Un buen partido
3.13
Lata no deseaba que la acompañaran diez amigas, y, aun cuando así hubiera sido, no habría podido reunir ni la mitad de ese número. Con una era suficiente. Por desgracia, Malati se había ido de Brahmpur. Lata decidió ir a casa de Hema para convencerla de que fuera. Hema se mostró entusiasmada ante esa perspectiva, y aceptó enseguida. Le pareció una intriga bastante romántica. «Guardaré el secreto», dijo, pero cometió el error de confiárselo a una de sus innumerables primas a riesgo de enemistarse con ella de por vida, la cual se lo confió a otra prima en términos similarmente estrictos. Al cabo de un día había llegado a oídos de Taiji. Taiji, normalmente poco severa, vio graves peligros en la empresa. No sabía —y Hema tampoco, si a eso vamos—
que Kabir era musulmán. Pero salir con cualquier muchacho en bote a las seis de la mañana..., incluso ella se oponía a algo así. Le dijo a Hema que no le permitiría salir. Hema se puso mohína pero obedeció, y telefoneó a Lata el domingo por la noche. Lata se fue a la cama muy angustiada, aunque, habiendo tomado una decisión, no durmió mal.
No podía volver a decepcionar a Kabir. Se lo imaginó de pie en la arboleda de banianos, aterido y preocupado, careciendo incluso del sustento granítico de los pastelillos de la señora Nowrojee, esperándola mientras los minutos transcurrían y ella no acudía. A las seis menos cuarto del día siguiente se levantó de la cama, se vistió rápidamente, se puso un holgado suéter gris que antaño perteneció a su padre, le dijo a su madre que iba a dar un paseo por la zona universitaria, y fue a encontrarse con Kabir en el lugar acordado.
Él la esperaba. Era de día, y en la arboleda se oía el despertar de los pájaros.
—Tienes una pinta muy rara con esta ropa —dijo él, dándole su aprobación.
—Tú tienes el mismo aspecto de siempre —dijo ella, dándole también su aprobación—. ¿Hace mucho que esperas?
El negó con la cabeza.
Ella le contó el malentendido ocurrido con Hema.
—Espero que no vayas a cancelar nuestra excursión porque te ha fallado tu carabina —dijo Kabir.
—No —dijo Lata. Se sentía tan audaz como Malati. Aquella mañana no había tenido mucho tiempo de pensar lo que iba a hacer, y tampoco lo deseaba. A pesar de su angustia de la noche anterior, su rostro ovalado parecía lozano y atractivo, y en sus ojos vivos no había ni rastro de sueño.
Bajaron al río y caminaron un rato por el arenal, hasta que llegaron a unas escalinatas de piedra. En el río había unos cuantos lavanderos, golpeando sus ropas contra los peldaños. En un pequeño sendero que subía la cuesta se veían unos asnos aburridos y sobrecargados con fajos de ropa. El perro de un lavandero les dirigió unos ladridos vacilantes y en staccato.
—¿Estás seguro de que conseguiremos un bote? —dijo Lata.
—Oh, sí. Siempre hay alguien. Suelo ir a menudo.
Una breve y aguda punzada de dolor recorrió a Lata, aunque lo único que Kabir había querido dar a entender era que disfrutaba de recorrer el Ganges al amanecer.
—Ah, ahí hay uno —dijo. Un barquero se deslizaba por el río en mitad de la corriente. Era abril, de manera que las aguas estaban bajas y fluían lentas. Kabir hizo bocina con las manos y gritó:
—¡Aré, mallah!
El barquero, sin embargo, no hizo ademán de remar hacia ellos.
—¿Qué pasa? —gritó en hindi, con un fuerte acento brahmpurí; le dio al verbo «hai» un énfasis poco corriente.
—¿Puedes llevarnos a un lugar donde podamos ver el Barsaat Mahal y su reflejo? —dijo Kabir.
—1Clarol
—¿Cuánto costará?
—Dos rupias —dijo acercándose a la ribera con su barca de fondo plano.
Kabir se enojó.
—¿No te da vergüenza pedir tanto dinero? —dijo airado.
—Es lo que todo el mundo cobra, sahib.
—No soy un forastero al que puedas engañar —dijo Kabir.
—Oh —dijo Lata—, por favor, no discutáis...
Ella calló en seco; era de prever que Kabir insistiría en pagar, y él, al igual que ella, seguramente no tenía mucho dinero.
Kabir no abandonó su enfado, gritando para que el barquero le oyera por encima del ruido de las ropas que golpeaban las escalinatas del ghat:
—Venimos a este mundo con las manos vacías y de igual modo nos iremos. ¿Te parece que tienes que mentir tan de mañana? ¿Te llevarás mi dinero contigo cuando dejes este mundo?
El barquero, presumiblemente intrigado porque alguien se dirigiera a él tan filosóficamente, dijo:
—Suba a mi bote, sahib. Lo que crea apropiado pagarme, lo aceptaré. —Le señaló a Kabir un lugar que había a unos cien metros, donde el bote podía acercarse a la orilla. Para cuando Lata y Kabir llegaron al sitio indicado, el barquero se había marchado río arriba.
—Se ha ido —dijo Lata—. Quizá encontremos otro.
Kabir negó con la cabeza. Dijo:
—Hemos hecho un trato. Volverá.
El barquero, tras remontar el río hasta la margen opuesta, cogió algo y regresó remando.
—¿Sabéis nadar? —les preguntó.
—Sí —dijo Kabir, y se volvió hacia Lata.
—No —dijo ella— Yo no.
Kabir pareció sorprendido.
—Nunca aprendí —explicó Lata—. Primero viví en Darjeeling, y luego en Mussourie.
—Confío en ti —le dijo Kabir al barquero, un hombre de tez oscura y sin afeitar, vestido con una camisa y un lungi, además de un bundi de lana que le cubría el pecho—. Si ocurre algún accidente, preocúpate de ti, yo me encargaré de ella.
—Muy bien —dijo el barquero.
—Muy bien, ¿cuánto entonces?
—Bueno, lo que quiera...
—No —dijo Kabir—, fijemos un precio. Así es como siempre me pongo de acuerdo con los barqueros.
—Muy bien. ¿Cuánto le parece razonable?
—Una rupia y cuatro annas.
—Muy bien.
Kabir subió a bordo, a continuación alargó la mano para ayudar a Lata. Con pulso firme la sujetó mientras subía. Ella parecía ruborizada y feliz. Kabir retuvo su mano un segundo más de lo necesario. Luego, percibiendo que ella iba a apartarla, aflojó.
Todavía había un poco de niebla. Kabir y Lata estaban sentados frente al barquero mientras éste remaba. Se hallaban a más de doscientos metros del dhobi-ghat, pero el sonido del golpear de las ropas, aunque débil, todavía era audible. Los detalles de la ribera desaparecían en la niebla.
—Ah —dijo Kabir—. Es maravilloso estar en el río rodeado de niebla... y no es frecuente en esta época del año. Me recuerda unas vacaciones que pasé en Simia. Todos los problemas del mundo desaparecieron. Parecía que fuéramos una familia completamente distinta.
—¿Vas a la montaña cada verano? —preguntó Lata. Aunque ella había ido a la escuela de St Sophia, en Missourie, en la actualidad era
bastante inconcebible que pudieran permitirse alquilar una casa en la montaña.
—Oh, sí —dijo Kabir—. Mi padre insiste en eso. Generalmente vamos a un lugar distinto cada año... Almora, Nainital, Ranikhet, Missourie, Simia, incluso Darjeeling. Dice que el aire fresco «da rienda suelta a sus intuiciones», sea lo que sea lo que eso significa. Una vez, cuando volvió de las montañas, dijo que, al igual que Zarathustra, en seis semanas había conseguido tener una visión global de las matemáticas que le iba a durar toda su vida. Aunque, naturalmente, al año siguiente, como siempre, volvimos a las montañas.
—¿Y tú? —preguntó Lata—. ¿Qué me dices de ti?
—¿De mí? —dijo Kabir. Parecía preocupado por algún recuerdo.
—¿Te gustan las montañas? ¿Volveréis este año?
—No sé qué pasará este año —dijo Kabir—. Me gusta estar allá arriba. Es como nadar.
—¿Nadar? —preguntó Lata, dejando una mano dentro del agua.
Un repentino pensamiento asaltó a Kabir. Le dijo al barquero:
—¿Cuánto le cobras a la gente de la ciudad por llevarles hasta el Barsaat Mahal desde las proximidades del dhobi-ghat?
—Cuatro annas a cada uno —dijo el barquero.
—Muy bien —dijo Kabir—. Debería pagarte una rupia, como mucho, considerando que la mitad del camino es río abajo. Y te pago una rupia y cuatro annas. Así que no es justo.
—No me quejo —dijo el barquero, sorprendido.
La niebla había aclarado, y ante ellos, en la orilla, se erguía el imponente edificio gris de Fuerte Brahmpur, tras una amplia franja de arena. Cerca, y descendiendo hasta el arenal, había una enorme rampa de tierra, y encima de ella una gran higuera de las pagodas, 18 cuyas hojas relucían en la brisa de la mañana.
—¿Qué querías decir con «nadar»? —preguntó Lata.
—Ah, sí —dijo Kabir—. Lo que quería decir es que te encuentras en un elemento completamente distinto. Todos tus movimientos son distintos, y, como resultado, también tus pensamientos. Una vez, en Gulmarg, me lancé en trineo, y recuerdo que pensé que realmente yo no existía. Todo lo que existía era el aire limpio y puro, la nieve, el ímpetu de ese veloz movimiento. En la monótona planicie vuelves a tener conciencia de ti mismo. Excepto, quizá, en momentos como éste.
—¿O cuando oyes música? —dijo Lata.
La pregunta se dirigía tanto a ella misma como a Kabir.
—Mmm, sí, eso creo, en cierto modo —meditó Kabir—. No, realmente no —decidió.
Había estado pensando en un cambio de estado de ánimo provocado por un cambio de actividad física.
—Aunque —dijo Lata siguiendo sus propios pensamientos— la verdad es que eso es lo que a mí me provoca la música. El simple hecho de tocar el tanpura, aunque no cante una sola nota, me pone en trance.
A veces pasan quince minutos antes de que vuelva en mí. Cuando las cosas me superan, tocar el tanpura es lo primero que se me ocurre. Y
cuando pienso que comencé a cantar bajo la influencia de Malati, el año pasado, me doy cuenta de la suerte que he tenido. ¿Sabes que mi madre tiene tan poco sentido musical que cuando yo era niña y ella me cantaba nanas le suplicaba que se callara y que me las cantara mi ayah?
Kabir sonreía. Le rodeó el hombro con el brazo y ella, en lugar de protestar, le dejó hacer. Parecía que ése era el lugar que le correspondía.
—¿Por qué no dices nada? —preguntó ella.
—Esperaba a que siguieras hablando. Estoy tan poco acostumbrado a oírte hablar de ti misma. A veces me parece que ignoro lo fundamental. ¿Quién es Malati, por ejemplo?
—¿Lo fundamental? —dijo Lata, recordando aquella conversación con Malati—. ¿Después de todas las investigaciones que has hecho?
—Sí —dijo Kabir—. Háblame de ti.
—Eso resulta muy vago. Sé más especifico. ¿Por dónde quieres que empiece?
—Oh, por donde quieras. Quizá por el principio, luego sigue hasta que llegues al final y para.
—Bueno —dijo Lata—, todavía no es hora de desayunar, de modo que tendrás que oír, al menos, seis cosas imposibles.
—Muy bien —dijo Kabir, riendo.
—Sólo que en mi vida probablemente no hay seis cosas imposibles.
Es bastante aburrida.
—Empieza por tu familia —dijo Kabir.
Lata comenzó a hablar de su familia, de su adorado padre, quien en ese instante, le pareció, proyectaba sobre ella un aura protectora, sobre todo por medio de aquel suéter gris; de su madre, con su Gita, su facilidad para las lágrimas y su afectuosa volubilidad; de Arun, Meenakshi, Aparna y Varun, en Calcuta; y naturalmente, de Savita, Pran y del futuro bebé. Lata hablaba con toda libertad, incluso acercándose un poco más a Kabir. Por extraño que parezca en alguien que tan insegura se sentía a veces de sí misma, no dudaba en absoluto de su afecto.
El Fuerte y los arenales quedaron atrás, al igual que el ghat de incineración, los templos del Viejo Brahmpur y los minaretes de la Mezquita de Alamgiri. El río se dobló suavemente y apareció ante ellos la sutil estructura blanca del Barsaat Mahal, al principio ligeramente de perfil, y a continuación, poco a poco, totalmente de frente.
Las aguas no eran limpias, pero estaban tranquilas y su superficie era como un cristal turbio. El barquero se desplazaba hacia el centro del río mientras remaba. A continuación dejó el bote inmóvil en el centro
—en línea con el eje vertical de simetría del Barsaat Mahal— y sumergió, en mitad del río, la larga pértiga que anteriormente había recogido de la orilla. La vara tocó fondo y el bote quedó inmóvil.
—Ahora sentaos y observad cinco minutos —dijo el barquero—.
Hay una vista que nunca olvidaréis.
De hecho, así era, y ninguno de los dos iba a olvidarla. El Barsaat Mahal, sede del arte de gobernar y de las intrigas, del amor y del goce disoluto, de la gloria y la lenta decadencia, se había transfigurado hasta adquirir una belleza abstracta y absoluta. Se erguía por encima del muro que lo separaba del río, reflejándose en el agua sin ondas de una manera casi perfecta. Se encontraban en un tramo del río donde incluso los sonidos del casco antiguo eran tenues. Durante unos minutos, nadie dijo nada.
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