Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 434 de 478

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Un buen partido

18.8

El catedrático Mishra, frustrado por no haber conseguido que Pran renunciara a presentarse a la plaza de profesor titular ni a seguir adelante con sus descabellados planes de reforma del programa de estudios, se alegraba, sin embargo, de que las cosas no le fueran nada bien a su padre. Las opiniones aparecidas en la prensa eran muy contundentes al referirse a los medios desplegados por sus oponentes, pero en la cuestión de si iba a ganar o perder las elecciones, casi todos estaban de acuerdo en que lo más probable era que perdiera. El catedrático Mishra se interesaba vivamente por la política, y casi todos sus informantes le dijeron que actuara según la premisa de que el padre de Pran no estaría en posición de esgrimir mucho poder a la hora de deshacer o vengar cualquier injusticia cometida con su hijo en la concesión de la plaza de profesor titular.

Otro motivo de satisfacción para el catedrático Mishra era que, cuando el comité se reuniera, ya se sabría el resultado de las elecciones.

El escrutinio de votos del distrito de Mahesh Kapoor tendría lugar el 6

de febrero, y el comité de selección se reunía el 7. De este modo podría deshacerse sin el menor riesgo de ese joven profesor que estaba resultando un obstáculo para la tranquila marcha de su departamento.

Al mismo tiempo, y puesto que uno de los candidatos, y desde luego no el peor, era sobrino del primer ministro, el catedrático Mishra podría congraciarse con S. S. Sharma ayudándole en esa menudencia. Y el catedrático Mishra tenía la esperanza de que cuando se reuniera algún comité gubernamental para repartir cargos, en particular —aunque no necesariamente— en el campo de la educación, el nombre del entonces ya jubilado catedrático O. P. Mishra fuera visto con buenos ojos por quienes estuvieran en el poder.

¿Y si S. S. Sharma era llamado a Delhi, tal como se rumoreaba que Nehru, más que pedirle, le había virtualmente exigido? El catedrático Mishra reflexionó que ni siquiera Nehru conseguiría que un político tan astuto como S. S. Sharma abandonara un feudo donde era tan feliz. Y si iba a Delhi para tomar posesión de algún ministerio, bueno, pues quizá

también le lloviera algún chollo en Delhi, y no sólo en los despachos ministeriales de Brahmpur.

¿Y si S. S. Sharma se iba a Delhi y Mahesh Kapoor se convertía en primer ministro en Brahmpur? La perspectiva era horrible, aunque totalmente remota. Todo estaba en su contra: el escándalo que rodeaba a su hijo, su reciente viudedad, el hecho de que su credibilidad política quedaría dañada en cuanto se hiciera público que había perdido su escaño. Nehru le apreciaba, cierto; sobre todo la labor realizada con la Ley del Zamindari. Pero Nehru no era un dictador, y los diputados del Partido del Congreso de Purva Pradesh elegirían su propio primer ministro.

Nadie dudaba a esas alturas que el gran Partido del Congreso, dividido ahora en numerosas facciones, seguiría gobernando el país y el estado. El Congreso, apoyándose sobre todo en la popularidad de Nehru, estaba en proceso de ganar por mayoría aplastante en todo la nación. Cierto, el partido estaba cosechando menos de la mitad del voto nacional. Pero la oposición estaba tan fragmentada y desorganizada en casi todos los distritos que daba la impresión —a partir de los primeros resultados— de que el Partido del Congreso ganaría por un amplio margen, obteniendo tres cuartas partes de los escaños en el Parlamento Central, y aproximadamente dos tercios de los escaños en las diversas legislaturas de los estados.

Que la candidatura de Mahesh Kapoor se hubiera desmoronado por razones personales, relacionadas con su distrito electoral y su familia —

a las que no era ajena la gran popularidad del hombre cuyo valido era su principal oponente para ese escaño— no ayudaría al ex ministro de Finanzas después de las elecciones. En todo caso, se le consideraría uno de los escasos fracasos electorales en un mar de éxitos. La simpatía por los vencidos cuenta poco en política. El catedrático Mishra esperaba sinceramente que Mahesh Kapoor estuviera acabado; y su advenedizo hijo, tan amante de Joyce y de contrariar a su catedrático, comprendería a su debido tiempo que no tenía el menor futuro en su departamento...

o no más que el de su hermano menor en una sociedad civilizada.

Y, aun así, ¿algo podía salir mal en los planes del catedrático Mishra? Entre las cinco personas que formaban parte del comité de

selección se encontraban él mismo (como jefe de departamento), el rector de la universidad (que presidía el comité), una persona designada por el rector honorario (que aquel año resultó ser un distinguido, aunque bastante pusilánime, profesor de historia), y dos expertos procedentes de otras universidades a quienes la Junta Académica había dado su aprobación. El catedrático Mishra había estudiado con cuidado la lista de expertos y elegido dos nombres, que el rector había aceptado sin discusión ni vacilación. «Usted sabe lo que hace», le dijo al catedrático Mishra en tono alentador. Sus intereses iban en la misma dirección.

Los dos expertos, que en aquel momento viajaban a Brahmpur desde distintas direcciones, eran el catedrático Jaikumar y la doctora Ila Chattopadhyay. El catedrático Jaikumar era de Madrás, un hombre de carácter apacible, especialista en Shelley, y que, contrariamente a ese espíritu voluble y apasionado, creía firmemente en la estabilidad del cosmos y en la ausencia de fricciones intradepartamentales. El catedrático Mishra le había enseñado el departamento el día en que Pran sufrió su fortuito colapso.

La doctora Ila Chattopadhyay no presentaría ningún problema; le estaba agradecida al catedrático Mishra. Él había formado parte del comité que la eligió como profesora titular unos años antes, e inmediatamente después, y en numerosas ocasiones subsiguientes, él puso énfasis en cuan decisiva había sido su voz en el proceso. Había elogiado su trabajo sobre Donne con zarracatería y asiduidad. Estaba seguro de que ella se mostraría acomodaticia. Cuando el tren llegó a la estación de Brahmpur, él estaba allí para recibirla y acompañarla a la casa de huéspedes de la Universidad de Brahmpur.

Por el camino, el catedrático Mishra intentó desviar prematuramente la conversación hacia el asunto del día siguiente. Pero la doctora Ila Chattopadhyay no pareció muy dispuesta a hablar de los diversos candidatos antes de la entrevista, lo cual decepcionó al catedrático.

—¿Por qué no esperamos a mañana? —sugirió ella.

—Como quiera, como quiera, mi querida señora, eso es justo lo que yo mismo habría sugerido. Pero las circunstancias..., creí que

agradecería estar informada de..., ah, ya hemos llegado.

—Estoy muy agotada —dijo la doctora Ila Chattopadhyay, mirando a su alrededor—. Qué horrible lugar.

A alguien acostumbrado a frecuentar lugares parecidos, aquella habitación no tenía por qué resultarle especialmente horrible, pero el catedrático Mishra no pudo negar que resultaba bastante deprimente.

La casa de huéspedes de la universidad consistía en una serie de oscuras habitaciones unidas por un pasillo. En lugar de alfombras había una estera de bonote, y las mesas eran demasiado bajas para escribir. Una cama, dos sillas, unas pocas luces que no funcionaban bien, un grifo que era excesivamente generoso con el agua incluso cuando se cerraba del todo, y una cisterna tacaña aun cuando tiraran de la cadena con violencia: ésos eran algunos de los accesorios. Y como para compensar todo esto, había muchos encajes sucios e innecesarios colgando por todas partes: en las ventanas, en las pantallas de las lámparas, en los respaldos de las sillas.

—La señora Mishra y yo estaríamos encantados de que viniera a cenar a nuestra casa —murmuró el catedrático Mishra—, El restaurante de aquí, bueno, como mucho podemos decir que es correcto.

—Ya he comido —dijo la doctora Ila Chattopadhyay, negando vigorosamente con la cabeza—. Y estoy realmente agotada. Necesito tomarme una aspirina e irme directamente a la cama. Estaré en ese condenado comité mañana, no se preocupe.

El catedrático Mishra se marchó, bastante preocupado por la curiosa actitud de la doctora Ila Chattopadhyay.

Nadie hubiera malinterpretado que la hubiera invitado a alojarse en su casa. Cuando llegó el catedrático Jaikumar, eso fue precisamente lo que hizo.

—Es usted extremadamente... infinitamente amable —dijo el catedrático Jaikumar.

El catedrático Mishra pestañeó, como hacía invariablemente cuando hablaba con su colega. El catedrático Jaikumar hablaba inglés con un marcadísimo acento hindú.

—En absoluto, en absoluto —le aseguró su anfitrión quitándole importancia—. Es usted el depositario de la futura estabilidad de nuestro departamento, y lo menos que puedo hacer es darle la bienvenida que se merece.

—Sí, bienvenido, bienvenido —dijo la señora Mishra, sumisa y rápidamente, haciendo namasté.

—Estoy seguro de que ya le ha echado un vistazo a los currículums de los candidatos y todo eso —dijo jovialmente el catedrático Mishra, El catedrático Jaikumar pareció ligeramente sorprendido.

—Sí, desde luego —dijo.

—Bueno, si me permite apuntar un par de ideas que podrían aligerar el proceso de mañana y hacer que todo fuera más fácil —comenzó a decir el catedrático Mishra—... una especie de aperitivo, como si dijéramos, a la reunión en sí. Simplemente para ahorrar tiempo y molestias. Sé que mañana ha de coger el tren a las siete de la tarde.

El catedrático Jaikumar no dijo nada. La cortesía y la honradez luchaban en su pecho. El catedrático Mishra tomó su silencio por aquiescencia y prosiguió. El catedrático Jaikumar asentía de vez en cuando, pero seguía sin decir nada.

—Así pues... —dijo finalmente el catedrático Mishra.

—Gracias, gracias, me ha sido de mucha ayuda —dijo el catedrático Jaikumar—. Ahora iré preparado y pertrechado a las entrevistas. —El catedrático Mishra puso una mueca de desagrado ante esa última palabra—. Sí, ha sido de mucha ayuda —prosiguió el catedrático Jaikumar sin comprometerse a nada—. Ahora debo hacer un poco de puja.

—Por supuesto, por supuesto. —El catedrático Mishra se quedó un poco perplejo ante esa súbita devoción. Se dijo que ojalá no se tratara de un rito de purificación.

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