Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 5 de 478

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Un buen partido

1.4

Lata no tardó en dejar a Malati con un grupo de amigas de la universidad, pero antes de que ella y Aparna pudieran llegar mucho más lejos, fueron capturadas por los padres de la niña.

—De manera que estás aquí, mi pequeña y preciosa fugitiva —dijo la deslumbrante Meenakshi, depositando un beso en la frente de su hija

—. ¿No es preciosa, Arun? ¿Donde has estado, preciosa tunanta?

—Fui a buscar a dandi —comenzó a decir Aparna—. Y la encontré, pero tuvo que entrar en casa a buscar a Savita bua, pero no pude ir con ella, y entonces Lata bua me llevó a tomar un helado, pero no pudimos tomarlo porque...

Pero Meenakshi ya se había desinteresado del relato y se había vuelto hacia Lata.

—Este color rosa no te sienta nada bien, Lata —dijo Meenakshi—.

Carece de..., de...

—Je ne sais quois? —apuntó un zalamero amigo de su marido, que estaba de pie a su lado.

—Gracias —dijo Meenakshi, de una manera tan mordaz que el joven se escabulló silenciosamente y fingió mirar las estrellas.

—No, el rosa no es el color más adecuado para ti, Lata —se reafirmó Meenakshi, alargando el cuello, largo y pardusco, como si fuera un gato desperezándose. A continuación miró a su cuñada de arriba abajo.

Meenakshi llevaba un sari de seda de Benarés verde y oro, con un choli verde que dejaba al descubierto esa parte de su diafragma que la sociedad de Brahmpur tenía el privilegio de ver sin escandalizarse.

—Oh —dijo Lata, repentinamente cohibida. No tenía mucha idea de cómo vestirse, e imaginó que debía de estar muy poco vistosa junto a esa ave del paraíso.

—¿Quién era ese individuo con el que estabas hablando? —le preguntó su hermano Arun, quien, contrariamente a su mujer, había observado que Lata hablaba con Maan. Arun tenía veinticinco arios, y era un bravucón alto, inteligente, de tez clara y aspecto agradable que mantenía a sus hermanos a raya mediante el sistema de aporrear sus egos. Se complacía en recordarles que, después de la muerte de su padre, él, «por así decir», era quien había pasado a ocupar su lugar.

—Era Maan, el hermano de Pran.

—Ah. —La palabra contenía icebergs de desaprobación.

Arun y Meenakshi habían llegado esa misma mañana, tras un viaje en tren que había durado toda la noche, procedentes de Calcuta, donde Arun era uno de los escasos ejecutivos indios de la prestigiosa empresa, en su mayor parte de raza blanca, Bentsen & Pryce. No había tenido tiempo ni deseos de relacionarse con la familia —o el clan, como él los llamaba— Kapoor, con el que su madre había concertado la boda de su hija. Miraba a su alrededor con ojos siniestros. Típico de los de su clase, excederse en todo, pensaba al observar las luces de colores en el seto. La tosquedad de los políticos del estado, efusivos y tocados con sus gorros blancos, y el contingente de parientes de Mahesh Kapoor que vivían en el campo suscitaban en él un desdén elegantemente tibio. Y el hecho de que ni el brigadier del Acantonamiento de Brahmpur ni los representantes de compañías como Burmah Shell, Imperial Tobacco y Caltex estuvieran presentes entre la multitud de invitados cegaba sus ojos a la mayor parte de la élite profesional de Brahmpur.

—Un poco calavera, diría yo —manifestó Arun, quien había observado que los ojos de Maan seguían casualmente a Lata antes de volverlos hacia otra parte.

Lata sonrió, y su dócil hermano Varun, que era como una nerviosa sombra de Arun y Meenakshi, también sonrió con una especie de reprimida complicidad. Varun estudiaba —o intentaba estudiar—

matemáticas en la Universidad de Calcuta, y vivía con Arun y Meenakshi en su pequeño piso de planta baja. Era delgado, inseguro, de temperamento afable y mirada furtiva; y también el favorito de Lata.

Aunque era un ario mayor que ella, Lata sentía un instinto protector hacia él. Tanto Arun como Meenakshi —e incluso en cierto modo la

precoz Aparna— eran capaces de provocarle verdadero terror. Su relación con las matemáticas se limitaba principalmente al cálculo de apuestas y handicaps para las carreras de caballos. En invierno, al iniciarse la temporada hípica, la euforia de Varun crecía pareja a la ira de su hermano. Arun también solía calificarle de calavera.

¿Y qué sabes tú de lo que es un calavera, Arun bhai?, se dijo Lata.

En voz alta pronunció:

—Parecía muy agradable.

—Una de nuestras tías le llamó fresco —dijo Aparna.

—¿Es eso cierto, preciosa? —dijo Meenakshi, interesada—.

Señálamelo, Arun. —Pero no vieron a Maan por ninguna parte.

—Hasta cierto punto es culpa mía —dijo Arun con una voz que daba a entender todo lo contrario; Arun era incapaz de culparse de nada—.. La verdad es que debería haber hecho algo —prosiguió—. Si no hubiera estado tan atado a mi trabajo, podría haber evitado todo este fiasco. Pero una vez que a mamá se le metió en la cabeza que este Kapoor era un buen partido, fue imposible disuadirla. No se puede razonar con mamá; siempre acaba echándose a llorar.

Lo que también contribuyó a mitigar las suspicacias de Arun fue el hecho de que el doctor Pran Kapoor enseñara literatura inglesa. Y aun con todo, para su disgusto, apenas había alguna cara inglesa en medio de esa multitud completamente provinciana.

—¡Qué poco elegante es todo esto! —dijo Mecnakshi para sí misma y con cierto fastidio, expresando los pensamientos de su marido—. Y

qué completamente distinto de Calcuta. Preciosa, te has ensuciado la nariz —añadió dirigiéndose a Aparna, medio mirando a su alrededor para decirle a una imaginaria sirvienta que la limpiara con un pañuelo.

—Lo estoy pasando bien aquí —aventuró Varun, viendo que Lata parecía ofendida. Sabía que a ella le gustaba Brahmpur, aunque estuviera claro que no se trataba de ninguna metrópoli.

—Cállate —le espetó brutalmente Arun. Su dictamen estaba siendo discutido por un subordinado, y no estaba dispuesto a aceptarlo.

Varun luchó consigo mismo; echó fuego por los ojos, a continuación bajó la mirada.

—No hables de lo que no entiendes —añadió Arun, implacable.

Varun le miró ceñudo, en silencio.

—¿Me has oído?

—Sí —dijo Varun.

—¿Si qué?

—Sí, Arun bhai —murmuró Varun.

Tal ensañamiento era moneda corriente para Varun, y a Lata no le sorprendió aquel diálogo. Lo sentía por Varun, y le indignaba la actitud de su otro hermano. No comprendía por qué le trataba así, ni el placer que podía encontrar en ello. Decidió que hablaría con Varun después de la boda, lo antes posible, a fin de ayudarle a resistir —al menos internamente— tales ataques contra su espíritu. Aunque a veces yo tampoco sé resistirlos, pensó Lata.

—En fin, Arun bhai —dijo Lata con aire inocente—. Supongo que es demasiado tarde. Ahora todos somos una gran familia feliz y tendremos que soportarnos lo mejor que podamos.

La frase, sin embargo, no era inocente. «Una gran familia feliz» era una frase que los Chatterji utilizaban irónicamente. Meenakshi Mehra había sido una Chatterji antes cheque ella y Arun se conocieran en un cóctel, se enamoraran de una manera fogosa, arrebatada y elegante, y se casarán al cabo de un mes, ante la conmoción de ambas familias. Se sintieran felices o no el juez Chatterji, del Tribunal Superior de Calcuta, y su esposa al dar la bienvenida a Arun —que no era bengalí— en calidad de primer cónyuge de sus tres hijos y sus dos hijas (además de Cuddles, el perro), y estuviera encantada o no la señora Rupa Mehra ante la idea de que su primogénito, la niña de sus ojos, contrajera matrimonio con alguien que no pertenecía a la casta khatri (para casarse, además, con una niña mimada y supersofisticada como Meenakshi), Arun, ciertamente, se vanagloriaba de estar emparentado con los Chatterji. Era una familia rica y de buena posición, que poseía una gran casa en Calcuta donde celebraban fiestas demasiado concurridas (aunque distinguidas). Y aun cuando aquella extensa

familia, especialmente los hermanos y hermanas de Meenakshi, le importunaran a veces con su incesante e imparable ingenio y sus improvisados pareados, lo aceptaba por considerarlo un rasgo innegablemente urbano. Era algo que estaba a arios luz de esta capital de provincia, de esa muchedumbre de los Kapoor y de esas celebraciones chillonas con luces en el seto... ¡con zumo de granada en lugar de alcohol!

—¿Qué quieres decir exactamente con eso? —le preguntó Arun a Lata—. ¿Acaso crees que si papá estuviera vivo nos habríamos unido a esta familia?

A Arun le preocupaba muy poco que alguien pudiera oírles. Lata se ruborizó. Pero la brutal intención de sus palabras fue palmaria. Si Raghubir Mehra, en lugar de fallecer prematuramente, hubiera proseguido su meteórica carrera en el Servicio de Ferrocarriles, no hay duda de que cuando los británicos dejaron todos los servicios en manos del gobierno indio en 1947, se habría convertido en miembro del Consejo de Administración de los Ferrocarriles la India, y sus aptitudes y su experiencia no habrían tardado en ascenderle al cargo de presidente. Desde su muerte, sin embargo, la familia se había visto obligada a salir adelante con la ayuda de los magros ahorros de la señora Rupa Mehra, de la amabilidad de sus amigos y, últimamente, del salario de su primogénito. Además, la señora Rupa Mehra había tenido que vender casi todas sus joyas y su pequeña casa en Darjeeling para proporcionar una educación a sus hijos, cosa que consideraba de primordial importancia. Detrás de su omnipresente sentimentalismo —

y de su apego a los objetos físicos que le recordaran a su amado esposo

— se revelaba una concepción del sacrificio y de los valores que iba indisolublemente unida a las intangibles ventajas de estudiar en uno de esos internados donde se recibía una enseñanza ciento por ciento anglosajona. Y de este modo, Arun y Varun había continuado en la St George's School, y no había sacado a Savita y a Lata del convento de St Sophia.

Puede que los Kapoor no estuvieran mal para lo que era la sociedad de Brahmpur, pensaba Arun, pero, de haber vivido papá, toda una constelación de brillantes pretendientes se hubiera derramado a los pies de los Mehra. Él, al menos, había superado sus circunstancias y

prosperado uniéndose a una buena familia. ¿Cómo se podía comparar al hermano de Pran, ese individuo cuyos ojos iban de muchacha en muchacha y con quien Lata acababa de hablar —y que, según había oído decir, estaba al frente de una tienda de telas en Benarés—, con, digamos, el hermano mayor de Meenakshi, que había estudiado en Oxford, que estudiaba leyes en la Lincoln's Inn y que, además, había publicado libros de poesía?

La hija de Arun le hizo volver a la realidad y disipar sus especulaciones cuando amenazó con gritar si no conseguía su helado.

Sabía por experiencia que gritar (o simplemente amenazar con hacerlo) obraba prodigios con sus padres. Y, después de todo, ellos también se gritaban a veces el uno al otro, y a menudo a los sirvientes.

Lata puso un gesto culpable.

—Es culpa mía, cariño —le dijo a Aparna—. Vamos enseguida antes de que nos encontremos a alguien más. Pero no debes llorar ni chillar, prométemelo. Conmigo no funcionará.

Aparna, que sabia que así era, permaneció en silencio.

Pero, justo en ese momento, el novio apareció por un lado de la casa, vestido todo de blanco, con una expresión medrosa en su tez oscura, velada de guirnaldas de flores blancas; todo el mundo se apelotonó hacia adelante, en dirección a la puerta de donde emergía el novio; y Aparna, levantada en brazos por su Lata bua, se vio obligada una vez más a posponer tanto el trato como la amenaza.

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