Un buen partido
13.4
Cuando Maan entró, encontró a Pran muy alegre, cenando.
—¿Qué tienes ahora? —preguntó.
—No gran cosa. Creo que son los pulmones, el corazón y el hígado
—dijo Pran.
—Sí, Imtiaz mencionó algo del corazón. Pero no pareces alguien que haya sufrido un infarto. Además, tampoco es propio de personas de tu edad.
—Bueno —dijo Pran—. Tampoco he tenido un infarto. Al menos eso creo. Lo que padezco es un severo agotamiento.
—Ventricular —dijo la señora Rupa Mehra.
—Oh. Ah, hola, mamá. —Maan dedicó holas a todo el mundo y observó con interés la comida de Pran—. ¿Jamuns? ¡Delicioso! —
exclamó, y se llevó dos a la boca. Escupió las semillas en la palma de la mano, las colocó a un lado del plato y tomó otros dos—. Deberías probarlos —le aconsejó a Pran.
—¿Qué has hecho todo este tiempo, Maan? —dijo Savita—. ¿Cómo va tu urdu?
—Oh, bien, muy bien. Bueno, en cualquier caso, no hay duda de que he hecho progresos. Ahora ya puedo escribir una nota en urdu, y lo que es más, alguien puede leerla y entenderla. Y eso me recuerda que hoy tengo que escribir una. —Su expresión amistosa se tornó momentáneamente perpleja, a continuación recobró su sonrisa—. ¿Y
cómo estáis vosotras? Dos mujeres en un reparto de una docena de hombres. Seguro que todo el día están de lo más empalagoso. ¿Cómo conseguís quitároslos de encima?
La señora Rupa Mehra le fulminó con la mirada.
—No lo hacemos —dijo Lata—. Mantenemos una frígida distancia.
—Muy frígida —asintió Malati—. Hemos de mantener intacta nuestra reputación.
—Si no nos andamos con cuidado —dijo Lata muy seria—, nadie querrá casarse con nosotras. Ni siquiera fugarse.
La señora Rupa Mehra ya tenía bastante.
—Podéis burlaros —exclamó irritada—. Podéis burlaros si queréis, pero no es cosa de risa.
—Tiene razón, mamá —dijo Maan—. No es cosa de risa. En primer lugar, ¿por qué le permite actuar, bueno, a Lata?
La señora Rupa Mehra se hundió en un triste silencio, y Maan se dio cuenta de que había tocado un tema muy espinoso.
—De todos modos —le dijo a Pran—, te transmito los afectuosos saludos del nawab sahib, los recuerdos de Firoz, y la preocupación de Zainab, por mediación de Firoz. Sí, y eso no es todo. Imtiaz quiere saber si te tomas tus pastillitas blancas. Tiene planeado venir a verte mañana por la mañana y contarlas. Y alguien más dijo algo, pero se me ha olvidado. ¿Te encuentras bien de verdad, Pran? Resulta muy alarmante verte en una cama de hospital de este modo. ¿Cuándo llega el bebé? Quizá, si Savita sigue todo el día pegada a ti, el niño nazca en el mismo hospital. Quizá en la misma habitación. ¿Qué me dices de eso?
Deliciosos jamuns. —Y se metió otros dos en la boca.
—Pareces estar muy bien —dijo Savita.
—Sólo que no lo estoy —dijo Maan—. Caigo sobre los cuchillos de la vida, sangro.
—Espinas —dijo Pran con una mueca.
—¿Espinas?
—Espinas.
—Oh, bueno, pues entonces caigo sobre las espinas —dijo Maan—.
En cualquier caso, me siento muy desgraciado.
—Sin embargo, tus pulmones están en buen estado —dijo Savita
—Sí, pero no mi corazón. Ni mi hígado —dijo Maan, mencionando quejumbroso las dos moradas de la emoción, según las convenciones de la poesía urdu—. La que acecha mi corazón...
—Creo que ya es hora de que nos vayamos —dijo la señora Rupa Mehra, reuniendo a sus hijas junto a ella como si fueran pollitos. Malati también se despidió.
—¿Se han ido por algo que dije? —preguntó Maan cuando él y su hermano se quedaron a solas.
—Oh, no te preocupes —dijo Pran. Aquella tarde había vuelto a llover con bastante intensidad, y eso le había puesto muy filosófico—.
Siéntate y no digas nada. Gracias por venir a visitarme.
—Dime una cosa, Pran, ¿crees que todavía me ama?
Pran se encogió de hombros.
—El otro día me echó de su casa. ¿Crees que eso es una buena señal?
—A primera vista no lo parece.
—Supongo que tienes razón —dijo Maan—. Pero la amo
desesperadamente. No puedo vivir sin ella.
—Es como el oxígeno —dijo Pran.
—¿El oxígeno? Sí, eso supongo —dijo Maan, muy abatido—. De todos modos, hoy pensaba enviarle una nota. La amenazo con poner fin a todo.
—¿Poner fin a todo? —dijo Pran, no muy alarmado—. ¿A tu vida?
—Sí, probablemente —dijo Pran con una voz no muy convencida—.
¿Crees que eso me hará recuperarla?
—Bueno, ¿planeas respaldar tu amenaza con alguna acción? ¿Caer sobre los cuchillos de la vida o pegarte un tiro con las pistolas de la vida?
Maan se sobresaltó. Ese salto de la teoría a la práctica le pareció de muy mal gusto.
—No, creo que no —dijo.
—Yo tampoco lo creo —dijo Pran—. De todos modos, no lo hagas.
Te echaría de menos. Y también toda la gente que había en esta
habitación. Y también todos aquellos cuyos saludos me has transmitido.
Y también baoji, ammaji, Veena y Bhaskar. Y todos tus acreedores.
—¡Tienes razón! —dijo Maan de manera muy decidida. Se zampó los dos últimos jamuns—. Tienes toda la razón. Eres firme como una roca, ¿lo sabías, Pran? Incluso echado en la cama. Ahora tengo la sensación de que puedo enfrentarme a todos y a todo. Me siento como un león. —Soltó un rugido a modo de ensayo.
Se abrió la puerta y entraron el señor y la señora Mahesh Kapoor, Veena, Kedarnath y Bhaskar.
El león amainó los rugidos y pareció un poco avergonzado. Hacía dos días que no pasaba por su casa, y aunque no había reproche alguno en los ojos de su madre, sintió remordimientos. Mientras la señora Mahesh Kapoor le decía unas palabras a Maan, colocaba en un jarrón un fragante ramo de bela que había recogido de su propio jardín. Le preguntó por la familia del nawab sahib.
Maan bajó la cabe..
—Están todos muy bien, ammaji —dijo—. ¿Y cómo está la pequeña rana? ¿Ya está lo suficientemente recuperada como para dar brincos por ahí? —Le dio un abrazo a Bhaskar, a continuación intercambió unas palabras con Kedarnath. Veena fue hacia Pran, le puso la mano en la frente y le preguntó no cómo estaba, sino cómo se tomaba Savita su enfermedad. Pran negó con la cabeza.
—No pude haber elegido peor momento —respondió.
—Debes cuidarte —dijo Veena.
—Sí —dijo Pran—. Desde luego. —Tras una pausa, añadió—.
Quiere estudiar leyes por si acaso se queda viuda y el niño huérfano..., sin padre, quiero decir.
—No digas esas cosas, Pran —dijo su hermana bruscamente.
—¿Leyes? —preguntó el señor Mahesh Kapoor con la misma brusquedad.
—Oh, sólo las digo porque no las creo —dijo Pran—. Estoy protegido por un manera.
La señora Mahesh Kapoor se volvió hacia él y le dijo:
—Pran... Ramjap Baba también dijo otra cosa, dijo que tus posibilidades de conseguir un puesto dependían de la muerte de alguien.
No te burles del destino. Eso nunca es bueno. Si cualquiera de mis hijos fuera a morir delante de mí, preferiría ser yo misma quien muriera.
—¿Qué es toda esta cháchara acerca de la muerte? —dijo su marido, impaciente ante tanto sentimentalismo innecesaria—. Esta habitación está llena de mosquitos. Acaban de picarme. Dile a Savita que debe concentrarse en sus deberes como madre. Toda esta historia de estudiar derecho no le hará ningún bien.
La señora Mahesh Kapoor, de manera sorprendente, protestó.
—¡Ahh! ¿Qué sabes tú? —dijo su marido—. Las mujeres deben tener sus derechos. Estoy a favor de concederles el derecho a la propiedad.
Pero si insisten en trabajar no podrán pasar mucho tiempo con sus hijos, y descuidarán su educación. Si hubieras trabajado, ¿habrías tenido tiempo de criar a Pran? ¿Estaría vivo en la actualidad?
La señora Mahesh Kapoor no volvió a tocar el tema. Rememoró la infancia de Pran y reflexionó que lo que su marido acababa de decir probablemente era cierto.
—¿Cómo está el jardín, ammaji? —preguntó Pran. El aroma de las flores de bela llenaba la habitación.
—Ya ha acabado la época de las zinnias que hay bajo la ventana de Maan —dijo su madre—. Y los malis están trabajando en el nuevo césped. Desde que tu padre dimitió, no he podido pasar mucho tiempo en el jardín, aunque ahora hemos de pagar a los malis de nuestro bolsillo. Y he plantado nuevos rosales. La tierra está blanda. Y las garzas han vuelto a visitarnos.
Maan, que hasta entonces había estado muy apagado y nada leonino, no pudo resistirse a citar a Ghalib:
La brisa del jardín de la fidelidad
ha desaparecido de mi corazón
y no me queda más
que el deseo insatisfecho.
A continuación sucumbió a un atípico malhumor.
Veena sonrió; Pran rió; la expresión de Bhaskar no cambió, pues tenía la mente en otra parte.
Pero Kedarnath parecía más preocupado de lo normal; la señora Mahesh Kapoor escrutaba la cara de su hijo menor con renovada angustia, y el ex ministro de Finanzas, irritado, le dijo a Maan que se callara.
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