Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 374 de 478

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Un buen partido

16.9

No le dijo nada a nadie; mucho menos a los checos..., especialmente a Novak. Para evitarlos —algo por lo que posteriormente le harían pagar— realizó una maniobra inesperada: se dirigió a la oficina del sindicato y se reunió con los principales líderes de Prahapore.

—Hay un problema en mi departamento —les dijo— y quiero que me anudéis a solucionarlo.

El secretario general del sindicato, Milon Basu, un hombre corrupto pero muy inteligente, miró a Haresh con suspicacia.

—¿Qué propone? —dijo.

Haresh le dijo que deseaba una reunión con sus trabajadores en las oficinas del sindicato. Pero no había que mencionarle el asunto a Novak hasta no haber llegado a algún acuerdo.

El día siguiente era sábado, fiesta. Los trabajadores se reunieron en las oficinas del sindicato.

—Caballeros —dijo Haresh—, estoy convencido de que ustedes pueden fabricar 600 pares al día. No hay duda de que sus máquinas tienen capacidad para ello. Les concedo que quizá hagan falta un par de hombres extra en algunos puntos críticos. Ahora díganme, ¿quién de los que están aquí se ve incapaz de fabricar 600 pares?

El que pegaba las suelas, que siempre asumía las veces de portavoz, dijo beligerante:

—Oh, Ram Lakhan no puede. —Señaló al individuo fornido, mostachudo y afable de Bihar que cosía la vira. Los que llevaban a cabo los trabajos más duros en la cadena de producción, y en cualquier otra parte, eran nacidos en Bihar. Trabajaban como fogoneros; eran los policías que hacían la ronda nocturna.

Haresh se volvió hacia Milon Basu y dijo:

—No me interesa la opinión de alguien que sólo sabe hablar. Lo único que hace Milon Basu es pegar la plantilla a la suela, y en todos los

demás departamentos la media para esa actividad es de 900 pares al día.

Todo lo que ha de hacer Milon Basu es ponerle cola y pegarlo. Que hable el hombre a quien ha señalado. Si Ram Lakhan no puede hacer 600 pares al día, que lo diga ahora.

Ram Lakhan rió y dijo:

—Sahib, está hablando de 600 pares. Yo digo que incluso 400 es imposible.

Haresh dijo:

—¿Alguien más?

Alguien dijo:

—El que cose la jostra no puede llevar ese ritmo.

Haresh dijo:

—Eso ya lo he admitido. Pondremos ahí otro hombre. ¿Alguien más?

Tras unos segundos de silencio, Haresh le dijo a Ram Lakhan, que le sobrepasaba en unos veinte centímetros de altura:

—Bien, Ram Lakhan, si yo hago 400 pares, ¿cuántos harás tú?

Ram Lakhan negó con la cabeza.

—Nunca será capaz de hacer 400 pares, sahib.

—¿Y si lo hago?

—Si lo hace..., yo haré 450.

—¿Y si hago 500?

—Yo haré 550. —Había cierta temeridad en su respuesta, y, sin duda, una cierta embriaguez en el reto. Todos estaban en silencio.

—¿Y si hago 600?

—650.

Haresh levantó la mano y dijo:

—¡De acuerdo! ¡Hecho! ¡Vamos al campo de batalla!

No hubo racionalidad en ese diálogo, sólo dramatismo; pero fue muy emocionante, y el tema quedó definitivamente zanjado.

—El asunto está decidido —dilo Haresh—. El lunes por la mañana me pondré mi guardapolvo y os enseñaré lo que se puede hacer. Pero por el momento hablemos sólo de 400. Estoy dispuesto a comprometerme a que, si la producción alcanza ese nivel, nadie sea despedido. Y la semana que hagáis regularmente 400 pares al día lucharé para que todos subáis un grado en el escalafón de la empresa. Y

si no lo consigo estoy dispuesto a dimitir.

Hubo un murmullo de incredulidad. Incluso Milon Basu pensó que Haresh era un necio consumado. Pero no sabía nada de las dos tranquilizadoras palabras, «Sí. Inténtelo», que el presidente de la compañía había garabateado en la hoja de papel que estaba en el bolsillo de Haresh.

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