Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 75 de 478

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Un buen partido

5.5

Mientras tanto, en el piso de arriba, Priya estaba hablando con Veena, que había ido a visitarla. Y no sólo se trataba de una visita de cortesía, sino de una emergencia. Veena estaba muy alterada. Había llegado a su casa y se había encontrado a Kedarnath no sólo con los ojos cerrados, sino con la cabeza hundida entre las manos. Eso era muchísimo peor que su estado de angustia optimista. Kedarnath no quería hablar del asunto, pero ella acabó descubriendo que estaba pasando serios apuros financieros. Entre los piquetes y la policía, que ahora permanecía apostada en Chowk, el mercado de mayoristas había pasado de funcionar a medio gas a detenerse del todo. Cada día le llegaban chits que había que hacer efectivos, y carecía de liquidez.

Aquellos que le debían dinero, en particular los grandes almacenes de Bombay, habían aplazado el pago de la mercancía anterior, pues creían que en el futuro ya no podría suministrarles más mercancía. Los artículos que conseguía de gente como Jagat Rail), que hacía zapatos por encargo, no eran suficientes. Para entregar los pedidos que tenía apalabrados con compradores de todo el país, necesitaba los zapatos de los acarreadores de cestos, y éstos no se atrevían a aparecer por Misri Manda.

Pero el problema inmediato era cómo hacer efectivos los chits que le llegaban. No tenia a nadie a quien acudir, todos sus asociados iban escasos de liquidez, y no quería ni oír hablar de pedirle ayuda a su suegro. En suma: Kedarnath estaba desesperado. Una vez más intentaría hablar con sus acreedores: los prestamistas que estaban en posesión de sus chits y sus vendedores a comisión, que acudían a cobrar a fin de mes. Procuraría convencerles de que no tenía sentido ponerle a él y a otros como él —financieramente hablando-entre la espada y la pared. Aquella situación no podía durar. No era insolvente, sólo carecía de liquidez. Pero incluso mientras hablaba sabía cuál sería la respuesta.

Sabía que el dinero, contrariamente al trabajador, no le debía fidelidad a ningún oficio en particular, y nada le costaba abandonar el negocio del calzado para pasarse, digamos, a unos fríos almacenes, y para ello no precisaba ningún reciclaje profesional, y era capaz de hacerlo sin

remordimientos ni vacilaciones. Lo único que preguntaba era: «¿A qué interés?» y «¿Qué riesgo?».

Veena no había acudido a Priya para pedirle ayuda financiera, sino a consultarle acerca de la mejor manera de vender las joyas que le había regalado su madre al casarse... y a llorar sobre su hombro. Traía las joyas con ella. Tras aquellos días traumáticos en que la familia tuvo que huir de Lahore, ya no quedaba gran cosa. Cada pieza significaba tanto para ella que comenzaba a llorar cuando pensaba en perderla. Sólo le pedía dos cosas: que su marido no se enterara hasta que las joyas se hubieran vendido y que durante unas semanas al menos, su padre y su madre no se enteraran.

Hablaban rápidamente, pues no había intimidad en la casa y cualquiera podía entrar en la habitación de Priya.

—Mi padre está aquí —dijo Priya—. Abajo, hablando de política.

—Siempre seremos amigas, pase lo que pase —dijo Veena de pronto, y comenzó a llorar de nuevo.

Priya abrazó a su amiga, le dijo que tuviera valor y le sugirió un tonificante paseo por la azotea.

—¿Qué, con este calor, estás loca? —dijo Veena.

—¿Por qué no? O una insolación o las interrupciones de mi suegra, no sé qué prefiero.

—Me dan miedo vuestros monos —dijo Veena como segunda línea de defensa—. Primero se pelean en el tejado de la fábrica de daal, y luego saltan a vuestra azotea. Deberían cambiar el nombre de Shahi Darvaza por el de Hanuman Dwar.

—Tú nunca tienes miedo de nada. No te creo —dijo Priya—. De hecho, te envidio. Puedes salir de tu casa siempre que quieres. Mírame a mí. Y mira los barrotes del balcón. Los monos no pueden entrar, y yo no puedo salir.

—Ah —dijo Veena—, no deberías envidiarme.

Quedaron en silencio.

—¿Cómo está Bhaskar? —preguntó Priya.

La rolliza cara de Veena se iluminó con una sonrisa, aunque bastante triste.

—Está muy bien, tan bien como tus hijos. Insistió en venir. En este momento están todos en la plaza, jugando a críquet. La higuera de las pagodas no parece molestarles... Cómo desearía que tuvieras un hermano o una hermana —dijo Veena de pronto, pensando en su propia infancia.

Las dos amigas se dirigieron hasta el balcón y se asomaron por la reja de hierro forjado. Sus tres hijos, junto con dos más, jugaban al críquet en la pequeña plaza. La hija de Priya, de diez años, descollaba sobre todos los demás. Era una buena lanzadora y una magnífica bateadora. Generalmente conseguía esquivar la higuera, lo cual ocasionaba problemas sin fin a los demás.

—¿Por qué no te quedas a comer? —preguntó Priya.

—No puedo —dijo Veena, pensando en Kedarnath y en su suegra, que la estarían esperando—. Quizá mañana.

—Mañana, entonces.

Veena le dejó el bolso con las joyas a Priya, quien lo encerró en un almirah de acero. Junto a la vitrina, Veena dijo:

—Estás engordando.

—Siempre he sido gorda —dijo Priya—, y como no hago nada más que estar sentada todo el día, como un pájaro enjaulado, voy engordando.

—No estás gorda y nunca lo has estado —dijo su amiga—. ¿Y

cuándo dejaste de pasear por la azotea?

—Sigo haciéndolo —dijo Priya—, aunque un día saltaré.

—Si sigues hablando así me iré —dijo Veena, e hizo ademán de marcharse.

—No, no te vayas. No sabes cuánto me ha alegrado verte —dijo Priya—. Espero que siga tu racha de mala suerte. Así siempre acudirás corriendo a mí. Si no hubiera sido por la Partición jamás habrías venido a Brahmpur.

Veena rió.

—Vamos, subamos a la azotea —insistió Priya—. La verdad es que aquí no puedo hablar libremente. Siempre hay alguien que entra y escucha desde el balcón. Odio vivir aquí, soy tan infeliz, si no te lo cuento reventaré. —Rió y tiró de Veena para que se levantara—. Le diré a Bablu que nos traiga algo para evitar la insolación.

Bablu era un extraño criado de cincuenta años que había comenzado a servir en la familia de niño y que con el tiempo se había vuelto cada vez más excéntrico. Últimamente le había dado por tomarse las medicinas de todo el mundo.

Cuando llegaron a la azotea se sentaron a la sombra de un depósito de agua y comenzaron a reír como colegialas.

—Deberíamos ser vecinas —dijo Priya, agitando su melena negra, que se había lavado y untado con aceite esa mañana—. Entonces, aunque me tirara azotea abajo, caería en la tuya.

—Sería horrible que fuéramos vecinas —dijo Veena, riendo—. La bruja y el espantapájaros se reunirían cada tarde para quejarse de sus nueras. «Oh, ha hechizado a mi hijo, se pasan el día jugando al chaupar en la azotea, y él está más negro que el hollín. Y encima se pone a cantar en la azotea sin recato, delante de todo el mundo. Y

deliberadamente prepara comidas pesadas para que me den gases. Un día explotaré y ella bailará sobre mi esqueleto.»

Priya rió.

—No —dijo—, estaría bien. Las dos cocinas estarían una enfrente de la otra, y las verduras podrían acompañarnos en nuestras quejas acerca de la opresión. «Oh, amiga Patata, la khatri espantapájaros no me deja vivir. Diles a todos que morí desgraciada. Adiós, adiós, no me olvidéis nunca.» «O amiga Calabaza, la bruja bania me permite vivir dos días más. Lloraré por ti, pero no podré asistir a tu chautha.

Perdóname, perdóname.»

Veena soltó otra carcajada.

—De hecho, siento mucha lástima por mi espantapájaros —dijo—.

Lo pasó muy mal durante la partición. Pero ya me resultaba horrible en

Lahore, incluso después de que Bhaskar hubiera nacido. Si ve que no me siento desgraciada, entonces ella se siente muy desgraciada. Cuando nos convirtamos en suegras, Priya, alimentaremos a nuestras nueras con ghee y azúcar cada día.

—Yo, desde luego, no siento lástima por mi bruja —dijo Priya, disgustada—. Y ciertamente le haré la vida imposible a mi nuera desde que se levante hasta que se acueste, hasta que destruya totalmente su espíritu. Las mujeres están mucho más guapas cuando son infelices, ¿no crees? —Agitó su espesa melena negra de un lado a otro y miró las escaleras—. Ésta es una casa asquerosa —añadió—. Ojalá fuera un mono de esos que se pelean en el tejado de la fábrica de daal, y no una nuera en casa del rai bahadur. Iría corriendo hasta el mercado y robaría plátanos. Reñiría con los perros, les gritaría a los murciélagos. Iría al Tarbuz ka Bazaar y le pellizcaría el culo a las hermosas prostitutas.

Yo..., ¿sabes qué hicieron los monos el otro día?

—No —dijo Veena—. Cuéntamelo.

—Es lo que iba a hacer. Bablu, que cada vez está más loco, colocó los despertadores del rai bahadur sobre el antepecho de la ventana.

Bueno, pues lo que vimos a continuación fue a tres monos en la higuera, examinándolos y diciendo: «Mmmmmmm», «Mmmmmmmm», con

una voz aguda, como si dijeran: «Bueno, ya tenemos nuestros relojes. ¿Y

ahora?» La bruja salió. No teníamos a mano los paquetitos de trigo con que normalmente los sobornamos, de manera que cogimos unos cuantos musammis, bananas y zanahorias e intentamos engatusarlos, diciendo: «Venid, venid, bonitos, venid, juro por Hanuman30 que os daré cosas buenas para comer...» Y vinieron enseguida, bajaron uno por uno, muy cautos, todos con su reloj escondido detrás del brazo. A continuación comenzaron a comer, primero con una mano, así, a continuación, dejando los despertadores en el suelo, con las dos manos.

Bueno, pues aún no habían acabado de dejar los tres despertadores en el suelo cuando la bruja ya esgrimía un palo que tenía escondido a la espalda y comenzaba a amenazarlos, utilizando palabras tan groseras que me dejó asombrada. La zanahoria y el palo, ¿no es eso lo que dicen en Inglaterra? De manera que la historia tuvo un final feliz. Pero los monos de Shahi Darvaza son muy inteligentes. Saben lo que pueden conseguir como rescate y lo que no.

Bablu subió las escaleras, portando cuatro vasos de nimbu pani frío.

En el interior de cada vaso, lleno hasta el borde, hundía uno de sus dedos sucios.

—¡Bebed! —dijo Bablu, dejando los vasos en el suelo—. Si os sentáis al sol de esta manera cogeréis una neumonía. —A continuación desapareció.

—¿Igual que siempre? —preguntó Veena.

—Igual, pero peor —dijo Priya—. Nada cambia. Lo único que me consuela es que Vakil sahib ronca tan fuerte como siempre. A veces, por la noche, cuando la cama vibra, tengo la impresión de que va a desaparecer, y de que todo lo que me quedará de él para derramar mis lágrimas serán sus ronquidos. Pero no puedo contarte todo lo que ocurre en esta casa —añadió misteriosa—. Tienes suerte de no tener mucho dinero. No puedo decirte lo que la gente llega a hacer por dinero, Veena. ¿Y en qué va a parar todo ese dinero? No en educación ni en arte ni en literatura, no, se gasta todo en joyas. Y las mujeres de la casa tienen que llevar diez toneladas de joyas en cada boda. Y deberías ver cómo comparan lo que lleva uno y lo que lleva el otro. Oh, Veena —

dijo, dándose cuenta de pronto de lo desafortunado de ese comentario

—, tengo la mala costumbre de parlotear como un loro. Dime que me calle.

—No, no, me lo paso muy bien —dijo Veena—. Pero dime, cuando el joyero venga a tu casa la próxima vez, ¿podrás conseguir que te tase las mías? ¿Las piezas pequeñas..., en especial mi navratan? ¿Conseguirás estar unos minutos a solas con él sin que tu suegra se entere? Si yo fuera a una joyería sola, seguro que me estafarían. Pero tú entiendes de estas cosas.

Priya asintió.

—Lo intentaré —dijo. El navratan era una pieza preciosa; lo había visto por última vez alrededor del cuello de Veena en la boda de Pran y Savita. Consistía en un arco de nueve compartimentos cuadrados de oro, y cada uno de ellos contenía una piedra preciosa distinta, con un fino esmaltado a los lados e incluso en la parte de atrás, donde no podía verse_ Las piedras eran topacio, zafiro blanco, esmeralda, zafiro azul,

rubí, diamante, perla, ágata y coral; y en lugar de parecer recargado y caótico, en aquel pesado collar se combinaban a las mil maravillas la solidez y el buen gusto tradicionales. Para Veena tenía un valor suplementario: de todos los regalos de su madre, era el que más apreciaba.

—Creo que nuestros padres deben de estar locos para tenerse tanta inquina —dijo Priya sin venir a cuento—. ¿A quién le importa quién sea el próximo primer ministro de Purva Pradesh?

Veena asintió y dio un sorbo a su nimbu pani.

—¿Tienes noticias de Maan? —preguntó Priya.

Siguieron chismorreando: acerca de Maan y Saeeda Bai; acerca de la hija del nawab sahib y de si su situación en el purdah era peor que la de Priya; acerca del embarazo de Savita; incluso, aunque de oídas, acerca de la señora Rupa Mehra, de cómo intentaba corromper a sus samcihins enseñándoles a jugar al ramiro.

Se habían olvidado del mundo. De pronto, la gran cabeza y la redondeada espalda de Bablu aparecieron en lo alto de las escaleras.

—Oh, Dios mío —dijo Priya con un sobresalto—. Mis deberes en la cocina..., desde que me he puesto a hablar contigo se me ha ido totalmente el santo al cielo. Mi suegra tiene la absurda costumbre de preparar su propia comida en cuanto se acaba de bañar, envuelta con una toalla molada, y ahora me llama a gritos. Tengo que irme corriendo. Lo hace para purificarse, aunque tanto le da tener cucarachas del tamaño de un búfalo corriendo por toda la casa, que las ratas te mordisqueen el pelo por la noche si no te quitas el aceite del pelo. ¡Oh, quédate a comer, Veena, nunca consigo verte!

—De verdad que no puedo —dijo Veena—. Al Dormilón le gusta comer a sus horas. Y seguro que también al Roncador.

—Oh, él no es tan tiquismiquis —dijo Priya, arrugando la frente—.

Aguanta todas mis tonterías. Pero no puedo salir, no puedo salir, no puedo ir a ninguna parte excepto a las bodas y a esos extraños viajes al templo o a una feria religiosa, y ya sabes lo que pienso de esas cosas. Si no fuera tan bueno, me volvería completamente loca. Golpear a la esposa es el deporte más corriente de nuestro vecindario. No te

consideran un hombre de verdad si no abofeteas a tu mujer un par de veces por semana, pero Ram Vilas no es capaz ni de golpear un tambor durante el Dussehra.31 Y es tan respetuoso con la bruja que me pone enferma, aunque sea sólo su madrastra. Dicen que es tan amable con los testigos que siempre le dicen la verdad... ¡aunque estén delante del tribunal! Bueno, si no puedes quedarte, vuelve mañana. Prométemelo.

Veena se lo prometió, y las dos amigas bajaron a la habitación del piso superior. La hija y el hijo de Priya estaban sentados en la cama, e informaron a Veena de que Bhaskar se había vuelto a casa.

—¿Qué? ¿Solo? —preguntó Veena, inquieta.

—Tiene nueve años, y sólo hay cinco minutos de camino —dijo el muchacho.

—¡Shh! —dijo Priya—. Habla con respeto a tus mayores.

—Es mejor que me vaya enseguida —dijo Veena.

Mientras bajaba se encontró con L. N. Agarwal, que subía. Las escaleras eran estrechas y empinadas. Ella se apretó contra la pared y pronunció el namasté. Él respondió al saludo con un «Jeetu raho, beti», y subió.

Pero aunque él se había dirigido a ella como «hija», Veena intuyó que en realidad había visto en ella a la hija de su rival en el partido, que es lo que era realmente.

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