Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 129 de 478

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Un buen partido

7.16

Durante el desayuno, reinaba un ambiente cordialmente conflictivo.

Era una familia inteligente, donde todo el mundo consideraba a los demás poco menos que idiotas. Algunas personas consideraban odiosos a los Chatterji porque parecían disfrutar más de estar en familia que en compañía de los demás. Pero si se hubieran dejado caer por casa de los Chatterji a la hora del desayuno y les hubieran visto reñir, probablemente les habrían tenido menos aversión.

El juez Chatterji presidía la mesa. Aunque era un hombre menudo, corto de vista y bastante despistado, poseía cierta dignidad. Inspiraba respeto en los tribunales y cierta obediencia dentro de su excéntrica familia. No le gustaba hablar más de lo necesario.

—Todos los que comen mermelada de macedonia son unos lunáticos —dijo Amit.

—¿Me estás llamando lunática? —preguntó Kakoli.

—Desde luego que no, Kuku, estoy partiendo de principios generales. Por favor, pásame la mantequilla.

—Cógela tú mismo —dijo Kuku.

—Vamos, vamos, Kuku —murmuró la señora Chatterji.

—No puedo —protestó Amit—. Tengo la mano destrozada.

Tapan rió. Kakoli le lanzó una mirada hosca, a continuación puso gesto taciturno, preparándose para pedir algo.

—Hoy necesito el coche, baba —dijo Kuku tras unos segundos—.

Tengo que salir. Lo necesitaré todo el día.

—Pero, baba —dijo Tapan—, hoy voy a pasar el día con Pankaj.

—Lo cierto es que esta mañana tengo que ir a Hamilton's a buscar el tintero de plata —dijo la señora Chatterji.

El señor Chatterji enarcó las cejas.

—¿Amit? —preguntó.

—Paso —dijo Amit.

Dipankar, que también rechazó el vehículo, preguntó en voz alta por qué Kuku parecía tan triste. Kuku puso ceño.

Amit y Tapan no tardaron en iniciar un canto antifonario.

—Miramos a un lado y a otro y anhelamos lo que no...

—¡EXISTE!

—Nos reímos sinceramente y con dolor de lo que...

—¡SÍ EXISTE!

—Nuestras más dulces canciones hablan de aquellos tan tristes que...

—¡NO EXISTEN! —gritó jubiloso Tapan, quien veneraba a Amit.

—No te preocupes, cariño —dijo la señora Chatterji, consolándola

—, todo saldrá bien.

—No tenéis ni idea de en qué estaba pensando —contraatacó Kakoli.

—Querrás decir en quién —dijo Tapan.

—Cállate, ameba —dijo Kakoli.

—Parecía un buen tipo —aventuró Dipankar.

—Oh no, no es más que un diplactivo —contraatacó Amít. ,

—¿Diplactivo? ¿Diplactivo? ¿Me he perdido algo? —preguntó su padre.

La señora Chatterji parecía igualmente perpleja.

—Sí, ¿qué es un diplactivo, cariño? —le preguntó a Amit.

—Un diplomático atractivo —replicó Amit—. Nada en la cabeza, pero encantador. El tipo de persona por quien suele suspirar Meenakshi.

Por cierto, hablando de diplomáticos, esta mañana va a venir a visitarme uno. Quiere hacerme algunas preguntas de cultura y literatura.

—¿De verdad, Amit? —preguntó la señora Chatterji con gran interés

—. ¿Quién?

—Un embajador sudamericano... del Perú, o Chile, o no sé dónde

—dijo Amit—. Le interesa el arte. Me llamó de Delhi hace una o dos semanas, y concertamos una cita. ¿O era de Bolivia? Quería conocer a un escritor en su visita a Calcuta. Dudo que haya leído nada mío.

La señora Chatterji se puso un poco nerviosa.

—Pero entonces debemos asegurarnos de que todo esté en orden...

—dijo—. Y le dijiste a Biswas babu que os veríais esta mañana.

—Se lo dije, sí, se lo dije —asintió Amit—. Y nos veremos.

—No es sólo un diplactivo —dijo Kakoli de pronto—. Apenas le conoces.

—No, es un buen muchacho para nuestra Kuku —dijo Tapan—. Es tan shinshero.

Ése era uno de los mayores elogios que podía hacer Biswas babu.

Kuku pensó que alguien debería abofetear a Tapan.

—A mí Hans me cae bien —dijo Dipankar—. Fue muy educado con el hombre que le dijo que bebiera zumo de calabaza amarga. Tiene buen corazón.

—Oh, querido, no seas despiadado.

Toma mi mano. Quédate a mi lado.

—murmuró Amit.

—Pero no me la cojas demasiado fuerte —rió Tapan.

—¡Basta! —gritó Kuku—. Os estáis comportando de una manera horrible.

—Campanas de boda para nuestra Kuku —prosiguió Tapan, haciéndose merecedor de un castigo.

—¿Campanas de boda? ¿O un lecho bien caliente?48 —preguntó Amit. Tapan sonrió encantado.

—Bueno, basta, Amit —dijo el juez Chatterji antes de que interviniera su mujer—. Nada de derramamientos de sangre antes del desayuno. Hablemos de otra cosa.

—Sí —asintió Kuku—. Como por ejemplo la manera en que Amit

se quedó embobado con Lata ayer por la noche.

—¿Con Lata? —dijo Amit, verdaderamente atónito.

—¿Con Lata? —repitió Kuku, imitándole.

—De verdad, Kuku, el amor te ha fundido el cerebro —dijo Amit—.

No pasé más tiempo con ella que con cualquiera.

—Seguro que no.

—Es sólo una chica agradable —dijo Amit—. Si Meenakshi no hubiera estado tan ocupada chismorreando y Arun haciendo contactos, yo no habría tenido que responsabilizarme de ella.

—De manera que no tenemos que invitarla más de lo necesario mientras esté en Calcuta —murmuró Kuku.

La señora Chatterji no dijo nada, pero comenzó a parecer preocupada.

—Invitaré a quien me dé la gana —dijo Amit—. Tú, Kuku, ayer por la noche invitaste a cincuenta personas de lo más raro.

—Cincuenta personas de lo más raro. —Tapan no pudo resistirse a repetirlo.

Kuku se volvió severamente hacia él.

—Los niños no interrumpen las conversaciones de los mayores —

dijo.

Tapan, sintiéndose a salvo al otro lado de la mesa, le hizo una mueca. En una ocasión, Kuku se sulfuró hasta tal punto que llegó a perseguirle alrededor de la mesa, pero por lo general solía estar holgazana hasta mediodía.

—Sí. —Amit frunció el entrecejo—. Algunos eran muy raros, Kuku.

¿Quién es ese tal Krishnan? Un tipo de piel oscura, del sur de la India,

me imagino. Os miraba a ti y a tu secretario de embajada con mucho resentimiento.

—Oh, es sólo un amigo —dijo Kuku, untando su mantequilla con más concentración de la normal—. Supongo que está enfadado conmigo.

Amit no pudo resistirse a rimar un pareado a lo Kakoli:

¿Quién es ese Krishnan que vino contigo?

Sólo una seta, sólo un amigo.

Tapan remató:

Siempre comiendo dosa,

bebiendo cerveza y tragando que es una cosa.

—¡Tapan! —Su madre profirió un grito de asombro.

Amit, Meenakshi y Kuku habían corrompido completamente a su hijo pequeño con sus estúpidos ripios.

El juez Chatterji dejó su tostada en la mesa.

—Basta por hoy, Tapan —dijo.

—Pero, baba, sólo estaba bromeando —protestó Tapan, pensando en lo injusto que era pagar el pato él solo. Sólo porque soy el hermano menor, pensó. Y la verdad es que no iba desencaminado.

—Una broma es una broma, pero ya basta —dijo su padre—. Y tú también, Amit. Tendrías más autoridad para criticar a los demás si hicieras algo de provecho.

—Sí, eso es cierto —añadió Kuku, satisfecha ante cómo habían cambiado las tornas—. Haz algo de provecho, Amit da. Compórtate como un miembro útil de la sociedad antes de criticar a los demás.

—¿Qué hay de malo en escribir poemas y novelas? —preguntó Amit

—. ¿O es que la pasión te ha vuelto analfabeta?

—Está bien como diversión, Amit —dijo el juez Chatterji—. Pero no es manera de ganarse la vida. ¿Y qué hay de malo en ejercer de abogado?

—Bueno, es como volver a la escuela —dijo Amit.

—No veo de dónde sacas esa conclusión —dijo su padre con cierta brusquedad.

—Bueno —dijo Amit—, tienes que ir bien vestido, como cuando llevabas el uniforme de la escuela. Y en lugar de decir «Señor» dices

«Señoría», con lo cual no has adelantado mucho, hasta que eres tú quien sube a ese estradoy entonces te lo dicen a ti. Y tienes vacaciones, y, al igual que a Tapan, te dan buenas y malas notas: quiero decir que a veces dictan sentencia a tu favor y otras en contra.

—Bueno —dijo el juez Chatterji, no muy complacido por la analogía—, ni tu abuelo ni yo nos quejamos nunca.

—Pero Amit tiene un don especial —interrumpió la señora Chatterji

—. ¿No estás orgulloso de él?

—Puede poner en práctica sus dones especiales en su tiempo libre —

dijo su marido.

—¿Es eso lo que le dijeron a Rabindranath Tagore? —preguntó Amit.

—Reconocerás que entre tú y Tagore hay alguna diferencia —dijo su padre, mirando sorprendido a su hijo mayor.

—Reconozco que hay una diferencia, baba —dijo Amit—. Pero ¿qué tiene que ver con lo que estábamos hablando?

Ante la mención de Tagore, la señora Chatterji adoptó una actitud de virtuosa adoración.

—Amit, Amit —gritó—, ¿cómo puedes pensar así de Gurudeb?

—Mago, yo no he dicho... —comenzó Amit.

La señora Chatterji le interrumpió.

—Amit, Robi babu es como un santo. En Bengala se lo debemos todo. Cuando estuve en Shantiniketan, 49 recuerdo que una vez me dijo... Pero en aquel instante Kakoli decidió aliarse con Amit.

—Por favor, Mago, de verdad, ya hemos oído hablar suficiente de Shantiniketan y de lo idílico que es. Sé que si tuviera que vivir allí me

suicidaría cada minuto de mi vida.

—Su voz es como un grito en la desolación —prosiguió su madre, apenas oyéndola.

—Yo no diría eso, mamá —dijo Amit—. Le idolatramos más que los ingleses a Shakespeare.

—Y con razón —dijo la señora Chatterji—. Sus canciones acuden a nuestros labios, sus poemas llegan a nuestros corazones...

—De hecho —dijo Kakoli—, Abol Tabol es el único libro bueno de toda la literatura bengalí.

El Griffonling desde su primer día

está poco dispuesto a la alegría.

Reír o sonreír lo encuentra pecado

y se estremece: «Jamás he osado.»

Oh, sí, y me gusta Historias de Hutom el Búho. Cuando me dedique a la literatura yo también escribiré: Las historias de Cuddles el Perro.

—Kuku, eres una desvergonzada —gritó la señora Chatterji, encendida—. Por favor, impídele que diga esas cosas.

—Es sólo una opinión, querida —dijo el juez Chatterji—. No puedo impedirle que tenga opiniones.

—Pero acerca de Gurudeb, cuyas canciones a veces canta, acerca de Robi babu...

Kakoli, a quien casi desde su nacimiento habían alimentado por la fuerza con las canciones de Tagore, comenzó a gorjear desafinadamente una versión muy personal de «Shonkochero bihvalata nijere apoman»: Robi babu, R. Tagore, ¡Oh vaya pelma!

Robi babu, R. Tagore, ¡Oh vaya pelma!

Oh es tan pelma-zoooo

Tan pelma-zoooo

Tan pelma-zoooo

Oh, es tan tan tan tan pelma— zoooo

Robi babu, R. Tagore, ¡Oh vaya pelma!

—¡Basta! ¡Basta ya! Kakoli, ¿me has oído? —gritó la señora Chatterji, horrorizada—. ¡Basta! ¡Cómo te atreves! Desvergonzada, estúpida, frívola.

—De verdad, mamá —prosiguió Kakoli—, leerle es como intentar nadar en una piscina de melaza. Deberías oír lo que dice Ila Chattopadhyay acerca de tu Robi babu. Flores, luz de luna, lechos nupciales...

—Mamá —dijo Dipankar—, ¿por qué permites que te afecte lo que dicen? Deberías tomar lo bueno que hay en sus palabras y moldearlas según tu propia conveniencia. De esa manera alcanzarías la paz.

La señora Chatterji estaba desconsolada. La paz estaba muy lejos de su ánimo.

—¿Puedo levantarme? He acabado de desayunar —dijo Tapan.

—Desde luego, Tapan —dijo su padre—. Me ocuparé del coche.

—Ila Chattopadhyay es una muchacha muy ignorante, siempre lo he creído —estalló la señora Chatterji—. En cuanto a sus libros, creo que cuanto más escribe la gente, menos piensa. Y ayer por la noche llevaba un sari completamente arrugado.

—Ya no es ninguna muchacha —dijo su marido—. Es una mujer mayor, al menos debe de tener cincuenta y cinco años.

La señora Chatterji miró a su marido con irritación. Tener cincuenta y cinco años no significaba ser una mujer mayor.

—Y hay que prestar atención a sus opiniones —añadió Amit—. Es una mujer muy práctica. Ayer le aconsejaba a Dipankar que la ciencia económica no tenía futuro. Parecía estar muy enterada.

—Siempre parece estar enterada de todo —dijo la señora Chatterji

—. De cualquier modo, es de la familia de tu padre —añadió de modo irrelevante—. Y si no aprecia a Gurudeb es porque debe de tener un corazón de piedra.

—No puedes culparla —dijo Amit—. Tras una vida tan llena de tragedias, cualquiera se vuelve insensible.

—¿Qué tragedias? —preguntó la señora Chatterji.

—Bueno, cuando tenía cuatro años —dijo Amit—, su padre la abofeteó... Fue bastante traumático, y las cosas no cambiaron de cariz.

Cuando tenía doce años sólo sacó la segunda mejor nota en un examen... Eso te endurece.

—¿De dónde sacaste unos hijos tan locos? —le preguntó a su marido la señora Chatterji.

—No lo sé —replicó él.

—Si hubieras pasado más tiempo con ellos en lugar de irte al club cada día, no habrían salido así —dijo la señora Chatterji en un desacostumbrado tono de reproche; estaba muy alterada.

Sonó el teléfono.

—Diez contra uno a que es para Kuku —dijo Amit.

—No lo es.

—Supongo que lo adivinas por la manera en que suena el timbre,

,:eh, Kuku?

—Es para Kuku —gritó Tapan desde la puerta.

—Oh. ¿Y quién es? —preguntó Kuku, y le sacó la lengua a Amit.

—Krishnan.

—Dile que no puedo ponerme. Que le llamaré luego —dijo Kuku.

—¿Le digo que te estás bañando? ¿O durmiendo? ¿O que has salido con el coche? ¿O las tres cosas? —Sonrió Tapan.

—Por favor, Tapan —dijo Kuku—, sé amable y pon alguna excusa.

Sí, di que he salido.

La señora Chatterji se quedó tan escandalizada que exclamó:

—Pero, Kuku, qué mentira tan descarada.

—Lo sé, mamá —dijo Kuku—, pero es un chico tan aburrido, ¿qué puedo hacer?

—Sí, ¿qué puede hacer uno cuando sus amigos íntimos alcanzan la cifra de cien? —murmuró Amit, con aspecto afligido.

—Sólo porque nadie te quiere... —gritó Kuku, furiosa de que se metieran tanto con ella.

—Mucha gente me quiere —dijo Amit—, ¿no es cierto, Dipankar?

—Sí, dada —dijo Dipankar, que pensaba que lo mejor era ceñirse a los hechos.

—Todos mis fans me adoran —añadió Amit.

—Eso es porque no te conocen —dijo Kakoli.

—No voy a responder a eso —dijo Amit—, y, hablando de fans invisibles, es mejor que vaya a ver a Su Excelencia. Perdonadme.

Amit se levantó, lo mismo hizo Dipankar; y el juez Chatterji dirimió la cuestión del uso del coche entre los dos peticionarios, sin olvidarse de los intereses de Tapan.

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