Un buen partido
7.36
El juez Chatterji estaba sentado en su despacho. Delante de él había un veredicto a medio redactar. Sobre su escritorio se veía una fotografía en blanco y negro de sus padres, y otra de él mismo, su mujer y sus cinco hijos, tomada hacía muchos años, en un elegante estudio de Calcuta. Kakoli, ya obstinada de niña, había insistido en incluir su osito de peluche; en aquella época Tapan era demasiado pequeño como para poder expresar su voluntad.
El caso suponía la confirmación de la pena de muerte a seis miembros de una banda de dacoits. Al juez Chatterji tales casos le causaban un gran dolor. No le gustaban los casos criminales, y deseaba con todas sus fuerzas que le volvieran a asignar casos civiles, más estimulantes intelectualmente y menos angustiosos. No había duda de la culpabilidad de aquellos seis hombres, y la sentencia del juez de primera instancia era razonable y fundada. Por tanto, el juez Chatterji sabía que no anularía el veredicto. No todos ellos habían causado la muerte de los hombres a quienes robaron, pero, según el Código Penal Indio, en un caso de robo y asesinato, todos los criminales eran individualmente culpables del acto.
El caso no llegaría al Tribunal Supremo. La apelación presentada ante el Tribunal Superior de Calcuta sería la última. Firmaría la sentencia, y también la firmaría su colega, y para aquellos hombres sería el final. Semanas después, una mañana, serían colgados en la Prisión de Alipore.
El juez Chatterji miró la foto de su familia durante unos minutos, y luego observó la habitación. Libros de leyes encuadernados en piel de búfalo o de color azul oscuro cubrían tres de las paredes: Casos de jurisprudencia india, Casos de toda la India, Casos del impuesto sobre la renta, Casos legales de toda Inglaterra, Las Leyes de Halsbury, unos cuantos libros de texto y otros de jurisprudencia en general, la Constitución de la India (en vigor desde hacía sólo un año) y diversos códigos y decretos con sus correspondientes comentarios. Aunque la Biblioteca de Jueces del Tribunal Superior le proporcionaba todos los libros que necesitaba, él
seguía suscrito a los mismos boletines de toda la vida. Deseaba seguir coleccionando toda la serie, en parte porque a veces le gustaba escribir sus sentencias en casa, y en parte porque aún alimentaba la esperanza de que Amit siguiera sus pasos, al igual que él había seguido los pasos de su padre, hasta el punto de elegir para sí mismo y posteriormente para su hijo la misma sociedad legal donde completar sus estudios.
No era distracción lo que, aquella tarde, había llevado al juez Chatterji a eludir sus deberes de anfitrión, ni el abundante cotilleo, ni el ruido que hacían los niños, por quienes, de hecho, sentía mucho cariño, Había sido el marido de la chismosa, el señor Ganguly, quien de pronto
—tras el prolongado silencio que había durado todo el almuerzo—
había comenzado, mientras estaban en la galería, a hablar de su personaje favorito: Hitler, que ya llevaba seis años muerto, pero a quien todavía veneraba como a un dios. Con su voz monótona, masticando sus pensamientos como si rumiara, había iniciado aquel monólogo que el juez Chatterji ya le había oído recitar dos veces: por qué Napoleón (otro gran héroe bengalí) no le llegaba a Hitler ni la altura de los zapatos, cómo éste había ayudado a Netaji Subhas Chandra Bose cuando luchó contra los temibles ingleses, cuán atávico y admirable resultaba el vínculo indo-germánico, y lo terrible que era que dentro de un mes los alemanes y los ingleses dieran por acabado el estado de guerra que había existido entre ellos desde 1939. (El juez Chatterji consideraba que ya era hora, pero no lo dijo; se negaba a participar en lo que era fundamentalmente un soliloquio,)
Cuando el «sahib alemán» fue mencionado durante el almuerzo, aquel hombre expresó su satisfacción ante la posibilidad de que el
«vínculo indo-germánico» se estableciera dentro de su propia familia. El juez Chatterji le escuchó un rato con amable desagrado; entonces puso una excusa cortés, se levantó y no regresó.
El juez Chatterji no tenía nada en contra de Hans. Lo poco que conocía de él le gustaba. Hans era apuesto y vestía con gusto, era un hombre presentable en todos los sentidos y se comportaba con una cortesía graciosa, aunque agresiva. A Kakoli le gustaba mucho. Con el tiempo quizá incluso aprendiera a no destrozar las manos que estrechaba. Lo que el juez Chatterji no podía soportar, en cambio, era el síndrome que tan seriamente afectaba al pariente de su mujer, una
combinación que no resultaba rara en Bengala: la absurda deificación del patriota Subhas Bose, que había huido a Alemania y luego a Japón, para fundar, posteriormente, el Ejército Nacional Indio para combatir a los ingleses; el encomio de Hitler, el fascismo y la violencia; el denigrar todo lo inglés o todo lo que estuviera manchado por el
«seudoliberalismo inglés»; ese resentimiento que bordeaba el desprecio hacia el pérfido y medroso Gandhi, que había expulsado a Bose de la presidencia del Partido del Congreso, cargo para el que había sido elegido muchos años antes. Nataji Subhas Chandra Bose era bengalí, y el juez Chatterji se sentía tan orgulloso de ser bengalí como de ser indio, aunque él —al igual que su padre, «el anciano señor Chatterji»—
agradecía profundamente que Subhas Bose y los de su laya no hubieran conseguido gobernar el país. Su padre habría preferido al hermano de Bose, Sarat, más sosegado e igualmente patriótico, también abogado, al que conocía y al que, hasta cierto punto, admiraba.
Si ese individuo no hubiera estado emparentado con mi mujer, pensó el juez Chatterji, habría sido la última persona a quien permitiera echar a perder mi domingo por la tarde. En las familias existe una excesiva variedad de temperamentos, y, contrariamente a los conocidos, no se les puede esquivar. Continuaremos emparentados hasta que uno de los dos muera.
Tales pensamientos de muerte, tales visiones globales de la vida deberían ser más propias de su padre, que casi tenía ochenta años, que de él mismo, pensó el juez Chatterji. Pero el anciano parecía tan contento con su gato y su lectura de los clásicos en sánscrito (invariablemente obras literarias, no religiosas) que apenas parecía pensar en la mortalidad o en el paso del tiempo. Su mujer había muerto después de diez años de matrimonio,y rara vez la mencionaba. ¿Pensaba en ella más a menudo aquellos días? «Me gusta leer esas viejas obras de teatro», le había dicho a su hijo días atrás. «Reyes, princesas, sirvientes..., todo lo que sale en las obras de entonces sigue siendo actual hoy en día. Nacimiento, saber, amor, ambición, odio, muerte, todo es lo mismo. Todo.»
Con un sobresalto, el juez Chatterji se dio cuenta de que él no solía pensar en su esposa. Se habían conocido en un —¿cómo los llamaban, a esos festivales especiales para jóvenes celebrados por el Bhramán Samaj,
para que pudieran conocerse los adolescentes?— Jubok Juboti Dibosh.
Su padre dio su aprobación y se casaron. Se llevaron bien; no había problemas en casa; los niños, aunque excéntricos, no eran malos chicos.
Solía pasar el inicio de sus veladas en el club. Ella rara vez se quejaba; de hecho, él sospechaba que a su mujer no le importaba tener la oportunidad de pasar esas horas a solas con los chicos.
Ella formaba parte de su vida, y así había sido durante treinta años.
Sin duda la echaría de menos cuando faltara. Pero pensaba mucho más en sus hijos —especialmente en Amit y Kakoli, que le preocupaban—
que en su mujer. Y probablemente lo mismo le ocurría a ella. Sus conversaciones, incluyendo la más reciente, que había concluido con un ultimátum a Amit y Dipankar, en su mayor parte giraban en torno a los chicos: «Kuku se pasa todo el día al teléfono y nunca sé con quién está hablando. Y sale hasta horas intempestivas y no responde a mis preguntas.» «Oh, déjala. Sabe lo que hace.» «Bueno, ya sabes lo que le pasó a la chica de los Lahiri.» Y así comenzaba la conversación. Su mujer estaba en el comité de la escuela para los pobres, y se dedicaba a otras causas sociales tan queridas a las mujeres, aunque casi todas sus aspiraciones se centraban en el bienestar de sus hijos. Lo que deseaba por encima de todo era que se casaran y tuvieran una próspera carrera profesional.
Al principio, la boda de Meenakshi con Arun Mehra le causó un disgusto. De manera predecible, el nacimiento de Aparna la hizo cambiar de opinión. Pero el juez Chatterji, aunque se había comportado con elegancia y decoro en ese asunto, sentía una inquietud cada vez mayor respecto a ese matrimonio. Para empezar estaba la madre de Arun, a la que veía como una mujer bastante peculiar: excesivamente sentimental y capaz de hacer una montaña de un grano de arena. (Al principio no la consideró de las que se preocupan por nada, pero Meenakshi le llenó la cabeza con su versión de lo ocurrido con las medallas.) Y también estaba Meenakshi, quien a veces mostraba atisbos de un frío egoísmo al que ni siquiera como padre podía cerrar los ojos; la echaba de menos, pero cuando ella vivía en casa sus parlamentos matinales resultaban a veces demasiado cáusticos.
Finalmente estaba Arun. El juez Chatterji respetaba su energía e inteligencia, aunque poco más. Le parecía un hombre innecesariamente
agresivo y un completo esnob. Se encontraban de vez en cuando en el Club Calcuta, pero no hablaban mucho. En el club, cada uno se movía dentro de su propio círculo, acorde a sus respectivas edades y profesiones. El grupito de Arun le parecía desmesuradamente bullicioso, y no veía que encajaran con aquellas palmeras y el artesonado del techo, Pero quizá se tratara solamente de la intolerancia de la edad, pensaba el juez Chatterji. Los tiempos estaban cambiando, y su reacción no era muy distinta de la de cualquier otro —rey, príncipe, doncella— ante la misma situación.
Pero quién hubiera dicho que las cosas cambiarían tanto y tan rápidamente, Hacía menos de diez años que Hitler tenía a Inglaterra en un puño, que Japón había bombardeado Pearl Harbour, que Gandhi ayunaba en la cárcel mientras Churchill preguntaba impaciente por qué no se moría de una vez. Cuando era estudiante, Amit anduvo metido en política y estuvo a punto de ser encarcelado por los ingleses. Tapan tenía tres años y casi muere de nefritis. Pero en los tribunales las cosas le fueron bien. Su trabajo como abogado resultaba cada vez más interesante, a medida que tenía que vérselas con casos basados en la Ley de Beneficios de Guerra y la Ley de Exceso de Renta, Su agudeza no menguaba, y el excelente sistema de archivo de Biswas babu era el mejor antídoto contra cualquier distracción,
El primer año posterior a la Independencia le ofrecieron el puesto de juez, algo que causó más satisfacción a su padre y a su secretario que a él mismo. Aunque Biswas babu sabía que tendría que buscarse otro empleo, el orgullo que sentía por esa familia y su fidelidad al linaje le hicieron alegrarse de que a partir de entonces su antiguo jefe estuviera atendido, tal como ya ocurriera con el padre de éste, por un sirviente ataviado con turbante y librea roja, blanca y oro, Lo que sí había lamentado era que Amit babu no pareciera muy dispuesto a seguir los pasos de su padre; aunque seguramente, se dijo, no tardaría más de un par de años en hacerlo.
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