Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 222 de 478

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Un buen partido

11.5

Al día siguientes, después de que G. N. Bannerji finalizara su alegato, el resto de abogados de la parte demandante argumentaron brevemente en relación a otros puntos específicos. También Firoz tuvo su oportunidad.

Durante unos minutos, antes de que Firoz se pusiera en pie, su mente se hundió en una inexplicable negrura, un vacío, casi. Veía su exposición lúcidamente, pero no le encontraba el menor sentido a todo lo que allí estaba en juego: aquel caso, su carrera, las tierras de su padre, ese mundo de tribunales y constituciones, su propia existencia, incluso la vida humana. La desproporcionada intensidad de los sentimientos que experimentaba —y su escasa relación con el asunto que tenía entre manos— le dejó perplejo.

Manoseó sus papeles durante unos instantes y su mente se aclaró.

Pero ahora se sentía tan nervioso, tan confuso por la inoportuna irrupción de esos pensamientos, que al principio tuvo que ocultar las manos tras el atril.

Comenzó con las frases de rigor:

—Señorías, asumo el alegato del señor G. N. Bannerji en relación a todos los puntos principales, pero me gustaría añadir mi propio alegato en relación a las tierras otorgadas por la corona. —Y a continuación arguyó, guiado por una apabullante lógica, que esas tierras entraban en una categoría completamente distinta de las demás, y que por decreto y contrato estaban protegidas de cualquier expropiación. El Tribunal le escuchó con atención, y Firoz se defendió de sus preguntas lo mejor que pudo. Aquella extraña incertidumbre había desaparecido tan repentinamente como había aparecido.

Mahesh Kapoor había robado un poco de tiempo a todo el trabajo que tenía acumulado para ir a ver a Firoz. Aunque escuchó con entusiasmo y satisfacción el alegato de éste, le pareció que sería desastroso que el Tribunal aceptara sus argumentos. Una gran proporción de las tierras en arriendo de Purva Pradesh se incluían en la

categoría de tierras concedidas por la corona tras el Motín, con objeto de restablecer el orden por mediación de los hombres más poderosos de cada localidad. Algunos, como el ancestro del nawab sahib, habían luchado contra los ingleses, pero éstos opinaron que no resultaba seguro seguir enemistados con las familias de los poderosos. La concesión de tierras, por tanto, se supeditaba a la buena conducta de los terratenientes, pero a nada más.

Mahesh Kapoor también se interesó particularmente por otra demanda, presentada por aquellos que gobernaron sus propios estados durante el dominio inglés y firmaron acuerdos de anexión a la Unión India tras la Independencia, y a quienes la Constitución había otorgado ciertas garantías. Uno de ellos era el brutal rajá de Mahr, a quien Mahesh Kapoor se hubiera sentido muy feliz de desposeer completamente. Aunque las tierras de Mahr, estrictamente hablando, formaban parte de Madhya Pradesh, a los ancestros del rajá también se les concedieron tierras en Purva Pradesh... o en las Provincias Protegidas, como se las llamaba en la época. Las tierras que poseía en Purva Pradesh caían dentro de la categoría de concesiones de la corona, aunque una de las cosas que alegaban los abogados del rajá era que sus gastos personales se habían tasado muy por debajo de lo que correspondería tomando como baremo la renta que le proporcionarían a perpetuidad sus tierras en Purva Pradesh. Esas tierras se habían otorgado al rajá como propiedad personal y no estatal, y (alegaban) dicha propiedad quedaba garantizada por dos artículos de la Constitución. Uno de ellos, sin la menor ambigüedad, declaró que el gobierno debería prestar la debida atención a cualquier garantía concedida por los pactos de unión en relación a los derechos personales, privilegios y dignidades de los ex gobernantes, y otro afirmó que las disputas que surgieran de tales pactos y documentos similares no podían solucionarse en los tribunales.

Los abogados del gobierno, por otro lado, habían remarcado en sus alegatos que los «derechos, privilegios y dignidades personales» no incluían la propiedad; en relación a este último punto, los ex gobernantes gozaban del estatus y garantías de cualquier otro ciudadano. Y tampoco estuvieron de acuerdo en que dicha cuestión —

tal como ellos la veían— no pudiera solventarse en los tribunales.

Dé haber dependido de Mahesh Kapoor, éste le habría expropiado al rajá no sólo las tierras que poseía en Purva Pradesh, sino también las de Madhya Pradesh, sin olvidarse de todas las propiedades urbanas de Brahmpur, incluyendo el solar del Templo de Shiva, cuya construcción había sufrido un nuevo impulso ante la proximidad del festival del Pul Mela. Pero eso, lástima, no era posible; de haberlo sido habría servido de freno a la despreciable vileza del rajá. No le resultó agradable pensar que ese deseo no era, en esencia, tan distinto del experimentado por el ministro del Interior, L. N. Agarwal, cuando intentó confiscar la Casa de Baitar.

El nawab de Baitar distinguió a Mahesh Kapoor cuando éste entró en la sala, aloco de iniciarse la sesión de la tarde; aunque se sentaban en distintos lados del pasillo, siempre se dedicaban un mudo saludo.

El corazón del nawab sahib rebosaba de alegría. Había escuchado con enorme orgullo y felicidad el discurso de su hijo. No pudo evitar el pensamiento de que Firoz había heredado algunos de los mejores rasgos de su madre. Ella, a veces, también se ponía nerviosa en los momentos en que más enérgica se mostraba. La atención de los jueces ante el alegato de aquel joven fue saboreada más por su padre que por el propio Firoz, quien estaba demasiado ocupado fintando las preguntas de los jueces como para concederse el placer de disfrutar de su pequeño éxito.

Ni el abogado a quien sustituía lo habría hecho mejor, pensó el nawab sahib. Se preguntó qué diría del alegato de Firoz la crónica judicial del Brahmpur Chronicle del día siguiente. Incluso imaginó que el gran Cicerón aparecía en el Tribunal Superior de Brahmpur para elogiar la habilidad de su hijo.

Pero ¿de qué servirá, al fin y al cabo? Ese pensamiento le asaltaba una y otra vez en medio de su felicidad. Cuando un gobierno está decidido a hacer algo, normalmente lo consigue, de una manera u otra.

Y la historia va en contra de nuestra clase. Miró hacia donde estaban sentados el rajá y el rajkumar de Mahr. Supongo que si simplemente se tratara de nuestra clase, no importaría, siguió diciéndose. Pero además hay muchas otras personas implicadas. Sus pensamientos se volvieron no sólo hacia sus criados y subordinados, sino también a los músicos

que solía escuchar en su juventud, a los poetas que eran sus protegidos, a Saeeda Bai.

Y observó a Firoz con renovada preocupación.

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