Un buen partido
6.18
—La begum sahiba fue muy explícita —dijo el guardián—. Esta noche no recibe a nadie.
—¿Por qué? —preguntó Maan—. ¿Por qué?
—No lo sé —dijo el guardián.
—Por favor, averígualo —dijo Maan, deslizando un billete de dos rupias en la mano del hombre.
El guardián tomó el billete y dijo:
—No se encuentra bien.
—Pero eso ya lo sabías antes —dijo Maan, un poco agraviado—.
Eso significa que debo ir a verla. Ella querrá verme.
—No —dijo el guardián, de pie ante la puerta—. No querrá verte.
Eso le pareció a Maan muy poco amistoso.
—Mira —dijo—, tienes que dejarme entrar. —Intentó apartar al guardián con el hombro, pero éste se resistió y hubo una pelea.
Las voces se oyeron desde la casa, y Bibbo salió. Cuando vio lo que estaba ocurriendo, se llevó una mano a la boca. Entonces dijo entrecortadamente:
—¡Phool Singh, basta! Dagh sahib, por favor, por favor, ¿qué dirá begum sahiba?
Este pensamiento hizo que Maan volviera a sus cabales, y se despolvoreó la kurta, bastante avergonzado. Ni él ni el guardián estaban heridos. En relación al incidente, el guardián seguía en sus trece.
—Bibbo, ¿está muy enferma? —preguntó Maan, sufriendo por ella.
—¿Enferma? —dijo Bibbo—. ¿Quién está enferma?
—Saeeda .Bai, por supuesto.
—No está enferma en lo más mínimo —dijo Bibbo, riendo. A continuación, cruzando una mirada con el guardián, dijo—: Al menos
no hasta hace media hora, momento en que le sobrevino un dolor agudo cerca del corazón. No puede veros, no puede ver a nadie.
—¿Quién está con ella? —preguntó Maan.
—Nadie, es decir, bueno, como ya os he dicho..., nadie.
—Alguien está con ella —dijo Maan, furioso, con una aguda punzada de celos.
—Dahg sahib —dijo Bibbo, comprensiva—, no soléis comportaros así.
—¿Cómo? —dijo Maan.
—Nunca os había visto celoso. Begum sahiba tiene antiguos admiradores, no puede deshacerse de— ellos. Esta casa depende de su generosidad.
—¿Está enfadada conmigo? —preguntó Maan.
—¿Enfadada? ¿Por qué? —preguntó Bibbo, carente de expresión.
—Porque no vine aquel día, tal como le había prometido —dijo Maan—. Lo intenté, sólo que no pude escaparme.
—No creo que se enfadara con vos —dijo Bibbo—. Pero desde luego sí se enfadó con vuestro mensajero.
—¿Con Firoz? —preguntó Maan, atónito.
—Sí, con el nawabzada.
—¿Le entregó una nota? —preguntó Maan. Meditó, con un poco de envidia, que Firoz, que sabía leer y escribir urdu, podía comunicarse por escrito con Saeeda Bai.
—Eso creo —dijo Bibbo, un tanto vagamente.
—¿Y por eso se enfadó Saeeda Bol? —preguntó Maan.
—No lo sé —dijo Bibbo con una leve risa—. Debo irme. —Y dejó a Maan en la calle, muy alterado.
A Saeeda Bai le había disgustado enormemente ver a Firoz, y estaba enfadada con Maan por haberle enviado. De todos modos, cuando recibió el recado de Maan informándole de que no podía acudir a su
cita de aquella noche, no pudo evitar sentirse triste y decepcionada. Y
eso la puso de peor humor. No podía permitirse ningún vínculo emocional con ese joven frívolo, despreocupado y, probablemente, ligero de cascos. Tenía una profesión y una reputación que mantener, y él no era más que un entretenimiento, aunque agradable. De manera que Saeeda Bai comenzaba a pensar que quizá sería una buena idea mantenerse alejada de él por un tiempo. Puesto que aquella noche tenía que agasajar a su protector, había dado órdenes al guardián para que no dejara entrar a nadie, y mucho menos a Maan.
Cuando, posteriormente, Bibbo la informó de lo ocurrido, la reacción de Saeeda Bai fue de irritación ante lo que consideró como una interferencia de Maan en su vida profesional: él no tenía ningún derecho a controlar su tiempo ni lo que hacía. Pero un poco más tarde, mientras le hablaba al periquito, Saeeda Bai dijo: «Dagh sahib, Dagh sahib» unas cuantas veces, y su expresión osciló entre la pasión sexual, el coqueteo, la ternura, la indiferencia, la irritación y la cólera. Aquel periquito estaba recibiendo una educación mundana más sofisticada que cualquiera de sus otros congéneres.
Maan caminó sin rumbo preguntándose qué hacer, incapaz de sacarse de la cabeza a Saeeda Bai, pero deseando que alguna actividad, la que fuera, pudiera distraerle al menos por un momento. Recordó que había dicho que se dejaría caer por casa del rajkumar de Mahr, de manera que se encaminó a su vivienda, situada no lejos de la universidad, que el rajkumar compartía con otros seis o siete estudiantes, cuatro de los cuales todavía estaban en Brahmpur al principio de las vacaciones de verano. Estos estudiantes —dos de ellos vástagos de otros tantos príncipes de poca monta, y uno de ellos hijo de un poderoso zamindar— no iban faltos de fondos. Casi todos ellos recibían unos cientos de rupias al mes para gastar a su antojo, cantidad equivalente a todo el salario de Pran, por lo que esos estudiantes miraban bastante por encima del hombro a sus profesores, mucho menos pudientes que ellos.
El rajkumar y sus amigos comían juntos, jugaban a las cartas juntos y casi siempre iban juntos a todas partes. Cada uno de ellos dedicaba quince rupias al mes a gastos de limpieza (tenían su propia cocinera) y otras veinte a lo que denominaban «gastos en chicas». Con ese dinero
mantenían a una preciosa bailarina de diecinueve años que vivía con su madre no lejos de la universidad. Rupvati entretenía a los jóvenes con frecuencia, y uno de ellos siempre se quedaba a hacerle compañía. De este modo, por rotación, a cada uno le tocaba una noche completa con ella cada dos semanas. Las otras noches, Rupvati era libre de entretener a cualquiera de ellos o de tomarse la noche libre, pero el acuerdo implicaba que no tendría otros clientes. La madre recibía a los muchachos con sumo afecto, y no dejaba de agradecerles todo lo que habían hecho por su hija.
Al cabo de media hora de haberse reunido con el rajkumar de Mahr y de haber bebido una sustanciosa cantidad de whisky, Maan acabó divulgando sus preocupaciones. El rajkumar mencionó a Rupvati, y le sugirió que la visitaran. A Maan esa perspectiva le animó un poco, y, llevándose la botella, comenzaron a andar en dirección a la casa. Pero el rajkumar recordó de pronto que aquella noche la tenía libre, y que quizá no fueran del todo bienvenidos.
—Ya sé qué podemos hacer. Visitaremos el Tarbuz ka azur —dijo el rajkumar, parando un tonga y empujando a Maan hacia su interior.
Maan no estaba con ánimos para resistirse.
Pero cuando el rajkumar, que amistosamente le había colocado una mano en su muslo, comenzó a moverla hacia arriba con inconfundibles intenciones, él la apartó con una carcajada.
El rajkumar no se tomó a mal ese rechazo, y al cabo de un par de minutos, mientras la botella pasaba de mano en mano, hablaban con el mismo desenfado de antes.
—Corro un gran riesgo —dijo el rajkumar—, pero lo hago por nuestra gran amistad.
Maan comenzó a reír.
—No vuelvas a hacerlo —dijo—. Me siento incómodo.
Ahora fue el rajkumar quien rió.
—No me refería seso —dijo—. Me refería al riesgo que corro llevándote al Tarbuz ka Bazaar.
—Oh, ¿por qué? —dijo Maan.
—Porque «cualquier estudiante que sea visto en un lugar poco recomendable podrá ser expulsado inmediatamente».
El rajkumar estaba citando las curiosas y detalladas reglas de conducta que afectaban a todos los estudiantes de la Universidad de Brahmpur. Esta regla en particular parecía tan vaga y al mismo tiempo tan deliciosamente draconiana que el rajkumar y sus amigos se la habían aprendido de memoria y solían recitarla a coro al ritmo del Gayatri Mantra siempre que salían para dedicar la velada al juego, a la bebida o a las putas.
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