Un buen partido
Segunda Parte
Es noche de calor,
y la voz de una cortesana despierta admiración.
Comprando un periquito,
un amante espera mostrar su devoción.
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2.1
La mañana del Holi, Maan se despertó sonriendo. Bebió no uno, sino varios vasos de thandai reforzados con bhang y pronto se sintió tan ligero como una corneta. Creyó ver el cielo flotando hacia él... ¿o era él quien flotaba hacia el cielo? Como en medio de la niebla vio a sus amigos Firoz e Imtiaz llegando a Prem Nivas en compañía del nawab sahib para saludar a la familia. Avanzó para desearles un feliz Holi, pero todo lo que consiguió fue soltar una ininterrumpida carcajada. Le mancharon la cara de colores y él siguió riendo. Le sentaron en un rincón y él siguió riendo hasta que las lágrimas le cayeron por las mejillas. El techo se alejaba ahora flotando, y las paredes palpitaban de una manera asombrosa. Repentinamente se puso en pie y rodeó con sus brazos a Firoz e Imtiaz y se encaminó hacia la puerta, arrastrándoles con él.
—¿Adónde vamos? —preguntó Firoz.
—A casa de Pran —replicó Maan—. Tengo que pasar el Holi con mi cuñada. —Agarró un par de paquetes de polvos de colores y se los puso en el bolsillo de su kurta.
—Es mejor que no conduzcas el coche de tu padre en ese estado —
dijo Firoz.
—Oh, tomaremos un tonga, un tonga —dijo Maan, agitando los brazos y a continuación abrazando a Firoz—. Pero primero bebamos un poco de thandai. Sube que da gusto.
Tuvieron suerte. No había muchos tongas aquella mañana, pero uno de ellos pasó trotando justamente por donde se encontraban, en Cornwallis Road. El caballo se puso nervioso al pasar junto a la multitud de pintados y vociferantes estudiantes que iban camino de la universidad para celebrar aquella festividad. Le pagaron al tonga-wallah el doble de la tarifa normal y le pintaron la frente de rosa y la de su caballo de verde. Cuando Pran los vio desmontar se levantó y les dio la bienvenida en el jardín. En la puerta de la galería había una gran bañera llena de color rosa y varias jeringas de cobre de más de medio metro de
largo. La kurta y el pijama de Pran estaban empapados, y llevaba la cara y el pelo manchados de polvo rosa y amarillo.
—¿Dónde está mi bhabhi? —gritó Maan.
—No voy a salir... —dijo Savita desde dentro.
—Muy bien —gritó Maan—, pues entraré yo.
—Oh, no, de ninguna manera —dijo Savita—. No hasta que me traigas un sari.
—Tendrás tu sari, lo que yo quiero es mi libra de carne —dijo Maan.
—Muy divertido —dijo Savita—. Puedes celebrar el Holi cuanto quieras con mi marido, pero prométeme que sólo me pondrás un poco de color.
—¡Sí, sí, te lo prometo! Sólo una pizca, no más, de polvos... y a continuación un poco en la bonita cara de tu hermanita... y me quedaré satisfecho... hasta el año que viene.
Savita abrió la puerta con cautela. Llevaba un salwaar-kameez viejo y descolorido y estaba encantadora: reía y parecía medrosa, como si fuera a echar a correr.
Maan sostenía el paquete de polvos rosados en su mano izquierda.
Manchó ligeramente la frente de su cuñada. Ella cogió el paquete para hacer lo mismo con él.
—... y un poco en cada mejilla... —prosiguió Maan mientras ponía más polvos en la cara de ella.
—Bueno, eso está bien —dijo Savita—. Muy bien. ¡Feliz Holi!
—... y un poco más aquí... —dijo Maan, frotándole el cuello, los hombros y la espalda, sujetándola con fuerza y acariciándola un poco mientras ella luchaba por escapar.
—Eres un verdadero rufián, nunca volveré a confiar en ti —dijo Savita—. Por favor, déjame ir, por favor, basta, Maan, por favor... en mi estado no...
—De manera que soy un rufián, ¿eh? —dijo Maan, alcanzando una taza y llenándola en la bañera.
—No, no, no... —dijo Savita—. No quise decir eso. Por favor, ayudadme —dijo Savita, medio riendo y medio gritando. La señora Rupa Mehra observaba alarmada a través de la ventana—. Color húmedo no, por favor, Maan... —gritó Savita, alzando la voz hasta gritar.
Pero, a pesar de su súplica, Maan derramó tres o cuatro tazas de agua fría y rosada sobre su cabeza, y frotó el polvo húmedo sobre su kamuz, en la zona de sus pechos, riendo continuamente.
Lata también estaba mirando por la ventana, estupefacta ante el atrevido y licencioso ataque de Maan, una licencia que probablemente era típica de aquella festividad. Casi podía sentir el tacto de las manos de Maan, y a continuación el frío sobresalto del agua. Para su sorpresa y la de su madre, que estaba de pie a su lado, soltó un grito ahogado y sintió un escalofrío. Pero nada la induciría a salir fuera, donde Maan proseguía con sus placeres polícromos.
—Basta... —gritó Savita, ultrajada—. ¿Qué clase de cobardes sois?
¿Por qué no me ayudáis? Ha tomado bhang, lo he notado, basta con mirarle a los ojos...
Firoz y Pran consiguieron apartar a Maan lanzándole varios jeringazos de agua coloreada, y éste huyó al jardín. Como tampoco le sobraba estabilidad al caminar, trastabilló y cayó en un lecho de cañacoros amarillos. Levantó la cabeza entre las flores, justo el tiempo suficiente para cantar este único verso: «¡Oh, juerguistas, es Holi en la tierra de Braj!», y volvió a sentarse, desapareciendo de la vista de todos.
Un minuto después, como un reloj de cuco, se levantó, repitió el mismo estribillo y volvió a sentarse. Savita, decidida a vengarse, llenó un pequeño pote de latón con agua coloreada y bajó la escalera hacia el jardín. Fue a hurtadillas hasta el lecho de cañacoros. Justo en ese momento, Maan se levantó una vez más para cantar. Cuando su cabeza apareció entre los cañacoros, vio a Savita y la lata de agua. Pero fue demasiado tarde. Savita, feroz y decidida, le arrojó todo el contenido del recipiente a la cara y al pecho. Al ver la expresión de asombro de Maan, soltó una risita. Pero Maan se había sentado de nuevo y estaba llorando:
—Bhabhi no me quiere, mi bhabhi no me quiere.
—Pues claro que no —dijo Savita—. ¿Por qué iba a quererte?
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Maan y nadie fue capaz de consolarle. Cuando Firoz intentó que se pusiera en pie y se agarrara a él, Maan sollozó:
—Eres mi único amigo. ¿Dónde están los dulces?
Ahora que Maan parecía más calmado, Lata se aventuró a salir y celebró un suave Holi con Pran, Firoz y Savita. También a la señora Rupa Mehra la mancharon con un poco de color.
Pero todo el rato Lata siguió preguntándose lo que hubiera sentido caso de que el jubiloso Maan le hubiera frotado y manchado de una manera tan íntima y pública. ¡Y se trataba de un hombre que estaba prometido! Nunca había visto a nadie comportarse como Maan, ni remotamente, y Pran estaba muy lejos de sentirse furioso. Una extraña familia, los Kapoor, pensó.
Mientras tanto, Imtiaz, al igual que Maan, se sentía bastante colocado a causa del bhang que había puesto en su thandai, y estaba sentado en los escalones, sonriéndole al mundo y murmurando repetidamente para sí mismo una palabra que sonaba como
«miocárdico». A veces la murmuraba y a veces la cantaba, y en ocasiones parecía ser una pregunta trascendente y sin respuesta. De vez en cuando se tocaba el pequeño lunar que tenía en la mejilla con aire pensativo.
Un grupo de unos veinte estudiantes —multicolores y casi irreconocibles— apareció por la carretera. Incluso había unas cuantas chicas en el grupo, y una de ellas era Malati, ahora con la piel de color púrpura (pero todavía con los ojos verdes). Había convencido al catedrático Mishra de que se les uniera; vivía a unas pocas casas de distancia. Su mole cetácea era inconfundible, y, además, había muy poco color en él.
—Qué gran honor, qué gran honor —dijo Pran—, pero soy yo quien debería venir a su casa, señor, no usted a la mía.
—Oh, no soporto las ceremonias en tales asuntos —dijo el catedrático Mishra, frunciendo los labios y parpadeando—. Ahora, dígame, ¿dónde está la encantadora señora Kapoor?
—Hola, profesor Mishra, qué amable ha sido al venir a celebrar el Holi con nosotros —dijo Savita, avanzando con un poco de polvo en la mano—. Bienvenidos todos. Hola, Malati, nos estábamos preguntando qué te había ocurrido. Es casi mediodía. Bienvenidos, bienvenidos...
Alguien aplicó un poco de color a la amplia frente del catedrático, para lo cual éste se inclinó ligeramente.
Pero Maan, que hasta entonces había permanecido alicaído y reclinado sobre el hombro de Firoz, dejó caer un cañacoro con el que había estado jugando y avanzó con una franca sonrisa hacia el catedrático Mishra.
—De manera que usted es el renombrado profesor Mishra —dijo afablemente—. Qué maravilla conocer a un hombre con tan mala prensa—. Le abrazó efusivamente—. Dígame, ¿es usted de verdad un Enemigo del Pueblo? —preguntó en tono halagüeño—. ¡Qué cara tan extraordinaria, qué expresividad en el gesto! —murmuró en una reverencial apreciación mientras la mandíbula del catedrático se desplomaba.
—Maan —dijo Pran, perplejo.
—¡Cuán nefario! —dijo Maan, con entusiasta aprobación.
El catedrático Mishra se lo quedó mirando.
—Mi hermano le llama Moby Dick, la gran ballena blanca —
prosiguió Maan de una manera amistosa—. Ya veo por qué. Venga a nadar —invitó generosamente al catedrático Mishra, indicando la bañera llena de agua color rosa.
—No, no, creo que no... —comenzó a decir el catedrático Mishra débilmente.
—Imtiaz, échame una mano —dijo Maan.
—Miocárdico —dijo Imtiaz para indicar su buena disposición.
Levantaron al catedrático Mishra por los hombros y le condujeron en volandas a la bañera.
—¡No, no, cogeré una neumonía! —gritó el catedrático Mishra lleno de cólera y asombro.
—¡Basta, Maan! —dijo Pran bruscamente.
—¿Qué dice usted, doctor sahib? —preguntó Maan a Imtiaz.
—Ninguna contraindicación —dijo Imtiaz, y los dos empujaron al des— prevenido catedrático dentro de la bañera. Éste chapoteó, empapado hasta los huesos, inmerso en color rosa, frenético de ira y confusión. Todo el mundo le observaba horrorizado.
Cuando el catedrático Mishra salió de la bañera permaneció de pie en la galería durante un segundo, temblando de humedad e irritación.
Luego miró a la gente que había a su alrededor como un buey acorralado, bajó las escaleras dejando un reguero de agua a su paso y salió al jardín. Pran estaba tan desconcertado que ni siquiera intentó disculparse. Con indignada dignidad, la gran figura rosa se encaminó hacia la verja y desapareció calle abajo.
Maan miró a todos los allí reunidos buscando aprobación. Savita evitó devolverle la mirada, y todo el mundo permaneció inmóvil y silencioso, y Maan pensó que, por alguna razón, había vuelto a caer en desgracia.
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