desde que quedara absorbida por el reino del purdah. Zainab era seis años mayor que él, y Maan, de niño, la adoraba. De hecho, ella le salvé la vida una vez, en un accidente de natación, cuando Maan tenía seis años. Dudo que vuelva a verla, pensó. Que cosa tan horrible y extraña.

—No utilices la fuerza, sino la potencia —dijo Firoz—. ¿O es que tu profesora no te ha enseñado eso?

Maan amagó un inofensivo golpe dirigido a Firoz.

Ya sólo quedaban diez minutos de luz, y Firoz se daba cuenta de que Maan no se sentía muy feliz de estar sentado en un simple caballo de madera.

—Bueno, el último golpe —dijo.

Maan apuntó a la pelota, hizo oscilar suavemente el palo; y con un movimiento limpio, completo y circular del brazo y la muñeca golpeó la pelota justo en el mismo centro. ¡Poc! Se oyó un maravilloso sonido a madera y la pelota voló por los aires en una elegante parábola, pasando sobre la red encima del hoyo.

Tanto Firoz como Maan se quedaron atónitos.

—¡Buen tiro! —dijo Maan, satisfecho de sí mismo.

—Sí —dijo Firoz—. Buen tiro. Es la suerte del principiante. Mañana veremos si eres capaz de repetirlo. Pero ahora voy a llevarte a montar un verdadero pony de polo, a ver si puedes controlar las riendas sólo con la mano izquierda.

—Podemos hacerlo mañana —dijo Maan. Tenía los hombros entumecidos y la espalda agarrotada, y ya estaba harto del polo—. ¿Qué me dices si cabalgamos un rato?

—Ya veo que, al igual que tu profesor de urdu, tendré que enseñarte disciplina antes de empezar con las clases —dijo Firoz—. Llevar las riendas con una mano no es nada difícil. No es más difícil que aprender a montar o aprender el alfabeto urdu. Si lo intentas ahora, todo eso tendrás ganado mañana.

—Pero hoy no tengo ganas de intentarlo —protestó Maan—.

Además, ya está oscureciendo, y no lo estoy pasando nada bien. Oh, muy bien, como tú digas, Firoz. Tú eres el jefe.

Desmontó, rodeó con un brazo los hombros de su amigo y fueron caminando hacia los establos.

—El problema con mi profesor de urdu —prosiguió Maan, sin venir a cuento— es que sólo .quiere enseñarme los primores de la caligrafía y la pronunciación, y lo único que yo quiero es aprender a leer poesía amorosa.

—Así que el problema es con el profesor, ¿no es eso? —preguntó Firoz, sujetando el palo de su amigo para evitar represalias. Se sentía alegre de nuevo. Invariablemente, la compañía de Maan siempre le ponía de buen humor.

—Bueno, ¿no crees que yo debería poder decir la mía en este asunto?

—preguntó Maan.

—Puede —dijo Firoz—. Si creyera que sabes lo que es mejor para ti.

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