Un buen partido
Quinta Parte
En la calle las balas silban
y la muerte campea
La raposa legislativa
a su presa saquea.
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5.1
Algunos disturbios son provocados, otros ocurren espontáneamente.
Nadie esperaba que los problemas que tenían lugar en Misri Mandi llegaran al extremo de engendrar violencia. Unos días después de que Haresh se marchara, sin embargo, el centro de Misri Mandi, incluyendo la zona que rodeaba la tienda de Kedarnath, estaba completamente tomado por la policía.
La noche anterior había estallado una pelea en el interior de un café de mala muerte, situado en el camino sin pavimentar que conducía a la curtiduría del Viejo Brahmpur. La huelga significaba menos dinero, pero más tiempo libre para todo el mundo, de manera que el tugurio del kalari estaba tan concurrido como siempre. El lugar estaba frecuentado principalmente por jatavs, aunque no exclusivamente. La bebida hacia iguales a los bebedores, y poco les importaba quién estuviera sentado a su lado, en la sencilla mesa de madera. Bebían, reían, gritaban, y luego se tambaleaban hasta la salida, a veces cantando, a veces maldiciendo.
Juraban amistad eterna, divulgaban confidencias, concebían insultos. El dependiente de una zapatería de Misri Mandi estaba de malas porque su suegro le hacía la vida imposible. Estaba bebiendo solo y le dominaba una creciente agresividad. A su espalda oyó un comentario referente a las deshonestas mañas de su jefe, y sus manos se apretaron en un puño.
Al darse la vuelta para ver quién hablaba, volcó el taburete en el que estaba sentado y cayó al suelo.
Los tres hombres que había en la mesa de detrás de él rieron. Eran jatavs que habían tenido tratos con él, pues era aquel hombre quien solía quedarse con los zapatos de sus cestos mientras ellos, por las tardes, recorrían Misri Mandi a paso vivo; a su jefe, el dueño de la zapatería, no le gustaba tocar los zapatos porque creía que podían contaminarle. Los jatavs sabían que la interrupción del negocio en Misri Mandi había perjudicado especialmente a aquellos que habían abusado del sistema de chits. Que les había perjudicado aún más a ellos, también lo sabían, aunque tampoco se trataba de que los poderosos cayeran de rodillas ante ellos. Y sin embargo, literalmente, había uno justo allí delante.
El alcohol de destilación casera se les había subido a la cabeza, y no tenían dinero para comprar pakoras ni ningún otro tentempié que les mitigara la borrachera. Reían incontrolablemente.
—Está luchando con el aire —bromeó uno.
—Apuesto a que está haciendo otro tipo de lucha —espetó otro.
—Pero ¿crees que eso le conviene? Dicen que por eso tiene problemas en casa...
—Rechazado —le picó el otro, haciendo con la mano el mismo gesto que los comerciantes utilizaban para rechazar un cesto de zapatos con la excusa de que había un par defectuoso.
Su manera de hablar era confusa, sus ojos desdeñosos. El hombre que había caído al suelo amagó un golpe, los demás le cayeron encima.
Unos cuantos, incluyendo el propietario o kalari, intentaron poner paz, pero casi todo el Mundo se lo pasaba tan bien que animaba a los luchadores. Los cuatro se revolcaban por el suelo peleando.
Todo acabó cuando el hombre que había iniciado la reyerta quedó inconsciente de un golpe, }todos los demás heridos. Uno sangraba de un ojo y aullaba de dolor.
Esa noche, cuando perdió la visión de ese ojo para siempre, una amenazante multitud de jatavs se reunió en el Mercado del Calzado de Govind, donde trabajaba el dependiente. Lo encontraron cerrado. La multitud comenzó a gritar consignas, y a continuación amenazaron con quemar el puesto. Uno de los comerciantes intentó razonar con la turba, y la tomaron con él. Un par de policías, intuyendo el talante de aquel tropel de gente, corrió a la comisaría a buscar refuerzos. Llegaron diez policías, armados con fuertes lathis de bambú, comenzaron a golpear a la gente indiscriminadamente. La multitud se dispersó.
Con sorprendente prontitud, todas las autoridades se enteraron del asunto: desde el inspector de Policía del distrito hasta el inspector general de Purva Pradesh, desde el secretario del Interior hasta el ministro del Interior, y todos hicieron distintas propuestas tendentes a tomar o no cartas en el asunto.
El primer ministro estaba fuera de la ciudad. En su ausencia —y debido a que la ley y el orden eran de su competencia— el ministro del Interior se puso al frente de todo. Mahesh Kapoor, aunque ministro de Finanzas, y por tanto sin competencias directas en el asunto, se enteró de los disturbios porque parte de Misri Mandi pertenecía a su distrito.
Fue corriendo al lugar de los hechos y habló con el inspector de Policía y el juez de distrito. Éstos creían que la cosa se arreglaría si no se provocaba a ninguno de los dos bandos. Sin embargo, el ministro del Interior, L. N. Agarwal, que también tenia en Misri Mandi parte de su distrito electoral, no creyó necesario acudir a la escena del suceso.
Recibió unas cuantas llamadas telefónicas en su cesa y decidió que había que dar un escarmiento.
Ya hacía demasiado tiempo que aquellos jatavs tenían interrumpido el comercio de la ciudad con sus frívolas quejas y su perversa huelga.
Sin duda hablan sido soliviantados por los líderes de los sindicatos.
Ahora amenazaban con bloquear la entrada del Mercado del Calado de Govind en el lugar donde convergía con la calle principal de Misri Mandi. Muchos comerciantes pasaban ya apuros financieros, y la actuación de los piquetes acabaría por hundirlos. El propio L N.
Agarwal procedía de una familia de comerciantes, y contaba con muchos amigos entre éstos. Otros le proporcionaban fondos para sus campañas. Había recibido tres llamadas desesperadas. No era momento de hablar, sino de actuar. No se trataba simplemente de imponer la ley, sino el orden, de restablecer el orden de la sociedad. Seguramente, el Hombre de Hierro de la India, el difunto Sardar Patel, habría sido de la misma opinión de encontrarse en su lugar.
Pero ¿qué habría hecho? Como en un sueño, el ministro del Interior evocó la redondeada y severa cabeza de su mentor político, fallecido hacia cuatro meses. Se quedó un rato pensativo. A continuación le dijo a su ayudante personal que le pusiera con el juez de distrito.
Éste, que estaba en mitad de la treintena, se encargaba directamente de la administración civil del distrito de Brahmpur, y junto con el inspector de Policía mantenía la ley y el orden.
El ayudante intentó comunicar, a continuación dijo:
—Lo siento, señor, el juez no está en el edificio. Está intentando poner paz en...
—Dame el teléfono —dijo el ministro con voz serena. El asistente, nervioso, le entregó el auricular—. .Quién? ¿Dónde? Agarwal al habla..., sí, instrucciones directas... No me importa. Que se ponga enseguida Dayal... Sí, diez minutos..., vuelva a llamarme... El inspector está allí, no hay ningún problema.
Colgó el auricular y se agarró con fuerza los rizos grises que dibujaban una herradura alrededor de su calva cabeza.
Tras un rato hizo ademán de volver a coger el auricular, a continuación decidió lo contrario, y centró su atención en una carpeta.
Diez minutos más tarde, el joven juez de distrito, Krishan Dayal, estaba al teléfono. El ministro del Interior le dijo que protegiera la entrada del Mercado del Calzado de Govind. Debía dispersar a los piquetes sin dilación, si era necesario leyéndoles la Sección 144 del Código Penal, y hacer fuego si la multitud no se disolvía.
El teléfono no se ola muy bien, pero el mensaje resultó diáfano.
Krishan Dayal dijo con una voz fuerte, aunque llena de preocupación:
—Señor, puedo sugerir una acción alternativa. Estamos entrevistándonos con los líderes de la multitud...
—¿De manera que hay líderes, los hay, no es algo espontáneo?
—Señor, es algo espontáneo, pero hay líderes.
L N. Agarwal reflexionó que fueron cachorros de la laya de Krishan Dayal quienes le tuvieron encerrado en las cárceles británicas. Dijo, sereno:
—¿Se está haciendo el gracioso, señor Dayal?
—No, señor, yo...
—Ya tiene sus instrucciones. Esto es una emergencia. Ya lo he discutido con el secretario del gabinete por teléfono. Creo que la multitud la componen unas trescientas personas. Quiero que el inspector estacione policías a lo largo de la calle principal de Misri
Mandi y vigile todas las entradas, el Mercado del Calzado de Govind, el de Brahmpur, etcétera. Simplemente haga lo que sea necesario.
Hubo una pausa. El ministro del Interior estaba a punto de colgar el teléfono cuando el magistrado dijo:
—Señor, puede que sea imposible disponer de tantos policías en tan poco tiempo. Algunos están apostados en el solar donde se construye el Templo de Shiva en caso de que haya disturbios. Hay mucha tensión, señor. El ministro de Finanzas cree que el viernes...
—¿Los policías están ahora allí? Esta mañana no los vi —dijo L. N.
Agarwal en un tono relajado pero firme.
—No, señor, pero están en la comisaría central de la zona de Chowk, lo suficientemente cerca del solar del templo. Lo mejor es mantenerlos allí para una verdadera emergencia. —Krishan Dayal había estado en el ejército durante la guerra, pero le desconcertaba el aire casi desdeñoso de interrogación y mando del ministro del Interior.
—Dios cuidará del Templo de Shiva. Mantengo excelentes relaciones con muchos miembros del comité, ¿cree que no conozco las circunstancias? —Le había irritado el que Dayal se refiriera a «una verdadera emergencia», y también que mencionara a Mahesh Kapoor, su rival y diputado por la circunscripción electoral contigua a la suya.
—Sí, señor —dijo Krishan Dayal, sonrojándose, hecho que, por fortuna, el ministro del Interior no vio—. ¿Y puedo saber cuánto tiempo va a permanecer allí la policía?
—Hasta nueva orden —dijo el ministro del Interior, y colgó para evitar otra respuesta. No le gustaba la manera en que los así llamados funcionarios civiles respondían a aquellos que estaban por encima de ellos en la jerarquía... ni a alguien que, como él, le llevaba veinte años.
Era necesario poseer un servicio administrativo, sin duda, pero era igualmente necesario que sus miembros se dieran cuenta de que ya no gobernaban ese país.
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