Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 133 de 478

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Un buen partido

7.21

Basil Cox, jefe del departamento de Arun, despachó el correo de la mañana ayudado por un par de sus principales ayudantes. Aquella mañana, a Arun le destinaron unas diez cartas, una de ellas procedente de la Compañía de Tés Persa, y él la leyó con particular interés.

—¿Podría tomar nota de una carta, señorita Christie? —le dijo a su secretaria, una joven angloindia excepcionalmente discreta y alegre, que se había acostumbrado a su errático humor. La señorita Christie, al principio, se había tomado a mal que la asignaran a un directivo indio en lugar de a uno inglés, pero Arun había utilizado todo su encanto personal y su condescendencia para que ella acabara aceptando su autoridad.

—Sí, señor Mehra, estoy lista.

—El encabezamiento de siempre. Querido señor Poorzahedy, hemos recibido su relación del contenido del cargamento de té..., anote los pormenores de la carta, señorita Christie..., a Teherán..., lo siento, a Khurramshahr y Teherán..., y desea usted que le hagamos un seguro que cubra desde la subasta pública en Calcuta hasta la llegada al consignatario de Teherán mediante una póliza de aduanas. Nuestra tarifa, como siempre, es de cinco annas por cada cien rupias en la póliza estándar, incluyendo el seguro contra huelga, disturbios y algaradas civiles y el de robo, hurto y no entrega del producto. El cargamento está valorado en seis lakhs, treinta y nueve mil novecientas setenta rupias, y la prima a pagar será de..., ¿querrá calcularlo, señorita Christie?..., gracias..., sinceramente suyo, etcétera... ¿No presentaron una reclamación hace aproximadamente un mes?

—Eso creo, señor Mehra.

—Humm. —Arun juntó las manos bajo la barbilla, a continuación dijo—: Creo que hablaré con el burra babu.

En lugar de llamar al jefe de sección del departamento a su oficina, decidió hacerle una visita. El burra babu había servido en el departamento de seguros de Bentsen Pryce durante veinticinco años,y

estaba al tanto de todos los entresijos. Era una especie de sargento mayor del regimiento, y todo lo que ocurría en los niveles inferiores pasaba por sus manos. Los ejecutivos europeos sólo trataban con él.

Cuando Arun llegó a su oficina, el burra babu estaban echando un vistazo a un fajo de cheques y duplicados de cartas, y dando órdenes a sus subordinados.

—Tridib, encárgate de esto —decía—, Sarat, prepara esta factura. —

Era un día de bochorno, y los ventiladores del techo sacaban susurros de las enormes pilas de papel que habían sobre los escritorios de los empleados.

Al ver a Arun, el burra babu se puso de pie.

—Señor —dijo.

—Siéntese —dijo Arun sin darle importancia—. Dígame, ¿qué ha ocurrido últimamente con los Tés de Persia? Me refiero a las reclamaciones.

—Binoy, dile al encargado de reclamaciones que traiga el registro.

Arun, que iba vestido con traje, como correspondía a alguien de su posición, después de haber pasado veinte sudorosos pero instructivos minutos con el jefe de sección y los registros de reclamaciones, regresó al helado santuario de su oficina y le dijo a la señorita Christie que interrumpiera la carta que estaba mecanografiando.

—De todos modos, es viernes —dijo—. Puede esperar, si es necesario, hasta el lunes. Durante los quince próximos minutos no me pase ninguna llamada. Ah, sí, y esta tarde tampoco estaré. Tengo una cita para almorzar en el Club Calcuta, y luego tengo que visitar esa condenada fábrica de yute de Puttigurh, con el señor Cox y el señor Swindon.

El señor Swindon pertenecía al departamento de manufacturas del yute, y tenían que visitar una fábrica que otra compañía deseaba asegurar contra el fuego. Arun no le veía sentido alguno a esa visita, pues el seguro que cubría tales fábricas se basaba en una tarifa estipulada que dependía casi exclusivamente del proceso de fabricación utilizado. Pero, al parecer, Swindon le había dicho a Basil Cox que era

importante echarle un vistazo a la planta, y Basil le había pedido a Arun que les acompañara.

—Si quieres saber mi opinión, todo esto es una pérdida de tiempo —

dijo Arun. Por tradición, en Bentsen Pryce el viernes por la tarde significaba una larga y pausada comida en el club, seguida de un partido de golf y posiblemente una aparición simbólica en la oficina a la hora de cerrar. La semana laboral acababa, en la práctica, el jueves por la tarde.

Pero, al meditarlo, Arun pensó que Basil Cox, al pedirle ayuda en una cuestión de seguros contra incendios, cuando sus deberes normales se circunscribían a los seguros marítimos, intentaba prepararle para una responsabilidad mayor. De hecho, ahora que lo consideraba, últimamente se le habían asignado bastantes asuntos relacionados con seguros generales. Todo ello sólo podía ser indicativo de que los poderes que había por encima de él aprobaban tanto su persona como su trabajo.

Animado por tales pensamientos, llamó a la puerta de Basil Cox.

—Pase. ¿Sí, Arun? —Basil Cox señaló una silla, y, apartando la mano que cubría el auricular del teléfono, prosiguió—: Bueno, eso es excelente. Para almorzar, entonces... Sí, los dos tenemos muchas ganas de verte montar. Adiós.

Se volvió a Arun y dijo:

—Me disculpo, muchacho, por robarte tu tarde del viernes. Pero me preguntaba si podría compensarte invitándoos a ti y a Meenakshi a las carreras de Tolly, mañana.

—Estaremos encantados —dijo Arun.

—Estuve hablando con Jock Mackay. Parece ser que compite en una de las carreras. Puede ser divertido verle. Aunque desde luego, si el tiempo sigue así, lo único que harán será nadar con los caballos por la pista.

Arun se permitió una risita entre dientes.

—No sabía que corriera mañana, ¿y tú? —dijo Basil Cox.

—No, la verdad es que no. Pero él monta a menudo —dijo Arun.

Reflexionó que Varun, fanático de las carreras, habría sabido no sólo

que Jock participaba en una carrera, sino en cuál de ellas exactamente, cuál era el nombre del caballo, cuál era el hándicap y cómo estaban las apuestas. Varun y sus compañeros del Shamshu generalmente compraban un kutcha desde el momento en que aparecía, que solía ser los miércoles, y desde entonces hasta el sábado por la tarde sólo pensaban y hablaban de eso.

—¿De qué querías hablarme? —le dijo Basil Cox a Arun.

—Se trata de las tarifas para los Tés de Persia. Quieren asegurar otro cargamento.

—Sí. Encargué que te lo asignaran a ti. Pura rutina, ¿no?

—No estoy tan seguro.

Basil Cox se acarició el labio inferior con el pulgar y esperó a que Arun continuara.

—No creo que nuestra experiencia con ellos sea muy buena —dijo Arun.

—Bueno, eso es fácil de comprobar.

—Ya lo he hecho.

—Ya veo.

—Las reclamaciones ascienden a un ciento cincuenta y dos por ciento de las primas, si tomamos los últimos tres años No es algo que nos convenga.

—No, no, desde luego —dijo Basil Cox, considerándolo—. No es algo que nos convenga. ¿Qué es lo que suelen alegar para cobrar el seguro? Hurto, creo recordar. ¿O son daños causados por la lluvia? ¿Y

no presentaron una reclamación diciendo que el té había cogido mal olor? ¿Porque había cuero en la misma bodega o algo así?

—Los daños causados por la lluvia los reclamó otra compañía. Y la reclamación que presentaron cuando el té cogió mal olor fue desestimada después de un informe de Lloyds, que se encargó del peritaje de las reclamaciones. Sus expertos afirmaron que los daños causados eran mínimos, y que el cargamento no se había echado arder, aun cuando, al parecer, los persas juzgan el té más por su aroma que por

su sabor. Es el hurto lo que más perjuicios les ha causado. O mejor dicho, a nosotros. Un hábil hurto en el almacén de aduanas de Khurramshahr. Es un mal puerto, y, por lo que sabemos, las autoridades aduaneras podrían estar implicadas.

—Bueno, ¿cuál es la prima esta vez? ¿Cinco annas?

—Sí.

—Súbela a ocho annas.

—No estoy seguro de que eso funcione —dijo Arun—. Podría llamar a su agente en Calcuta y hacer eso. Pero no creo que les hiciera mucha gracia. Una vez incluso me comentó que nuestra tarifa de cinco annas no resultaba competitiva con esa Unión Comercial que estaba dispuesta a asegurarlos. Correríamos el riesgo de perderlos.

—¿Sugieres alguna otra cosa? —dijo Basil Cox con una sonrisa bastante fatigada. Sabía por experiencia que era muy probable que Arun tuviera algo que sugerir. .

—De hecho sí —dijo Arun.

—Ah —dijo Basil Cox, fingiendo sorpresa.

—Podríamos escribir a Lloyds y preguntarles qué pasos se han dado para evitar o reducir el hurto en los almacenes de aduanas.

Basil Cox quedó un poco decepcionado, pero no lo dijo.

—Ya veo. Bien, gracias, Arun.

Pero Arun no había acabado.

—Y podríamos ofrecerles reducir la prima.

—¿Reducirla, dices? —Basil Cox enarcó las dos cejas.

—Sí. Simplemente eliminando las cláusulas de robo, hurto, y no entrega del producto. Pueden seguir con las demás: la póliza normal contra incendios, tormenta, vía de agua, piratería, librarse de la carga por fuerza mayor, etcétera, además de huelga, disturbios y algaradas civiles, daños por lluvia e incluso porque coja mal olor, lo que quieran.

Todo ello en términos muy favorables. Pero no robo, hurto y no entrega del producto. Ese seguro pueden suscribirlo con otros. Es obvio que

tienen muy pocos incentivos para proteger su carga si nosotros aflojamos la mosca cada vez que alguien decide birlarles el té.

Basil Cox sonrió.

—Es una idea. Déjame pensarlo. Hablaremos de ello esta tarde en el coche, de camino a Puttigurh.

—Hay otro asunto, Basil.

—¿No puede esperar hasta la tarde?

—De hecho, uno de nuestros amigos de Rajastán viene a verme dentro de una hora, y tiene que ver con él. Debería habértelo mencionado antes, pero pensé que podía esperar. No sabía que estuviera tan ansioso por obtener una rápida respuesta.

Éste era un eufemismo clásico para referirse a un hombre de negocios de Marwar. 52 El talante codicioso, emprendedor, astuto, enérgico y por encima de todo nada caballeroso de esa comunidad desagradaba profundamente a los caballerosos sahibs de las agencias comerciales. Estas agencias podían pedir prestado mucho dinero a un cierto tipo de hombres de negocios marwaríes, pero al presidente de la compañía ni se le ocurriría invitarlo a su club, aun cuando en él admitieran a indios.

Pero en este caso era un hombre de negocios marwari quien deseaba que Bentsen Pryce le financiara. Lo que solicitaba, en resumen, era lo siguiente: su empresa quería expandirse en una nueva línea de operaciones, y deseaba que Bentsen Pryce invirtiera en esa expansión.

En compensación, suscribiría con ellos todas las pólizas de seguros que surgieran gracias a las nuevas operaciones.

Arun, tragándose la aversión instintiva que sentía hacia esa comunidad, y recordándose que los negocios eran los negocios, le planteó la cuestión a Basil Cox lo más objetivamente que pudo. Se abstuvo de mencionar que eso no era más que lo que cualquier empresa británica haría por otra según la lógica normal de los negocios. Sabía que su jefe era consciente de ello.

Basil Cox no le pidió consejo. Miró un punto situado más allá del hombro derecho de Arun durante un intervalo desconcertantemente

prolongado, y a continuación dijo:

—No me gusta, me huele un poco a marwari.

Por su tono implicaba que se trataba de una suerte de práctica deshonesta. Arun estaba a punto de hablar cuando añadió:

—No. Definitivamente no es para nosotros. Y a Finanzas, lo sé, eso no le gustaría. Dejémoslo, Arun. ¿Te veo pues a las dos y media?

—Muy bien —dijo Arun.

Cuando regresó a su despacho, se preguntó cómo le plantearía el tema a su visitante, y qué razones podría aducir para defender su decisión. Pero no fue necesario. El señor Jhunjhunwala se tomó la decisión sorprendentemente bien. Cuando Arun le dijo que su compañía no podía aceptar la propuesta, el señor Jhunjhunwala no le pidió explicaciones. Simplemente asintió y a continuación dijo en hindi

—con una implícita y desagradable complicidad, pensó Arun, la complicidad entre dos indios—:

—Ah, ése es el problema de Bentsen Pryce: no se meten en nada si no atufa a inglés.

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