Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 221 de 478

Páginas del PDF

Un buen partido

11.4

Dos días después, todos los abogados que representaban a los zamindars, acompañados por dos de ellos, se reunieron en la habitación de G. N. Bannerji. Celebraba esas conferencias de seis a ocho cada tarde, a fin de preparar las argumentaciones del día siguiente. Aquel día, sin embargo, la reunión tenía un doble propósito. En primer lugar, los demás abogados estaban allí para ayudarle a preparar la sesión de la mañana siguiente, donde concluiría su exposición del caso. En segundo lugar, se le había solicitado su consejo para las argumentaciones de mañana por la tarde, momento en que los demás abogados presentarían sus alegaciones particulares ante el tribunal. G. N. Bannerji se sentía feliz de ayudarles, aunque más le entusiasmaba la perspectiva de que se fueran a las ocho en punto a fin de poder pasar la velada, tal como era su costumbre, con la persona a quien los más jóvenes llamaba, en sus chismorreos, su «querida»: una tal señora Chakravarti, a quien había instalado a lo grande (y a expensas de sus clientes) en un vagón privado, en una vía muerta de la Estación de Ferrocarril de Brahmpur.

Todo el mundo llegó a las seis en punto. Los abogados residentes en Brahmpur trajeron sus libros de leyes y un camarero sirvió tazas de té.

G. N. Bannerji se quejó de los ventiladores del hotel y del té. Suspiraba por los dos o tres whiskies que se tomaría más tarde.

—Señor, deseaba decirle lo magnífico que ha sido su alegato de esta tarde en relación al interés público. —Era uno de los abogados más veteranos de Brahmpur.

El gran G. N. Bannerji sonrió.

—Sí, ya vio cómo el presidente valoraba la relación que establecí entre el interés público y el beneficio público.

—Aunque el juez Maheshwari no pareció valorarla mucho. —Un comentario así garantizaba una respuesta.

—¡Maheshwari! —El miembro más joven del Tribunal fue menospreciado con esa sola palabra.

—Pero señor, tendrá que responder a su observación acerca de la Comisión de Rentas de la Tierra —exclamó entusiasta uno de los más jóvenes.

—Lo que dice no tiene importancia. Está allí sentado un día tras otro y luego hace sus estúpidas preguntas, una tras otra.

—Tiene razón, señor —dijo Firoz sin perder la calma—. Usted abordó el segundo punto en toda su extensión en la exposición de ayer.

—¡Se ha leído todo el Ramayana y todavía no sabe de quién es padre Sita! —El brusco giro hacia la pura ingeniosidad provocó una carcajada general, parte de ella un tanto aduladora.

—De todos modos —prosiguió Bannerji—, deberíamos

concentrarnos en los argumentos del presidente y del juez Bailey. Son los más inteligentes del Tribunal y ellos son quienes decidirán el veredicto en un sentido u otro. ¿Han dicho algo que debamos refutar?

Firoz dijo, un tanto vacilante:

—Señor, si me permite. Tengo la impresión, por los comentarios que le he oído al juez Bailey, de que no ha quedado muy convencido con su explicación de por qué el Estado ha separado los dos pagos. Usted recalcó, señor, que el Estado se había sacado de la manga el dividir los pagos en dos partes: la compensación propiamente dicha y un pago de restitución. Y que sus razones para hacerlo así eran sortear las conclusiones del Tribunal Superior de Patna en el caso del zamindari de Bihar. Pero ¿no supondría una ventaja para nosotros aceptar la opinión del gobierno de que el pago de restitución y la compensación son dos cosas distintas?

G. N. Bannerl dijo:

—No, ¿por qué? ¿Por qué deberíamos aceptar esa opinión? De todos modos, ya veremos qué tiene que decir el defensor general. Puedo replicar a todo eso luego. —Le dio la espalda.

Firoz se aventuró a decir, con bastante seriedad:

—Me refiero, señor, a si pudiera probarse que incluso un pago ex gratia como el de restitución puede rechazarse según el artículo 14.

El pomposo nieto de G. N. Bannerji cortó a Firoz:

—El artículo 14 ya fue abordado en toda su extensión el segundo día. —Intentaba proteger a su abuelo de lo que parecía una idea descabellada. Aceptar la opinión del gobierno en un punto tan importante sería echar por la borda todo el caso.

Pero G. N. Bannerji silenció a su nieto en bengalí diciendo:

—¡Aachha, toomi choop thako! —Y se volvió hacia Firoz con el dedo apuntando hacia arriba—. Repítalo —dijo—. Repítalo.

Firoz repitió su observación, a continuación la desarrolló.

G. N. Bannerji sopesó la idea, a continuación escribió algo en su libreta roja. Volviéndose hacia Firoz dijo:

—Encuéntreme todas les leyes procesales americanas que pueda relacionadas con este punto y tráigamelas aquí mañana por la mañana a las ocho.

Firoz dijo:

—Sí, señor. —Sus ojos centelleaban de satisfacción.

G. N. Bannerji dijo:

—Es un arma muy peligrosa. Podría estallarnos en la cara. Me pregunto si en esta fase... —Se perdió en sus pensamientos—. De todos modos tráigame todas esas sentencias y veremos. Déjeme ver de qué talante se halla el Tribunal. Muy bien, ¿nada más en relación con el artículo 14?

Nadie dijo nada.

—¿Dónde está Karlekar?

—Señor, su hermano murió y ha tenido que ir a Bombay. Recibió el telegrama hace unas pocas horas..., mientras usted hablaba ante el Tribunal.

—Ya veo. ¿Y quién es su ayudante en el tema de las concesiones de la corona?

—Yo, señor —dijo Firoz.

—Mañana le espera un día trascendental, joven. Imagino que podrá arreglárselas. —Firoz resplandeció ante esa inesperada alabanza, e hizo grandes esfuerzos por no sonreír.

—Señor, si tiene usted alguna sugerencia... —dijo.

—La verdad es que no. Simplemente aduzca que las concesiones de la corona conferían derechos a perpetuidad, y que los beneficiarios poseen un estatus distinto. Pero todo eso es muy obvio. Si se me ocurre algo más se lo diré mañana por la mañana, cuando venga aquí. O

pensándolo mejor, venga diez minutos antes.

—Gracias, señor.

La conferencia duró hora y media más. Pero G. N. Bannerji se sentía cada vez más inquieto, y todo el mundo percibía que no había que abusar del gran abogado, pues al día siguiente tenía que finalizar su exposición. Las preguntas no se habían agotado, sin embargo, cuando se quitó las gafas, señaló hacia arriba con dos dedos y dijo una sola palabra:

—Aachha.

Era la señal para que todos recogieran sus papeles.

Fuera estaba oscureciendo. Mientras salían, un par de jóvenes letrados, ignorantes de que el hijo y el nieto de G. N. Bannerji todavía podían oírles, chismorreaban acerca del abogado de Calcuta.

—¿Has visto a su querida? —preguntó uno.

—Oh, no, no —dijo el otro.

—He oído decir que es un verdadero petardo.

El otro rió.

—¡A los setenta años, y aún con queriditas!

—¡Y la señora Bannerji! ¿Qué debe pensar? Todo el mundo lo sabe.

El otro se encogió de hombros, como dando a entender que lo que la señora Bannerji pudiera pensar estaba fuera de sus inquietudes o imaginación.

El hijo y el nieto del abogado oyeron ese diálogo, aunque no vieron el encogimiento de hombros. Se miraron ceñudos, pero no dijeron nada, y tácitamente dejaron que el tema se disipara en el aire nocturno.

OceanofPDF.com