Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 342 de 478

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Un buen partido

14.28

Abdus Salaam removió el té, a continuación murmuró:

—Bueno, de lo que ha dicho deduzco que tiene usted la intención de volver al partido, ministro sahib.

Mahesh Kapoor se encogió de hombros.

—Dime, ¿por qué te muestras tan suspicaz? ¿Cómo puedes estar seguro de que no controlará, o volverá a controlar, la situación? Le dio la vuelta a la situación y tomó las riendas del partido cuando nadie esperaba que lo hiciera. Puede que aún vuelva a sorprendernos.

—Como sabe, yo estuve en Delhi, en la reunión del Comité Nacional —dijo Abdus Salaam sin darle importancia, enfocando un lugar en la media distancia—. Yo le vi agarrar las riendas desde muy cerca. Bueno, fue algo digno de verse, ¿quiere una narración de primera mano?

—Sí.

—Bueno, ministro sahib, fue el segundo día. Ahí estábamos, todos nosotros, en el Club Constitution. Nehru había sido elegido el día anterior pero, por supuesto, no había aceptado. Dijo que quería consultarlo con la almohada. Nos pidió que nosotros hiciéramos los mismo. Todo el mundo lo consultó con la almohada, y a la tarde siguiente esperamos a que hablara. No había aceptado, por supuesto, pero ocupaba la presidencia. Tan-don estaba entre los líderes, junto a él, pero Nehru ocupaba la presidencia. El día anterior se había negado a ocuparla, pero entonces..., bueno, quizá entonces pensó que tan extrema sutileza podía ser malinterpretada. O quizá Tandon se puso firme y se negó a ocupar un lugar que, obviamente, nadie quería que ocupara.

—Tandon —admitió Mahesh Kapoor— fue uno de los pocos que se negaron a aceptar la decisión de dividir el país cuando el Congreso votó a favor de la Partición. Nadie dice que no sea un hombre de principios.

—Bueno —dijo Abdus Salaam de pasada—, lo de Pakistán fue una buena idea. —Al ver que Mahesh Kapoor se había quedado sorprendido, dijo—. Y por un motivo, porque si la Liga Musulmana hubiera conservado tanto poder como tenía en una India sin dividir, usted no habría conseguido librarse de estados principescos como el de Mahr ni que se aprobara la abolición del zamindari. Todos los saben, pero nadie lo dice. Es agua pasada, historia, algo que hay que aceptar.

De modo que ahí estábamos, ministro sahib, alzando la mirada con reverencia, a la espera de que el conquistador nos dijera que no aceptaría tonterías de nadie, que se aseguraría de que el aparato del partido obedeciera sus órdenes sin dilación, que los candidatos a las elecciones serían todos hombres de su confianza.

—Y mujeres.

—Sí. Y mujeres. Panditji insiste mucho en la representación femenina.

—Sigue, sigue, Abdus, al grano.

—Bueno, en lugar de lanzar el grito de batalla de un comandante en jefe o de proponernos un plan pragmático, nos suelta un discursito acerca de la Unidad del Corazón. ¡Debíamos estar por encima de divisiones, escisiones, camarillas! Debíamos avanzar como un equipo, una familia, un batallón. Querido chacha Nehru, me vinieron ganas de decirle, esto es la India Hindustan, Bharat, el país en el que la fracción se inventó antes que el Cero. Si incluso el corazón se divide en cuatro partes, ¿alguien puede sorprenderse de que los indios nos dividamos en más de cuatrocientas?

—Pero¿qué dijo de los candidatos? —preguntó Mahesh Kapoor. La respuesta de Abdus Salaam no fue tranquilizadora.

—¿Y qué iba a decir Jawaharlal? Que no sabía ni le importaba a qué grupo pertenecía cada uno. Que estaba completamente de acuerdo con Tandonji en que la manera correcta de elegir a un candidato era elegir a un hombre que no solicitara estar en las listas. Naturalmente, se daba cuenta de que eso no sería siempre posible en la práctica. Y cuando dijo eso, Agarwal, que estaba sentado a mi lado, se relajó visiblemente; se

relajó y sonrió. Y puedo decirle, ministro sahib, que fue una sonrisa que me produjo escalofríos.

Mahesh Kapoor asintió y dijo:

—¿Y entonces Panditji aceptó la presidencia?

—No exactamente —dijo Abdus Salaam—. Pero dijo que había pensado en ello. Afortunadamente para nosotros, aquella noche había podido dormir un poco. Nos confió que el día anterior, cuando su nombre fue propuesto y aceptado enseguida, no supo muy bien qué hacer. Éstas fueron sus palabras: «No supe muy bien qué hacer.» Pero ahora, tras haberlo consultado con la almohada, nos dijo que comprendía que no le resultaba fácil eludir esa responsabilidad. No era un asunto nada fácil.

—De manera que todos soltasteis un suspiro de alivio.

—Correcto, ministro sahib, correcto. Pero lo soltamos demasiado pronto. Una duda insignificante le había asaltado. Una duda de poca monta, pero que no dejaba de acecharle. Había dormido y se había decidido. O casi, sí, casi se había decidido. Pero la pregunta era:

¿habíamos dormido nosotros y tomado una decisión, o cuando menos, no habíamos cambiado de parecer? Y si nos habíamos decidido, ¿cómo podíamos demostrarle que la cosa iba en serio? ¿Y cómo podíamos hacer que nos creyera?

—Bueno, ¿qué hicisteis? —preguntó Mahesh Kapoor con bastante brusquedad. Encontraba la técnica narrativa de Abdus Salaam demasiado morosa para su gusto.

—Bueno, ¿qué podíamos hacer? Volvimos a levantar la mano. Pero eso no fue suficiente. Entonces algunos de nosotros levantamos las dos manos. Pero eso tampoco sirvió. Panditji no quería una demostración formal, ni que volviéramos a votar con las manos o los pies. Quería una manifestación de nuestras «mentes y corazones». Sólo entonces podría decidir si aceptaba o no nuestra petición.

Abdus Salaam hizo una pausa, esperando una réplica socrática, y Mahesh Kapoor, comprendiendo que no avanzaría sin ella, se la proporcionó.

—Eso debió de poneros en un aprieto —dijo.

—Desde luego —dijo Abdus Salaam—. Yo seguía pensando: Agarra las palancas del poder; elige a tus candidatos. Y él seguía hablando de mentes y corazones. Observé que Pant, Tandon y Sharma le miraban perplejos. Y Agarwal seguía con aquella sonrisa torva en la cara.

—Sigue, sigue.

—Entonces aplaudimos.

—Pero eso tampoco sirvió de nada.

—No, ministro sahib, eso tampoco sirvió. De modo que decidimos aprobar una resolución. Pero Pandit tampoco quiso saber nada de eso.

Habríamos gritado: «¡Larga vida a Pandit Nehru!» hasta quedarnos afónicos, pero todos sabíamos que eso le habría enfurecido. Le disgusta el culto a la personalidad. Le disgusta la adulación, ya sea aparente o a voz en grito. Es un demócrata con todas las de la ley.

—¿Cómo se resolvió el problema, Salaam? ¿Te importaría, por favor, contarme la historia sin esperar a que yo te pregunte?

—Bueno —dijo Abdus Salaam—, sólo había una manera de resolverlo. Agotados, y no muy predispuestos a volverlo a consultar con la almohada, decidimos preguntárselo al propio Nehruji. Nos habíamos estrujado el cerebro y ya no se nos ocurría nada, y él tampoco había aceptado ninguna de nuestras propuestas. Quizá él mismo se dignara a sugerirnos algo. ¿Qué podía convencerle de que nuestras mentes y nuestros corazones estaban con él? Ante tal pregunta, nuestro líder se quedó perplejo. No lo sabía.

—¿No lo sabía? —No puedo evitar exclamar Mahesh Kapoor.

—No lo sabía. —La cara de Abdus Salaam imitó una de las expresiones más melancólicas de Nehru—. Pero tras pensarlo unos minutos encontró una salida a ese atolladero. Teníamos que unirnos a él al grito patriótico de «jai Hindi!», eso le demostraría que nuestros corazones y nuestras mentes estaban con él.

—¿De modo que eso fue lo que hicisteis? —dijo Mahesh Kapoor con una triste sonrisa dirigida a sí mismo.

—Eso fue lo que hicimos. Pero en el primer grito no pusimos toda la fuerza de nuestras gargantas. Panditji parecía muy desdichado, y de pronto vimos al Partido del Congreso y al país desmoronándose ante nuestros ojos. De manera que volvimos a gritar, un grito tan poderoso de «¡Jai Hindi!» que casi hizo que el Club Constitutional se viniera abajo. Y Jawaharlal sonrió. Sonrió. El sol había salido y todo iba bien.

—¿Y eso fue todo?

—Y eso fue todo.

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