Un buen partido
12.22
Al día siguiente, los miedos y esperanzas de L. N. Agarwal se vieron confirmados. La marcha comenzó pacíficamente, partiendo de una escuela primaria. Las muchachas (Malati entre ellas) iban delante para frenar cualquier acción policial, y los muchachos caminaban tras ellas.
Gritaban eslóganes contra el gobierno y en apoyo a los maestros, algunos de los cuales les acompañaban. La gente observaba el desfile desde las ventanas de sus casas, desde la puerta de sus tiendas o desde las azoteas. Algunos animaban a los estudiantes, otros se quejaban de que eran un perjuicio para el negocio. Los maestros habían hecho otro día de huelga, y muchos niños saludaban a sus maestros al reconocerlos. A veces los maestros devolvían el saludo. Era una mañana despejada, y de la lluvia de la noche anterior sólo quedaban unos pocos charcos.
Un par de pancartas protestaban porque la Junta de Gobierno de la universidad pretendía que la afiliación al Sindicato de Estudiantes no fuera obligatoria. Otras protestaban por el creciente desempleo. Pero la mayoría protestaban por los apuros económicos que pasaban los maestros, y expresaban su solidaridad con ellos.
Cuando la multitud llegó a unos cien metros del Ministerio del Interior, encontraron el camino bloqueado por un gran contingente de policías armados con lathis. Los estudiantes se detuvieron. La policía avanzó hacia ellos hasta que quedaron a cinco metros de distancia.
Siguiendo órdenes del ayudante del superintendente, un inspector les dijo a los estudiantes que se dispersaran o dieran marcha atrás. Los estudiantes se negaron. Hablan estado gritando eslóganes sin parar, pero éstos se volvían cada vez más insultantes, y no sólo se dirigían al gobierno, sino también a la policía. La policía, anteriormente lacaya de los ingleses, ahora era lacaya del Partido del Congreso; deberían llevar dhotis, no pantalón corto; etcétera.
Los policías se iban encendiendo. Querían coger a los más vocingleros de la multitud. Pero con aquel cordón de muchachas —
algunas llevaban burgas— rodeando a los chicos, era difícil hacer otra
cosa que no fuera blandir amenazadoramente los lathis. Los estudiantes, por su parte, comprobaron que, a pesar de las amenazas de L. N. Agarwal, los agentes llevaban palos, no armas de fuego, y eso les hizo ser más osados.
Algunos, rememorando la afición a las tortuosas maniobras entre bastidores del ministro del Interior, comenzaron a meterse con él personalmente; aparte de rimar su nombre con «dalal», como habían hecho la noche anterior, inventaron nuevos pareados como éste: Maananiya Mantri, kya hain aap?
Aadha maanav, aadha saanp.
El señor ministro, cuando llega abril
deja de ser hombre y se convierte en reptil.
Algunos pusieron en duda su hombría de manera más directa Rasheed y otros representantes del sindicato intentaron calmar a los.
estudiantes y procuraron que sus eslóganes se ciñeran al tema de la manifestación, pero sin resultado. Por una parte, algunos de los que protestaban pertenecían a federaciones de estudiantes sobre las cuales los representantes sindicales del Partido Socialista, recientemente elegidos, no poseían ningún control real. Por otro, una cierta embriaguez se había apoderado de la reunión. Los nobles eslóganes de las pancartas contrastaban patéticamente con esas burlas de mal gusto.
Al ver que la protesta que él había contribuido a organizar se le estaba escapando completamente de las manos, Rasheed intentó persuadir a quienes estaban más cerca de él de que se calmaran. Lo hicieron, pero no los demás. De hecho, sonoras befas e insultos surgían de muchos otros grupos. Rasheed intentó gritar que aquella marcha no se había organizado para eso, pero se encontró con que los estudiantes comenzaban a indignarse con él. Un joven de la facultad de medicina, lleno de ingenio y ardor, le dijo: «En este momento eres como Radio india, una pequeña ardilla que chilla en el bolsillo de Agarwal. Primero quieres azuzarnos, luego enfriarnos. No somos muñecos de cuerda.» Y
como para probar su independencia de los representantes del sindicato, el muchacho atravesó el cordón protector de las chicas y siguió con sus proclama. peyorativas, retrocediendo siempre que avanzaba la policía.
Sus amigos reían, pero Rasheed, asustado al ver las caras de los agentes, y disgustado al comprobar en qué había degenerado aquella marcha, volvió la mirada, y, a pesar de las impertinencias de los demás estudiantes, comenzó a retroceder. Había la suficiente verdad en lo que había dicho aquel muchacho como para hacerle sentir profundamente amargado.
Los que proferían los sarcasmos más burdos se concentraban en pequeños grupos. Pero tales burlas comenzaron a contrariar a la mayoría de chicas, y a algunos muchachos de la multitud, incluyendo a numerosos maestros. Comenzaron a marcharse. L. N. Agarwal, que se asomaba desde su despacho del Ministerio del Interior, observó con satisfacción que el cordón protector era cada vez más delgado, y envió un mensaje a los estudiantes aún congregad., diciéndoles que se disolvieran.
—Enséñales que fuera de las aulas también se puede aprender una lección —le dijo al ayudante del superintendente cuando fue a pedirle instrucciones.
—Sí, señor —dilo el ayudante del superintendente, casi agradecido.
Tras los insultos a la policía, el ayudante del superintendente cumpliría las instrucciones sin ningún remordimiento.
Ordenó a los inspectores, subinspectores y agentes que dieran una lección a los estudiantes, y éstos aprovecharon para vengarse. La carga de lathi fue brutal y repentina. Varios estudiantes recibieron una soberana paliza. Los charcos de la noche anterior se vieron teñidos de sangre, que también salpicó la calzada. Se golpeó sin piedad. Se rompió más de un hueso: costillas, piernas, y brazos levantados a fin de proteger la cabeza. Los policías les sacaron de la calzada, a veces tirándoles de los pies, con la cabeza arrastrándose o rebotando contra el suelo, y les llevaron a los furgones policiales. Estaban demasiado sulfurados como para utilizar camillas.
En un furgón había un estudiante a punto de morir, con una herida en el cráneo. Era el estudiante de medicina.
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