Un buen partido
10.22
Lo cierto es que Rasheed tenía más problemas de los que imaginaba, aunque no se enteró hasta la noche siguiente.
Cuando, tras una noche de insomnio, Maan le pidió que le ayudara a leer la carta de Saeeda Bai, Rasheed se quedó mirando el sobre con aire pensativo durante un momento, con aspecto de sentirse incómodo (probablemente azorado ante esa petición, pensó Maan) y, ante su sorpresa, aceptó.
—Tras la cena —le sugirió.
Aunque parecían faltar meses para la cena, Maan asintió agradecido.
Pero la crisis estalló inmediatamente después de la oración nocturna. Rasheed tuvo que subir a la azotea, donde había sido convocado a una reunión a la que asistían otros cinco hombres: su abuelo, su padre, Netaji, el hermano de su madre (que había llegado aquella tarde sin su amigo el guppi) y el imam de la mezquita.
Todos se sentaron en una gran alfombra en mitad de la azotea.
Rasheed hizo sus adaabs.
—Siéntate, Rasheed —dijo su padre. Aparte de responder a sus saludos, nadie más dijo nada.
Sólo el Oso pareció alegrarse de verle, a pesar de que la situación le incomodaba bastante.
—Toma un vaso de sherbet, Rasheed —dijo tras unos momentos, entregándole un vaso que contenía un líquido rojo—. Está hecho de rododendros —explicó—. Es excelente. Cuando visité las colinas el mes pasado... —Su voz se extinguió lentamente.
—¿Por qué me habéis llamado? —preguntó Rasheed, mirando en primer lugar al desgarbado Oso, y a continuación al imam. El imam de De-baria era un buen hombre, y también el miembro de más edad de una familia de grandes terratenientes del pueblo. Generalmente saludaba a Rasheed de manera afectuosa, pero desde hacía un par de
días Rasheed le veía distante. Quizá el incidente de Sagal le había molestado, o quizá, en los rumores que proliferaban, se había confundido a un imam con otro. De todos modos, fueran cuales fueran sus errores teológicos o sociales, resultaba humillante tener que responder a unos cargos de descortesía ante lo que parecía un comité acusador. ¿Y por qué habían hecho venir al Oso desde tan lejos para que se les uniera? Rasheed dio un sorbo a su sherbet y miró a los demás. Su padre parecía disgustado, su abuelo muy serio. Netaji se esforzaba en ofrecer un aspecto ecuánime; aunque, como siempre, sólo parecía pagado de sí mismo.
Fue el padre de Rasheed quien habló, con su voz curtida por el paan.
—Abdur Rasheed, ¿cómo te atreves a abusar de la posición que te otorga el ser hijo mío y miembro de esta familia? El patwari vino aquí hará un par de días, te buscaba. Como no pudo encontrarte, habló conmigo, gracias a Dios.
Rasheed palideció.
Fue incapaz de decir una palabra. Lo que había ocurrido estaba muy claro. El condenado patwari, que sabía perfectamente que era Rasheed quien tenía que ir a visitarle, había decidido encontrar una excusa y hablar directamente con su familia. Suspicaz y preocupado por sus instrucciones, y perfectamente consciente de quién le procuraba el ghee y el roti, había decidido eludir a Rasheed y buscar confirmación a sus órdenes. Sin duda había venido durante la oración nocturna, pues sabía que a esa hora, muy probablemente, Rasheed estaría en la mezquita, y su padre, con toda certeza, no.
Rasheed apretó su vaso. Se le secaron los labios. Dio un sorbo de sherbet. Ello pareció enfurecer aún más a su padre. Con el dedo señaló la cabeza de Rasheed.
—No seas impertinente. Contéstame. En esa mollera tuya hay mucho pelo y nada de sensatez, pero recuerda bien esto, Rasheed, ya no eres un niño,y no esperes que te trate como a tal.
Baba añadió:
—Rasheed, esta tierra no es tuya, y no puedes regalarla. Le hemos dicho al patwari que anule tus desafortunadas instrucciones. ¿Cómo pudiste hacer algo así? He confiado en ti desde que eras un niño. Nunca fuiste obediente, pero tampoco jugaste sucio.
El padre de Rasheed dijo:
—En caso de que te sientas inclinado a hacer más desastres, debes saber que tu nombre ya no está ligado a estas tierras. Y que lo que escribe un patwari es muy difícil que un Tribunal Supremo lo anule.
Aquí no funcionarán tus planes de comunismo. Aquí no nos tragamos fácilmente las teorías y visiones de los brillantes universitarios de Brahmpur.
En los ojos de Rasheed apareció un destello de rabia y resistencia.
—No puedes desposeerme de ese modo —dijo—. La ley de la comunidad es clara. —Se volvió hacia el imam, apelando a su confirmación.
—Veo que también has hecho buen uso de tus arios de estudios religiosos —dijo su padre, mordaz—. Bueno, te lo advierto, Rasheed, puesto que te estás refiriendo a la ley de la herencia, tendrás que esperar a que mi padre y yo descansemos en paz cerca del lago antes de poder tomar posesión de ella.
El imam pareció profundamente consternado, y decidió intervenir.
—Rasheed —dijo sin perder la calma—, ¿qué te indujo a obrar a espaldas de tu familia? Sabes que el orden. depende de que las familias decentes del pueblo actúen como es debido.
¡Como es debido!, pensó Rasheed. Menudo chiste, menudo chiste más hipócrita. No había duda de que actuar como es debido consistía en arrancar a los siervos de las parcelas que habían cultivado durante años a fin de salvaguardar sus propios intereses. Cada vez estaba más claro que la presencia del imam obedecía sólo en parte a su condición de consejero espiritual.
¿Y el Oso? ¿Qué tenía que ver con todo eso? Rasheed se volvió hacia él, suplicándole en silencio su apoyo. Creía que, hasta cierto punto, el
Oso se mostraría comprensivo con sus propósitos. Pero éste fue incapaz de sostenerle la mirada.
El padre de Rasheed le leyó el pensamiento. Dejando entrever lo que quedaba de sus dientes, dijo:
—No esperes que tu mamu te dé ánimos. Ya no puedes ir corriendo a pedirle ayuda. Hemos discutido el asunto todos juntos, en familia, en familia, Abdur Rasheed. Por eso está aquí. Y tiene todo el derecho a mezclarse en esto, y a estar indignado por tu..., por tu comportamiento.
Parte de nuestra tierra se compró con la dote de su hermana. ¿Crees que permitiremos que nos arrebaten tan fácilmente algo por lo que hemos luchado durante generaciones, unas tierras que hemos cultivado, extendido y mejorado? ¿Crees que no tenemos suficientes problemas con esas lluvias que no acaban de llegar como para desear encima una plaga de langostas? Si le das una parcela a un chamar...
En el piso de abajo, el bebé empezó a gimotear. El padre de Rasheed se levantó, se asomó por el pretil que daba al patio y gritó:
—¡Madre de Meher! ¿No puedes impedir que el hijo de Rasheed arme todo ese alboroto? ¿Es que los hombres no pueden hablar sin que se les moleste? —Se volvió para decir—: Recuerda esto, Rasheed: nuestra paciencia tiene un límite.
Rasheed, súbitamente furioso, y apenas parándose a pensar lo que decía, estalló:
—¿Y crees que la mía no lo tiene? Cada vez que vengo a este pueblo, lo único que encuentro son pullas y envidias. Ese anciano que está en la miseria, que tan bien se portó contigo, abba, en los viejos tiempos, y al que ahora das de lado...
—No te desvíes del tema —dijo el padre con hosquedad—. Y no alces la voz.
—No me estoy desviando, son sus malvados y codiciosos hermanos y hermanas quienes me provocaron delante de su mezquita y quienes ahora extienden esos infames rumores....
—Tú siempre te ves como un héroe...
—Si existiera la justicia, serían llevados ante los tribunales con cadenas y obligados a purgar sus crímenes.
—Tribunales, así que quieres mezclar a los tribunales en todo esto, Abdur Rasheed...
—Sí, lo haré si no hay otro camino. Y acabarán siendo los tribunales quienes te harán devolver lo que durante generaciones has...
—¡Basta! —La voz de Baba sonó como un latigazo.
Pero Rasheed apenas le oyó.
—Tribunales, abba —gritó—, ¿te estás quejando de los tribunales?
¿Qué crees que es esto? Este panchayat, 75 este comité inquisitorial de cinco personas en donde os sentís libres para insultarme...
—¡Basta! —dijo Baba. Nunca había tenido que levantar la voz dos veces hablando con Rasheed.
Rasheed calló e inclinó la cabeza.
Netaji dijo:
—Rasheed, no debes vernos como un tribunal. Somos tus mayores, tus amigos, y nos hemos reunido en ausencia de extraños para aconsejarte.
Rasheed puso toda su voluntad en refrenarse, y consiguió no decir nada. Abajo, el bebé comenzó a llorar de nuevo.
Rasheed se levantó antes de que su padre pudiera hacerlo, y gritó en dirección al patio:
—¡Mujer! ¡Mujer! Procura que la criatura esté cómoda.
—En este asunto, ¿has tenido en cuenta al interesado? —preguntó su padre, señalando con la cabeza hacia el patio.
Rasheed le miró con los ojos desorbitados.
—¿Has pensado en el propio Kachheru? —preguntó Baba en un tono inflexible.
¿Kachheru...? —dilo Rasheed—. Él no sabe nada, Baba. No sabe nada de esto. Él no me pidió que hiciera nada. —Se llevó una mano a la
cabeza. De nuevo esa intolerable presión en las sienes.
Baba suspiró, a continuación, mirando por encima de la cabeza de Rasheed, en dirección al pueblo, dijo:
—Bueno, es probable que este asunto se haga público. Ése es el problema. Hoy estamos aquí cinco. Seis. Por mucho que prometamos no decir nada, de alguna manera se sabrá. Naturalmente, asumimos que nuestro invitado, tu amigo, no está al tanto de todo esto, lo que ya es algo...
—¿Maan? —dijo Rasheed, incrédulo—. ¿Habéis hablado con Maan?
—... pero también está el patwari, que callará o lo contará todo, según le convenga. Es un tipo astuto. —Baba hizo una pausa para considerar sus siguientes palabras—. Saldrá a la luz, y muchas personas creerán que Kachheru te indujo a obrar así. Tenemos que dar un escarmiento. Me temo que no se lo has puesto fácil.
—Baba... —protestó Rasheed.
Pero su padre le atajó con una voz llena de cólera:
—Deberías haberlo pensado antes. ¿Qué era lo peor que podía pasarle? ¿Tener que rotar de una parcela a otra? De todos modos, habría seguido gozando del apoyo de nuestra familia, habría seguido utilizando nuestro ganado y nuestras herramientas; eres tú, tú quien ha perjudicado a mi .viejo chamar.
Rasheed se cubrió la cara con las manos. El Oso dijo:
—Bueno, todavía no se ha decidido nada, naturalmente.
—No —asintió Baba tras una pausa. Rasheed suspiraba
profundamente, y el pecho se le movía arriba y abajo.
El padre de Rasheed dijo:
—En lugar de censurar el comportamiento de los demás, espero que esta experiencia te haga considerar el tuyo. Hasta ahora no hemos oído ni una palabra de disculpa, ni tampoco que admitieras haber obrado mal. Créeme, de no haber sido por tu mamu y el imam sahib, no habríamos sido tan clementes. Si lo deseas, puedes seguir viviendo aquí.
Con el tiempo, volveremos a poner parte de la tierra a tu nombre,
dependiendo de que te muestres digno de ella. Pero que no te quepa duda, en el momento en que vuelvas a traicionar nuestra confianza las puertas de esta casa te estarán cerradas para siempre. No me da miedo perder un hijo. Ya perdí uno. Ahora vete abajo. Ocúpate de tu mujer y tu hijo, de tus hijos. Tenemos que tratar el asunto de Kachheru.
Rasheed miró aquellas caras una por una. Vio compasión en algunas, pero en ninguna halló apoyo.
Se levantó, dijo: «Khuda haafiz» en voz baja y bajó las escaleras hasta el patio. Se quedó un rato mirando el granado, a continuación entró en la casa. El bebé y Meher estaban durmiendo. Su mujer parecía profundamente preocupada. Él le dijo que no cenaría. Un tanto aturdido, salió de la casa.
Maan, cuando vio salir a Rasheed, sonrió aliviado.
—Oí ruido de gente hablando y pensé que no bajarías nunca —dijo.
Sacó la carta de Saeeda Bai del bolsillo de su kurta.
Durante un segundo, Rasheed pensó en desahogarse con Maan, incluso en pedirle ayuda. Él era el hijo del mismísimo autor de la ley cuyo objetivo era hacer justicia. Pero entonces, abruptamente, dio media vuelta.
—Pero esto... —dijo Maan, agitando el sobre.
—Luego, luego —dijo Rasheed con una voz apagada, y comenzó a alejarse de la casa en dirección al norte.
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