Un buen partido
2.12
La noche anterior, cuando Maan se detuvo ante la casa de Saeeda Bai, ésta acababa de recibir la visita de uno de sus antiguos clientes: el obeso rajá de Mahr —Mahr era un pequeño principado situado en Madyha Pradesh—. El rajá estaba pasando unos días en Brahmpur, en parte para supervisar la administración de algunas de las tierras que allí poseía y en parte para ayudar a la construcción del nuevo templo a Shiva en los terrenos que poseía cerca de la Mezquita de Alamgiri, en el Viejo Brahmpur. El rajá conocía bien la ciudad de sus días de estudiante, veinte años atrás; había frecuentado el establecimiento de Moshina Bai cuando ella todavía vivía con su hija Saeeda en un infame callejón del Tarbuz ka Bazaar.
Durante toda la infancia de Saeeda Bai, ella y su madre compartieron el piso superior de una casa con otras tres cortesanas, la mayor de las cuales, al ser la propietaria del lugar, hizo de madam durante muchos años. A la madre de Saeeda Bai no le gustaba ese acuerdo, y a medida que aumentaban la fama y el atractivo de su hija procuró asegurarse la independencia de ambas. Cuando Saeeda Bai tenía aproximadamente unos diecisiete años, llamó la atención del maharajá de unas extensas propiedades del Rajastán, y posteriormente del nawab de Sitagarh; y de ahí en adelante ya nunca volvió la vista atrás.
Con el tiempo, Saeeda Bai consiguió comprar su casa de Pasand Bagh, y fue a vivir allí con su madre y su hermana menor. Las tres mujeres, separadas por intervalos de veinte y quince años respectivamente, eran todas atractivas, cada una a su manera. Si la madre poseía la fuerza y el lustre del latón, Saeeda Bai tenía el empañable brillo de la plata, y la joven y bondadosa Tasneem, que debía su nombre a una de las fuentes del Paraíso, protegida por su madre y su hermana de la profesión de sus ancestros, era bulliciosa y escurridiza como el mercurio.
Mohsina Bai habla muerto hacía dos años, y para Saeeda Bai fue un golpe terrible. A veces todavía visitaba su tumba y se echaba a llorar allí
delante, tendida en el suelo cuan larga era. Ahora Saeeda Bai y Tasneem vivían solas en la casa de Pasand Bagh, en compañía de dos sirvientas: una doncella y una cocinera. Por la noche, el impasible guardián vigilaba la puerta.
Aquella velada, Saeeda Bai no tenía previsto cantar ni recibir ninguna visita; estaba sentada con su tocador de tabla y su intérprete de sarangi, y se divertían chismorreando e improvisando alguna pieza.
Los acompañantes de Saeeda Bai componían un vivo contraste.
Ambos tenían unos veinticinco años, y los dos eran músicos de excelente técnica y entregados a su oficio. Se tenían un mutuo aprecio, y le tenían un profundo apego —tanto económico como afectivo— a Saeeda Bai. Pero ahí acababa toda semejanza. Ishaq Khan, que tañía su sarangi con gran facilidad y armonía, casi con modestia, era un solterón ligeramente sardónico. Motu Chand, así apodado a causa de su gordura, era un hombre satisfecho, padre ya de cuatro hijos. Tenía un cierto aire de bulldog, con sus grandes ojos y su nariz siempre sorbiendo sonoramente, y era benévolamente apático, excepción hecha de cuando tamborileaba su tabla con frenesí.
Estaban hablando de Ustad Majeed Khan, uno de los cantantes clásicos más famosos de la India, un hombre conocido por su carácter reservado, que vivía en el casco antiguo de la ciudad, no lejos de donde Saeeda Bai se había criado.
—Pero lo que no entiendo, Saeeda begum —dijo Motu Chand, reclinándose desgarbadamente hacia atrás a causa de su panza—, es por qué es tan critico con nosotros, que somos gente insignificante. Ahí está sentado él, con la cabeza por encima de las nubes, como el Señor Shiva
en Kailash.10 ¿Por qué abre su tercer ojo para fulminarnos?
—Los grandes no tienen por qué rendir cuentas de sus caprichos —
dijo Ishaq Khan. Tocó su sarangi con la mano izquierda y prosiguió—.
Mira este sarangi, es un noble instrumento y, a pesar de ello, el noble Majeed Khan lo detesta. Nunca permite que le acompañe.
Saeeda Bai asintió; Motu Chand emitió unos sonidos
tranquilizadores.
—Es el más delicioso de todos los instrumentos —dijo.
—Tú, kafir —dijo Ishaq Khan, torciendo el gesto y sonriendo al mismo, tiempo—. ¿Cómo puedes fingir que te gusta este instrumento?
¿De qué está hecho?
—De madera, naturalmente —dijo Motu Chand, inclinándose hacia adelante con cierto esfuerzo.
—Vaya con el pequeño luchador —rió Saeeda Bai—. Tendremos que alimentarle con unos cuantos laddus. —Llamó a su sirvienta y la envió a comprar algunos dulces.
Ishaq siguió enmarañando los hilos de su argumentación en torno al combativo Motu Chand.
—¡Madera! —gritó—. ¿Y qué más?
—Oh, bueno, ya lo sabes, Khan sahib, cuerdas y todo lo demás —
dijo Motu Chand, viéndose ya derrotado por las sutilezas de Ishaq.
—¿Y de qué están hechas estas cuerdas? —prosiguió Ishaq Khan, implacable.
—¡Ah! —dijo Motu Chand, atisbando adónde quería llegar. Ishaq no era un mal tipo, pero parecía experimentar una cruel satisfacción cada vez que vencía a Motu Chand en una discusión.
—Gut —dijo Ishaq—. Estas cuerdas están hechas de gut. Como bien sabes. Y la parte delantera del sarangi está hecha de piel. El pellejo de un animal muerto. ¿Y qué dirían tus brahmins de Brahmpur si se vieran obligados a tocarlo? ¿Acaso no quedarían contaminados?
Motu Chand pareció abatido, a continuación recobró el ánimo.
—De todos modos, no soy un brahmin, ya lo sabes... —comenzó a decir.
—No te metas con él —le dijo Saeeda Bai a Ishaq Khan.
—Quiero demasiado a este gordo kafir como para tomarle el pelo —
dijo Ishaq Khan.
Eso no era cierto. Puesto que Motu Chand era un hombre imperturbable, lo que más le gustaba a Ishq Khan era alterar ese
equilibrio. Pero en aquella ocasión Motu Chand reaccionó de una manera fastidiosamente filosófica.
—Khan sahib es muy amable —dijo—. Sólo que a veces hasta los ignorantes poseen sabiduría, y él debería ser el primero en reconocerlo.
Para mí, en el sarangi no cuenta tanto de qué está hecho sino lo que produce esos divinos sonidos. En manos de un artista, incluso este gut, este pellejo, puede producir música. —Su cara resplandeció con una sonrisa de satisfacción casi sufí—. Después de todo, ¿qué somos todos, sino gut y huesos? Y aun con todo —su frente se arrugó mientras pensaba—, en manos de alguien que..., de Aquel que...
Pero entonces entró la doncella con los dulces y la elucubraciones teológicas de Motu Chand se interrumpieron. Sus dedos rollizos y ágiles tomaron un laddu tan redondo como él mismo y se lo llevaron entero a la boca.
Tras unos momentos, Saeeda Bai dijo:
—Pero no discutíamos de Aquel que está en lo alto —señaló hacia arriba—, sino de Aquel que está en el Oeste. —Señaló en dirección al Viejo Brahmpur.
—Son lo mismo —dijo Ishaq Khan—. Nosotros rezamos tanto hacia el oeste como hacia arriba. Estoy seguro de que Ustad Majeed Khan no se lo tomaría a mal si por error nos volviéramos hacia él en nuestras oraciones nocturnas. ¿Y por qué no? —finalizó ambigüamente
—. Cuando le rezamos a un artista tan sublime, también le estamos rezando al propio Dios. —Miró a Motu Chand buscando su aprobación, pero Motu parecía estar mohíno o concentrado en su laddu.
La doncella volvió a entrar y anunció:
—Hay problemas en la entrada.
Saeeda Bai pareció más interesada que alarmada.
—¿Qué tipo de problemas, Bibbo?
La doncella la miró con descaro y dijo:
—Parece ser que un joven está discutiendo con el guardián.
—Desvergonzada, borra esa expresión de tu cara —dijo Saeeda Bai
—. Hummm —prosiguió—, ¿qué aspecto tiene?
—¿Cómo voy a saberlo, begum sahib? —protestó la doncella.
—No seas fresca, Bibbo. ¿Parece respetable?
—Sí —admitió la doncella—. Pero en la calle no hay mucha luz, y no se ve gran cosa.
—Llama al guardián —dijo Saeeda Bai—. Aquí sólo estamos nosotros —añadió, pues la doncella parecía vacilar.
—Pero ¿y el joven? —preguntó la doncella.
—Si es respetable, como tú dices, Bibbo, se quedará fuera.
—Sí, begum sahiba —dijo la doncella, yendo a cumplir su recado.
—¿Quién puede ser? —meditó Saeeda Bai en voz alta, y se quedó en silencio un minuto.
El guardián entró en la casa, dejó su lanza en la entrada principal y subió pesadamente las escaleras hasta la galería. Se quedó en la puerta de la habitación donde los tres estaban sentados y saludó. Con su turbante caqui, su uniforme caqui, sus gruesas botas y su poblado bigote, estaba totalmente fuera de lugar en aquella habitación amueblada por mano femenina. Pero no parecía sentirse incómodo.
—¿Quién es ese hombre y qué quiere? —preguntó Saeeda Bai.
—Quiere entrar y hablar con usted —dijo el guardián, flemático.
—Sí, sí, eso ya me lo imagino..., pero ¿cómo se llama?
—No quiere decirlo, begum sahib. Y tampoco aceptará un no por respuesta. También vino ayer, y me dio un mensaje, pero fue tan impertinente que decidí no comunicárselo.
Los ojos de Saeeda Bai centellearon.
—¿Decidiste no comunicármelo? —preguntó.
—El rajá sahib estaba aquí —dijo el guardián, sin perder la calma.
—Hummm. ¿Y el mensaje?
—Que él es el que vive enamorado —dijo el guardián, impasible.
Había utilizado una palabra distinta para amor, con lo que se había perdido el juego de palabras en torno al nombre de Prem Nivas.
—¿Uno que vive enamorado? ¿Qué puede querer decir? —le comentó Saeeda Bai a Motu e Ishaq. Los dos se miraron mutuamente, Ishaq Khan con una ligera sonrisa de desdén.
—El mundo está poblado de asnos —dijo Saeeda Bai, pero no quedó claro a quién se refería—. ¿Por qué no dejó una nota? ¿De manera que ésas fueron sus palabras exactas? Ni muy dialectal ni muy ingenioso.
El guardián hurgó en su memoria y dio con una mayor aproximación a las palabras exactas que Maan había utilizado la noche anterior. En cualquier caso, ni «prem» ni «nivas» figuraron tampoco en la frase.
Los tres músicos resolvieron inmediatamente el enigma.
—¡Ah! —dijo Saeeda Bai, divertida—. Creo que tengo un admirador. ¿Qué decís? ¿Le dejamos entrar? ¿Por qué no?
Ninguno de los dos puso objeción alguna; de hecho, ¿cómo iban a hacerlo? Se le dijo al guardián que dejara entrar al joven. Y a Bibbo se le dijo que le comunicara a Tasneem que permaneciera en su habitación.
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