Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 277 de 478

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Un buen partido

Decimotercera Parte

Nace una niña;

prudentes mujeres le dedican sus zalemas.

Un zapatero escribe.

Un poeta manda por correo sus poemas.

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13.1

Maan, Firoz e Imtiaz no tardaron mucho en aparecer. Maan intentó animar un poco a Savita. Firoz no dijo gran cosa. Al igual que todos los demás, le afligía ver a Pran en tan lamentable estado, esforzándose por respirar.

Imtiaz, por otro lado, no parecía afectado por la dolorosa lucha de su amigo, y procuró hacer un diagnóstico lo más rápidamente posible.

Parvati Seth era una experta enfermera, y ayudaba a mover a Pran siempre que era necesario. Imtiaz sabía que Pran, en su situación, sólo podía responder a sus preguntas asintiendo o negando con la cabeza, de modo que las cuestiones referentes al lugar donde le había sobrevenido el ataque y lo repentino que había sido se las dirigía a Savita. Malati describió, de una manera bastante clínica, el incidente que había tenido lugar en clase pocos días antes. Mientras iban hacia la casa, Firoz le contó a Imtiaz que cuando se vieron en el Tribunal Superior, pocos días antes, Pran se quejó de cierto agotamiento y, sobre todo, de ciertas molestias en la zona del corazón.

La señora Rupa Mehra permanecía sentada en una silla, en silencio.

Lata, de pie junto a ella, le rodeaba el hombro con el brazo. La señora Rupa Mehra no le dijo nada a Lata. La preocupación que sentía por Pran dejaba de lado todo lo demás.

En ocasiones Savita miraba a su marido; otras, el gesto de concentración que aparecía en la cara alargada de Imtiaz. Tenía un pequeño lunar en la mejilla que le llamaba particularmente la atención, aunque no sabía por qué. En aquel momento, Imtiaz estaba palpando el hígado de Pran, lo cual parecía algo bastante extraño en un ataque de asma.

Le dijo al doctor Kishen Chand Seth..

—Espasmo bronquial, desde luego. Debería pasársele solo, pero si dentro de un rato sigue igual le administraré adrenalina subcutánea. De todos modos, si es posible preferiría evitarlo. Me pregunto si podría usted conseguir que mañana traigan el electrocardiógrafo.

Ante la mención de la palabra «electrocardiógrafo», no sólo el doctor Seth, sino todos los presentes, se sobresaltaron.

—¿Qué necesidad hay de eso? —dijo bruscamente el doctor Seth.

Sólo había un electrocardiógrafo en Brahmpur, y se hallaba en el hospital de la facultad de medicina.

—Bueno, me gustaría hacerle un electrocardiograma. Creo que es mejor no mover a Pran, de manera que me preguntaba si podría hacer que lo trajeran aquí. Si lo pido yo, pensarán que soy un jovenzuelo de ideas modernas que no sabe cómo tratar el asma.

Eso era exactamente lo que pensaba el doctor Kisehn Chand Seth en aquel momento. ¿Acaso quería dar a entender que él, el doctor Seth, tenía ideas anticuadas? Sin embargo, la seguridad con que Imtiaz había examinado al paciente le había impresionado. Dijo que lo dispondría todo para que trajeran el electrocardiógrafo. Sabía que las clínicas que poseían tales instrumentos los guardaban como oro en paño.

En aquella época, en Lucknow sólo había un electrocardiógrafo, y en Benarés ninguno. El hospital de la facultad de medicina se sentía extremadamente orgulloso y celoso de tan reciente adquisición, pero el doctor Seth era un hombre de peso en el hospital, al igual que en todas partes. Al día siguiente trajeron el electrocardiógrafo.

Pran, que se había estabilizado tras otra traumática hora de respiración dificultosa, acabó durmiéndose, agotado. Cuando despertó se encontró en su dormitorio acompañado de Imtiaz y de aquel inesperado instrumento.

—¿Dónde está Savita? —preguntó.

—Descansa en el sofá de la otra habitación. Órdenes del médico. Se encuentra bien.

—¿Qué es eso? —preguntó Pran.

—Un electrocardiógrafo.

—No es muy grande —dijo Pran, muy poco impresionado.

—Los virus tampoco —dijo Imtiaz con una carcajada—. ¿Cómo has dormido?

—Bien. —La voz de Pran era clara; respiraba sin dificultad.

—¿Cómo te sientes?

—Un poco débil. De verdad, Imtiaz, ¿para qué quieres hacerme un electrocardiograma? Eso es para el corazón, y mi problema son los pulmones.

—¿Por qué no dejas que eso lo decida yo? Quizá estés bien, pero un electro no puede hacerte ningún daño. Tengo la impresión de que puede sernos de ayuda. Mi opinión es que quizá no se trate de un simple ataque de asma.

Imtiaz sabía que no podría arrullar a Pran en una confortadora hamaca de ignorancia, y creyó que debía ser franco con él.

Pero todo lo que Pran dijo fue «Oh». Todavía tenía sueño.

Tras un rato, Imtiaz le preguntó algunos detalles de su historial médico, y añadió:

—Voy a pedirte que te muevas lo menos posible.

—Pero mis clases...

—Ni hablar —dijo Imtiaz animadamente.

—¿Y mis comités?

Imtiaz rió.

—Olvídalos. De todos modos, Firoz siempre me dice que los detestas. Pran se reclinó sobre la almohada.

—Siempre fuiste un mandón, Imtiaz —dijo—. De todos modos, está claro qué clase de amigo eres. Apareces en el Holi, me metes en un lio, y luego sólo me visitas cuando estoy enfermo.

Imtiaz bostezó.

—Supongo que tu excusa es que trabajas demasiado.

—Es cierto —dijo Imtiaz—. El doctor Khan, a pesar de su juventud, o quizá a causa de ella, es uno de los médicos más solicitados de Brahmpur. Su dedicación a la medicina es ejemplar. Y exige que incluso los pacientes más rebeldes obedezcan órdenes.

—Muy bien, muy bien —dijo Pran, y se sometió al electro—.

Veamos, ¿cuándo me harás otra visita?

—Mañana. Y recuerda, no salgas de casa, y si puede ser, tampoco de la cama.

—Por favor, señor, ¿puedo ir al cuarto de baño?

—Sí.

—¿Y puedo recibir visitas?

—Sí.

Al día siguiente, Imtiaz tenía un aspecto muy serio. Examinó la lectura del electro y le dijo a Pran, sin rodeos:

—Bueno, yo tenía razón. Esta vez no ha sido sólo asma, sino el corazón. Sufres lo que solemos denominar «un severo agotamiento del ventrículo derecho». Voy a recomendarte tres semanas de completo descanso, y voy a ingresarte en el hospital durante un par de días. No te alarmes. Pero olvídate de las clases. Y del comité y de todo lo demás.

—Pero el bebé...

—¿El bebé? ¿Hay algún problema?

—¿Quieres decir que el bebé nacerá cuando esté en el hospital?

—Eso depende del bebé. Por lo que a mí se refiere, voy a hacerte descansar tres semanas a partir de ahora. El bebé no es asunto mío —

dijo Imtiaz despiadadamente. A continuación añadió—: Y tú ya has aportado a su nacimiento todo lo que estaba en tu mano. El resto es cosa de Savita. No creo que poner en peligro tu salud sea bueno ni para ella ni para el bebé.

Pran aceptó la justicia de tal argumento. Cerró los ojos, pero en el momento en que lo hizo le invadió una vaga angustia.

Volvió a abrirlos rápidamente y dijo:

—Imtiaz, por favor, dime qué es eso, el agotamiento del ventrículo de que me has hablado. No me digas que no tengo por qué saberlo. ¿He sufrido un ataque al corazón o algo parecido? —Recordó el comentario

de Firoz: «El corazón y los pulmones son dos cosas muy diferentes, joven, muy diferentes», y, a pesar de sí mismo, comenzó a sonreír.

Imtiaz le observó con aquella misma expresión de seriedad que tan poco casaba con él, y dijo:

—Bueno, ya veo que la idea de un ataque al corazón te divierte.

Bueno, la verdad es que no has tenido ninguno y, bueno, no es probable que lo tengas. Pero ya que me lo has preguntado, deja que te lo explique lo más claramente posible. —Hizo una pausa, reflexionó un instante acerca de cómo expresarlo, y a continuación prosiguió—: Existe una íntima conexión entre el corazón y los pulmones; comparten la misma cavidad, y el lado derecho del corazón suministra sangre viciada al corazón para que la renueve, para que la oxigene, como decimos nosotros. De modo que cuando los pulmones no funcionan como es debido (por ejemplo, cuando no les llega suficiente aire porque los conductos de aire se atascan debido al espasmo bronquial), el corazón queda afectado. Procura suministrar más sangre a los pulmones para compensar el defectuoso intercambio de oxígeno, y eso provoca que la cámara de suministro esté llena desangre, que se congestione y se distienda, ¿lo entiendes?

—Si. Te explicas muy bien —dijo Pran con cierta tristeza.

—Debido a esa congestión y distensión, el corazón pierde eficacia al bombear y eso es lo que llamamos «un fallo congestivo cardíaco». No tiene nada que ver con lo que los profanos denominan «fallo cardíaco».

Para ellos eso significa un ataque al corazón. Bueno, como ya te he dicho, no corres ese peligro.

—¿Entonces por qué debo quedarme tres semanas en la cama? Me parece muchísimo tiempo. ¿Qué pasará con mi trabajo?

—Bueno,puedes trabajar un poco en la cama —dijo Imtiaz—. Y

luego dar algún paseo. Pero olvídate del críquet por una temporada.

—¿Olvidarme del críquet?

—Eso me temo. Ahora, en cuanto a medicamentos, aquí tienes dos tipos de tabletas blancas. Éstas debes tomarlas tres veces al día, y éstas una vez al día durante la primera semana. Luego es posible que te reduzca un poco el digoxin, según cómo tengas el pulso. Pero tendrás

que seguir con la aminofilina al menos un par de meses. Si fuera necesario, te pondría una inyección de penicilina.

—Todo esto parece muy serio, doctor —dijo Pran, intentando quitarle gravedad a la conversación. Este Imtiaz era muy distinto del que había ayudado a meter al catedrático Mishra en la bañera.

—Es que te estoy hablando muy en serio.

—Pero si no se trata de un ataque al corazón, ¿cuál es el peligro?

—Si tienes un fallo congestivo cardíaco, la sangre se te acumulará en el organismo. El hígado te aumentará de tamaño, y también los pies, las venas del cuello se harán más prominentes, toserás y te quedarás sin aliento, especialmente cuando camines o hagas ejercicio. Y también es posible que chanclo afecte al cerebro te sientas mareado. No quiero alarmarte, no es algo que pueda provocarte la muerte...

—Pues me estás alarmando —dijo Pran, mirando el lunar de Imtiaz y encontrándolo muy irritante—. ¿Qué otra cosa, si no? No voy a estarme tres semanas en la cama. Sé que estoy bien. Soy, bueno, soy una persona joven. Me siento perfectamente. Y en cuanto se me pasan los espasmos respiratorios me encuentro tan bien como siempre, tan sano cómo cualquiera, en forma. Juego al críquet. Me encantan las caminatas...

—Me temo —dijo Imtiaz— que el panorama ha cambiado. Antes estabas enfermo de asma. Ahora, sin embargo, el principal problema es el lado derecho del corazón. Necesitas descansar. Te conviene hacer caso de mi consejo.

Pran pareció contrariado ante la formalidad con la que le hablaba su amigo, y dejó de protestar. Imtiaz había dicho que eso no podía provocarle la muerte a corto plazo. Pran supo sin preguntarlo —tanto por la seriedad con que le habló su amigo como por la lista de posibles complicaciones— que casi con toda seguridad podía* llegar a amenazar su vida a largo plazo.

Cuando Imtiaz se marchó, Pran intentó afrontar aquellas nuevas circunstancias. Pero aquel día se parecía mucho al anterior,y la súbita intrusión de esas circunstancias era algo que, se dijo, podría olvidar en un abrir y cerrar de ojos, como un recuerdo inoportuno o una pesadilla.

Pero se sentía deprimido, y le resultó difícil ocultarlo y comportarse normalmente con Lata, con su suegra o, principalmente, con Savita.

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