Un buen partido
11.18
La tormenta amainó de madrugada. Las nubes desaparecieron, reapareció la luna llena. Los cientos de miles de peregrinos se bañaron durante toda la noche, hasta el día siguiente.
Por la mañana comenzaron las procesiones de las grandes akharas.
Los sadhus de cada una de las órdenes desfilaron por la vía principal del Mela, que discurría paralela al río, aunque a unos doscientos metros de la orilla, en los arenales. Fue un alarde imponente: carrozas, orquestas, hombres a caballo, mahants llevados en palanquines, estandartes, banderas, tambores, plumeros, nagas desnudos que portaban antorchas o tridentes, un individuo descomunal que aullaba versos sagrados mientras blandía una espada enorme. Una gran multitud se había reunido para contemplar el espectáculo y vitorear a los sadhus. En los tenderetes se podían comprar flautas, pelo postizo, hilos sagrados, ajorcas, pendientes, globos y tentempiés: cacahuetes, chana-jor-garam y helados que no tardaban en derretirse. La policía, a pie, a caballo o en camello, mantenía el orden. Las procesiones eran escalonadas para evitar los conflictos entre sectas de sadhus. Puesto que éstos eran tan fanáticos como arrogantes y competitivos, las autoridades del Pul Mela se habían esforzado en procurar que al menos transcurrieran quince minutos entre una procesión y la siguiente. Al final de la marcha, los sadhus de cada procesión viraban bruscamente a la izquierda y se dirigían directamente al Ganges, donde —a los gritos de «jai Ganga!» y
«¡Ganga Maiya ki Jai!»— se sumergían de manera entusiasta y ruidosamente tribal. A continuación regresaban a sus campamentos siguiendo una calzada de planchas de metal paralela y más estrecha, satisfechos de que ninguna akhara fuera más imponente ni devota que la suya.
La gran higuera de las pagodas que había en la amplia rampa de tierra, tal como todos podían ver, seguía intacta, y probablemente seguiría floreciendo durante unos cuantos cientos de años más. La tormenta, a pesar de haber arrancado algunos pequeños árboles, la había respetado. Los peregrinos seguían llegando en tropel a la Estación del Pul Mela; pasaban junto al árbol, juntaban las manos en señal de
respeto y oración y comenzaban a descender la rampa hacia los arenales y el Ganges. Pero aquella mañana, cuando una procesión pasaba por la vía principal del Mela, al pie de la rampa, el tráfico quedaba ligeramente obstruido, y la rampa un poco congestionada. Sin embargo, nadie perdía los nervios, en especial porque los que estaban en la rampa tenían una vista perfecta de las procesiones que se sucedían abajo, y aquellos peregrinos que llegaban en un día de tan buenos augurios tenían una inmejorable perspectiva de aquella gran extensión cubierta de tiendas y del río que discurría un poco más allá.
Veena Tandon y su amiga Priya Goyal, junto con unos cuantos miembros de sus respectivas familias, se hallaban entre el gentío que descendía la rampa. La anciana señora Tandon también estaba allí, al igual que su nieto, Bhaskar, que se moría de impaciencia por ver y contar y estimar y calcular y disfrutar de todo. Para tan sacro propósito, Priya había conseguido escapar del virtual confinamiento en que la mantenía su familia, en el Viejo Brahmpur. Sus cuñadas y su suegra habían armado un gran alboroto, pero su marido, a su manera pusilánime, las había convencido aduciendo razones religiosas; de hecho, cuando su amiga Veena fue a buscarla, también convenció a su marido de que las acompañara. En cuanto a los hombres de la familia de Veena, ninguno estaba presente: Kedarnath se hallaba fuera de la ciudad por negocios, Maan todavía estaba en Rudhia, Pran se había negado a someterse de nuevo a la ignorancia y la superstición, y Mahesh Kapoor había soltado un bufido de desdén cuando su hija le sugirió que las acompañara. Aquel día, de hecho, ni siquiera la señora Mahesh Kapoor estaba presente. Jamás había conseguido creer en el mito, no sancionado por las escrituras, del puente de higueras que, según la leyenda, se había tendido sobre el Ganges en aquel día en concreto. Una cosa era el oído de Jahnu, y otra el puente de higueras.
Veena y Priya parloteaban como colegialas. Hablaban de sus días de estudiantes, de sus viejas amigas, de sus familias —en voz baja—
siempre que les parecía que el marido de Priya no estaba escuchando (también chismorreaban de él, y de su costumbre de hablar más dormido que despierto), de las vistas del Mela, de las últimas travesuras de los monos de Shahi Darvaza. Iban vestidas todo lo llamativas que permitía el buen gusto, Veena de rojo y Priya de verde. Aunque Priya
tenía planeado, como todo el mundo, bañarse en el Ganges, llevaba un grueso collar de oro compuesto por una serie de diminutos botones unidos entre sí, pues si alguien veía a la nuera del rai bahadur fuera de casa, al menos que no pareciera desnuda sin sus joyas. Su marido, Prem Vilas Goyal, llevaba a Bhaskar a hombros para que pudiera ver mejor.
Siempre que Bhaskar hacía alguna pregunta, se la dirigía a su abuela, y la anciana señora Tandon, aunque no veía muy bien —a causa tanto de su baja estatura como de su vista— se sentía muy feliz de responderla.
Todos ellos, y todos cuantos les rodeaban, estaban de muy buen humor.
Había gentes de ciudad y campesinos, algún policía e incluso sadhus que no participaban en las procesiones.
Eran aproximadamente las diez de la mañana, y, a pesar de la tormenta de la noche anterior, hacía mucho calor. Algunos peregrinos llevaban sombrillas para protegerse del sol... o quizá de la lluvia. Por alguna razón —y porque era un símbolo de autoridad— los sadhus más importantes de cada procesión iban protegidos por parasoles que portaban sus devotos.
Los anuncios que voceaban los altavoces proseguían sin fin, al igual que el sonido de los tambores y trompetas, y los alternativos murmullos y rugidos de la multitud. Las procesiones continuaban: sacerdotes vestidos de amarillo con turbantes naranja, anunciados por tubas y conchas; un palanquín llevaba a un adormilado anciano que parecía una perdiz disecada, precedido de un estandarte de terciopelo rojo que anunciaba que él era Sri 108 Swami Prabhananda Ji Maharaj, Vedantacharya, M. A.; nagas semidesnudos, con una cuerda atada a la cintura y una pequeña bolsa para los genitales; hombres de pelo largo que llevaban mazas de hierro; orquestas de todo tipo, de entre las que destacaba una cuyos miembros llevaban túnicas negras y charreteras con galones dorados y soplaban desafinadamente unos clarinetes, y otra (la orquesta Diwana 786 —obviamente musulmana, por el número de la suerte que habían escogido—, pero ¿por qué los habían contratado para esa procesión?) con túnicas rojas y unos oboes que taladraban el oído.
Un carro tirado por caballos era conducido por un impetuoso hombre sin dientes que le gritaba a la multitud: «¡Fiar, har...» para que ésta le respondiera en un bramido: «... Mahadeva!» Otro mahant, gordo y de piel oscura, con los pechos tan opulentos como los de una mujer,
sentado beatíficamente en un carro, arrojaba caléndulas a los peregrinos, que se peleaban por conseguirlas cuando caían sobre la arena húmeda.
Veena y sus acompañantes habían descendido ya la mitad de la rampa, en la que, a lo ancho, cabían cincuenta personas hombro con hombro. Continuamente eran empujados por los peregrinos que llegaban de la ciudad o de los alrededores, o que continuamente descendían de los trenes especialmente puestos en circulación para el Pul Mela. Puesto que había hondas zanjas a cada lado de la rampa, sólo se podía ir hacia adelante. Por desgracia, la procesión de sadhus que pasaba en aquel momento, y que les bloqueaba el camino, avanzaba con más lentitud que antes, probablemente a causa de algo que les obstruía el paso, o quizá a fin de prolongar la satisfacción que les proporcionaba su efímera popularidad entre los espectadores. La gente comenzó a alarmarse. La anciana señora Tandon sugirió que deberían intentar retroceder, pero eso era obviamente imposible. Finalmente la procesión avanzó, un oportuno hueco apareció antes de la siguiente procesión, y el gentío que había en la rampa avanzó en tromba a través de la calzada principal, en dirección a la masa de espectadores que se alineaban al otro lado de la calzada. La policía consiguió restaurar el orden, y en pocos minutos, Bhaskar, desde los hombros de Ram Vilas, pudo contemplar la siguiente procesión: varios cientos de ascetas nagas, completamente desnudos, liderados por otros seis, detrás de los cuales se veían seis enormes elefantes engualdrapados de oro.
Bhaskar y su familia todavía estaban en la rampa, aunque ya sólo a seis metros de la base. Lo veían todo desde mucho más cerca, y al acabar la procesión habían cesado un poco los apretujones. Bhaskar contempló estupefacto aquellos hombres desnudos y cubiertos de ceniza, decrépitos o robustos, con el pelo enmarañado y con caléndulas colgándoles de las orejas o dispuestas formando collares. Sus penes grises, fláccidos o semifláccidos, colgaban y se movían arriba y abajo mientras avanzaban en filas de a cuatro, portando altos tridentes o lanzas en la mano derecha. Estaba demasiado atónito como para preguntarle a su abuela qué era todo aquello. Pero un gran vítor, casi un rugido, se alzó de entre la multitud, y varias mujer., jóvenes y de
mediana edad, acudieron corriendo a besar los pies de los nagas y a recoger el polvo que habían pisado.
Los nagas, sin embargo, no alteraron la formación. Se volvieron furiosos hacia ellas, blandiendo los tridentes. La policía intentó razonar con las mujeres, pero sin resultado. Esta escena duró unos minutos: algunas mujeres consiguieron esquivar a los escasos policías apostados al pie de la rampa y lograron postrarse durante un instante ante aquellos santos. Entonces, de pronto, la procesión se detuvo.
Nadie supo por qué todo el mundo esperaba que volviera a ponerse en marcha al cabo de uno o dos minutos. Los nagas comenzaron a impacientarse. Una vez más, en la rampa, la presión comenzó a hacerse insoportable, pues la gente que llegaba, empujada por la que tenía detrás, no dejaba de empujar. Los que se hallaban al pie de la rampa eran empujados por los que venían detrás. Un hombre se apretó contra Veena, y ésta, indignada, intentó dar media vuelta. Pero no había sitio.
Cada vez era más difícil respirar. La gente que la rodeaba comenzó a gritar. Algunos les chillaban a la policía para que les dejara pasar, otros voceaban a los que estaban en lo alto de la rampa para averiguar qué estaba pasando. Pero aunque los de arriba veían las cosas con más perspectiva, tampoco tenían muy claro cuál era la situación. Podían ver que los elefantes que conducían a los nagas se habían detenido porque la procesión que iba delante había hecho un alto. Pero era imposible saber por qué todos se habían parado. Desde aquella distancia, las procesiones y los espectadores se confundían, y todo era un caos. Los que estaban en la rampa vociferaron algunas réplicas, pero entre los gritos de la multitud, los sonidos de los tambores y los continuos anuncios que tronaban en los altavoces, tampoco llegaron a oírse.
Completamente desconcertada, la multitud que había en la parte más baja de la rampa comenzó a dejarse llevar por el pánico. Y cuando, a los pocos minutos, aquellos que estaban en la parte alta de la rampa vieron que la siguiente procesión de sadhus había llegado y formaba una barrera de nuevo infranqueable, también se dejaron llevar por el pánico. El calor, que antes era terrible, ahora resultaba asfixiante. La policía fue engullida por la multitud antes de que pudiera poner orden.
Y a pesar de todo, los peregrinos, agotados, acalorados pero aún entusiastas, seguían llegando a la estación, e, ignorantes de lo que
ocurría ahí abajo, empujaban impacientes hacia adelante, en dirección a la higuera de las pagodas y a la rampa, a fin de llegar al sagrado Ganges.
Veena vio que Priya se agarraba a su collar. Tenía la boca abierta y estaba jadeando. Bhaskar miró a su madre y a su abuela. No podía entender lo que estaba ocurriendo, pero estaba terriblemente asustado.
Ram Vila, al ver que Priva estaba siendo aplastada, intentó avanzar hacia ella, y Bhaskar se le cayó de los hombros. Veena consiguió agarrar al niño. Pero a la anciana señora Tandon no se la veía por ninguna parte, la multitud se la había tragado en su irremediable e irresistible movimiento. La gente aullaba, se agarraban y se pisaban unos a otros, intentando encontrar sus maridos y sus mujeres, a sus padres y a sus hijos, forcejeando para poder sobrevivir, intentando desesperadamente respirar y no ser aplastados. Algunos empujaban hacia los nagas, quienes, temiendo ser aplastados contras los espectadores que había al otro lado, les amenazaban con sus tridentes, rugiendo de cólera. La gente caía, sangraba. Ante la visión de la sangre, la multitud reaccionó con pavor e intentó dar media vuelta. Pero no había adonde ir.
Algunas personas situadas en los bordes de la rampa intentaron escabullirse a través de las vallas de bambú y descendieron con muchas dificultades a las zanjas que había a cada lado. Pero, a causa de la tormenta de la noche anterior, esas empinadas pendientes resultaban muy resbaladizas, y las zanjas propiamente dichas estaban llenas de agua. Un centenar de mendigos se cobijaba en una de las zanjas.
Muchos eran cojos, algunos ciegos. Los peregrinos heridos, pugnando por respirar e intentando mantener el equilibrio en la empinada cuesta, fueron cayendo sobre los mendigos. De éstos, algunos fueron aplastados y murieron, y otros intentaron huir lanzándose al agua, que pronto se convirtió en un cieno sangriento, pues muchos de los que estaban atrapados en la rampa buscaban esa vía de escape, y caían o resbalaban sobre la gente que había debajo, que no dejaba de chillar.
Al pie de la rampa, donde Veena y su familia estaban atrapados, se veía a mucha gente herida o agonizante. Muchos ancianos y enfermos cayeron al suelo. Algunos, agotados por el largo viaje, tenían pocas fuerzas para resistir el embate o la presión de la multitud. Un estudiante, incapaz de moverse, observaba impotente cómo, a su lado, su madre era
pisoteada hasta morir y a su padre le aplastaban las costillas. Muchos, literalmente, murieron estrujados. Otros se asfixiaron, y muchos sucumbieron a causa de sus heridas. Veena vio cómo una anciana, la sangre manándole por la boca, de pronto se derrumbaba a su lado.
El caos era absoluto y terrible.
—Bhaskar... Bhaskar..., no me sueltes la mano —gritaba Veena, agarrándole con fuerza. Hablaba entrecortadamente. Pero aquella gran masa aterrada y herida que les rodeaba les empujaba adelante y atrás, y Veena percibía, entre su mano y la de Bhaskar, la presión del cuerpo de alguien.
—No, no —chilló Veena, sollozando de terror. Pero la pequeña mano resbaló, primero la palma, y luego un dedo tras otro, hasta separarse por completo de la suya.
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