Un buen partido
7.29
Cuando, tras la Independencia, un tropel de ingleses se marchó de la India, dejaron abandonados muchísimos pianos, y uno de ellos, un Steinway grande, negro y adaptado al trópico, ocupaba un lugar destacado en la sala de estar del apartamento de Hans Seiber, en Queens Mansion. Kakoli lo tocaba, y Hans estaba de pie detrás de ella, cantando con la mirada fija en la partitura, y sintiéndose extremadamente feliz, aun cuando las canciones que cantara fueran extremadamente melancólicas.
Hans adoraba a Schubert. Estaban interpretando el Viaje de invierno, un ciclo de canciones en las que un rechazo amoroso conduce a la desesperación y posteriormente a la locura, y que se desarrolla en medio de un paisaje nevado. Fuera, la cálida lluvia de Calcuta inundaba las calles, borboteaba en el inadecuado sistema de drenaje, se derramaba en el Hooghly, y finalmente iba a parar al océano Índico. En una anterior encarnación bien podría haber sido la blanda nieve germana que revoloteaba alrededor del viajero acosado por sus recuerdos, y en una posterior quizá formara parte del helado arroyo en cuya superficie el viajero había grabado sus iniciales y las de su infiel amada. O de esas cálidas lágrimas que amenazaban con derretir la nieve del invierno.
Al principio, Kakoli no se había extasiado con Schubert, pues su gusto se decantaba más hacia Chopin, a quien ella interpretaba con intensa melancolía y un fuerte rubato. Pero ahora que acompañaba a Hans, cada vez le gustaba más Schubert.
Lo mismo podía decirse de Hans, cuya excesiva cortesía al principio le había parecido divertida, luego molestado, y ahora le proporcionaba una gran seguridad. Hans, por su parte, estaba tan chiflado por Kuku como cualquiera de las setas de ésta. Pero le parecía que ella no se lo tomaba en serio, y sólo contestaba a una de cada tres de sus llamadas. Sí hubiera sabido que el porcentaje de recados atendidos era aún menor entre sus otros amigos, se habría dado cuenta de la alta estima en que le tenía.
De los veinticuatro lieder del ciclo, habían llegado al penúltimo:
«Los soles espectrales.» Hans cantaba alegre y animado, Kaku, al piano, le seguía como buenamente podía. Era dos interpretaciones enfrentadas.
—No, no, Hans —dijo Kakoli cuando él se inclinó hacia adelante y volvió la página para leer la última canción—, Has cantado demasiado deprisa.
—¿Demasiado deprisa? —dijo Hans—. Mi impresión ha sido que el acompañamiento era poco vivo. Querías ir más lenta, ¿verdad? «Ach, meine Sonnen seid ihr nicht!» —Arrastró la frase—. ¿Así?
—Sí,
—Bueno, el protagonista está loco, Kakoli, ya lo sabes. —Pero lo que le hacía cantar con tanta energía era la hermosa presencia de Kuku.
— Casi loco —dijo Kuku—. Es en la siguiente canción cuando se vuelve muy loco. Puedes cantarla todo lo rápido que quieras.
—Pero esa última canción ha de ser muy lenta —dijo Hans—. Así,..
—Y con la mano derecha interpretó lo que quería decir en las teclas más agudas del piano. Su mano tocó la de Kuku al final del primer verso, durante un segundo—, Ves, Kakoli, se resigna a su destino,
—¿Así que de pronto deja de estar loco? —dijo Kakoli. Qué tontería, pensó.
—Quizá está loco y se resigna a su destino. Todo al mismo tiempo.
Kuku lo intentó y negó con la cabeza.
—Creo que me quedaría dormida —dijo.
—O sea, Kakoli, que ahora piensas que «Los soles espectrales» debe ser lenta y «El organillero» rápida.
—Exacto, —A Kakoli le gustaba que Hans pronunciara su nombre; pronunciaba las tres sílabas con el mismo énfasis, Muy rara vez la llamaba Kuku.
—Y yo creo que «Los falsos soles» debe ser rápida y «El organillero»
lenta —prosiguió Hans.
—Sí —dijo Kuku, Qué tremendamente incompatibles somos, pensó.
Y todo debía ser perfecto, simplemente perfecto. Si no era perfecto era horrible.
—De manera que cada uno piensa que una canción debe ser rápida y la otra lenta —dijo Hans con una lógica aplastante. Eso le pareció la prueba de que, tras un par de ajustes, él y Kakoli eran extraordinariamente compatibles.
Kuku miró la cara cuadrada y atractiva de Hans, resplandeciente de alegría.
—Ves —dijo Hans—, casi siempre que las he oído, las dos canciones se cantaban lentas.
—¿Las dos lentas? —dijo Kuku—. Eso sí que no.
—Es cierto, nunca queda bien —dijo Hans—. ¿Volvemos a empezar con un tempo más lento, como tú sugieres?
—Sí —dijo Kakoli—. ¿Pero qué diantres significa? La canción, quiero decir.
—Hay tres soles —explicó Hans—, dos desaparecen y queda uno.
—Hans —dijo Kakoli—, creo que eres adorable. Y tu resta es de lo más exacta. Pero no me has dicho nada que no supiera.
Hans se ruborizó.
—Creo que los dos soles son la chica y su madre, y que el tercero es el propio narrador.
Kakoli se lo quedó mirando.
—¿Su madre? —dijo incrédula. Quizá en el alma de Hans no imperara la sutileza, después de todo.
Hans pareció vacilar.
—Puede que no —admitió—, pero, entonces, ¿quién puede ser? —
Reflexionó que la madre había aparecido en alguna parte en el ciclo de canciones, aunque mucho antes.
—No lo comprendo. Me parece un misterio —dijo Kakoli—. Pero desde luego no es la madre. —Percibió que se estaba fraguando una
crisis importante. Era algo tan grave como la aversión de Hans por la comida bengalí.
—¿Sí? —dijo Hans—. ¿Un misterio?
—De todos modos, Hans, cantas muy bien —dijo Kuku—. Me emociono cuando pones esa cara de angustia. Te queda muy profesional. Debemos repetirlo la próxima semana.
Hans volvió a sonrojarse, y le ofreció una copa a Kakoli. Aunque era un experto a la hora de besar manos de mujeres casadas, todavía no había besado a Kakoli. No creía que ella lo aprobara; se equivocaba.
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