Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 74 de 478

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Un buen partido

5.4

Al día siguiente, L. N. Agarwal visitó a su única hija, Priya, ya casada. Lo hizo porque le gustaba visitarla, a ella y a su marido, y también para huir de su facción del partido dominada por el pánico y terriblemente preocupada por las consecuencias del tiroteo de Chowk, y que le estaba contagiando su abatimiento.

La hija de L. N. Agarwal vivía en el Viejo Brahmpur, en la zona de Shahi Darvaza, no lejos de Misri Mandi, donde también se hallaba la casa de Veena Tandon, amiga suya de la infancia. Priya vivía en compañía de una gran familia que incluía a loa hermanos de su marido y a sus esposas e hilos. Su marido era Raen Vilas Goyal, abogado cuya práctica se centraba principalmente en el Juzgado de Distrito, aunque de vez en cuando también se le viera en el Tribunal Superior. Se dedicaba primordialmente a los casos civiles, casi nunca a los criminales. Era un hombre plácido, afable, de rasgos poco marcados, que medía sus palabras para no ofender y a quien la política interesaba muy poco. Tenía suficiente con las leyes y una secundaria afición por los negocios; no deseaba más que eso, un tranquilo entorno familiar y el pacífico rumbo de la rutina, en cuyo mantenimiento Priya desempeñaba un importante papel. Sus colegas le respetaban por su escrupulosa honestidad y su pericia legal, donde no destacaba por su velocidad pero sí por su perspicacia. Y a su suegro, el ministro del Interior, le encantaba hablar con él: Ram Vilas Goyal le hacía confidencias, se reprimía a la hora de darle consejos y no le apasionaba la política.

Priya Goyal, por su parte, era un espíritu indomable. Cada mañana, invierno o verano, caminaba con vehemencia por la azotea. Era una larga azotea, pues abarcaba tres casas contiguas, unidas a todo lo largo de sus tres plantas. Y en efecto, funcionaba como una sola casa, y como tal era tratada por sus vecinos. Se la conocía como la casa del rai bahadur a causa del abuelo de Ram Vilas Goyal (que, a sus ochenta y ocho años, aún vivía), a quien los británicos habían otorgado ese título, y que había comprado y remodelado la propiedad hacía medio siglo.

En la planta baja había unas cuantas habitaciones que servían de almacén y de alojamiento para el servicio. En el primer piso vivía el anciano abuelo de Ram Vilas, el rai bahadur, su padre, su madrastra y su hermana. La cocina, común, también se encontraba en esta planta, al igual que la sala para el puja (que los no devotos, incluida la impía Priya, apenas visitaban). En el piso superior se encontraban las habitaciones, respectivamente, de las familias de los tres hermanos; Ram Vilas era el hermano intermedio, y ocupaba las dos habitaciones del piso superior de la «casa de en medio». Encima se hallaba la azotea, con sus tendederos y sus depósitos de agua.

Cuando caminaba arriba y abajo de la azotea, Priya Goyal se veía a sí misma como una pantera en una jaula. Miraba con nostalgia la pequeña casa, a escasos minutos de camino —y sólo visible a través de la jungla de azoteas—, donde vivía Veena Tandon, su amiga de la infancia. Sabía que a Veena no le iban muy bien las cosas, pero era libre de hacer lo que se le antojara: ir al mercado, dar un paseo sola, asistir a clases de música. En la casa de Priya eso era algo inconcebible. Para una nuera de la casa del rai badahur, que la vieran en el mercado habría'

sido una vergüenza. Que tuviera treinta y dos años, una hija de diez y un muchacho de ocho era un hecho intrascendente. Ram Vilas, siempre plácido, no lo aceptaría: bajo su techo, eso era algo simplemente inconcebible; y más importante aún, sería causa de dolor para su padre, su madrastra, su abuela y su hermano mayor y, sinceramente, Ram Vilas creía que había que mantener las apariencias.

Priya odiaba vivir con una familia tan numerosa. Nunca lo había hecho hasta que se mudó con los Goyals de Shahi Darzava. Y se debió a que su padre, Lakshmi Narayan Agarwal, fue el único de sus hermanos que llegó a la edad adulta, y sólo tuvo una hija. Cuando su mujer murió, sufrió un duro golpe y tomó el voto gandhiano de la abstinencia sexual. Era un hombre de hábitos espartanos. Aunque fuera ministro del Interior, vivía en dos habitaciones, en una residencia para Miembros de la Asamblea Legislativa.

«Los primeros años de matrimonio son los más duros, exigen un esfuerzo de adaptación», se había dicho Priya; pero en cierto modo le parecía que era más y más intolerable a medida que pasaba el tiempo.

Contrariamente a Veena, no poseía una casa paterna propia —o peor

aún, ni siquiera materna— a la que huir con sus hijos al menos un mes al año: una prerrogativa de todas las mujeres casadas. Incluso sus abuelos (con los que vivió mientras su padre estuvo en la cárcel) habían fallecido ya. Su padre adoraba a su querida y única hija; era su amor lo que en cierto modo la incapacitaba para la constreñida vida de la familia Goyal, pues le había imbuido un fuerte espíritu de independencia; y ahora, viviendo en la austeridad, su padre no podía proporcionarle refugio alguno.

Si su marido no hubiera sido tan amable, se habría vuelto loca. Él no la comprendía, pero era comprensivo. Intentaba hacerle las cosas más fáciles siempre que podía, y nunca le levantaba la voz. Además, ella le tenía simpatía al anciano rai bahadur, el abuelo de Ram. Había vida en él. El resto de la familia, y particularmente las mujeres —su suegra, su cuñada y la mujer del hermano mayor de su marido— habían hecho lo posible para que se sintiera desgraciada en su época de recién casada, y Priya no las soportaba. Pero fingía lo contrario, todo el día, continuamente..., excepto cuando paseaba arriba y abajo de la azotea, donde ni siquiera se le permitía tener un jardín con la excusa de que atraería a los monos. La madrastra de Ram Vilas incluso había intentado disuadirla de esos paseos diarios arriba y abajo («Piensa, Priya, ¿qué les parecerá a los vecinos?»), pero por una vez Priya no le hizo caso. Las cuñadas, por encima de cuyas cabezas paseaba al amanecer, informaron a su suegra. Pero quizá la vieja bruja consideró que había llevado a Priya hasta el límite, y no manifestó su queja de manera directa. Priya hacía como si no comprendiera las indirectas que le lanzaba a ese respecto.

L. N. Agarwal llegó, como siempre, vestido con una kurta inmaculadamente almidonada (aunque no ostentosa), dhoti y el gorro blanco del Congreso, bajo el cual podía verse su curva de pelo gris y rizado, aunque no la calva que circundaba. Siempre que se aventuraba a llegar hasta Shahi Darvaza llevaba su bastón a mano para asustar a los monos que poblaban —o, en opinión de algunos, invadían— el vecindario. Despidió el rickshaw cerca del mercado local y dobló la calle principal para tomar una diminuta calleja lateral que se abría a una pequeña plaza. En mitad de la plaza había una gran higuera de las

pagodas. Ocupando todo un lado de la plaza se encontraba la casa del rai bahadur.

La puerta que habla debajo de las escaleras permanecía siempre cerrada a causa de los monos, y la golpeó con el bastón. Dos caras aparecieron en los balcones de hierro forjado de los pisos superiores. El rostro de su hija se iluminó al verle; rápidamente se hizo un moño —

llevaba el pelo suelto— y bajó a abrirle la puerta. Su padre la abrazó y volvieron a subir arriba.

—¿Y dónde ha desaparecido Vakil sahib? —le preguntó él en hindi.

Le gustaba referirse a su yerno como el abogado, aunque el apelativo fuera igualmente apto para el padre y el abuelo de Ram Vilas.

—Estaba aquí hace un momento —replicó Priya, y se levantó para ir a buscarle.

—Espera un poco —dijo el padre con una voz relajada y cálida—.

Primero sírveme un poco de té.

Durante algunos minutos, el ministro del Interior disfrutó de algunas comodidades: un té bien preparado (no esa cosa intragable que le daban en la residencia de parlamentarios), dulces y kachauris preparados por las mujeres de la casa de su hija, quizá por su propia hija; un rato en compañía de su nieto y su nieta, que, sin embargo, preferían jugar con sus amigos en el calor de la azotea o abajo, en la plaza (su hijo era un buen jugador de críquet), y una breve charla con su hija, a quien no veía a menudo y echaba mucho de menos.

No sentía el menor remordimiento de conciencia, tal como ocurría con algunos suegros, a la hora de aceptar comida, bebida y hospitalidad en casa de su yerno. Habló con Priya de su salud, de sus nietos, de cómo les iba en la escuela y de su carácter, de lo mucho que trabajaba Vakil sahib; se refirieron un poco de pasada a la madre de Priya, ante cuya mención la tristeza invadió los ojos de ambos, y acerca de las payasadas de los viejos sirvientes de la casa de los Goyal.

Mientras hablaban, algunas personas pasaban junto a la puerta abierta de la habitación, les veían y entraban. Entre ellos se incluía el padre de Ram Vilas, un personaje bastante desvalido a quien su segunda mujer tenía aterrorizado. Pronto se había dejado caer todo el clan de los

Goyal, a excepción del rai bahadur, a quien no le gustaba subir escaleras.

—Pero ¿dónde está Vakil sahib? —repitió L. N. Agarwal.

—Oh —dijo alguien—, está abajo, hablando con el rai bahadur.

Sabe que estás en casa y aparecerá tan pronto como pueda.

—¿Por qué no bajo yo y le presento mis respetos al rai bahadur? —

dijo L. N. Agarwal, y se levantó.

En el piso de abajo, abuelo y nieto conversaban en la espaciosa habitación que el rai bahadur había destinado a su uso personal, principalmente a causa de los hermosos azulejos decorados con pavos reales que adornaban el hogar. L. N. Agarwal, siendo de una generación intermedia, le presentó sus respetos y fue honrado del mismo modo.

—¿Supongo que tomará el té? —dijo el rai bahadur.

—Ya lo he tomado arriba.

—¿Desde cuándo los Líderes del Pueblo ponen límites a su consumo de té? —pregunté el rai bahadur con una voz lúcida y chirriante. La palabra utilizada fue «Neta-logra, que poseía la misma burlona deferencia de «Vakil sahib».

—Dígame —prosiguió—, ¿qué son todos estos asesinatos que ha causado en Chowk?

El rai bahadur no tenía intención de que sus palabras sonaran tan acusadoras —simplemente era su manera de hablar—, y lo último que deseaba L. N. Agarwal era responder a tales preguntas. Con toda probabilidad el lunes siguiente tendría que dar muchísimas explicaciones sobre lo ocurrido. Lo que anhelaba en aquel momento era una tranquila y despreocupada charla con su plácido yerno, lo que, a buen seguro, sería de gran alivio para su atribulada mente.

—Nada, nada, ya pasará —dijo.

—Oí decir que murieron veinte musulmanes —dijo el anciano rai bahadur sin perder la calma.

—No, no tantos —dijo L. N. Agarwal—. Sólo unos pocos. La cosa está controlada. —Hizo una pausa, rumiando el hecho de que había É

calibrado mal la situación—. Ésta es una ciudad difícil de gobernar —

prosiguió—. Si no es una cosa, es otra. Somos un pueblo poco disciplinado. La porra y la pistola son lo único que nos enseña disciplina.

—Durante la ocupación inglesa, la ley y el orden no suponían ningún problema —dijo la chirriante voz del rai bahadur.

El ministro del Interior no se tragó aquel anzuelo. De hecho, no estaba seguro de que el comentario fuera inocente.

—Es cierto —respondió.

—La hija de Mahesh Kapoor estuvo aquí el otro día —aventuró el rai bahadur.

Esto, desde luego, no podía ser un comentario inocente. ¿O sí?

Quizá el rai bahadur simplemente estaba diciendo lo primero que le venía a la cabeza.

—Sí, es una buena chica —dijo L. N. Agarwal. Se frotó su perímetro de pelo de una manera pensativa. A continuación, tras una pausa, añadió imperturbable—: Puedo mantener el orden en esta ciudad. No es la tensión lo que me inquieta. Diez Misri Mandis y veinte Chowks no me preocupan, sino la política, los políticos...

El rai bahadur se permitió una sonrisa. Ésta fue también un tanto chirriante, como si la estructura de su cara avejentada cambiara de forma gradualmente y con dificultad.

L. N. Agarwal negó con la cabeza, a continuación prosiguió.

—Hasta las dos de esta madrugada los parlamentarios han estado reunidos a mi alrededor como pollitos alrededor de una gallina. Les dominaba el pánico. ¡El primer ministro se va de la ciudad un par de días y vea lo que ocurre en su ausencia! ¿Qué dirá Sharmaji cuando regrese? ¿Qué conseguirá la facción de Mahesh Kapoor con todo esto?

En Misri Mandi pondrán énfasis en lo ocurrido con los jatavs, en Chowk en lo que pasó con los musulmanes. ¿Qué efecto tendrá todo esto en el voto de unos y otros? Las elecciones generales son dentro de unos meses. Este capital electoral, ¿volverá la espalda a nuestro partido?

Y si es así, ¿en qué porcentaje? Uno o dos caballeros incluso nos han

preguntado si existe peligro de posterior conflagración, aunque por lo general ésta es la menor de sus preocupaciones.

—¿Y qué les dirá a los de su partido cuando acudan a usted llenos de preocupación? —preguntó el rai bahadur. Su nuera (la archibruja en la demonología de Priya) acababa de traer el té. Llevaba la cabeza cubierta con el sari. Sirvió el té, les lanzó una mirada penetrante, cambió un par de palabras y salió.

El hilo de la conversación se había perdido, pero el rai bahadur, quizá recordando su manera de interrogar en el tribunal, que le había hecho famoso en sus buenos tiempos, lo retomó sutilmente.

—Oh, nada —dijo L. N. Agarwal muy tranquilo—. Simplemente les diré lo que sea necesario para que me dejen dormir.

—¿Nada?

—No, no mucho. Les diré que todo se olvidará; que a lo hecho, pecho; que un poco de disciplina nunca ha estado de más en ningún barrio; que las elecciones generales aún quedan muy lejos. Ese tipo de cosas. —L. N. Agarwal dio un sorbo a su té antes de proseguir—: El asunto es que el país tiene cosas mucho más importantes en qué pensar.

La comida es la principal. Bihar se muere virtualmente de hambre. Y si el monzón es malo, lo mismo nos ocurrirá a nosotros. Unos cuantos musulmanes amenazándonos desde dentro del país o al otro lado de la frontera es algo a lo que podemos hacer frente. Si Nehru no fuera tan blando de corazón ya les habríamos dado su merecido hace un par de años. Y ahora estos jatavs, esta —su expresión transmitía desagrado ante la palabra— casta intocable se está convirtiendo de nuevo en un problema. Pero ya veremos, ya veremos...

Ram Vilas Goyal había permanecido en silencio todo el tiempo. A veces ponía ceño, a veces asentía.

«Esto es lo que me gusta de mi yerno», reflexionó L. N. Agarwal.

«No es mudo, pero no habla.4 Volvió a repetirse que era el marido perfecto para su hija. Puede que a Priya le gustara provocar, pero su yerno no era de los que caían en provocaciones.

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