Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 448 de 478

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Un buen partido

18.22

Maan solía sentarse en el jardín, en compañía de su padre, o visitaba a Pran o Veena. Por lo demás, hacía muy poca cosa. En la cárcel había sentido el apremio de visitar a Saeeda Bai, pero, ahora que estaba fuera, esa urgencia había desaparecido. Ella le envió una nota, a la que él no respondió. Entonces le envió otra, más acuciante, en la que le recriminaba su deserción, pero sin resultado.

A Maan no le gustaba mucho leer, pero aquellos días se pasaba mañanas enteras leyendo los periódicos de cabo a rabo, desde las noticias internacionales hasta los anuncios. Ahora que Firoz estaba fuera de peligro había comenzado a preocuparse de sí mismo, y de lo que le iba a suceder una vez se presentara el pliego de cargos.

Firoz había permanecido veintiún días en el hospital antes de que los médicos le permitieran trasladarse a la Casa de Baitar. Físicamente estaba débil, pero mejoraba. Imtiaz le tomó bajo su responsabilidad, Zainab se quedó en Brahmpur para cuidarle, y el nawab sahib le velaba y rezaba para que se recobrara completamente, pues su mente aún estaba brumosa y agitada, y a veces gritaba en sueños. Y lo que proclamaba en sus gritos, de significado oscuro antes de que comenzaran a circular los rumores referentes a su padre y a Saeeda Bai, ahora podía encajar perfectamente en lo que decían esas habladurías.

Al nawab sahib le había entrado la devoción religiosa hacía casi dos décadas, en parte como resultado de lo que, aterrado, recordó haber hecho al despertar de una de sus peores borracheras, y en parte a causa de la serena influencia de su mujer. Siempre había sido aficionado a las tareas eruditas y analíticas, pero, al ser un sensualista, permitía la intromisión de necesidades y placeres más urgentes. Pero a raíz de lo sucedido en aquella infausta juerga su vida dio un giro radical; comenzó a obsesionarle la idea de salvar a sus hijos de los pecados que él había cometido. Los muchachos sabían que no aprobaba que bebieran, y nunca lo hacían en su presencia. En cuanto a sus nietos, nunca habrían sido capaces de imaginar cómo era de joven —ni siquiera en su mediana edad—. La imagen que tenían de su nana-jaan era la de un

anciano sosegado y devoto, a quien sólo ellos podían molestar cuando estaba en la biblioteca, y a quien podía convencer con facilidad de que les contara historias de fantasmas y les permitiera acostarse más tarde.

El nawab sahib comprendía demasiado bien las infidelidades del padre de sus nietos, y, mientras que su corazón estaba con su hija, se acordaba del sufrimiento que él mismo había infligido a su propia esposa. No es que Zainab deseara que hablara con su marido. Ella necesitaba consuelo, pero no esperaba ayuda.

El nawab sahib sufría de nuevo, pero esta vez no sólo por el recuerdo del pasado, sino por lo que el mundo —y peor aún, sus hijos— pudiera pensar de él. No sabía cómo interpretar el rechazo de la ayuda financiera que hasta entonces había prestado a Saeeda Bai. Eso, más que aliviarle, le preocupaba. Nunca pensaba en Tasneem como en una hija, ni sentía ningún afecto por aquella criatura que jamás había visto, pero no quería que sufriera. Tampoco deseaba que Saeeda Bai proclamara a los cuatro vientos todo lo que le pareciera conveniente.

Imploraba a Dios que le perdonara por lo despreciable de tal preocupación, pero era incapaz de apartarla de su mente.

Durante el último mes había permanecido en su biblioteca, más recogido que nunca, pero sus visitas al lecho de Firoz y sus apariciones en el comedor le resultaban infinitamente dolorosas. Sus hijos, sin embargo, lo comprendían, y exteriormente seguían tratándole con el mismo respeto que antes. No iban a permitir que la enfermedad de Firoz o unos actos cometidos muchos años atrás resquebrajaran el caparazón de la familia. Se bendecía la mesa, se pasaban el estofado de carne, se servían los kebabs y pedían permiso para levantarse con rutinaria educación. Ninguno de los dos decía o insinuaba nada que pudiera aumentar la zozobra de su padre, que todavía no se había enterado de la aparición de aquellos carteles que anunciaban la muerte de Firoz.

¿Y si hubiera muerto, se decía Firoz, qué le habría importado al universo? ¿Alguna vez he hecho algo por alguien? Soy un hombre sin atributos, muy guapo, pero que no pasará a la historia. Imtiaz es un hombre de carácter, de alguna utilidad para el mundo. De mí sólo quedaría el bastón, el pesar de mi familia y un terrible peligro rondando la cabeza de mi amigo.

Había solicitado ver a Maan una o dos veces, pero nadie transmitió el recado a Prem Nivas. Imtiaz no creía que ese encuentro pudiera acarrear ninguna consecuencia positiva, ni para su hermano ni para su padre. Conocía demasiado bien a Maan como para saber que el ataque había sido repentino, impremeditado, casi inintencionado. Pero su padre no lo veía de ese modo, e Imtiaz quería ahorrarle todas las emociones fuertes que pudiera, cualquier acceso de odio o recriminación. Imtiaz creía que los súbitos y terribles sucesos que había sacudido las dos familias habían precipitado la muerte de la señora Mahesh Kapoor, y no quería que le ocurriera lo mismo a su padre. Del mismo modo, evitaría que su hermano se alterara pensando en Maan, o, a través del recuerdo de aquella noche, en Tasneem.

Tasneem, aunque sin duda era medio hermana suya, no significaba nada en absoluto para Imtiaz. Y Zainab, a pesar de la curiosidad que sentía, comprendió que lo más prudente sería echar tierra sobre el asunto.

Finalmente, Firoz le envió una nota a Maan que simplemente decía;

«Querido Maan: Por favor, visítame. Estoy mejor y quiero que nos veamos. Firoz.» Se daba cuenta de que su hermano le tenía entre algodones, y ya estaba harto de eso. Le entregó la nota a Ghulam Rusool, y le dijo que debía procurar que llegara a Prem Nivas.

Maan recibió la nota a última hora de la tarde, y no vaciló. Sin decírselo a su padre, que estaba sentado en un banco, leyendo algunos documentos de la cámara legislativa, se encaminó a la Casa de Baitar.

Quizá esa llamada, más que la citación del juez, era lo que en su estado de indolente tensión había estado esperando desde el principio.

Mientras se acercaba a la gran verja de hierro, miró instintivamente a su alrededor, pensando en la mona que le atacara tiempo atrás. Esta vez no llevaba bastón.

Un sirviente le pidió que entrara. Pero dio la casualidad de que el secretario del nawab sahib, Murtaza Ali, pasaba por allí, y le preguntó, con severa cortesía, que qué se imaginaba que estaba haciendo. Había dado órdenes estrictas de que no dejaran pasar a nadie ajeno a la familia. Maan, que no mucho tiempo atrás se habría dejado llevar por su instinto y le habría dicho que se fuera a freír espárragos, había

aprendido, durante su vida carcelaria, a responder a las órdenes de quienes eran inferiores socialmente. Le mostró la nota de Firoz.

Murtaza Ali pareció preocupado, pero pensó con rapidez, Imtiaz estaba en el hospital, Zainab en la zenana, y el nawab sahib entregado a sus oraciones. La nota era clara. Le dijo a Ghulam Rusool que permitiera que Maan visitara a Firoz durante unos minutos, y le pidió a Maan si deseaba beber algo.

A Maan le habría gustado engullirse un galón de whisky para tomar ánimos.

—No, gracias —replicó.

La cara de Firoz se iluminó cuando vio a su amigo.

—¡Así que has venido! —dijo—. Aquí me siento como en una cárcel. Hace una semana que pregunto por ti, pero el superintendente no me deja enviar ningún mensaje. Espero que me hayas traído algo de whisky.

Maan comenzó a llorar. Firoz estaba tan pálido..., como si, de hecho, acabara de regresar de la muerte.

—Echa un vistazo a mi cicatriz —dijo Firoz, intentando quitarle hierro a la situación. Apartó la sábana y se subió la kurta.

—Impresionante —dijo Maan, aún con lágrimas—. Parece un ciempiés.

Fue hacia el lecho de Firoz y tocó la cara de su amigo.

Hablaron un par de minutos, procurando evitar cualquier comentario que pudiera causar dolor al otro, o expresándolo de un modo que contribuyera, más que otra cosa, a aliviar la tensión.

—Tienes buen aspecto —dijo Maan.

—Qué mal mientes —dijo Firoz—. Nunca te aceptaría como cliente... Estos últimos días me falta concentración. La cabeza se me va

—añadió con una sonrisa—. Es muy interesante.

Hubo un silencio de un minuto. Maan acercó la frente a la de Firoz y suspiró de aflicción. No dijo lo mucho que lamentaba todo lo

ocurrido.

Se sentó cerca de Firoz.

—¿Te duele? —preguntó.

—Si, a veces.

—¿Todo va bien en casa?

—Si —dijo Firoz—. ¿Cómo están..., cómo está tu padre?

—Todo lo bien que podría esperarse —dijo Maan.

Firoz no dijo cuánto sentía la muerte de la madre de Maan, pero negó con la cabeza en señal de pésame, y Maan lo comprendió.

Tras unos minutos, se levantó.

—Vuelve otra vez —dijo Firoz.

—¿Cuándo? ¿Mañana?

—No..., en dos o tres días.

—Tendrás que enviarme otra nota —dijo Maan—. O no me dejarán entrar.

—Ven, dame la que te he enviado hoy. La daré validez para otro día

—dijo Firoz con una sonrisa.

Mientras Maan se dirigía a su casa, le vino el pensamiento de que habían evitado hablar directamente de Saeeda Bai y de Tasneem, de su experiencia en la cárcel y del inminente proceso que iba a afrontar, y ello le alegró.

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