Un buen partido
1.3
Lata, que había oído parte de la conversación entre Maan y su padre, no pudo evitar sonreír mientras pasaba junto al primero.
—Veo que lo estás pasando bien —le dijo Maan en inglés.
La conversación con su padre había sido en hindi, la de ella con su madre en inglés. Maan hablaba los dos idiomas correctamente.
Lata tuvo un arrebato de timidez, tal como a veces le ocurría con los desconocidos, especialmente con aquellos que le sonreían de manera tan descarada como Maan. Dejémosle que sonría por los dos, pensó.
—Sí —fue lo único que dijo Lata, mirándole a la cara tan sólo un segundo. Aparna le tiró de la mano.
—Bueno, ahora estamos casi en familia —dijo Maan, quizá intuyendo que Lata se sentía incómoda—. Dentro de unos pocos minutos comenzará la ceremonia.
—Sí —asintió Lata, y, un poco más segura de sí misma, levantó la mirada hacia él. A continuación frunció el entrecejo—. A mi madre le preocupa que no empiece a la hora.
—También a mi padre —dijo Maan.
Lata comenzó a sonreír de nuevo, pero cuando Maan le preguntó el motivo negó con la cabeza.
—Bueno —dijo Maan, apartando un pétalo de rosa de su elegante achkan blanco—, no te estás riendo de mí, ¿verdad?
—No me estoy riendo —dijo Lata.
—Sonriendo, quiero decir.
—No, de ti no —dijo Lata—, de mi.
—Todo esto es muy misterioso —dijo Maan. Su cara afable se transformó en una expresión de exagerada perplejidad.
—Me temo que la cosa tendrá que quedar así —dijo Lata, casi riendo ahora—. Tengo que conseguir un helado para Aparna.
—Prueba el de pistacho —sugirió Maan. Sus ojos siguieron su sari color rosa durante unos segundos. Una chica hermosa... en cierto modo, volvió a decirse. Aunque el rosa no era el color más adecuado para su tez. Debería ir vestida de un verde intenso o de un azul oscuro...
como aquella mujer de ahí. Su mirada se desvió hacia un nuevo objeto de atención.
Unos segundos más tarde, Lata se tropezó con su mejor amiga, Malati, una estudiante de medicina con la que compartía habitación en la residencia de estudiantes. Malati era muy extrovertida y nunca se arredraba a la hora de hablar con desconocidos. Éstos, sin embargo, daban en parpadear ante sus encantadores ojos verdes, y a veces eran ellos quienes no sabían qué decir.
—¿Quién era ese fresco con quien estabas hablando? —preguntó a Lata llena de curiosidad.
No lo decía con mala intención. En la jerga de las chicas de la Universidad de Brahmpur, un joven bien parecido era un fresco. El término derivaba del chocolate Cadbury.2
—Oh, era Maan, el hermano pequeño de Pran.
—¡De verdad! Es muy guapo, y Pran es tan..., bueno, no es feo, pero ya sabes, tiene la tez oscura y no es nada especial.
—Quizá es una chocolatina de las más negras —sugirió Lata—.
Amarga pero nutritiva.
Malati se lo pensó.
—Y —prosiguió Lata—, tal como mis tías me han recordado cinco veces durante la última hora, yo tampoco tengo la piel clara, por lo que me será imposible encontrar un buen partido.
—¿Cómo puedes soportar que te digan eso, Lata? —preguntó Malati, que había crecido, sin padres ni hermanos, en un círculo de mujeres que siempre la habían apoyado en todo.
—Oh, casi todas me caen bien —dijo Lata—. Y si no fuera por este tipo de especulaciones, para ellas una boda no tendría mucho sentido.
Una vez vean a la novia y al novio juntos, se lo pasarán aún mejor. La bella y la bestia.
—Bueno, siempre que le he visto en el campus de la universidad me ha parecido que tenía cierto aspecto de bestia —dijo Malati—. Es como una jirafa oscura.
—No seas mala —dijo Lata, riendo—. De todos modos, Pran es un profesor muy popular —prosiguió—. Y a mí me gusta. Y tú vendrás a visitarme a su casa cuando deje la residencia y vaya a vivir con él. Y
puesto que es mi cuñado, tendrá que caerte bien. Prométemelo.
—De ninguna manera —dijo Malati, inflexible—. Te está alejando de mi.
—No digas tonterías, Malati —dijo Lata—. Mi madre, con su agudo sentido de la economía doméstica, está empeñada en que vaya a vivir a su casa.
—Bueno, no veo por qué has de obedecer a tu madre. Dile que no puedes separarte de mí.
—Siempre obedezco a mi madre —dijo Lata—. Y además, si no lo hace ella, ¿quién pagará mis facturas de la residencia? Y para mí será muy agradable vivir con Savita una temporada. Me niego a perderte. De verdad que debes visitarnos..., no debes dejar de visitarnos. Si no lo haces, sabré cuál es el valor tic tu amistad.
Por unos instantes Malati pareció un tanto desdichada, pero enseguida se le pasó.
—¿Quién es ésta? —preguntó. Aparna la miraba con un aspecto severo e intransigente.
—Mi sobrina Aparna —dijo Lata—. Dile hola a tía Malati, Aparna.
—Hola —dijo Aparva, a quien se le estaba agotando la paciencia—.
¿Puedo tomar mi helado de pistacho, por favor?
—Sí, kuchuk, desde luego, lo siento —dijo Lata—. Ven, vamos todas juntas a buscar un poco de helado.
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