Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 414 de 478

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Un buen partido

17.24

Mahesh Kapoor se veía incapaz de hacer lo que le habían sugerido por teléfono: intentar presionar al oficial encargado de la investigación, que en este caso era el subinspector de la comisaría de Pasand Bagh, bien personalmente o bien por mediación de uno de sus superiores. Era algo que iba en contra de sus principios. De hecho, la justa aplicación de su propia Ley de Abolición del Zamindari y de Reforma de la Tierra dependería de hasta qué punto pudiera evitar que los terratenientes locales utilizaran su influencia sobre los encargados del registro de la propiedad y los funcionarios locales. La manera en que el político Jha socavaba el buen funcionamiento de la administración en la zona de Rudhia no era de su agrado, y no le tentaba obrar del mismo modo, por lo que cada vez que su mujer le preguntaba si no podía «hablar con alguien, incluso con Agarwal», Mahesh Kapoor le espetaba bruscamente que se callara.

Para su mujer, el dolor y la conmoción de los dos últimos días habían sido casi insoportables. Cuando pensaba en Firoz, postrado en el hospital, y en Maan, en una celda, no podía dormir. En cuanto Firoz recobró la conciencia se le permitieron unas cuantas visitas, incluyendo las de su tía Abida y su hermana Zinab. La señora Mahesh Kapoor le imploró a su marido que hablara con el nawab sahib, que le expresara su pesar y le preguntara si podían visitar a Firoz. Él intentó hacerlo, pero el nawab sahib se pasaba el día en el hospital y no paraba en casa. Y

Murtaza Ali, su azorado secretario, disculpándose con una cortesía un punto excesiva, dejó claro que el nawab sahib había insinuado que una visita de la familia de Maan podía no ser bien recibida.

Los rumores, mientras tanto, se extendían sin descanso. Lo que en los periódicos de Calcuta no ocupaba más de un simple párrafo, en la prensa de Brahmpur era el tema candente, y la gente no hablaba de otra cosa, a pesar de que la campaña electoral estaba en plena efervescencia.

La policía todavía no estaba al corriente de la relación entre Saeeda Bai y el nawab sahib. Ignoraban aún que éste le pasaba un estipendio mensual. Pero Bibbo había comenzado a sumar dos y dos, y fue incapaz de resistirse a soltar algunas oscuras indirectas en relación al linaje de

Tasneem, en el más estricto secreto (y por tanto el menos respetado), a un par de sus más íntimas amigas. Y un reportero de la prensa hindú, conocido por la maña que se daba en divulgar escándalos, había entrevistado a una anciana y ya retirada cortesana que había conocido a la madre de Saeeda Bai en los días en que ambas trabajaban en el mismo local del Tarbuz ka Bazaar. El dinero y la promesa de más dinero indujeron a esa anciana a contar todo lo que sabía de la vida anterior de Saeeda Bai. Unos hechos eran ciertos, otros los adornó, y algunos, simplemente, se los inventó. De todos modos, casi todos interesaron al periodista. La anciana afirmó sin inmutarse que Saeeda Bai había perdido la virginidad al ser violada, a la edad de catorce o quince años, por un prominente ciudadano en plena borrachera; se lo había contado la madre de Saeeda Bai. Lo que daba verosimilitud a tal aserto era que la anciana admitía no saber quién era ese hombre. Más o menos se lo imaginaba, pero eso era todo.

Por cada hecho real o imaginario que aparecía impreso, había diez rumores que revoloteaban como avispas sobre un puñado de mangos podridos. Ninguna de las dos familias escapaba a aquel susurro de voces, a aquellos dedos que les señalaban allí donde iban.

Veena, en parte para estar con su madre en aquellos momentos difíciles, y en parte para huir de sus amables pero insaciables vecinos, fue a pasar unos días a Prem Nivas. Aquella misma noche, Pran y todo el grupo que hasta entonces estaba en Calcuta regresaron a Brahmpur.

A las veinticuatro horas de su arresto, Maan fue llevado ante un magistrado local. Su padre había contratado a un abogado del Juzgado de Distrito para que solicitara la libertad bajo fianza, o al menos para conseguir que le trasladaran del calabozo a una celda propiamente dicha, pero los cargos imputados a Maan no admitían fianza, y la policía se oponía a lo segundo. El oficial encargado de la investigación, frustrado por no haber encontrado el arma y por los lapsus de memoria de Maan en relación a ése y otros detalles, había solicitado que permaneciera unos cuantos días más bajo custodia policial, alegando que tenía que seguir interrogándole. El juez permitió que la policía le retuviera un par de días más en el calabozo, después de lo cual sería trasladado a la cárcel del distrito, que en comparación tenía un aspecto más decente.

Mahesh Kapoor había visitado a Maan dos veces en comisaría.

Maan no se quejó de nada: ni de la suciedad, ni de la incomodidad ni del frío. Parecía tan afectado y tan corroído por los remordimientos que su padre no tuvo valor para reprocharle lo que le había hecho a Firoz y al nawab sahib; y, sin la menor duda, al futuro político de Mahesh Kapoor.

Maan no dejaba de preguntar por Firoz..., le aterraba la idea de que pudiera morir. Le preguntó a su padre si le había visitado en el hospital, y Mahesh Kapoor se vio obligado a admitir que no se lo habían permitido.

Mahesh Kapoor le había dicho a su esposa que no visitara a Maan hasta que éste estuviera en la cárcel, pues pensó que las condiciones de aquel calabozo podían afligirla aún más. Pero al final la señora Mahesh Kapoor no pudo soportarlo más. Dijo que si era necesario iría sola.

Exasperado, su marido acabó cediendo y le pidió a Pran que la acompañara.

La señora Mahesh Kapoor vio a Maan y lloró. En toda su vida no le había ocurrido nada que se aproximara ni de lejos a la humillación de los últimos días. La policía en la puerta de Prem Nivas, la búsqueda de pruebas incriminatorias, el arresto de alguien que amaba: había conocido todas esas cosas durante la dominación británica, pero no se había sentido avergonzada del hombre a quien habían llevado a la cárcel como prisionero político. Ni tampoco había tenido que soportar tanta mugre e inmundicia.

E igualmente doloroso había resultado el hecho de que no le hubieran permitido visitar a Firoz y expiar con su afecto parte de la culpa y tristeza que experimentaba hacia él y su familia.

Ahora Maan se parecía muy poco a su apuesto y atildado hijo, y no era sino un individuo sucio y desastrado, alguien en cuyo aspecto se leía la vergüenza y la desesperación.

Le abrazó y lloró como si se le partiera el corazón. Maan también lloró.

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