Un buen partido
5.6
—¿Está enterado el gobierno de que la semana pasada la policía de Brahmpur realizó una carga a golpes de lathi contra los miembros de la comunidad jatav mientras éstos se manifestaban ante el Mercado del Calzado de Govind?
El ministro del Interior, Shri L. N. Agarwal, se puso en píe.
—No hubo ninguna carga —contestó.
—Si quiere podemos calificarla de poco contundente, pero si hubo carga. ¿Sabe el gobierno a qué incidente me refiero?
El ministro del Interior miró al otro lado de la gran cámara circular y dijo con serenidad:
—De acuerdo con el sentido que solemos dar a esa palabra, no hubo ninguna carga. La policía se vio obligada a utilizar porras ligeras, de tres centímetros de espesor, cuando la multitud apedreó y maltrató a varios transeúntes y a un policía, y sólo cuando era evidente que estaba amenazada la seguridad del Mercado del Calzado de Govind, la de los transeúntes y la de los propios policías.
Miró a su interrogador, Ram Dhan, un hombre de baja estatura, de piel morena y marcada de viruela, de unos cuarenta y pocos años de edad, y que le hacía las preguntas —en un hindi estándar con un fuerte acento de Brahmpur— con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Acaso no es cierto —prosiguió el interrogador— que esa misma tarde la policía apaleó a un gran número de jatavs que formaban piquetes totalmente pacíficos en las cercanías del Mercado del Calzado de Govind? —Shri Ram Dan era un parlamentario independiente de las castas intocables, y puso énfasis en la palabra «jatavs». El público que había en la sala dejó escapar un murmullo de indignación. El presidente de la Cámara llamó al orden, y el ministro del Interior volvió ponerse en pie.
—No es cierto —afirmó, sin levantar el tono de voz—. La policía, acorralada por la multitud enfurecida, se defendió, y en el curso de la
acción tres personas resultaron heridas. En cuanto a la insinuación del honorable diputado, según la cual la policía se ensañó con los miembros de alguna casta en concreto o fue especialmente severa porque la multitud estaba compuesta principalmente por miembros de esa casta, debería recomendarle que sea más justo con la policía. Permítame asegurarle que la acción no habría sido distinta si la multitud hubiera estado formada por otras personas.
Haciendo caso omiso de las palabras del ministro, Shri Ram Dhan prosiguió:
—¿Acaso no es cierto que el honorable ministro del Interior estuvo constantemente en contacto con las autoridades locales de Brahmpur, en concreto con el juez de distrito y el inspector de Policía?
—Sí. —Tras haber pronunciado esa sílaba, como si buscara en algún lugar la paciencia que podía llegar a faltarle, L. N. Agarwal levantó la mirada hacia la gran cúpula de vidrio blanco y esmerilado a través de la cual la luz de la mañana se derramaba sobre la Asamblea Legislativa.
—¿Las autoridades del distrito pidieron autorización expresa al ministro del Interior antes de llevar a cabo la carga a golpes de lathi contra la multitud desarmada? Y si es así, ¿cuándo? Y si no lo es, ¿por qué no?
El ministro del Interior suspiró de exasperación más que de cansancio mientras volvía a levantarse:
—¿Puedo reiterar que no acepto el uso de las palabras «carga a golpes de lathi» en este contexto? Y la multitud tampoco estaba desarmada, puesto que utilizaron piedras. Sin embargo, me alegra que el honorable diputado admita que la policía se enfrentaba a una multitud. En realidad, puesto que utiliza la palabra en una pregunta oficial, escrita en un papel que lleva el membrete del Parlamento, está claro que ya lo sabía antes de hoy.
—¿Sería el honorable ministro tan amable de responder a la pregunta que le he planteado? —dijo Ram Dhan acaloradamente, abriendo los brazos y apretando los puños.
—Creía que la respuesta era obvia —dijo L. N. Agarwal. Hizo una pausa, a continuación prosiguió, como si recitara—: Sobre el terreno, la
situación a veces toma tal cariz que resulta tácticamente imposible prever qué ocurrirá, y a las autoridades locales debe permitírseles una cierta flexibilidad.
Pero Ram Dhan no cejó.
—Si, como admite el honorable ministro, no se concedió ninguna autorización, ¿fue informado el ministro del Interior de la acción que se proponía emprender la policía? ¿Dio el primer ministro su aprobación tácita?
El ministro del Interior volvió a levantarse. Fijó la mirada en un punto situado en el centro exacto de la alfombra verde que había delante del hemiciclo.
—La acción no fue premeditada. Hubo que tomar esa decisión ante el grave cariz que tomaban los hechos. No era posible atenerse a las instrucciones que con anterioridad pudiera haber dado el gobierno.
Un parlamentario gritó:
—¿Y qué me dice del primer ministro?
El presidente de la Cámara, un hombre erudito pero no muy enérgico, que iba vestido con una kurta y un dhoti, observó desde su elevada posición, situada bajo el símbolo de Purva Pradesh —una gran higuera de las pagodas—, y dijo:
—Estas preguntas se dirigen específicamente al honorable ministro del Interior, y no tenemos por qué dudar de sus respuestas.
Se alzaron varias voces. Una, dominando sobre las otras, estalló:
—Ya que el honorable primer ministro está presente en la Cámara, tras uno de sus viajes por el país, quizá no le importaría darnos una respuesta, aunque la orden del día no le obligue a ello. Creo que los miembros de este Cámara se lo agradeceríamos.
El primer ministro, Shri S. S. Sharma, se puso en pie sin ayuda de su bastón, se apoyó con la mano izquierda en su atril y miró a derecha e izquierda. Estaba colocado en la parte central del hemiciclo, casi exactamente entre L. N. Agarwal y Mahesh Kapoor. Se dirigió al
presidente con su voz nasal, bastante paternalista, asintiendo suavemente, como era habitual en él:
—No me opongo a tomar la palabra, señor presidente, pero no tengo nada que añadir. La acción llevada a cabo (a la que los honorables diputados pueden llamar como quieran) contó con la total aquiescencia del ministro responsable. —Hubo una pausa, durante la cual no estuvo claro si el primer ministro iba a añadir algo—: Que naturalmente cuenta con todo mi beneplácito.
Aún no se había sentado cuando el inexorable Ram Dhan volvió a la carga.
—Le estoy muy agradecido al honorable primer ministro —dijo—, pero me gustaría que me aclarara algo. Al decir que el ministro del Interior cuenta con todo su beneplácito, ¿da a entender con eso que aprueba las medidas de las autoridades del distrito?
Antes de que el primer ministro pudiera replicar, el ministro del Interior se puso en pie de nuevo para decir:
—Espero que hayamos dejado claro este punto. La orden no fue aprobada anteriormente. Justo después del incidente se llevó a cabo una investigación. El juez de distrito indagó los hechos minuciosamente y concluyó que la policía había obrado con la menor contundencia posible, en un caso, además, en que el uso de la fuerza era absolutamente inevitable. El gobierno lamenta que se dieran tales circunstancias, pero está satisfecho con las conclusiones del magistrado.
Casi todas las partes implicadas aceptan que las autoridades abordaron la situación con mucho tacto y con la debida contención.
Un miembro del Partido Socialista se puso en pie.
—¿Es cierto —preguntó— que fue ante la insistencia de los miembros de la comunidad comerciante bania, a la cual pertenece el honorable ministro del Interior —coléricos murmullos surgieron de los bancos del gobierno—... déjenme acabar..., que el ministro apostó las tropas, quiero decir la policía... a lo largo y ancho de Misri Mandi?
—Se rechaza la pregunta —dijo el presidente.
—Bien —prosiguió el diputado—, ¿sería el honorable ministro tan amable de informarnos quién le aconsejó desplegar su amenazador cuerpo de policía?
El ministro del Interior agarró la curva de pelo que había debajo de su gorro y dijo:
—El gobierno tomó la decisión por sí mismo, sopesando los pros y los contras de la situación. Y su acción resultó eficaz. Por fin hay paz en Misri Mandi.
Una confusión de gritos indignados, vehementes palabras y ostentosas carcajadas se alzó de todas partes. Hubo gritos de: «¿Qué paz?» «¡Qué vergüenza!» «Quién es el juez de distrito para juzgar el caso?» «¿Qué me dice de la mezquita?», etcétera.
—¡Orden! ¡Orden! —gritó el presidente, que pareció alterarse cuando otro diputado se levantó y dijo:
—¿No ha pensado el gobierno que quizá sería aconsejable que tales casos fueran investigados por alguien más imparcial que las autoridades del distrito?
—Rechazo esta pregunta —dijo el presidente, negando con la cabeza como un gorrión—. Siguiendo el reglamento de la cámara, rechazo cualquier sugerencia referente a futuras medidas a tomar, y no estoy dispuesto a permitirla durante el turno de preguntas.
Así acabó el interrogatorio sufrido por el ministro del Interior en relación al incidente de Misri Mandi. Aunque sólo había cinco preguntas sobre la hoja que tenía delante, las cuestiones suplementarias hicieron que aquel turno de preguntas pareciera un interrogatorio. La intervención del primer ministro había inquietado, más que tranquilizado, a L. N. Agarwal. ¿Estaba S. S. Sharma, de una manera indirecta y astuta, intentando eludir una responsabilidad que también le afectaba? L. N. Agarwal se sentó, un tanto sudoroso, aunque sabía que tendría que volver a levantarse inmediatamente. Y aunque se enorgullecía de mantener la calma en circunstancias difíciles, lo que se avecinaba no iba a ser precisamente de su agrado.
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