Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 194 de 478

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Un buen partido

9.22

Una mañana, pocos días después, Haresh llegó a la fábrica y se encontró con que Rao se había llevado a Lee a su sección y le había asignado tareas de poca monta.

—Necesito a Lee —dijo Haresh sin más rodeos—. Es para el pedido de la HSH.

Rao le miró con abierta aversión. Era un hombre de nariz afilada.

—Te lo devolveré cuando acabe la tarea que le he asignado —dijo—.

Esta semana trabajará conmigo.

Lee, que era testigo de la escena, estaba muy desconcertado. Le debía ese empleo a Haresh, y le respetaba. En cambio no respetaba a Rao, aunque éste era el superior de Haresh en el escalafón de la empresa.

La reunión semanal que aquella misma mañana tuvo lugar en la oficina de Mukherji dio como resultado una espectacular muestra de fuegos de artificio.

Mukherji felicitó cordialmente a Haresh por haber conseguido el pedido de la HSH, recientemente confirmado. Sin él, la fábrica hubiera pasado por serias dificultades.

—Pero la cuestión del trabajo hay que coordinarla con Sien Gupta

—añadió.

—Desde luego —dijo Sen Gupta. Parecía complacido. Teóricamente era el jefe de personal, pero de lo que más disfrutaba ese hombre perezoso era de masticar paan y aplazar los trabajos más urgentes.

Esperar que Sen Gupta hiciera otra cosa que mirar con sus ojos inyectados en sangre su fichero manchado de rojo era como esperar a que se desintegrara una stupa. Sen Gupta puso una expresión de amargura cuando Mukherji elogió a Haresh.

—Todos tendremos que trabajar un poco más duro, ¿eh, Sen Gupta?

—prosiguió el director de la fábrica—. Y ahora, Khanna —dijo volviéndose hacia Haresh—, debo decirle que últimamente Sen Gupta

está un poco descontento por sus interferencias en la contratación de personal. En especial por lo que se refiere al trabajo de fabricación. Dice que por menos salario podría haber contratado a hombres más competentes... y que trabajaran más deprisa.

Sen Gupta estaba furioso, y muerto de envidia.

¡Más deprisa!, pensó Haresh.

—Hablando de personal —dijo en voz alta, decidido a agarrar el toro por los cuernos—. Me gustaría que Lee volviera a trabajar en el pedido de la HSH. —Miró a Rao.

—¿Volviera? —dijo Mukherji, volviéndose hacia Rao.

—Sí. El señor Rao decidió que...

Rao le interrumpió:

—Se lo devolveré en una semana. Este tema no viene al caso. El señor, Mukherji tiene asuntos más importantes que tratar en esta reunión.

—Le necesito ahora. Si no conseguimos entregar este pedido, ¿cree que vendrán a implorarnos que les fabriquemos más zapatos? ¿Es que no sabemos cuáles son nuestras prioridades? Lee cuida mucho la calidad. Le necesito para el diseño y para la elección del cuero.

—Yo también cuido mucho la calidad —dijo Rao, disgustado.

—No me haga reír —dijo Haresh con vehemencia—. Me quita mis trabajadores cuando más los necesito, no hace ni dos días que dos de mis trabajadores fueron a parar a su departamento simplemente porque sus hombres no aparecieron para trabajar. Es incapaz de mantener la disciplina en su zona, y la socava en la mía. En lo último que piensa es en la calidad. —Haresh se volvió hacia Mukherji—. ¿Por qué permite que se salga con la suya? Usted es el director de la fábrica.

Eso era demasiado directo, pero Haresh estaba encendido.

—No puedo trabajar si me quitan a mis hombres y a mi diseñador

—añadió.

—¿Su diseñador? —dijo Sen Gupta, mirando a Haresh rojo de ira—.

¿Su diseñador? No tenía ninguna autoridad para ofrecerle un empleo a Lee. ¿Quién es usted para contratarle?

—Y no lo hice. Fue el señor Mukherji quien se encargó de ello, con autorización del señor Ghosh. Yo sólo le encontré. Al menos él es un profesional.

—¿Y yo no lo soy? Antes de que usted naciera yo ya había aprendido a zurrar las pieles —dijo el señor Sen Gupta sin venir a cuento.

—¿Profesional? Mire este lugar —dijo Haresh con un desdén apenas disimulado—. Compárelo con empresas como Praha, James Hawley o Cooper Allen. ¿Cómo puede esperarse que conservemos a nuestros clientes si no entregamos los pedidos a tiempo? ¿O si nuestra calidad es más baja que la media? En los suburbios de Brahmpur hacen mejores zapatos que nosotros. Y es simplemente porque aquí no hay profesionalidad. Hace falta gente que sepa de zapatos, no de política.

Que trabaje, no que organicen un adda allí donde va.

—¿Que no hay profesionalidad? —Sen Gupta tomó el último comentario e intentó volverlo en su contra—. ¡El señor Ghosh se enterará de esto! ¿Se atreve a decir que aquí no hay profesionalidad? Ya verá, ya verá.

Hubo algo en la bravuconería y notoria envidia de Sen Gupta que hizo exclamar a Haresh:

—Sí, no hay profesionalidad.

—¿Lo ha oído? ¿Lo ha oído? —Sen Gupta miró a Rao y a Mukherji, a continuación se volvió hacia Haresh, curvando ligeramente la punta de la lengua, con la boca abierta—. ¿Está diciendo que somos poco profesionales? —Empujó la silla no hacia adelante, sino hacia atrás, de rabia, e hinchó los carrillos—. Creo que se está dando demasiados humos, sí, señor, demasiados humos. —Los ojos, enrojecidos, casi se le salieron de las órbitas.

Haresh, consciente de que había metido la pata, decidió meter también la otra.

—Sí, señor Gupta, eso es exactamente lo que estoy diciendo. Usted me está obligando a ser franco, pero es cierto, sobre todo por lo que a usted se refiere. Usted no es un profesional en ningún sentido, y uno de los peores manipuladores que he conocido, incluyendo a Rao.

—No hay duda —dijo Mukherji, que intentaba actuar de mediador, pero que se sentía ofendido por el sentido de la palabra que Sen Gupta había hecho utilizar a Haresh, y que él había tomado en un sentido que éste, al menos en primera instancia, no había pretendido darle—. No hay duda de que la empresa debe mejorar en muchos aspectos. Pero ahora vamos a hablar con calma. —Se volvió hacia Rao—. Hace muchos años que está en la empresa, incluso antes de que el señor Ghosh la comprara y se hiciera cargo de ella. Todos le respetan.

Comparados con usted, Sen Gupta y yo somos unos novatos. —A continuación le dijo a Haresh—. Y a usted todo el mundo le admira por la manera en que ha conseguido el pedido de la HSH. —Finalmente le dijo a Sen Gupta—. Dejémoslo así. —Y añadió un par de palabras apaciguadoras en bengalí.

Pero Sen Gupta se volvió hacia Haresh, poco dispuesto a dejarse apa. aguar:

—Tiene un pequeño éxito —vociferó— y ya quiere dirigir la fábrica.

Chillaba y movía incesantemente las manos, y Haresh, sulfurado por su ridícula muestra de cólera, le cortó disgustado:

—Puede estar seguro de que dirigiría este lugar mejor que usted.

Usted lo lleva como si fuera una pescadería bengalí.

Lo dijo en un arrebato, pero no había manera de desdecirse. El indeseable Rao estaba furioso; y eso que ni siquiera era bengalí. Sen Gupta se sentía exultante e indignado. Y el simultáneo insulto a Bengala y al pescado tampoco le sentó muy bien a Mukherji.

—Ha estado trabajando demasiado —le dijo a Haresh.

Esa tarde, Haresh fue citado a la oficina del señor Mukherji. Haresh pensó que sería algo relacionado con el pedido de la HSH, y llevó una carpeta que contenía la planificación semanal del trabajo. Pero el señor Mukherji le dijo que sería el señor Rao quien se ocuparía de ese pedido, y no él.

Haresh le miró con una sensación de impotencia e injusticia. Meneó la cabeza, como para desembarazarse de la última frase que había oído.

—Me dejé la piel para conseguir ese pedido, señor Mukherji, y usted lo sabe. Ha cambiado la suerte de la fábrica. Usted prácticamente me aseguró que mi departamento se encargaría de él, bajo mi susupervisión. Se lo he dicho a mis trabajadores. ¿Qué voy a decirles ahora?

—Lo siento. —El señor Mukherji meneó la cabeza—. Hemos pensado que estaba usted sobrecargado de trabajo. Que su nuevo departamento empiece tomándoselo con calma y solucione sus problemas; entonces podrá encargarse de un trabajo importante como éste. La HSH nos hará otros pedidos. Y también me han impresionado sus otros proyectos. Cada cosa a su tiempo.

—El nuevo departamento no tiene ningún problema —dijo Haresh

—. Ninguno. Funciona mejor que los otros. Y llevo toda la semana trabajando para evitar que cualquier minucia nos impida entregar el pedido a tiempo. ¡Mire! —Abrió la carpeta. El señor Mukherji negó con la cabeza.

Haresh siguió hablando, con una voz progresivamente colérica:

—No nos harán más pedidos si metemos la pata con éste. Déselo a Rao y destrozará el trabajo. Incluso he preparado un plan mediante el cual podremos entregar el pedido dos semanas antes de lo previsto.

Mukherji suspiró.

—Khanna, debe aprender a controlarse.

—Irá a ver a Ghosh.

—Las órdenes proceden del señor Ghosh.

—No es posible —dijo Haresh—. No ha tenido tiempo de enterarse.

Mukherji parecía apenado, Haresh perplejo. Éste prosiguió diciendo:

—A menos que el propio Rao le haya telefoneado a Bombay. Segur.

que lo ha hecho. ¿Ha sido esto idea de Ghosh? No creo que se le haya ocurrido a usted.

—No puedo discutirlo con usted, Khanna.

—Esto no va a acabar así. No pienso dejar las cosas como están.

—Lo siento. —Mukherji apreciaba a Khanna.

Haresh regresó a su despacho. Había sido un duro golpe. Contaba con ese pedido. Más que ninguna otra cosa deseaba enfrentarse con algo importante que él mismo había conseguido, demostrar de qué eran capaces él y su nuevo departamento... y sí, hacer algo de primera categoría para la empresa en la que trabajaba. Durante un rato se sintió vacío, carente de ánimo. Imaginó el desdén de Rao, la alegría de Sen Gupta. Tendría que darles la noticia a sus trabajadores. Era intolerable.

Y no pensaba tolerarlo.

Aunque se sentía abatido, se negó a sentarse y aceptar que tal injusticia fuera la pauta futura de su vida laboral. Le habían tratado mal y desaprovechaban su talento. Era cierto que Ghosh le había ofrecido su primer empleo —al que había tenido que incorporarse casi de inmediato

—, y le estaba agradecido. Pero tanta injusticia y sinrazón hicieron trizas su sentido de la lealtad. Fue como si hubiera rescatado a un niño de un incendio y como recompensa lo arrojaran a las llamas. Pero tenía que conservar el empleo hasta que pudiera encontrar otro. Si con un salario de trescientas cincuenta rupias ya veía difícil mantener una esposa, con un salario de cero ya podía olvidarse de todo. Sus solicitudes de empleo no habían dado ningún fruto. Pero tenía esperanzas de que pronto le saliera algo. Cualquier cosa. Aceptaría lo que fuera.

Cerró la puerta de su oficina, que casi siempre dejaba abierta, y se sentó una vez más a pensar.

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