Un buen partido
7.7
Los invitados estaban a punto de llegar a casa del juez Chatterji, en Ballygunge. Era una de las tres o cuatro fiestas multitudinarias que solía ofrecer cada año. Dos razones explicaban la gran variedad de invitados.
En primer lugar, la gran cantidad de amigos y conocidos del juez Cha, terji. (Era un hombre despistado, que hacía amistades allí donde iba.) En segundo lugar, porque todos los miembros de la familia Chatterji aprovechaban para invitar a sus propios amigos. La señora Chatterji invitaba a algunas de sus amigas, e igual hacían sus hijos; sólo a Tapan, que acababa de regresar para pasar las vacaciones escolares, se le consideraba demasiado joven como para añadir su propia lista de invitados a una fiesta donde se servía alcohol.
El señor juez Chatterji no era un hombre metódico, pero había engendrado cinco hijos en una estricta alternancia de sexos: Amit, Meenakshi (que estaba casada con Arun Mehra), Dipankar, Kakoli y Tapan. Ninguno trabajaba, pero todos tenían una ocupación. Amit escribía poesía, Meenakshi jugaba a la canasta, Dipankar buscaba el Sentido de la Vida, Kakoli acaparaba el teléfono y Tapan, que tenía doce o trece años, y era con mucho el más joven, estudiaba en el prestigioso internado de Jheel.
Amit, el poeta, había estudiado Jurisprudencia en Oxford, pero tras obtener su licenciatura, y ante la exasperación de su padre, no completó, los estudios para poder ejercer la abogacía en la sociedad legal donde había ejercido su padre: la Lincoln's Inn.43 No se había perdido ni una comida e incluso había aprobado un par de exámenes, pero de pronto perdió interés por las leyes. Por contra, y alentado por un par de premios universitarios de poesía, algún relato breve publicado en revistas literarias y un libro de poemas que había obtenido un premio en Inglaterra (y por tanto adulación en Calcuta), vivía cómoda y despreocupadamente en casa de su padre, sin hacer nada que pudiera considerarse importante en el mundo real.
En aquel momento estaba hablando con sus dos hermanas y con Lata.
—¿Cuánta gente va a venir? —preguntó Amit.
—No lo sé —dijo Kakoli—. ¿Cincuenta?
Amit pareció divertido.
—Pero si la mitad de tus amigos ya son cincuenta, Kuku. Yo diría que ciento cincuenta.
—No aguanto estas fiestas tan multitudinarias —dijo Meenakshi muy excitada.
—Ni yo tampoco —dijo Kakoli, mirándose en el alto espejo del vestíbulo.
—Supongo que sólo han venido aquellos que hemos invitados mamá, Tapan y yo mismo —dijo Amit, nombrando los tres miembros de la familia menos sociables.
—Muyyyyyy gracioooooooso —dijo (o mejor dicho, cantó) Kakoli, que, como su nombre indicaba, era una auténtica ave canora.
—Deberías subir a tu habitación —dijo Meenakshi— y echarte en el sofá con tu Jane Austen. Ya te avisaremos cuando sirvan la cena. O
mejor dicho, haremos que te la suban a la habitación. De esa manera podrás esquivar a tus admiradoras.
—Es muy raro —le dijo Kakoli a Lata—. Jane Austen es la única mujer de su vida.
—Pero la mitad de los bhadralok de Calcuta lo quieren casar con su hija —añadió Meenakshi—. Creen que es inteligente.
Kakoli recitó:
Amit Chatterji, ¡menudo hallazgo!
Quién lo pillara para un noviazgo.
Meenakshi añadió:
¿Por qué aún no se ha casado?
Porque todavía nadie le ha pescado.
Kakoli continuó:
Dicen que es un poeta famoso
y un hombre honesto y hermoso.
Soltó una risita.
Lata le dijo a Amit:
—¿Por qué permites que se burlen de este modo?
—¿Te refieres a esos patéticos ripios? —dijo Amit.
—Me refiero a que se metan contigo —dijo Lata.
—Oh, no me importa. Por un oído me entra y por el otro me sale —
dijo Amit.
Lata pareció sorprendida, pero Kakoli dijo:
—Está hablando como Biswas babu.
—¿Biswas?
—Biswas babu, un antiguo secretario de mi padre. Todavía viene un par de veces por semana para ayudarnos con algunas cosillas, y nos da consejos sobre la vida. Aconsejó a Meenakshi que no se casara con tu hermano —dijo Kakoli.
De hecho, la oposición al súbito noviazgo y matrimonio de Meenakshi había sido más amplia y profunda. A los padres de Meenakshi no les importaba demasiado que su hija se casara con alguien no perteneciente a su comunidad. Arun Mehra no pertenecía a la casta de los brahmanes, y ni siquiera era bengalí. Su familia pasaba apuros financieros. A decir verdad, esto tampoco contaba mucho para los Chatterji, aunque habían sido una familia de posibles durante generaciones. Lo que realmente les inquietaba era que su hija no pudiera permitirse las comodidades que la habían rodeado durante toda su vida. De todos modos, cuando se casó tampoco la inundaron a regalos, pues, dejando aparte el escaso aprecio que el juez Chatterji tenía a su yerno, eso no le habría parecido justo.
—¿Qué tiene que ver Biswas babu con que a Amit vuestras pullas le entren por un oído y le salgan por el otro? —preguntó Lata, que encontraba a la familia de Meenakshi divertida pero desconcertante.
—Oh, es sólo una de sus expresiones. Amit, a los extraños hay que ponerles al corriente de nuestra jerga familiar.
—Ella no es ninguna extraña —dijo Amit—. O al menos no debería serlo. De hecho, todos apreciamos mucho a Biswas babu, y él nos aprecia mucho a nosotros. Durante mucho tiempo fue secretario de mi padre.
—Pero no será secretario de Amit, con gran pesar de su corazón —
dijo Meenakshi—. De hecho, el que Amit haya abandonado su carrera de abogado ha apenado más a Biswas babu que a nuestro padre.
—Podría ejercer si quisiera —dijo Amit—. En Calcuta es suficiente con la licenciatura.
—Ah, pero no te dejarían entrar en la Biblioteca del Colegio de Abogados.
—¿Y a quién le importa eso? —dijo Amit—. De hecho, me haría más feliz publicar alguna pequeña revista y escribir un par de buenos poemas y una novela o dos y pasar dignamente a la senilidad y luego a la posteridad. ¿Puedo ofrecerte una copa? ¿Un jerez?
—Tomaré un jerez —dijo Kakoli.
—No hablaba contigo, Kakoli, tú te lo puedes servir sola. Se lo estaba ofreciendo a Lata.
—Vaya —dijo Kakoli. Miró el sari azul celeste de Lata, con su delicado chikan, y dijo—: Sabes, Lata, el color rosa te sentaría mucho mejor.
—Más vale que no tome algo tan peligroso como un jerez. ¿Podría tomar..., ¿oh, por qué no? ¿Un poco de jerez, por favor?
Amit fue hasta el bar con una sonrisa y dijo:
—¿Podría servirme dos vasos de jerez?
—¿Seco, normal o dulce, señor? —preguntó Tapan.
Tapan era el pequeño de la familia, a quien todos querían y mimaban, y se le permitía algún que otro trago de jerez. Aquella tarde ayudaba en el bar.
—Uno dulce y uno seco por favor —dijo Amit—. ¿Dónde está Dipankar? —le preguntó a Tapan.
—Creo que está en su habitación, Amita da —dijo Tapan—.
¿Quieres que le diga que baje?
—No, no, sigue ayudando en el bar —dijo Amit, dando una palmadita en el hombro de su hermano—. Estás haciendo un buen trabajo. Iré a ver qué está haciendo.
Dipankar, el hermano intermedio, era un soñador. Había estudiado economía, pero pasaba casi todo el tiempo leyendo libros del poeta y patriota Sri Aurobindo, cuyos versos fláccidamente místicos, en aquella época, y ante el disgusto de Amit, monopolizaban su atención. Amit sabía que sería mejor que él mismo fuera a buscad,. Si no se le daba un empujoncito, cada vez que Dipankar tenía que tomar una decisión le sobrevenía como una crisis espiritual. Ponerse una o dos cucharadas de azúcar en el té, bajar a la fiesta ahora o quince minutos más tarde, disfrutar de la buena vida de Ballygunge o entregarse a la senda de renunciación de Sri Auribondo: todas esas decisiones le causaban una interminable angustia. Una serie de mujeres de fuerte carácter habían pasado por su vida y tomado casi todas sus decisiones, antes de impacientarse ante sus dudas («¿Es ésta la que me conviene realmente?») y abandonarle. Las opiniones de Dipankar se amoldaban a las de sus prometidas mientras éstas lo eran, y entonces regresaban a su propio capricho.
A Dipankar le encantaba hacer comentarios como: «Todo es el Vacío» durante el desayuno, arrojando así un aura mística sobre los huevos revueltos.
Amit subió a la habitación de Dipankar y se lo encontró sentado sobre la esterilla de oración, ante el armonio, cantando desafinadamente una canción de Rabindranath Tagore.
—Es mejor que bajes pronto —dijo Amit en bengalí—. Los invitados acaban de llegar.
—Ya voy, ya voy —dijo Dipankar—. Acabaré esta canción y entonces..., entonces bajaré. De verdad.
—Te esperaré —dijo Amit.
—Puedes bajar, dada. No te molestes. Por favor.
—No es ninguna molestia —dijo Amit. Cuando Dipankar acabó su canción, indiferente ante su absoluta falta de afinación (pues todos los tonos, sin duda, debían de ser iguales ante el Vacío), Amit le acompañó mientras bajaban las escaleras de mármol con barandilla de teca.
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