Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 215 de 478

Páginas del PDF

Un buen partido

10.20

Maan, bastante preocupado ahora, acercó el farol e intentó seguir leyendo y copiando las palabras que Rasheed le había puesto de muestra. Pero el padre de Rasheed no tardó en volver, esta vez sin Meher.

—¿Qué es un giggi? —preguntó.

—¿Un giggi?

—¿No sabes lo que es un giggi? —La decepción era palpable.

—No. ¿Qué es? —preguntó Maan.

—Yo tampoco lo sé —dijo el padre de Rasheed, apesadumbrado.

Maan le miró, perplejo.

—¿Por qué quiere saberlo? —le pregunté.

—Oh —dijo el padre de Rasheed—. Necesito uno, inmediatamente.

—Si no sabe lo que es, ¿cómo es que necesita uno? —dijo Maan.

—No es para mí, sino para Meher —dijo el padre de Rasheed—. Se despertó y dijo: «Dada, quiero un giggi. Dame un giggi. Y ahora llora porque quiere uno, y no consigo que me diga lo qué es ni qué aspecto tiene. Tendré que esperar hasta que..., bueno, hasta que regrese Rasheed. Quizá él lo sepa. Siento haberte vuelto a molestar.

—No se preocupe —dijo Maan, a quien no le había importado que le interrumpieran. Durante un rato fue incapaz de reemprender sus ejercicios. Intentó decidir si un giggi era algo para comer, para jugar o sobre lo que montar. Finalmente volvió a coger la pluma.

Baba,que había regresado de la mezquita, al verle sentado solo en el patio fue a hacerle compañía. Le saludó, a continuación tosió y escupió en el suelo.

—¿Cómo es que un joven como tú echa a perder la vista leyendo un libro?

—Bueno, aprendo a leer y escribir urdu.

—Sí, sí. Lo recuerdo: seen, sheen... seen, sheen... ¿Por qué molestarse con eso? —dijo Baba, y volvió a aclararse la garganta.

—¿Que por qué molestarse con eso?

—Sí. Dime, ¿qué hay escrito en urdu aparte de unos cuantos poemas pecaminosos?

—Bueno, ya que he empezado, creo que debería seguir —dijo Maan.

Era la frase adecuada. Baba aprobó ese parecer, a continuación añadió:

—Árabe. Deberías aprender árabe. Ése es el idioma que hay que aprender. Entonces podrías leer las Sagradas Escrituras. Podrías dejar de ser un kafir.

—¿Eso cree? —dijo Maan alegremente.

—Oh, seguro —dijo Baba. A continuación añadió—, ¿No te estarás tomando a mal lo que te digo?

Maan sonrió.

—Uno de mis mejores amigos es un thakur que vive a unos cuantos pueblos de distancia —siguió evocando Baba—. En el verano del 47, más o menos durante la época de la Partición, una multitud se congregó en la carretera que va a Salimpur a fin de atacar ese pueblo porque lo habitaban musulmanes. Y también tenían intención de atacar Sagal. Le envié un mensaje urgente a mi amigo, y él y sus hombres vinieron a ayudarnos armados de lathis y pistolas, y le dijeron a la multitud que primero deberían vérselas con ellos. Menos mal. De otro modo yo habría muerto en la lucha, aunque habría sido una muerte honrosa.

A Maan le sorprendió haberse convertido en el confidente de todo el mundo.

—Rasheed me dijo que era usted el terror del tehsil —le dijo a Baba.

Baba asintió enérgicamente con la cabeza. Dijo con énfasis:

—Yo era estricto con los demás. Le saqué de casa —señaló en dirección a la azotea—, desnudo en medio del campo, cuando tenía siete años, porque no estudiaba.

Maan intentó imaginarse el aspecto que debía de tener de pequeño el padre de Rasheed, con un libro en la mano en lugar de su bolsita de paan. Pero Baba prosiguió:

—En la época de los ingleses aún se podía hablar de honradez. El gobierno era firme. ¿Cómo puedes gobernar si no tienes firmeza?

Ahora, cuando la policía coge a algún criminal, los ministros y los diputados dicen: «Es mi amigo, suéltale, por favor.» Y la policía les obedece.

—Eso está muy mal —dijo Maan.

—Antes la policía aceptaba pequeños sobornos, pero ahora las cifras son enormes —dijo Baba—. Y llegará el día en que aceptarán verdaderas fortunas. Ya no se respeta la ley. El mundo entero está siendo destruido. Esa gente está vendiendo el país. Y ahora intentan arrebatarnos las tierras que nuestros antepasados ganaron con su sudor y su sangre. Bueno, nadie va a arrebatarme una sola bigha de tierra, puedo asegurártelo.

—Bueno, si es la ley... —dijo Maan, pensando en su padre.

—Tú eres un joven sensato —dijo Baba—. No bebes ni fumas, y respetas la ley y nuestras costumbres. Pero dime, si hicieran una ley que te obligara a rezar hacia Calcuta en lugar de hacia La Meca, ¿la obedecerías?

Maan negó con la cabeza, intentando no sonreír al imaginarse tal eventualidad.

—Es lo mismo —dijo Baba—. Rasheed me ha dicho que tu padre es muy amigo del nawab sahib, una persona muy respetada en este distrito.

¿Qué opina el nawab sahib de este intento de arrebatarle su tierra?

—No le gusta —dijo Maan. Había aprendido a decir lo más obvio con la mayor indiferencia.

—Ni tampoco te gustaría a ti. Estoy seguro de que todo va a ir a peor. De hecho, todo empieza a desmoronarse. Existe una familia de gente humilde en este pueblo que deja que su padre y su madre mueran de hambre. Ellos comen bien, pero han dado la espalda a sus padres. Se ha logrado la independencia y ahora los políticos quieren acabar con los

zamindars... y el país se derrumba. En los viejos tiempos, si alguien hacía algo así, si se atrevía a convertir a su madre en una pedigüeña, una madre que le había alimentado, limpiado, vestido..., le apaleábamos hasta que los huesos y el cerebro se le volvían a poner en el sitio. Era nuestra responsabilidad. Hoy en día si das una paliza a alguien enseguida te ponen un pleito o intentan encerrarte en comisaría.

—¿No puede hablar con ellos, convencerles? —preguntó Maan.

Baba se encogió de hombros, impaciente.

—Por supuesto, pero a las malas personas no se las mejora a base de explicaciones, sino a golpes de lathi.

—Usted debía de imponer una disciplina muy severa —dijo Maan, complacido con una actitud que habría encontrado intolerable en su propio padre.

—Oh, sí —asintió el padre de Rasheed—. La clave es la disciplina.

Cuando uno hace algo debe poner en ello toda su energía. Tú, por ejemplo, deberías estar estudiando, y no perder el tiempo hablando con un viejo como yo. Dime, ¿tu padre estuvo de acuerdo en que vinieras aquí?

—Sí.

—¿Por qué?

—Bueno, para que aprendiera urdu y supongo que para que viera cómo se vive en los pueblos —improvisó Maan.

—Bien..., bien. Bueno, dile que éste es un buen distrito electoral. Tu padre tiene buena reputación entre nuestra comunidad. ¿Para estudiar urdu? Sí, debemos proteger esa lengua, forma parte de nuestro patrimonio. Sabes, creo que tú serías un buen político. Le marcaste al Fútbol un gol muy fino, de vaselina. Desde luego, si digieras este lugar para dedicarte a la política, lo más probable es que Netaji te asesinara.

Oh, en fin, bueno, sigue, sigue con lo tuyo...

Y se puso en pie y comenzó a ir hacia su casa.

Maan recordó algo.

—¿Por casualidad no sabe lo que es un giggi, Baba? —preguntó.

Baba se detuvo.

—¿Un giggi?

—Sí.

—No, nunca lo había oído. ¿Estás seguro de haberlo leído bien? —

Regresó y cogió el cuaderno de ejercicios de Maan—. No llevo las gafas.

—Oh, es Meher quien pide un giggi —dijo Maan.

—Pero ¿qué es? —preguntó Baba.

—Ése es el problema —dijo Maan—. Se despertó y le pidió un giggi a su abuelo. Debió de soñarlo. En la casa nadie sabe qué significa.

—Humm —dijo Baba, sopesando el problema—. Quizá es mejor que vaya a ayudas. —Cambió de dirección y se dirigió a casa de su hijo

—. Soy el único que la comprende.

OceanofPDF.com