Un buen partido
15.13
Firoz se despojó apresuradamente de su larga túnica y se puso una kurta y unos calzones de Kedarnath. Veena les preparó una taza de té con mucho azúcar. Tras un rato, Maan y Firoz subieron a la azotea.
Maan tomó una pequeña hoja de tulsi de una de las macetas del jardín, la aplastó y se la llevó a la boca.
Mientras contemplaban la ciudad, vio que se habían declarado algunos incendios. Desde allí distinguían varios de los principales edificios de Brahmpur. la aguja del Imambara, todavía iluminada, las luces del Barsaat Mahal, la cúpula de la Asamblea Legislativa, la estación de ferrocarril y, mucho más allá del Club Subzipore, el tenue resplandor de la universidad. Pero en algunos lugares del barrio antiguo no había luces, y eran las llamas quienes iluminaban el cielo.
Procedente del Imambara les llegaba el apagado estrépito de los tambores. Y gritos lejanos, más nítidos en cuanto cambiaba la brisa, alcanzaban sus oídos, junto con otros sonidos que podían ser petardos, aunque había más probabilidades de que se tratara de disparos de la policía.
—Me has salvado la vida —dijo Firoz.
Maan le abrazó. Olía a sudor y miedo.
—Deberías haberte lavado antes de cambiarte —dijo—. Tenías la sherwani empapada... Gracias a Dios que estás a salvo.
—Maan, debo regresar. En casa estarán locos de preocupación por mí. Arriesgarán sus propias vidas buscándome...
De pronto se apagaron las luces del Imambara.
Firoz dijo con reprimida aprensión:
—¿Qué puede haber ocurrido?
Maan dijo:
—Nada. —Se preguntó si Saeeda Bai habría podido regresar a Pasand Bagh. Lo más probable es que hubiera permanecido cerca del
Imambara, que era la zona más segura.
Era una noche calurosa, pero soplaba una leve brisa. Nadie dijo nada durante un rato.
A poco menos de un kilómetro en dirección oeste, un tremendo resplandor iluminó el cielo. Se trataba del almacén de madera de un conocido comerciante hindú que vivía en un barrio mayoritariamente musulmán. Otros incendios se declararon a su alrededor. Los tambores habían callado y los sonidos de tiroteos intermitentes se oían con claridad. Maan estaba demasiado exhausto como para sentir miedo. Le invadió un entumecimiento y una terrible sensación de aislamiento y desamparo.
Firoz cerró los ojos como para apartar de sí la terrible visión de la ciudad en llamas. Pero otros fuegos asaltaron su mente: los acróbatas con antorchas de la feria del Moharram; las ascuas de las zanjas excavadas delante del Imambara de la Casa de Baitar tras quemar troncos y broza durante diez días; los candelabros del Imambara en el Fuerte, ardiendo y derritiéndose mientras Ustad Majeed Khan cantaba Raga Darbari y su padre asentía satisfecho.
De pronto se puso en pie, agitado.
Desde una azotea vecina, alguien gritó que se había declarado el toque de queda.
—¿Cómo pueden hacer eso? —preguntó Maan—. La gente todavía
no ha regresado a sus casas. —Añadió, en voz baja—: Firoz, siéntate.
—No lo sé —gritó el hombre—. Pero acaban de anunciar por la radio que se ha declarado el toque de queda y que dentro de una hora se dará orden a la policía de disparar sin previo aviso. Hasta entonces, sólo abrirán fuego si se encuentran con casos de violencia manifiesta.
—Sí, eso parece lógico —le respondió Maan, preguntándose si, en realidad, había la menor lógica en todo ello.
—¿Quién eres? ¿Quién está contigo? ¿Kedarnath? ¿Estáis todos a salvo en tu familia?
—No es Kedarnath, es un amigo que vino a ver el Bharat Milaap.
Yo soy el hermano de Veena.
—Bueno, pues es mejor que esta noche no te muevas de aquí, si no quieres que los musulmanes te rebanen la garganta o que te dispare la policía. Menuda noche. Y precisamente hoy.
—Maan —dijo Firoz en voz baja, un tanto apremiante—, ¿puedo usar el teléfono de tu hermana?
—No tiene —dijo Maan.
Firoz le miró consternado.
—El de un vecino, entonces. Tengo que hablar con la Casa de Baitar.
Si la radio da la noticia del toque de queda, mi padre se enterará y estará con el alma en un hilo. Quizá Imtiaz intente regresar y conseguir un pase para franquear el toque de queda. O no conozco a Mur-taza Ali, o ya ha enviado a varios grupos de personas a buscarme, y en un momento así eso es una locura. ¿Crees que podría telefonear desde casa de alguno de los vecinos de Veena?
—No queremos que nadie sepa que estás aquí —dijo Maan—. Pero no te preocupes, se me ocurrirá algo —dijo cuando vio la expresión de absoluta angustia en la cara de su amigo—. Hablaré con Veena.
Veena también se acordaba de Lahore; pero sus recuerdos más recientes se remontaban al Pul Mela, cuando perdió a Bhaskar, y se hizo cargo de la congoja del nawab sahib cuando se enterara de que Firoz no había regresado a casa.
—¿Y si probamos con Priya Agarwal? —dijo Maan—. Podría ir a su casa.
—Maan, no vas a ir a ninguna parte —dijo su hermana—. ¿Estás loco? Hay que andar cinco minutos entre los callejones, no te puse el rakhi en la muñeca para eso. —Tras reflexionar durante un minuto dijo
—. Iré a casa de esa vecina cuyo teléfono utilizamos en caso de emergencia. Sólo está a dos azoteas de distancia. Un día la conociste, es una buena mujer, el único problema es que es una fanática antimusulmana. Déjame pensar. ¿Cuál es el número de la Casa de Baitar?
Maan se lo dijo
Veena fue al tejado con él, cruzó las azoteas que se comunicaban y bajó las escaleras hasta la casa de la vecina.
La voluminosa y locuaz vecina de Veena, a causa de su natural amabilidad y curiosidad, permaneció junto a ella mientras hacía la llamada. El teléfono, después de todo, estaba en su habitación. Veena le dijo que intentaba ponerse en contacto con su padre.
—Pero si antes le vi en el Bharat Milaa, cerca del templo...
—Tuvo que irse a casa. El ruido era excesivo para él. Y a mi madre no k convenía tanto humo. Ni tampoco a-los pulmones de Pran... Él no vino. Pero Maan está aquí, sólo la suerte le ha permitido huir de una turba musulmana.
—La providencia —dijo la mujer—. Si le llegan a coger...
El teléfono no tenía dial, y Veena tuvo que darle el número de la Casa de Baitar a la operadora.
—Oh, ¿no llamas a Prem Nivas? —dijo la mujer, que conocía el número por anteriores llamadas de Veena.
—No, esta noche baoji tenía que visitar a unos amigos.
Cuando al otro lado le respondió una voz, Veena dijo:
—Me gustaría hablar con el sahib.
Una voz anciana dijo al otro lado:
—¿Qué sahib? ¿El nawab sahib, el burré sahib o el chhoté sahib?
—Cualquiera —dijo Veena.
—Pero el nawab sahib está en Baitar con el burré sahib, y el chhoté sahib todavía no. ha vuelto del Imambara. —Aquella anciana voz (era la de Ghulam Russol) le llegaba vacilante y nerviosa—. Dicen que ha habido disturbios en la ciudad, y se pueden ver incendios incluso desde la azotea de esta casa. Ahora debo irme. Hay muchas cosas que hacer y...
—Por favor, tenga paciencia —dijo Veena rápidamente—. Hablaré con cualquiera, que se ponga el secretario del sahib o alguien que tenga
responsabilidades en la casa. Llame a alguien..., a cualquiera..., por favor.
Soy Veena, la hija de Mahesh Kapoor, y necesito transmitir un recado urgente.
Hubo un silencio de varios segundos, y a continuación oyó la voz más joven de Murtaza Ali. Parecía confuso y muy preocupado. Intuía que podían ser noticias de Firoz.
Veena, midiendo sus palabras con mucho cuidado, dijo:
—Soy la hija de Mahesh Kapoor. Es sobre el hijo menor del sahib.
—¿El hijo menor del nawab sahib? ¿El chhoté sahib?
—Exactamente. No hay de qué preocuparse. Está ileso y a salvo, esta noche se queda en Misri Mandi. Por favor, informe al sahib en caso de que pregunte.
—¡Dios sea loado! —fue la aliviada respuesta.
—Volverá mañana, cuando acabe el toque de queda. Pero, mientras tanto, no envíen a nadie a buscarle. Nadie debe ir a comisaría a buscar un pase para el toque de queda, ni venir aquí, ni comentarle a nadie que está aquí. Simplemente diga que está conmigo, con su hermana.
—Gracias, señora, gracias por llamarnos, estábamos a punto de enviar un grupo armado, habría sido terrible, ya nos imaginábamos lo peor.
—Ahora debo colgar —dijo Veena, sabiendo que cuanto más hablara más difícil sería mantener una protectora ambigüedad.
—Sí, sí —dijo Murtaza Ali—. Khuda haafiz.
—Khuda haafiz —replicó Veena sin pensar, y colgó.
Su vecina la miró extrañada.
Nada proclive a comenzar una conversación con aquella mujer tan curiosa, Veena le explicó que debía marcharse inmediatamente porque Bhaskar se había torcido un tobillo mientras corría; y que tenía que dar de cenar a Maan y a su marido; y que a la anciana señora Tandon,
acordándose de Pakistán, le había entrado el pánico y debía tranquilizarla.
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