Un buen partido
5.16
El nawab sahib habla entrado en la Cámara durante la primera parte del último discurso. Estaba sentado en la tribuna de invitados, aunque, de haberlo deseado, habría sido bien recibido en la tribuna del gobernador. Habla regresado de Baitar el día anterior, en respuesta a un urgente mensaje procedente de Brahmpur. Se sentía escandalizado y resentido por lo ocurrido, Y horrorizado de que su hija hubiera tenido que enfrentarse prácticamente sola a una situación como ésa. Cuando el nawab sahib regresó a la Casa de Baitar, su preocupación por ella fue más patente que el orgullo que experimentaba por la manera en que se había enfrentado a los hechos, ante lo cual Zainab no pudo evitar sonreír. El nawab sahib la abrazó durante un buen rato, a ella y a sus nietos, con lágrimas en los ojos. Hassan estaba perplejo, pero el pequeño Abbas lo aceptó como algo normal y lo pasó la mar de bien: podía adivinar que su abuelo estaba muy contento de verlos. Firoz se puso blanco de cólera, e Imtiaz tuvo que derrochar todo su buen humor cuando llegó aquella noche, bastante tarde, para calmar a la familia.
El nawab sahib estaba casi tan enfadado con ese avispón que tenía de cuñada como con L. N. Agarwal. Sabía que era ella la causa de aquella visita intempestiva. Luego, cuando lo peor hubo pasado, su cuñada quitó importancia a la actuación policial y se refirió a la valerosa entereza que Zainab había mostrado la noche anterior en términos casi desdeñosos. En cuanto a L. N. Agarwal, el nawab sahib bajó la mirada hacia la parte inferior de la Cámara y le vio hablando muy educadamente con el ministro de Finanzas, quien se había dirigido a su escario y departía con él, probablemente acerca de la táctica a seguir con respecto a la importantísima votación que tendría lugar a última hora de la tarde.
Desde su regreso, el nawab sahib no había tenido oportunidad de hablar con su amigo Mahesh Kapoor, ni tampoco de transmitirle sus más sinceras gracias al primer ministro. Pensaba hacerlo en cuanto acabara la sesión de la Asamblea. Pero también se encontraba presente en la Cámara porque se daba cuenta —al igual que muchos otros, pues las tribunas de la prensa y el público estaban a rebosar— de que aquél
era un momento histórico. Para él, y para otros como él, esa inminente votación provocaría —a menos que los tribunales lo impidieran— una decadencia veloz y precipitada.
En fin, pensó con fatalismo, tenía que suceder tarde o temprano. No se engañaba respecto de los méritos de la clase social a que pertenecía.
Entre sus miembros se incluían unos pocos hombres decentes, pero también un gran números de brutos y un número aún mayor de idiotas.
Recordó una petición que la Asociación de Zamindars envió al gobernador doce años atrás: un tercio de los signatarios firmó con la huella del pulgar.
Quizá si Pakistán no hubiera llegado a existir como Estado, los terratenientes habrían sido capaces de negociar su auto-disolución: en una India unida pero inestable, cada bloque de poder habría podido utilizar su fuerza para mantener el statu quo. Los principados, además, habrían esgrimido su poder, y hombres como el rajá de Mahr habrían seguido siendo rajás tanto de facto como de nombre. Las incertidumbres de la historia, pensó el nawab sahib, forman una dieta insustancial pero tóxica.
Desde que los ingleses se anexionaran Brahmpur, a principios de la década de 1850, los nawabs de Baitar, y otros miembros de la corte de la antigua casa real de Brahmpur, ni siquiera habían experimentado la satisfacción psicológica de servir al estado, una satisfacción reclamada por muchos aristócratas a quienes separaba una ancha franja de espacio y tiempo. Los ingleses prefirieron que los zamindars recogieran las rentas de la tierra (y en la práctica poco les importó que se quedaran con todo lo que excediera la parte correspondiente al Imperio británico), aunque para administrar el estado sólo confiaron en funcionarios civiles de su propia raza, seleccionados en Inglaterra, donde también eran educados parcialmente y desde donde se les importaba, aunque posteriormente pasaran a confiar también en funcionarios de piel morena, sólo que la educación y el carácter de éstos resultaban tan semejantes que no existía una diferencia apreciable.
Y de hecho, aparte de la desconfianza racial, existía, y eso el nawab sahib se veía obligado a admitirlo, la cuestión de la incompetencia administrativa. Casi ningún zamindar —él mismo, ay, quizá incluido—
era capaz de administrar sus propias tierras, y entre los munshis y los prestamistas los desplumaban. Para casi todos los terratenientes, la cuestión fundamental de su administración no era cómo incrementar sus ingresos, sino cómo gastarlos. Muy pocos invertían en industrias o en propiedades urbanas. Algunos, desde luego, gastaban en música, libros y bellas artes. Otros, como el actual primer ministro de Pakistán, Liaquat Ali Khan, que había sido un buen amigo del padre del nawab sahib, gastaban para conseguir influencias políticas. Pero la mayor parte de príncipes y terratenientes habían dilapidado su dinero viviendo por todo lo alto: en cacerías, vino, mujeres u opio. Un par de imágenes irresistibles e indeseadas pasaron por su cabeza. Un soberano tenía tal pasión por los perros que toda su vida giraba alrededor de ellos: soñaba, dormía, despertaba, imaginaba, fantaseaba con perros; todo lo que hacía era a mayor gloria de los perros. Otro era adicto al opio, y sólo le alegraba tener unas cuantas mujeres a su disposición; además, tenía ciertas dificultades a la hora de pasar a la acción; a veces simplemente roncaba al lado de ellas.
Los pensamientos del nawab de Baitar siguieron oscilando entre el debate que ocurría en la Asamblea y sus propias meditaciones. En cierto momento hubo una breve intervención de L N. Agarwal, que hizo unos comentarios divertidos que provocaron las risas de Mahesh Kapoor. El nawab sahib se quedó mirando aquella cabeza calva y orlada con una herradura de pelo gris y se preguntó qué pensamientos debían hervir bajo esa capa de carne y hueso. ¿Cómo podía un hombre así, de manera deliberada y sin el menor remordimiento, causarle tanta desgracia a él y a quienes le eran tan queridos? ¿Qué satisfacción podía causarle que los parientes de alguien que le había derrotado en un debate quedaran desposeídos de la casa donde había transcurrido gran parte de sus vidas?
Eran más o menos las cuatro y media, y quedaba menos de media hora para la votación. Proseguían los discursos finales, y en aquel momento, con una cierta expresión de desagrado, el nawab sahib escuchaba cómo su cuñada rodeaba la institución del zamindari de un luminoso halo Púrpura.
Begum Abida Khan: Durante más de una hora el gobierno nos ha obsequiado con un discurso tras otro, y en todos ellos sólo hemos oído el más detestable autobombo. No era mi intención volver a tomar la
palabra, pero debo hacerlo. Me había parecido que sería más apropiado dejar hablar a esas personas cuya muerte y sepultura sentís tantos deseos de presidir, me refiero a los zamindars, a quienes deseáis privar de justicia, compensación y medios de vida. Hemos oído el mismo disco una y otra vez durante una hora, si no era el ministro de Finanzas se trataba de algún peón sis a quien se le había enseñado la misma canción: La Voz de su Amo. Puedo deciros que la música no es muy agradable: es monótona pero no relaja. No es la voz de la razón ni de lo razonable, sino la voz del poder y el fariseísmo de la mayoría. Pero no tiene sentido insistir en ello.
Compadezco a este gobierno, que ha perdido el rumbo y que intenta
, encontrar un sendero en el cenagal de su propia política. No prevén nada y son incapaces de hacerlo, no osan poner sus ojos en el futuro. Se nos dice: «Pensad en el futuro», y del mismo modo yo le digo a este gobierno.. «Pensad la época que va a comenzar, y en las consecuencias que os acarreará a vosotros y a vuestro país.» Ya han pasado tres años desde que obtuvimos la independencia, pero ved a los pobres de la tierra: no tienen comida, ni ropas, ni refugio con que protegerse. Les prometisteis el Paraíso y, verdes jardines bajo los que fluyen los ríos, e hicisteis creer a la gente que la causa de su lastimoso estado era el zamindari. Pues bien, los zamindars desaparecerán, pero cuando se demuestre que vuestras promesas de verdes jardines eran falsas, ya veremos qué dice la gente de vosotros y de lo que hacéis. Estáis desposeyendo a ochocientas mil personas, y tentando abiertamente al comunismo. Esas personas pronto averiguarán quiénes sois.
¿Acaso lo que vosotros hacéis no es lo mismo que hacíamos nosotros? No le estáis entregando la tierra al pueblo, se la estáis alquilando igual que nosotros. Pero qué os importa el pueblo. Nosotros hemos vivido juntos durante generaciones, somos como sus padres y abuelos, ellos nos aman y nosotros les amamos, conocemos su carácter y ellos el nuestro. Ellos eran felices con lo que les dábamos, y nosotros éramos felices con lo que ellos nos daban. Pero vosotros os habéis interpuesto y habéis destruido lo que estaba santificado por unos lazos de fuertes sentimientos. Y con respecto a los crímenes y opresiones de que nos culpáis, ¿qué prueba tiene esa pobre gente de que vosotros seréis mejores? Tendrán que acudir al funcionario corrupto y al codicioso
administrador territorial, y éstos les chuparán hasta la última gota de sangre. Nosotros nunca fuimos así. Habéis separado la uña de la carne, y os mostráis satisfechos del resultado...
En cuanto a la compensación, ya he dicho suficiente. Pero ¿es esto decencia, es esto previsión, ir a la tienda de alguien y decirle: «Dame esto y lo otro a este y a ese precio», y si no está de acuerdo en vender, arrebatárselo? ¿Y cuando él os suplica que al menos le deis lo prometido, os dais media vuelta y decís: «Toma una rupia, y el resto lo obtendrás en pagos a veinticinco años»?
Puede que nos insultéis y planeéis castigarnos con esta nueva ley, pero el hecho es que somos nosotros, los zamindars, quienes hemos hecho de esta provincia lo que es, quienes la hemos hecho fuerte, quienes la hemos dotado de su inconfundible carácter. Hemos aportado algo en todos los campos, una aportación que nos sobrevivirá y que no podréis eliminar. Las universidades, la tradición musical clásica, las escuelas, la cultura de este lugar, todo ha sido consolidado por nosotros.
Cuando los extranjeros y aquellos que proceden de otros estados de nuestro país vienen a esta provincia, ¿qué ven, qué admiran? El Barsaat Mahal, el Shashi Darvaza, los Imambaras, los jardines y mansiones que os hemos legado. Todas esas cosas son el perfume de un mundo que según vosotros está lleno del aroma de la explotación, de cadáveres putrefactos. ¿No os avergüenza hablar de ese modo? ¿De maldecir y robar a aquellos que han creado este esplendor y esta belleza? ¿De no darles siquiera una compensación suficiente para encalar los edificios que son la herencia de esta ciudad y este estado? Ésta es la peor forma de mezquindad, es la actitud codiciosa del tendero de pueblo, el bania que sonríe y sonríe y agarra lo que puede sin compasión...
El honorable ministro del Interior (Shri L. N. Agarwal): Espero que la honorable diputada no esté lanzando ninguna acusación contra mi comunidad. Esto se va convirtiendo ya en costumbre en esta Cámara.
Begum Abida Khan: Sabe perfectamente a qué me refiero, pues usted es un maestro en el arte de retorcer las palabras y manipular la ley. Pero no perderé el tiempo discutiendo con usted. Hoy le hemos visto hacer causa común con el ministro de Finanzas en la vergonzosa explotación de una clase que le sirve de chivo expiatorio, pero mañana ya se dará
cuenta del valor que tienen estas amistades de conveniencias, cuando busque algún amigo y todos le den la espalda. Entonces recordará este día y lo que le he dicho, y usted y su gobierno desearán haberse comportado con mayor justicia y humanidad.
A continuación siguió un discurso extremadamente prolijo por parte de un diputado socialista, y a continuación el primer ministro, S. S.
Sharma, habló durante cinco minutos, agradeciendo a varias personas el papel que habían desempeñado en la redacción de la ley, en especial a Mahesh Kapoor, ministro de Finanzas, y a Abdus Salaam, su secretario parlamentario. Aconsejó a los terratenientes que vivieran en paz con sus antiguos arrendatarios cuando se les hubiera despojado de sus tierras.
Debían vivir como hermanos, afirmó con una voz afable y nasal. Era el momento de que los terratenientes mostraran su buen corazón. Debían pensar en las enseñanzas de Gandhiji y dedicar sus vidas al servicio de sus semejantes. Finalmente, Mahesh Kapoor, el principal artífice de la ley, tuvo la oportunidad de poner punto final al debate. Aunque no le quedó tiempo más que para decir unas palabras.
El honorable ministro del Finanzas (Shri Mahesh Kapoor): Señor presidente, tenía la esperanza de que entre los escaños del Partido Socialista, desde donde se ha hablado tan conmovedoramente de igualdad y de una sociedad sin clases, y desde donde se ha acusado al gobierno de presentar una ley ineficaz e injusta, hubiera un hombre justo que me otorgara algún mérito. Estamos al final del último debate.
Si su discurso no hubiera sido tan largo, yo habría tenido un poco más de tiempo. Pero ahora sólo dispongo de dos minutos. El diputado socialista ha afirmado que esta ley era una medida creada con el único fin de impedir la revolución, una revolución que él considera deseable.
Si es así, será muy interesante ver en qué sentido votan él y su partido dentro de un par de minutos. Tras las palabras de agradecimiento y consejo por parte del honorable primer ministro —un consejo que, sinceramente, espero sea seguido por los terratenientes-no tengo nada que añadir, excepto unas cuantas palabras más de agradecimiento a mis colegas en esta parte de la Cámara y, si, también en esta misma zona, a los funcionarios del Departamento de Finanzas, del Departamento de la Moneda y de la Asesoría Legal, en particular a los redactores del anteproyecto y al subdirector general. Les doy las gracias por estos
meses de cooperación, y espero hablar en nombre de toda la población de Purva Pradesh al expresar que mi agradecimiento no es puramente personal.
El honorable presidente: Se va a proceder a la votación de la Ley de Abolición del Zamindari de Purva Pradesh, presentada en la Asamblea Legislativa con fecha de 1948, sometida a las enmiendas del Consejo Legislativo y, posteriormente, de esta misma Asamblea Legislativa.
Se presentó la moción y la ley fue aprobada por una amplia mayoría, formada principalmente por el Partido del Congreso, de amplia preponderancia ' en la Cámara. El Partido Socialista, aunque a regañadientes, tuvo que votar a favor de la ley, aduciendo que más valía tener medio pan que nada, y a pesar del hecho de que en cierto modo mitigaba el hambre que les hubiera permitido prosperar. Un voto en contra hubiera sido algo que nadie habría olvidado. El Partido Demócrata votó unánimemente en contra, también como se esperaba.
Los
pequeños
partidos
y
los
independientes
votaron
predominantemente a favor.
Begum Abida Khan: Con el permiso de la presidencia, me gustaría que se me concediera un minuto para decir algo.
El honorable presidente: Le concedo un minuto.
Begum Abida Khan: Me gustaría decir, en mi nombre y en el del Partido Demócrata, que el consejo que el honorable primer ministro ha dado a los zamindars —que mantengan buenas relaciones con sus arrendatarios-es muy valioso, y se lo agradezco. Aunque, de todos modos, habríamos mantenido una relación igualmente excelente sin su consejo y sin la aprobación de esta ley, una ley que a tanta gente llevará a la pobreza y al desempleo, que destruirá completamente la economía y la cultura de la provincia, y que al mismo tiempo no otorga el menor beneficio a aquellos que...
El honorable ministro de Finanzas: Señor presidente, ¿a qué viene , ahora este discurso?
El honorable presidente: Le concedí permiso para hacer una breve declaración. Le pido a la honorable diputada...
Begum Abida Khan: Como resultado de la injusta aprobación de esta ley por parte de una brutal mayoría, en esta ocasión no nos queda otro medio constitucional de expresar nuestro disgusto y nuestra oposición a tal injusticia que abandonar esta Cámara, lo cual, me permito recordar a todos, es un recurso constitucional, y por tanto emplazo a los miembros de mi partido a que abandonemos la Asamblea como protesta por la aprobación de esta ley.
Los miembros del Partido Demócrata abandonaron la Asamblea.
Hubo unos cuantos silbidos y gritos de «¡Qué vergüenza!» aunque la mayor parte de la Asamblea permaneció en silencio. Era el final de la sesión, por lo que fue un gesto más simbólico que eficaz. Tras unos momentos, el presidente aplazó la sesión hasta las once de la mañana del día siguiente. Mahesh Kapoor recogió sus documentos, alzó los ojos hacia la enorme y esmerilada cúpula, suspiró, y entonces dejó vagar la vista a lo largo y ancho de la Cámara, que se iba vaciando lentamente.
Miró al otro lado de la tribuna y distinguió al nawab sahib. Se saludaron con un movimiento de cabeza que fue casi enteramente amistoso, aunque para ambos se tratara de una situación bastante incómoda —en la que no faltaba un componente irónico—. Ninguno deseaba hablar con el otro todavía, y los dos lo comprendían. De manera que Mahesh Kapoor siguió poniendo en orden sus papeles, y el nawab sahib, mesándose la barba pensativo, salió de la tribuna y fue a buscar al primer ministro.
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