Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 2 de 478

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Un buen partido

Primera Parte

Hojeando unos libros,

dos estudiantes se conocen de repente.

Una madre se entristece;

una medalla se convierte en pendiente.

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1.1

—Tú también te casarás con quien yo diga —le dijo la señora Rupa Mehra a su hija pequeña.

Lata eludió el imperativo materno recorriendo con la mirada el enorme jardín de Prem Nivas. Los invitados a la boda se congregaban en el césped, a la luz de los reverberos.

—Hummm —dijo Lata. Eso enfadó aún más a su madre.

—Sé lo que significan tus hummms, señorita, y puedo asegurarte que no te consentiré ningún hummm por lo que a este tema se refiere.

Sé lo que más te conviene. Todo lo hago por ti. ¿Crees que me resulta fácil encargarme de mis cuatro hijos sin Su ayuda? —La nariz comenzó a enrojecérsele al pensar en su marido, quien, estaba segura, compartiría su alegría con benevolencia desde algún lugar del más allá.

Naturalmente, la señora Rupa Mehra creía en la reencarnación, aunque en momentos de excepcional sentimentalismo imaginaba que el difunto Raghubir Mehra todavía conservaba el aspecto con que ella le conoció cuando estaba vivo: la apariencia robusta y animosa de esa cuarentena que había iniciado poco antes de que, durante la Segunda Guerra Mundial, el exceso de trabajo le provocara un ataque al corazón. Ya hace de eso ocho años; ocho años, pensó con tristeza la señora Rupa Mehra.

—Vamos, mamá, no puedes llorar el día de la boda de Savita —dijo Lata, abrazándola lentamente y sin darle mucha importancia a sus lágrimas.

—Si Él hubiera estado aquí, podría haberme puesto el sari patola1

que me puse el día de mi boda —suspiró la señora Rupa Mehra—. Pero es demasiado ostentoso para una viuda.

—¡Mamá! —dijo Lata, un poco exasperada ante el caudal sentimental que su madre insistía en extraer de cada una de sus circunstancias—. La gente te está mirando. Quieren felicitarte, y se llevarán una extraña impresión si te ven llorar de esta manera.

De hecho, varios invitados ya estaban haciendo namasté a la señora Rupa Mehra y sonriéndole; la flor y nata de la sociedad de Bramphur, se complació en observar.

—¡Que me vean! —dijo la señora Rupa Mehra de manera desafiante, llevándose rápidamente a los ojos un pañuelo perfumado con agua de colonia 4711—. Lo único que pensarán es que lloro de felicidad por la boda de Savita. Todo lo hago por vosotros y nadie me lo agradece. He escogido un excelente muchacho para Savita y todo el mundo se queja.

Lata reflexionó que, de sus cuatro hijos —dos chicos y dos chicas—, la única que no se había quejado de esa elección había sido la hermosa Savita, de carácter afable y tez clara.

—Es un poco delgado, mamá —dijo Lata un tanto irreflexivamente, lo cual era una manera suave de decirlo: Pran Kapoor, que pronto sería su cuñado, era larguirucho, de tez bastante oscura, desgarbado y asmático.

—¿Delgado? ¿Qué es ser delgado? En estos tiempos todo el mundo quiere ser delgado. Incluso yo he tenido que ayunar todo el día, y eso no es bueno para mi diabetes. Y si Savita no se queja, todo el mundo debería sentirse feliz con él. Arun y Varun siempre se están quejando:

¿por qué entonces no eligen ellos un muchacho para su hermana? Pran es un muchacho khatri bueno, decente y educado.

No había duda de que Pran, de treinta arios, era un buen muchacho, un muchacho decente, y que pertenecía a una casta idónea. Y, de hecho, a Lata le gustaba Pran. Por extraño que pueda parecer, ella le conocía mejor que su hermana, o al menos le había visto durante más tiempo que ella. Lata estudiaba literatura inglesa en la Universidad de Brahmpur, donde Pran Kapoor era un profesor bastante conocido. Lata había asistido a su clase sobre los isabelinos, mientras que Savita, la novia, apenas había estado con él durante una hora, y eso en compañía de su madre.

—Además, Savita le engordará —añadió la señora Rupa Mehra—.

¿Por qué quieres que me enfade cuando soy tan feliz? Y Pran y Savita serán felices, ya verás. Serán felices —prosiguió enfáticamente—.

Gracias, gracias. —Ahora sonreía alegremente a aquellos que se acercaban a felicitarla—. Es tan maravilloso..., el muchacho de mis sueños, y de tan buena familia. El ministro sahib ha sido muy amable con nosotros. Y Savita es muy feliz. Por favor, comed algo, comed, por favor: han preparado unos deliciosos gulab-jamuns, aunque debido a mi diabetes no podré comerlos ni siquiera después de la ceremonia. Ni siquiera se me permite probar el gajak, al que tan difícil es resistirse en invierno. Pero, por favor, comed, comed. Debo ir a ver qué está ocurriendo: ¡ya casi es la hora que concertamos con los pandits y no hay serial de la novia ni del novio! —Miró a Lata, frunciendo el cerio. Su hija menor iba a ponérselo más difícil que su hija mayor, decidió.

—No olvides lo que te he dicho —pronunció en tono admonitorio.

—Humm —dijo Lata—. Mamá, el pañuelo te asoma por fuera de la blusa.

—Oh —dijo la señora Rupa Mehra, colocándoselo con aire de preocupación—. Y, por favor, dile a Arun que se tome en serio sus obligaciones. No hace más que estarse ahí de pie, en un rincón, hablando con esa Meenakshi y su estúpido amigo de Calcuta. Debería procurar que todo el mundo coma y beba y disfrute de la fiesta.

«Esa Meenakshi» era la atractiva esposa de Arun y una nuera bastante irrespetuosa. Durante sus cuatro años de matrimonio, el único acto digno de consideración de Meenakshi ante los ojos de la señora Rupa Mehra había sido dar a luz a su querida nieta, Aparna, quien ahora se abría paso hacia el sari de seda de su abuela y tiraba de él para llamar su atención. La señora Rupa Mehra se alegró de verla. Le dio un beso y le dijo:

—Aparna, debes quedarte con tu mamá o con Lata bua, de otro modo te perderás. ¿Y qué será de nosotros entonces?

—¿Puedo ir contigo? —preguntó Aparna, quien, a los tres años, tenía opiniones y preferencias propias.

—Cariño, ojalá pudieras —dijo la señora Rupa Mehra—, pero tengo que asegurarme de que Savita bua esté a punto para la boda. Ya se está retrasando mucho. —Y, de nuevo, la señora Rupa Mehra observó el pequeño reloj de oro que habla sido el primer regalo que le hiciera su

marido, y cuya puntualidad se había mantenido inalterable durante dos décadas y media.

—¡Quiero ver a Savita bua! —pidió Aparna, en sus trece.

La señora Rupa Mehra se vio un tanto apurada y asintió vagamente a la petición de Aparna.

Lata la cogió en brazos.

—Cuando Savita bua salga, las dos nos acercaremos, ¿de acuerdo?, y yo te auparé bien arriba y así podrás ver perfectamente. Pero, mientras tanto, ¿qué te parece si vamos a buscar un poco de helado? A mí también me apetece.

Como casi siempre, Aparna aceptó la sugerencia de Lata. Fueron juntas hacia la mesa del bufet, una chica de tres años y una muchacha de diecinueve de la mano. Unos cuantos pétalos de rosa planearon por encima de ellas.

—Lo que es bueno para tu hermana es bueno para ti —dijo la señora Rupa Merha como comentario final.

—Las dos no podemos casarnos con Pran —dijo Lata, riendo.

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