Un buen partido
16.25
Lata no durmió bien. Estuvo horas despierta, tan reconcomida por los celos que casi no podía respirar, y sintiéndose tan desgraciada que no podía creer que fuera ella quien albergara tales sentimientos. No había ningún lugar en la casa —ni en ninguna parte— donde pudiera pasar una semana a solas, disipando la imagen de Kabir que, a pesar suyo, había conservado hasta ahora como el más preciado recuerdo.
Malati no había dicho quién era esa mujer, ni qué aspecto tenía, ni de qué habían hablado ni quién les había visto. ¿Se habían conocido por casualidad, al igual que había ocurrido con la propia Lata? ¿También la había llevado al Barsaat Mahal al amanecer? ¿La había besado? No, no era posible, no podía haberla besado, era una idea insoportable.
Recordó lo que Malati le había contado en las contadas ocasiones en que habían hablado de sexo, y eso la atormentó aún más.
Era pasada medianoche, pero dormir era imposible. En silencio, a fin de no despertar a su madre ni al resto de la casa, salió al pequeño jardín. Se sentó en el mismo banco donde se sentara el verano pasado a leer la carta de Kabir, entre las azucenas. Al cabo de una hora temblaba de frío, poro no le importaba.
¿Cómo había podido hacer eso?, pensó, aunque se vio obligada a admitir que ella le había ofrecido muy pocas esperanzas. Y ahora era demasiado tarde. Se sentía débil y agotada, y finalmente fue a acostarse.
Durmió, pero sus sueños fueron tormentosos. Imaginó que Kabir la tenía en sus brazos, la besaba apasionadamente, le hacía el amor y ella estaba en éxtasis. De pronto, ese perturbador éxtasis dio paso al terror.
Pues su cara se había convertido en el rostro ido del señor Sahgal, quien susurraba, casi para sí mismo, mientras jadeaba encima de ella: «Eres una buena chica, sí, una buena chica. Estoy muy orgulloso de ti.»
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