Un buen partido
19.3
UNA tarde en que la señora le dijo a Meenakshi que le acompañara a la joyería a comprar, o al menos a elegir, un brazalete de boda para Haresh, Meenakshi estiró el cuello con indolencia y dijo:
—Oh, mamá, esta tarde tengo cosas que hacer.
—Pero si tu partida de canasta es mañana.
—Bueno —dijo Meenakshi, con una sonrisa morosa y bastante felina—, la vida no es sólo canasta y ramiro.
—¿Adonde vas? —exigió saber su suegra.
—Oh, por aquí y por allá —dijo Meenakshi, y añadió dirigiéndose a Aparna—: Cariño, suéltame el pelo ya.
La señora Rupa Mehra, ignorante de que su nuera acababa de hacer un pareado a lo Kakoli a sus expensas, se enfadó.
—Pero si son los joyeros que tú me recomendaste. Me atenderán mucho mejor si vienes conmigo. Si no me acompañas tendré que ir a la joyería de Lokkhi Babu.
—Oh, no, mamá, por favor, no vayas. Ve a Jauhri's; son los que me hicieron mis pendientes en forma de pera. —Meenakshi se pasó por el cuello la uña escarlata de su anular, hasta donde le comenzaba la oreja.
Este último comentario enfureció a la señora Rupa Mehra.
—Muy bien —dijo—, si eso es lo que te preocupa la boda de tu cuñada vete a callejear por ahí. Mi Varun me acompañará.
Cuando llegaron a la tienda, la señora Rupa Mehra no tuvo ninguna dificultad en conquistar al señor Jauhri, quien al cabo de dos minutos estaba al corriente de todo lo relacionado con Bentsen Pryce, el cuerpo de funcionarios del Estado y las calificaciones y referencias de Haresh.
Cuando él la tranquilizó diciéndole que le haría cualquier cosa que deseara y que se la tendría lista en tres semanas, la señora Rupa Mehra encargó un collar de oro champakali («Es precioso, y no demasiado
pesado para Lata») y un juego kundan de Jaipur: collar y pendientes en cristal, oro y esmalte.
Mientras la señora Rupa Mehra hablaba alegremente de su hija, el señor Jauhri, que era un hombre sociable, entreveraba sus comentarios y felicitaciones Cuando mencionó a su difunto marido, que había trabajado en los ferrocarriles, el señor Jauhri lamentó la decadencia del servicio. Tras un rato cuando todo quedó satisfactoriamente resuelto, ella dijo que debía marcharse. Sacó su pluma Mont Blanc y anotó su nombre, dirección y número de teléfono.
El señor Jauhri pareció perplejo.
—Ah —dijo reconociendo el apellido y la dirección.
—Si —dijo la señora Rupa Mehra—, mi nuera ya había venido a esta tienda.
—Señora Mehra, la medalla que ella me entregó para que le hiciera una cadenita y unos pendientes, ¿era de su marido? Me refiero a unos pendientes muy bonitos... como pequeñas peras.
—Sí —dijo la señora Rupa Mehra, esforzándose por retener las lágrimas—. Volveré dentro de tres semanas. Por favor, considérelo un encargo urgente.
El señor Jauhri dijo:
—Señora permítame que le eche un vistazo al calendario y a la lista de encargos. Quizá pueda tenérselo en dos semanas y media. —
Desapareció en la parte de atrás de la tienda. Cuando regresó depositó una pequeña caja roja sobre el mostrador y la abrió.
En el interior, sobre un cojincillo de seda blanca, brillaba la medalla de oro que Raghúbir Mehra había ganado en la carrera de Ingeniería.
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