Un buen partido
11.7
Unos pocos días después de haber sufrido tal ultraje, el rajá de Mahr, con un turbante adornado de plumas y diamantes, junto con un deslumbrante séquito de criados, avanzaba hacia el Pul Mela.
Su Alteza partió por la mañana del Templo de Shiva, en Chowk (donde rindió homenaje a la deidad), avanzó a través del Viejo Brahmpur y llegó a lo alto de la gran rampa de tierra que descendía suavemente desde los acantilados de barro hasta los arenales de la orilla sur del Ganges. Cada pocos pasos un pregonero anunciaba la presencia del rajá, y pétalos de rosa flotaban en el aire a su mayor gloria. Era una sandez.
Sin embargo, formaba parte de la idea que el rajá tenía de sí mismo y de su lugar en la tierra. Estaba enfadado con el mundo, en especial con el Brahmpur Chronicle, que se había regodeado con ganas en sus exclamaciones y en su expulsión de la sala. El caso había proseguido durante cuatro o cinco días más antes de cerrarse (el veredicto tendría lugar en fecha posterior), y, cada día, el Brahmpur Chronicle encontraba ocasión de recordar la indecorosa salida del rajá de Mahr.
La procesión se detuvo en lo alto de la rampa, bajo la sombra de la gran higuera de la pagodas, y el rajá bajó la mirada. A sus pies, hasta allí donde alcanzaba la vista, se veía un océano de tiendas de campaña de color caqui que, envueltas en una neblina, se extendían por el arenal.
En lugar del único pontón que cruzaba el Ganges, en la actualidad había cuatro o cinco puentes de barcas, que interrumpían todo el tráfico que iba río abajo. Sin embargo, grandes flotillas de pequeños botes surcaban el río a fin de trasladar a los peregrinos a lo largo de los bancos de arena de cada ribera, llevarlos hasta los lugares donde bañarse resultaba de mejor augurio, o simplemente para proporcionar un método más rápido y más placentero de cruzar el río que enfrentarse a la aglomeración de gente que ocupaba los improvisados puentes, demasiado concurridos.
La enorme rampa también estaba llena de peregrinos procedentes de toda la India, muchos de los cuales acababan de llegar en trenes
especiales puestos en circulación con ocasión del Pul Mela. Durante unos minutos, sin embargo, el séquito del rajá hizo retroceder lo suficiente a la multitud para que su amo pudiera tener una panorámica regia y pausada de la escena.
El rajá contempló con reverencia el gran río marrón, el hermoso y plácido Ganges. No llevaba mucha agua, con lo que amplias zonas de arena quedaban al descubierto. Era a mediados de junio. El monzón todavía no había llegado a Brahmpur, y el deshielo no había aportado mucha agua al río. Dos días más y se llegaría a la jornada de la gran ablución, el Ganges Dussehra (cuando, según tradición popular, el Ganges subía de nivel un peldaño en los ghats de abluciones de Benarés) y cuatro días después tendría lugar la segunda gran ablución, durante la luna llena. Era a Shiva a quien había que agradecerle que el Ganges no hubiera inundado la tierra, pues cuando el río cayó de los cielos el dios lo hizo fluir a través de su cabellera. Era a Shiva a quien el rajá estaba erigiendo el Templo de Chandrachur. Las lágrimas le inundaron los ojos mientras observaba el río sagrado y ponderaba la virtud de sus actos.
El rajá se dirigía a un campamento muy concreto: las tiendas del santón a quien todos conocían como Sanaki Baba. Ese hombre jovial y de mediana edad era devoto de Krishna, y cuando no alababa a su dios se dedicaba a meditar. Estaba rodeado de atractivos discípulos y tenía fama de ser una fuente de serena energía. El rajá estaba decidido a visitarle incluso antes de acudir al campamento de los santones de Shiva. Los sentimientos antimusulmanes del rajá le habían llevado por la senda de las aspiraciones y ceremonias panhinduistas: había comenzado su procesión en el Templo de Shiva, había continuado serpenteando por la ciudad que debía su nombre a Brahma y había concluido con una visita a un devoto de Krishna, el gran avatar de Vishnu. De este modo rendía culto a toda la Trinidad hindú. Luego se sumergiría en el Ganges (con remojar uno de los dedos enjoyados de sus pies habría suficiente) y lavaría los pecados cometidos durante siete generaciones, incluyendo la suya propia. Resultó una mañana muy provechosa. El rajá se volvió hacia Chowk y durante unos segundos se quedó mirando los minaretes de la mezquita. El tridente que habrá en lo
alto de mi templo pronto os sobrepasará en altura, pensó, y la sangre marcial de sus ancestros comenzó a bullir en su interior.
Pero el pensar en sus antepasados le hizo acordarse de sus descendientes, y observó con perpleja impaciencia a su hijo, el rajkumar, que le acompañaba bastante a regañadientes. ¡Menudo inútil!, pensó el rajá. Debería casarlo enseguida. No me importa con cuántos muchachos se acueste, siempre y cuando también me dé un nieto. Unos días atrás el rajá le había llevado a Saeeda Bai para que hiciera de él un hombre. ¡El rajkumar casi había huido despavorido! El rajá no sabía que su hijo era asiduo de los burdeles del barrio antiguo de Brahmpur, frecuentado por sus amigos universitarios. Pero que su tosco padre pretendiera instruirle en tales intimidades había sido demasiado para él.
El rajá tenía instrucciones de su temible madre, la viuda rani de Marh, de prestarle más atención a su nieto. Recientemente había hecho todo lo posible para complacerla. Habían llevado al rajkumar al Tribunal Superior, a fin de introducirle en el tema de la Responsabilidad, la Ley y la Propiedad. El resultado había sido un fiasco. En el tema de la Procreación y la Vida de un Hombre de Mundo, las cosas no habían ido mucho mejor. La lección de hoy versaba sobre la Religión y el Espíritu Marcial. Incluso en esta disciplina el rajkumar había sido un desastre. Mientras el rajá vociferaba: «¡Har har mahadeva!», con más entusiasmo aún mientras pasaban junto a la mezquita, el rajkumar había bajado la cabeza y murmurado las palabras con más renuencia que antes. Finalmente había llegado el momento del Ritual y la Educación. El rajá estaba decidido a arrojar a su hijo al Ganges. Puesto que al rajkumar sólo le quedaba un año para finalizar sus estudios universitarios, debía participar —aun cuando fuera un tanto prematuramente— en el ritual de graduación hindú propiamente dicho
—la inmersión o snaan— a fin de conseguir el título de snaatak. ¿Y qué mejor lugar para convertirse en un snaatak que el Sagrado Ganges durante el gran Pul Mcla que se celebraba cada seis años y que siempre se superaba en magnificencia? Él le sumergiría ante los vítores de su séquito. Y si ese mariquita no sabía nadar, y había que sacarlo del agua salpicando y jadeando, todos se morirían de risa.
—¡Deprisa, deprisa! —gritó el rajá, descendiendo con paso indeciso la larga rampa que llevaba a los arenales—. ¿Dónde está el campamento
de Sanaki Baba? ¿De dónde vienen todos estos jodidos peregrinos? ¿Es que no hay organización? ¡Traedme mi coche!
—Alteza, las autoridades han prohibido todos los coches, a excepción de la policía y los VIPs. No pudimos conseguir autorización
—murmuró alguien.
—¿Es que yo no soy un VIP? —El pecho del rajá se hinchó de indignación.
—Sí, Alteza, pero...
Finalmente, entre kilómetros de tiendas de campaña y campamentos, tras haber andado durante casi media hora a lo largo de caminos improvisados con planchas de metal que los ingenieros del ejército habían dispuesto sobre la arena, distinguieron el campamento de Sanaki Baba, y el séquito avanzó hacia él con sumo alivio. Sólo estaba a unos cien metros.
—¡Por fin! —gritó el rajá de Mahr. El calor le agobiaba. Sudaba como un cerdo—. Dile a Baba que salga. Quiero verle. Y quiero un poco de sherbet.
—Alteza.
Pero en cuanto el hombre partió con el mensaje, un jeep de policía, procedente del otro lado, se detuvo ante el campamento con un chirriar de neumáticos. Varias personas se apearon y entraron.
Los ojos del rajá se le salían de las órbitas.
—Nosotros hemos llegado primero. ¡Detenedles! Debo ver al Baba enseguida —gritó en un arrebato de cólera.
Pero la gente que venía en el jeep ya había entrado.
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