Un buen partido
19.11
ERA una noche calurosa, y había menos seda y más algodón fino que en la boda de Savita. Pero las joyas centelleaban con el mismo esplendor. Los pequeños pendientes en forma de pera de Meenakshi, el navratan de Veena y las esmeraldas de Malati esparcían sus destellos por el jardín, susurrándose entre sí episodios de la vida de sus propietarios.
Los Chatterji hablan acudido al completo, pero había muy pocos políticos, y ningún niño de Rudhia corría alocadamente por el jardín.
Sin embargo, asistían un par de ejecutivos de la pequeña fábrica de Praha, así como algunos intermediarios del gremio del calzado de Brahmpur.
Jagat Ram también hizo acto de presencia, pero no su esposa Estuvo un rato solo, hasta que Kedarnath le vio y le hizo señas de que se acercara.
Cuando le presentaron a la anciana señora Tandon, ésta fue incapaz de ocultar su desconcierto. Le miró como si oliera mal, y le hizo un renuente namasté.
Jagat Kam le dijo a Kedarnath:
—Tengo que irme. ¿Le entregarás esto a Haresh sahib y a su esposa?
—Le dio una especie de caja de zapatos envuelta en papel marrón.
—¿Es que no vas a darles la enhorabuena?
—Hay mucha cola —dijo Jagat Ram. atusándose un poco el bigote
—. Por favor, dales la enhorabuena de mi parte.
La anciana señora Tandon se había vuelto hacia los padres de Haresh, y, tras felicitarles, se puso a hablar con ellos de Neel Darvaza, lugar que había visitado de niña. A continuación mencionó que a Lata le gustaba mucho la música.
—Oh, bueno —dijo el padre adoptivo de Haresh—, A nosotros también nos gusta mucho la música.
Tal réplica no fue del agrado de la anciana señora Tandon, y decidió no decir nada más.
Malati, mientras tanto, estaba hablando con los músicos: un intérprete de shehnai al que conocía a través de su amigo el músico, y Moru Chand, que le acompañarla a la tabla.
Motu, que recordaba a Malati del día en que hizo una sustitución en el Conservatorio de Haiidas, le preguntó por Ustad Majeed Khan y su famoso discípulo Ishaq, a quien, por desgracia, últimamente veía muy poco. Malati le habló del concierto al que había asistido hacía muy poco, elogió el talento de Ishaq y mencionó que le había sorprendido mucho la indulgencia con que lo trataba el arrogante maestro: rara vez, por ejemplo, iniciaba una improvisación dominante cuando Ishaq cantaba. En un mundo de celos y rivalidad profesionales, incluso entre maestro y alumno, daba gusto ver cómo se complementaban durante sus interpretaciones.
A pesar de que sólo habfa transcurrido un año desde que por primera vez rasgueara el tanpura ante su Ustad, mucha gente ya comentaba que tenía cualidades para convertirse en uno de los grandes cantantes de su tiempo.
—Bueno —dijo Motu Chand—, donde yo trabajo, las cosas ya no son iguales desde que se fue. —Suspiró, y a continuación, viendo que Malati no sabía muy bien de qué le hablaba, dijo—: ¿El año pasado no estabas en Prem Nivas para el Holi?
—No —dijo Malati, deduciendo de su pregunta que Motu debía de ser el acompañante a la tabla de Saeeda Bai—. Y este año, claro...
—Claro —dijo Motu con tristeza—. Terrible, terrible, y ahora, con el suicidio de ese Rasheed... Le daba clases a la, bueno, a la hermana de Saeeda Bai, pero les causó tantos problemas que tuvieron que ordenarle al guardián que le diera una paliza, y cuando más tarde nos enteramos... Bueno, en el mundo todo son penalidades, penalidades y sólo eso... —Comenzó a martillear los pequeños cilindros de madera que habla alrededor de su tabla para tensar las correas y afinar el tono.
El intérprete de shehnai le asintió.
—Este Rasheed a quien te refieres —preguntó Malati, y de pronto pareció muy afectada—. ¿No será el socialista, verdad? ¿El estudiante de historia?
—Sí, eso creo —dijo Motu, flexionando sus dedos pulposos; y los dos músicos comenzaron a tocar.
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