Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 57 de 478

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Un buen partido

3.18

La señora Rupa Mehra entro en casa sin aliento.

Había estado llorando en el tonga. El tonga-wallah, preocupado por el hecho de que una mujer tan decentemente vestida llorara abiertamente, intentó mantener un monólogo para fingir que no se había dado cuenta, aunque ella ya había empapado no sólo su pañuelo bordado, sino también el de reserva.

—¡Mi hija! —decía—. ¡Mi hija!

Savita dijo:

—¿Sí, mamá? —Se asustó al ver la cara de su madre, llena de lágrimas.

—No me refería a ti —dijo la señora Rupa Mehra—. ¿Dónde está esa desvergonzada de Lata?

Savita. intuyó que su madre había descubierto algo. Pero ¿qué?

¿Cuánto? Avanzó instintivamente hacia su madre para apaciguarla.

—Mamá, siéntate, cálmate, toma un poco de té —dijo Savita, guiando a la señora Rupa Mehra, que parecía bastante aturdida, hasta su sillón favorito.

—¡Té! ¡Té! ¡Más y más té! —dijo la señora Rupa Mehra, inconsolable.

Savita fue a decirle a Mateen que preparara un poco de té para las dos.

—¿Dónde está? ¿Qué será de nosotras? ¿Quién querrá casarse con ella ahora?

—Mamá, no hagas un drama de esto —dijo Savita, apaciguadora—.

Se olvidará.

La señora Rupa Mehra se irguió abruptamente.

—¡Así que lo sabías! ¡Lo sabías! Y no me lo dijiste. Y tuve que enterarme por unos extraños. —Esta nueva traición engendró un nuevo

estallido en sollozos. Savita abrazó a su madre y le ofreció otro pañuelo.

Tras unos minutos, dijo:

—No llores, mamá, no llores. ¿Qué te han contado?

—Oh, mi pobre Lata... ¿Es de buena familia ese chico? Ya me parecía a mí que algo pasaba. ¡Oh, Dios! ¿Qué habría dicho su padre de estar aún con vida? Oh, hija mía.

—Mamá, su padre es profesor de matemáticas en la universidad. Él es un muchacho decente. Y Lata una chica juiciosa.

Mateen trajo el té, presenció la escena con respetuoso interés y regresó a la cocina.

Lata entró unos segundos más tarde. Se había llevado un libro al baniano, donde había estado un rato sentada sin que la molestaran, perdida en su Wodehouse y encantada en sus pensamientos. Dos días más, un día más, y volvería a ver a Kabir.

No estaba preparada para la escena con que tuvo que enfrentarse, y se detuvo en la puerta.

—¿Dónde has estado, muchachita? —preguntó la señora Rupa Mehra, con la voz temblándole de cólera.

—Fui a dar un paseo —dijo Lata, vacilante.

—¿Un paseo? ¿Un paseo? —La voz de la señora Rupa Mehra ascendió hasta un crescendo—. Ya te daré yo a ti paseo.

La boca de Lata se abrió enseguida, y miró a Savita. Ésta meneó la cabeza y la mano ligeramente, como para indicar que no era ella quien se había ido de la lengua.

—¿Quién es? —exigió saber la señora Rupa Mehra—. Ven aquí. Ven aquí enseguida.

Lata miró a Savita. Ésta asintió.

—Es sólo un amigo —dijo Lata, acercándose a su madre.

—¡Sólo un amigo! ¡Un amigo! ¿Y con los amigos pasea una de la mano? ¿De eso te sirve la educación que te he dado? Siempre pensando en mis hijas... y así es como...

—Mamá, siéntate —dijo Savita, pues la señora Rupa Mehra se había medio levantado de la butaca.

—¿Quién te lo dijo? —preguntó Lata—. ¿La Taiji de Hema?

—¿La Taiji de Hema? ¿La Taiji de Hema? ¿Es que ella también está en esto? —exclamó indignada la señora Rupa Mehra—. Permite que sus hijas vayan por ahí con flores en el pelo. ¿Que quién me lo ha dicho?

Esta desdichada muchacha me pregunta que quién me lo ha dicho.

Nadie me lo ha dicho. Es la comidilla de la ciudad, todo el mundo lo sabe. Todo el mundo creía que eras una buena chica con una buena reputación... y ahora es demasiado tarde. Demasiado tarde —sollozó.

—Mamá, siempre dices que Malati es tan buena chica —dijo Lata para defenderse—. Y ella tiene amigos como ése..., ya lo sabes..., todo el mundo lo sabe.

—¡Cállate! ¡No me contestes o te daré un par de bofetadas!

Paseando sin el menor decoro cerca del dhobi-ghat y pasándolo en grande.

—Pero Malati...

—¡Malati! ¡Malati! Estoy hablando de ti, no de Malati. Estudiando medicina y diseccionando ranas... —La señora Rupa Mehra alzó la voz de nuevo—. ¿Quieres ser como ella? Y mentirle a tu madre. Nunca te permitiré que vuelvas a salir a pasear. Te quedarás en casa, ¿lo has oído?

¿Me oyes? —La señora Rupa Mehra se puso en pie.

—Sí, mamá —dijo Lata, recordando con una punzada de vergüenza que había tenido que mentirle a su madre para verse con Kabir. Toda la magia se desvanecía lentamente; se sintió alarmada y desdichada.

—¿Cómo se llama?

—Kabir —dijo Lata, palideciendo.

—¿Kabir qué?

Lata permaneció inmóvil y no respondió. Una lágrima le rodó por la mejilla.

La señora Rupa Mehra no se sentía nada comprensiva. ¿Qué eran esas ridículas lágrimas? Agarró a Lata de la oreja y se la retorció. Lata

soltó un grito ahogado.

—¿Tendrá apellidos, no? ¿Cómo se llama...? ¿Kabir Lal, Kabir Mehra? ¿Estás esperando a que se enfríe el té? ¿O es que lo has olvidado? Lata cerró los ojos.

—Kabir Durrani —dijo, y aguardó a que la casa se le cayera encima.

Las tres sílabas mortales surtieron su efecto. A la señora Rupa Mehra se le encogió el corazón, abrió la boca en un silencioso horror, recorrió la habitación con la mirada sin ver nada y se sentó.

Savita fue hacia ella apresuradamente. Su propio corazón latía demasiado rápido.

A la señora Rupa Mehra se le ocurrió una última posibilidad.

—¿Es parsi? —preguntó débilmente, casi suplicando. La idea se le hacia odiosa, pero no era tan calamitosamente horrible. Pero la expresión en la cara de Savita le dijo la verdad.

—¡Un musulmán! —dijo la señora Rupa Mehra, más para sí misma que otra cosa—. ¿Qué hice en mi vida anterior para traer esta desgracia sobre mi amada hija?

Savita estaba de pie, a su lado, y tenía su mano entre las suyas. La mano de la señora Rupa Mehra estaba inerte, y su vista fija al frente. De pronto observó la suave curva que había en el estómago de Savita, y los recientes horrores volvieron a su mente.

Volvió a ponerse en pie.

—Nunca, nunca, nunca... —dijo.

Pero Lata, tras haber evocado la imagen de Kabir, había hecho acopio de fuerzas. Abrió los ojos. Sus lágrimas se detuvieron y en su cara apareció un rictus desafiante.

—Nunca, nunca, de ninguna manera..., sucios, violentos, crueles, lujuriosos...

—¿Como Talat Khala? —preguntó Lata—. ¿Como el tío Shafi?

¿Como el nawab sahib de Baitar? ¿Como Firoz e Imtiaz?

—¿Quieres casarte con él? —gritó furiosa la señora Rupa Mehra.

—¡Sí! —dijo Lata, perdiendo el control y más furiosa a cada instante.

—Se casará contigo, y al año siguiente te dirá: «Talaq talaq talaq», y estarás en la calle. ¡Muchacha estúpida y obstinada! Si tuvieras algo de vergüenza te morirías ahora mismo.

—Me casaré con él —dijo Lata, en sus trece.

—Te encerraré. Igual que cuando dijiste que querías hacerte monja.

Savita intentó interceder.

—¡Y tú vete a tu habitación! —dijo la señora Rupa Mehra—. Todo esto no te conviene. —La señaló con el dedo, y Savita, poco acostumbrada a que le dieran órdenes en su propia casa, obedeció sumisa.

—Ojalá me hubiera hecho monja —dijo Lata—. Recuerdo que papá solía decirnos que hiciéramos caso de nuestro corazón.

—¿Aún contestando? —dijo la señora Rupa Mehra, furiosa por la mención de su marido—. Te daré dos bofetadas.

Y abofeteó a su hija dos veces, con fuerza, y al instante prorrumpió en lágrimas.

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