Un buen partido
1.2
El otro invitado principal a la boda era el padre del novio, el señor Mahesh Kapoor, ministro de Finanzas del estado de Purva. Pradesh. De hecho, la boda tenía lugar en Prem Nivas, su gran casa de dos pisos en forma de C y de color crema situada en el área residencial más tranquila y frondosa de la antigua y —en su mayor parte— superpoblada ciudad de Brahmpur.
Que la ceremonia se celebrara allí era algo tan inusual que todo Brahmpur lo había estado comentando durante días. El padre de la señora Rupa Mehra, que se suponía tenía que ser el anfitrión, se ofendió de repente quince días antes de la boda, cerró su casa y desapareció. La señora Rupa Mehra quedó muy afectada. El ministro sahib tomó la iniciativa («Su honor es nuestro honor») e insistió en organizar la boda en persona. En cuanto a los consiguientes chismorreos, hizo caso omiso.
El ministro sahib no quiso ni oír hablar de la posibilidad de que la señora Rupa Mehra contribuyera a costear los gastos de la boda.
Tampoco pidió ninguna dote. Era un viejo amigo del padre de la señora Rupa Mehra —con el que también había formado pareja en el bridge—, y a pesar de que la había visto pocas veces, Savita le había caído en gracia (aunque nunca fuera capaz de recordar el nombre de la muchacha). Siempre se mostraba solidario con las penurias económicas, pues él también las conocía. Durante los arios que pasó en las celdas británicas, en la época de la lucha por la Independencia, no hubo nadie que se encargara de la granja de su padre ni de su negocio de telas.
Como resultado, magros ingresos entraron en la casa, y su mujer y su familia salieron adelante con grandes dificultades.
Esa época infeliz, sin embargo, era sólo un recuerdo para este ministro capaz, impaciente y poderoso. Corría el invierno de 1950, y hacía tres arios que la India era libre. Pero la libertad del país no significaba la libertad de su hijo Maan, a quien ahora le decía su padre:
—Lo que es bueno para tu hermano es bueno para ti.
—Sí, baoji —dijo Maan, sonriendo. .
El señor Mahesh Kapoor frunció el entrecejo. Su hijo menor, que había heredado su afición a la ropa elegante, no había heredado, sin embargo, su obsesión por el trabajo duro. Y tampoco parecía tener ninguna ambición.
—No creas que toda la vida vas a ser un joven apuesto y derrochador —dijo su padre—. El matrimonio te obligará a sentar la cabeza y a tomarte las cosas en serio. He escrito a Benarés, y espero una respuesta favorable cualquier día de éstos.
El matrimonio era la última cosa que ocupaba el interés de Maan; había distinguido la mirada de un amigo entre la multitud y ahora le estaba saludando. De pronto se encendieron cientos de pequeñas luces de colores enhebradas a lo largo del seto, y los saris de seda y la joyería de las mujeres resplandecieron y centellearon con un brillo aún más vivo. La estridente música del shehnai adquirió un ritmo más trepidante. Maan estaba extasiado. Observó a Lata abriéndose paso entre los invitados. Qué atractiva era la hermana de Savita, pensó. Ni muy alta ni muy blanca de piel, pero atractiva: la cara le formaba un óvalo perfecto, una tímida luz brillaba en sus ojos oscuros, y trataba con sumo cariño a la niña que llevaba de la mano.
—Sí, baoji —dijo Maan obediente.
—¿Qué estaba diciendo? —preguntó su padre.
—Hablabas del matrimonio, baoji —dijo Maan.
—¿Y qué decía del matrimonio?
Maan se quedó perplejo.
—¿No me estabas escuchando? —interrogó Mahesh Kapoor, deseando retorcerle la oreja a su hijo—. Eres tan inútil como los funcionarios del Departamento de Finanzas. No estabas prestando atención. Estabas saludando a Firoz.
Maan pareció un poco avergonzado. Sabía lo que su padre pensaba de él. Pero lo había estado pasando bien hasta hacía un par de minutos, justo en el momento en que apareció su padre y desinfló su buen humor.
—De manera que todo está arreglado —prosiguió su padre—.
Luego no me vengas con que no te lo advertí. Y no hagas que esa mujer de débil voluntad, tu madre, cambie de opinión y me venga con que no estás preparado para asumir las responsabilidades de un hombre.
—No, baoji —dijo Maan, taciturno ante el sesgo tomado por la conversación.
—Elegimos un buen marido para Veena, una esposa para Pran, y no serás tú quien se queje de la novia que escojamos para ti.
Maan no dijo nada. Se preguntaba cómo recuperar el buen humor.
Arriba, en su habitación, tenía una botella de whisky, y a lo mejor él y Firoz podrían escaparse durante unos minutos, antes de la ceremonia —
o incluso durante ella—, para echar un trago.
Su padre hizo una pausa para sonreír bruscamente a unos amigos, a continuación se volvió de nuevo hacia Maan.
—No quiero malgastar más tiempo contigo. Dios sabe que por hoy ya he tenido suficiente. ¿Qué les ha pasado a Pran y a esa chica, cómo se llama? Se está haciendo tarde. Se supone que tenían que salir de extremos opuestos de la casa y reunirse aquí para el jaymala hace cinco minutos.
—Savita —apuntó Maan.
—Sí, sí —dijo su padre, impaciente—. Savita. Tu supersticiosa madre se dejará llevar por el pánico si la ceremonia no se celebra durante la configuración astral exacta. Ve y cálmala. ¡Vete! Haz algo de provecho.
Y Mahesh Kapoor regresó a sus propios deberes como anfitrión.
Frunció el entrecejo de impaciencia ante uno de los sacerdotes oficiantes, quien le devolvió una leve sonrisa. Evitó por poco que tres niños embistieran contra su estómago y le derribaran; eran hijos de sus parientes de fuera de la ciudad, y correteaban alegres por el jardín como si se hallaran en un campo de rastrojos. Y saludó, antes de haber caminado diez pasos, a un profesor de literatura (que podía resultar de utilidad para la carrera de Pran); a dos miembros influyentes de la legislatura del estado en representación del Partido del Congreso (quienes quizá le apoyaran en su perenne lucha por el poder con el
ministro del Interior); a un juez, el último miembro inglés del Tribunal Superior de Brahmpur tras la Independencia; y a su viejo amigo el nawab sahib de Baitar, uno de los más importantes terratenientes del estado.
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