Un buen partido
13.3
A la señora Rupa Mehra, escindida entre los cuidados a Pran, la preocupación por Savita, que podía dar a luz en cualquier momento, y la desesperada ansiedad que sentía por Lata, nada le habría gustado tanto como sufrir un colapso emocional. Pero la presión de los acontecimientos no se lo permitía, y por tanto no le quedó más remedio que abstenerse.
Siempre que Savita se encontraba en el hospital, la señora Rupa Mehra quería estar con ella. Cuando Lata estaba en la universidad —
especialmente cuando iba a uno de sus ensayos—, el corazón de la señora Rupa Mehra le saltaba en el pecho sólo de pensar en las maldades que su hija podía estar tramando. Pero Lata estaba tan ocupada que su madre apenas tenía un momento para estar a solas con ella, por no hablar de tener la oportunidad de entablar una charla sincera. Por la noche era imposible, pues cuando Savita llegaba a casa para acostarse, lo último que su madre deseaba era someterla a ninguna tensión emocional.
La señora Rupa Mehra no sabía qué hacer, y ni el Gita ni las invocaciones a su marido la ayudaban en tal eventualidad. Retirar a Lata de la obra en aquel momento podría conducirla a Dios sabe qué acción arrebatada, incluso a un abierto desafío. No podía pedirles consejo ni a Savita ni a Pran, pues ella estaba a punto de dar a luz y él
—la señora Rupa Mehra se había convencido de ello— a las puertas de la muerte. La señora Rupa Mehra aún recitaba sus dos capítulos del Gita nada más despertarse, pero los sucesos mundanos la superaban, y a veces interrumpía su recitado de los versos y se quedaba mirando al vacío, en silencio.
Pran, sin embargo, había empezado a tomarle el gusto a estar en el hospital. Encontraba el clima monzónico demasiado bochornoso, pero al menos la humedad del aire no le iba demasiado mal a sus conductos bronquiales. Había conseguido mantener su habitación libre de mosquitos. Había cambiado el Reglamento y Calendario de la Universidad de Brahmpur por Agatha Christie. Savita ya no se quejaba É
de que pasara poco tiempo con ella. Él se sentía como un sereno cautivo, flotando sin rumbo en las corrientes del universo. De vez en cuando el universo le traía alguna visita. Si Pran dormía, el visitante esperaba un rato y luego se marchaba. Si estaba despierto, charlaban.
Aquella tarde, una susurrada y perentoria conversación tenía lugar ante él. Lata y Malati habían ido a visitarle tras el ensayo. Al encontrarle dormido, decidieron sentarse en el sofá y esperar. Unos minutos después, la señora Rupa Mehra llegó con Savita.
La señora Rupa Mehra las vio y apretó los ojos en un gesto de exasperación.
—¡Vaya! —dijo.
El tono de su voz era inconfundible, aunque ni Lata ni Malati comprendían a qué era debido.
—¡Vaya! —dijo la señora Rupa Mehra en un fuerte susurro, lanzándole una mirada al dormido Pran—. Venís del ensayo, imagino.
Si había creído que tan oblicua referencia a la conspiración haría derrumbarse a las culpables, estaba muy equivocada.
—Sí, mamá —dijo Lata.
—Fue un ensayo estupendo, mamá, debería haber visto la aparición de Lata en escena —dijo Malati—. Ya verá cómo le gustará la obra cuando la vea en la Fiesta Anual.
La señora Rupa Mehra se ruborizó sólo de pensar en la idea de Lata apareciendo en escena.
—Desde luego que veré la obra, pero Lata no actuará en ella —dijo la señora Rupa Mehra.
—¡Mamá! —dijeron Lata y Malati simultáneamente.
—Las chicas no deberían actuar en el teatro...
—Mamá, ya discutimos todo esto —comenzó a decir Lata, lanzándole una mirada a Savita—. Es mejor que no despertemos a Pran.
—Sí, mamá, eso es cierto —dijo Savita—. Ahora no puedes retirar a Lata. Consentiste en dejarla actuar. Les será imposible encontrar a otra.
Lata se ha aprendido el papel...
La señora Rupa Mehra se sentó en una silla.
—¿De manera que tú también lo sabes? —le dijo a Savita en tono de reproche—. Los hijos sólo causan dolor —añadió.
Por suerte, Savita no relacionó aquel comentario con su estado.
—¿Saber? ¿Saber el qué? —dijo.
—Pues eso, que ese muchacho, K... —la señora Rupa Mehra fue incapaz de pronunciar el nombre—, actúa en la obra con Lata. Me avergüenzo de ti, Malati. Tenias mi confianza. Y has jugado tan sucio.
—Levantó la voz.; Savita se llevó un dedo a los labios.
—Mamá, por favor...
—Muy bien, de acuerdo, pero ya verás cuando seas madre —dijo la señora Rupa Mehra—. Te sacrificarás por tus hijos y te romperán el corazón.
Malati no pudo evitar sonreír. La señora Rupa Mehra la tomó con ella, considerándola el principal artífice de ese complot.
—Es posible que te creas muy lista, pero a mí no se me escapa nada
—dijo la señora Rupa Mehra. No mencioné que si se enteró de que Kabir participaba en Noche de Epifanía fue a causa de una conversación fortuita—. Sí, tú sonríe,que al final seré yo la que acabe llorando.
—Mamá, no teníamos ni idea de que Kabir actuaba en la obra —
dijo Malati—. Yo sólo procuraba tener a Lata apartada de él.
—Sí, sí, ya lo sé, lo sé todo —dijo la señora Rupa Mehra, desdichada e incrédula. De su bolso sacó el pañuelo bordado.
Pran se agitó; Savita acudió a su lado.
—Mamá, ya hablaremos de esto luego —dijo Lata—. Desde luego, no es culpa de Malati. Y ahora no puedo echarme atrás.
La señora Rupa Mehra citó un verso de uno de sus poetas didácticos favoritos para demostrar que nada era imposible, a continuación dijo..
—Y también has tenido carta de Haresh. ¿Es que no te avergüenza el solo hecho de ver a ese otro muchacho?
—¿Cómo sabes que he tenido carta de Haresh? —susurró Lata, indignada.
—Soy tu madre, por eso lo sé —dijo la señora Rupa Mehra.
—Está bien, mamá —susurró Lata un tanto acaloradamente—, tanto si confías en mí como si no, déjame decirte que no sabía que Kabir actuaría en la obra, y que cuando acaban los ensayos no nos vemos, y que tampoco existe ningún complot.
Pero eso no convenció a la señora Rupa Mehra, que —observando durante un segundo a Savita— había comenzado a pensar en la prole de inadaptados que esa inconcebible pareja podía dar a luz.
—Está medio loco, ¿lo sabías? —preguntó la señora Rupa Mehra.
Para su desconcierto y consternación, eso sólo hizo sonreír a Lata.
—¿Te ríes de mí? —preguntó, horrorizada.
—No, mamá, de él. Está llegando a la locura de una manera muy simpática —dijo Lata. Kabir estaba interpretando el papel de Malvolio con alarmante soltura; sus dificultades iniciales habían desaparecido.
—¿Cómo puedes reírte de algo así? ¿Cómo es posible? —dijo la señora Rupa Mehra, levantándose de la silla—. Creo que un par de cachetes te irían muy bien. Reírte de tu propia madre.
—Mamá, no hables tan fuerte, por favor —dijo Malati.
—Creo que es mejor que me vaya —dijo Savita.
—No, quédate —ordenó la señora Rupa Mehra—. Tú también debes oír lo que voy a decir, así luego podrás aconsejar a Lata. Conocí al padre de este muchacho en el Club Subzipore. Me dijo que su mujer estaba completamente loca. Y la extraña manera en que lo dijo me hizo pensar que él también estaba medio loco. —La señora Rupa Mehra no puedo evitar que un tono triunfal apareciera en su voz.
¡Pobre Kabir! —dijo Lata, horrorizada.
El comentario de Kabir acerca de su madre, olvidado hacía mucho tiempo, comenzaba a adquirir un horrible sentido.
Pero antes de que la señora Rupa Mehra pudiera hacerle más reproches a Lata, Pran se despertó. Miró a su alrededor y dijo:
—¿Qué ocurre? Hola, mamá, hola Lata. Ah, Malati, tú también has venido... Le pregunté a Savita qué te había ocurrido. ¿Qué pasa? Algo dramático, espero. Vamos, contádmelo. Estabais diciendo que alguien estaba loco.
—Oh, hablábamos de la obra —dijo Lata—. Malvolio, ya sabes. —
Hablar le costó un gran esfuerzo.
—Ah, sí. ¿Cómo va tu papel?
—Muy bien.
—¿Y el tuyo, Malati?
—Bien.
—Bueno, bueno, bueno. Me lo permitan o no, iré a veros. Sólo debe de faltar un mes. Qué obra tan maravillosa, Noche de Epifanía, la más apropiada para la Fiesta Anual. ¿Cómo lleva Barua los ensayos?
—Muy bien —dijo Malati, dándole la réplica a Pran al ver que Lata no estaba de humor para hablar—. Tiene verdadero talento. Nadie lo diría, al verle tan bonachón. Pero desde el primer verso...
—Pran está muy cansado —dijo la señora Rupa Mehra,
interrumpiendo esa desagradable descripción. No quería oír nada positivo de la obra. De hecho no quería oír nada que Malati, esa chica tan descarada, pudiera decir—. Pran, tómate la cena.
—Sí, una idea excelente —dijo Pran, con una avidez desmesurada para un enfermo—. ¿Qué .me habéis traído? La falta de ejercicio me da muchísima hambre. Parece que sólo viva para. comer. ¿Qué sopa hay?
Ah, de verduras —dijo, decepcionado—. ¿No podría tomar sopa de tomate de vez en cuando?
¿De vez en cuando?, se dijo Savita. Pran había tomado sopa de tomate, su favorita, el día anterior y el anterior, y a Savita se le ocurrió que a lo mejor le gustaría cambiar.
—¡Loco! ¡Que no se te olvide! —le dijo la señora Rupa Mehra a Lata en voz baja—. Recuérdalo cuando te vayas de galanteo con él.
Musulmán y loco.
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