Un buen partido
13.34
Meenakshi estaba tan alterada por el robo y la pérdida de las joyas, a pesar de que todavía conservara los pendientes de oro que había encargado hacer —pero ya no la segunda medalla de oro de su suegro
—, que tuvo que pasar una semana en casa de sus padres para reponerse. Arun fue todo lo comprensivo que pudo, y aunque sabía que echaría de menos a Meenakshi y a Aparna, le pareció que le haría bien permanecer unos días lejos de casa. Varun regresó a la mañana siguiente tras pasar la noche con sus amigos. Palideció al enterarse de las noticias. Cuando Arun le dijo que si «no hubieras estado por ahí bebiendo toda la noche habría habido alguien en casa para evitar el robo», enrojeció. Después de todo, Arun también había salido a pasarlo bien. Pero en lugar de provocar a Arun, que no parecía de muy buen humor, Varun no dijo nadase se escabulló hacia su cuarto.
Arun escribió a la señora Rupa Mehra hablándole del robo. Le aseguró que Meenakshi se encontraba bien, pero se vio obligado a mencionar que la otra medalla se había perdido. Imaginaba lo mal que se lo to: maría su madre. Él también había querido a su padre, y se sentía particularmente afectado por la pérdida de la medalla. Pero lo único que se podía hacer era mantener la esperanza de que la policía encontrara al culpable o culpables. Ya estaban interrogando al sweeper, apenas un muchacho: golpeándole, para ser precisos. Arun, cuando se enteró, intentó detenerlos.
—¿De qué otra manera vamos a averiguar lo ocurrido?, ¿cómo se enteraron los ladrones de dónde guardaba las joyas? —preguntó el oficial de policía.
—No me importa. Pero no voy a tolerar esto —dijo Arun, y se aseguró de que no volvieran a pegarle. Lo peor era que el propio Arun había sospechado que había sido el sweeper quien estaba confabulado con los ladrones. No creía que la Vieja Desdentada ni Hanif fueran culpables. En cuanto al mali a tiempo parcial o al chófer, nunca entraban en la casa.
En su carta, Arun también le habló a su madre de su encuentro con Haresh. La pérdida de prestigio que había sufrido en casa de los Khandelwal todavía le hacía sonrojarse siempre que pensaba en ello. Le dijo a la señora Rupa Mehra lo que pensaba exactamente de ese proyecto de cuñado: que era un joven bajito, presuntuoso, tosco y con una opinión demasiado elevada de sí mismo. Definió a Haresh como una capa de los mugrientos Midlands sobre un fondo de los malolientes callejones de Neel Darvaza. Ni St Stephen's ni la cultura londinense habían ejercido un gran efecto sobre él. Vestía de manera ostentosa, carecía de distinción, y para haber estudiado en la universidad y haber vivido dos años en Inglaterra, su inglés carecía de los giros característicos del país. En cuanto a alternar con el tipo de gente que Arun frecuentaba (el Club Calcuta y las carreras de Tollygunge: la élite de la sociedad de Calcuta, tanto india como europea), Arun no creía que eso fuera posible. Khanna era capataz —¡capataz!— en esa fábrica de zapatos checa. No podía ser que la señora Rupa Mehra le considerara un buen partido para una Mehra de la clase y educación de Lata, y no comprendía cómo podía vejar a su hija con semejante proyecto matrimonial. Arun añadió que Meenakshi, en general, estaba de acuerdo con él.
Lo que no añadió, porque no lo sabía, fue que Meenakshi tenia otros planes para Lata. Ahora que se alojaba en casa de los Chatterji, comenzó a trabajarse a Amit. Kakoli era un diligente cómplice. A las dos les caía bien Lata, y pensaban que era la mujer adecuada para su hermano mayor. Ella soportaría sus rarezas y apreciaría su obra. Era inteligente y aficionada a la literatura; y aunque Amit sobrevivía a base de muy poca conversación (contrariamente a sus hermanas y a Dipankar), esa poca no podía ser fatua ni vacía, a menos, naturalmente, que tuviera lugar con sus hermanos y hermanas, con quienes, relativamente, se desahogaba.
En cualquier caso, Kakoli —que en una ocasión le había dicho que de verdaaaaad compadecía a la mujer que tuviera que casarse con él—
había decidido que no tenía por qué compadecer a Lata, pues ésta sería capaz de comprender y manejar a su excéntrico hermano.
Quizá no estaría de más que Meenakshi realizara algunas maniobras. Ama, a quien Lata le había gustado mucho, no se pondría
en movimiento si sus enérgicas y cómplices hermanas no le daban un empujoncito.
En lugar de utilizar los pareados a lo Kakoli de rigor, que hasta entonces habían resultado ineficaces, en aquella ocasión las dos hermanas fueron mucho más amables con Amit. Meenakshi le dijo que había aparecido un impreciso Otro en escena. Al principio había creído que se trataba de un individuo llamado Akbar o algo así que actuaba con Lata en Corno gustéis, pero el principal contrincante había resultado ser un presuntuoso zapatero que era completamente inadecuado para Lata; con esto daba a entender que Amit debía rescatar a Lata, con su intervención, de un infeliz matrimonio. Kakoli simplemente dijo que a Lata le gustaba, y que sabía que a él le gustaba Lata, y que no entendía por qué se hacía tanto de rogar. ¿Por qué no le enviaba una carta de amor y uno de sus libros?
Meenakshi y Kakoli consideraban que antes de nada debían asegurarse de que Amit sintiera algo por Lata; caso de que así fuera, actuarían como el necesario acicate para que entrara en acción. No sabían gran cosa de la época que Amit había pasado en Cambridge ni de los asuntos amorosos que había tenido ahí, si es que había tenido alguno, pero sabían que en Calcuta no había querido saber nada de las admiradoras femeninas que —a veces con la ayuda de sus madres—
habían intentado conocerle mejor. Amit había permanecido fiel a su Jane Austen. Parecía satisfecho con su vida contemplativa. Tenía una fuerte, aunque no muy manifiesta, voluntad, y nunca hacía nada que no quisiera hacer. En cuanto a la abogacía, y a pesar de las exhortaciones de Biswas babu y del enfado de su padre, era una práctica que no daba indicios de llegar a ejercer jamás.
Amit justificaba su indolencia diciendo—. no tengo que preocuparme por el dinero; nunca pasaré verdadera penuria. ¿Por qué ganar más de lo que necesito? Si comienzo a ejercer de abogado, aparte de aburrirme y de volverme irritable con todos los que me rodean, no conseguiré hacer nada que tenga un valor permanente. No seré sino uno más entre miles de abogados. Es mejor escribir un perdurable soneto que ganar cien casos espectaculares. Creo que al menos podré escribir un soneto perdurable en mi vida, si me concedo la oportunidad y el tiempo para hacerlo. Cuanto menos lleno mi vida de asuntos
innecesarios, mejor creo escribir. Por tanto me ocuparé de los menos que pueda. Trabajaré en mi novela siempre que pueda, y escribiré un poema siempre que me venga la inspiración, y eso es todo.
Era este plan de vida lo que ahora se veía amenazador el. ultimátum de su padre y la fuga de Dipankar. ¿Qué ocurriría con su novela si finalmente tenía que cargar con la ingrata tarea de llevar las finanzas?
Por desgracia, el hacer lo menos posible cara aganarse el pan también iba acompañado, en el caso de Amit, de hacer lo menos posible por lo que se refería a su vida social. Tenía pocos y buenos amigos, pero todos estaban en el extranjero: eran amigos de sus días de universidad, a los que escribía y de quienes recibía breves cartas, cuyo estilo se correspondía con las inconexas conversaciones que solía mantener con ellos. El temperamento de éstos era muy distinto del de Amit, y por lo general habían sido dios quienes le habían ofrecido su amistad. El era reservado, y le resultaba difícil dar el primer paso, aunque tampoco fuera remiso a la hora de responder a los esfuerzos de los demás. En Calcuta, sin embargo, no reaccionaba ante ningún esfuerzo. La familia le había proporcionado vida social siempre que él la había necesitado.
Debido a que Lata era miembro del clan por la boda de Arun, él se había sentido obligado a atenderla en la fiesta de los Chatterji. Puesto que prácticamente era de la familia, había hablado con ella, casi desde el principio, de una manera espontánea y despreocupada que no era frecuente en él hasta después de meses de conocer a alguien.
Posteriormente la apreció por sus propias virtudes. Que se hubiera molestado en pasearla por Calcuta para mostrarle las vistas de la ciudad había sorprendido a sus hermanas y a Dipankar, que consideraron el hecho como un infrecuente gasto de energía. Quizá Amit había encontrado su Ideal.
Todo había acabado aquí, sin embargo. En cuanto Lata se fue de Calcuta, no se cartearon. Lata encontró en Amit una compañía amable y reconfortante; la sacó de su tristes y la introdujo en el mundo de la poesía, en la historia de la ciudad, y —algo de igual importancia— la sacó a pasear, ya fuera el cementerio o College Street. A Amit, por su parte, Lata le gustaba mucho, pero ni por asomo le había expresado su afecto. Aunque era poeta y tenía cierta percepción de las emociones humanas, en su propia vida se mostraba mucho más reticente de lo que
le convenía. Cuando estuvo en Cambridge, se sintió silenciosamente atraído por una mujer hermana de uno de sus amigos y tan animada y explosiva como una traca; y sólo posteriormente descubrió que a ella también le gustaba, y que finalmente, en su impaciencia, había renunciado a Amit y se había unido a otro. «Silenciosamente»
significaba que él no le había dicho lo que sentía por ella. Sin embargo había escrito muchas palabras, rimadas y en cierto modo razonadas, acerca de sus sentimientos, y aunque había tachado muchas y publicado unas pocas, a ella no le había mostrado ni enviado ninguna.
Ni Meenakshi ni Kakoli estaban al corriente de ese asunto amoroso (o no amoroso), aunque todos los miembros de la familia creían que debía existir una explicación a todos esos desdichados poemas de amor que había en su primer volumen, y que tanto éxito habían alcanzado.
Amit, sin embargo, era más que capaz de esquivar con su estilo ácido cualquier pregunta de sus hermanas que se acercara demasiado íntimamente a su corazón sensible, fértil e indolente.
Su segundo volumen de poesía mostraba una resignación filosófica desacostumbrada en un hombre que todavía no tenia treinta años, y que ya era bastante famoso. ¿Por qué diantres, se preguntaba uno de sus amigos ingleses en una carta, .taba tan resignado? No se daba cuenta de que Amit,probablemente, y quizá sin que ni él mismo lo supiera, se sentía solo. No tenía amigos —ni masculinos ni femeninos— en Calcuta; y el que eso sólo pudiera achacarse a su propia desgana y a su escasa propensión da la vida social no mitigaba el estado de ánimo resultante; una especie e hastío burlón; a veces, incluso, un puro abatimiento.
Su novela, ambientada en el período de la hambruna bengalí, le hacía olvidarse de sí mismo y le llevaba en compañía de sus personajes.
Pero incluso entonces Amit se preguntaba si no había elegido un lienzo demasiado negro. El tema era complejo y profundo —el hombre contra el hombre, el hombre contra la naturaleza, la ciudad contra el campo, las desesperadas experiencias de la guerra, un gobierno extranjero contra unos campesinos desorganizados— y quizá más le hubiera valido escribir una comedia amable. En su familia podía encontrar suficiente material para ello. Y tampoco le disgustaba; a menudo se encontraba
evadiéndose en lecturas livianas —novelas policíacas, el omnipresente Wodehouse, incluso cómics— de la pesada tarea que se había impuesto.
Cuando Biswas babu sacó a colación el tema del matrimonio, afirmó, con su acostumbrado y vibrante énfasis: «Una boda concertada con una chica sensata, ésa es la solución.» Amit había dicho que se reservaba su decisión sobre el asunto, aunque inmediatamente pensó que nada podía repugnarle más; prefería vivir toda su vida soltero que bajo el dosel de la sensatez femenina. Pero tras su paseo por el cementerio con Lata, al comprobar que ella no se intimidaba con sus antojadizos modales ni con la delirante y frívola naturaleza de sus palabras, y respondía a ellas con sorprendente viveza, había comenzado a preguntarse si el hecho de que ella fuera «una chica sensata» era algo que pesaba tanto en su contra. Por muy famoso que fuera, la actitud de Lata no había sido de embobada admiración, y tampoco había adoptado esa pose de defender a capa y espada sus propias opiniones.
Recordó la desinhibida gratitud de Lata y su satisfacción cuando él le ofreció una guirnalda de flores para el pelo, tras la terrible conferencia en la Misión Ramakrishna. Quizá, se dijo, por una vez mis hermanas tienen razón. De todos modos, Lata vendrá a Calcuta en Navidad, y podré mostrarle el gran baniano que hay en el Jardín Botánico, y veremos cómo van las cosas a partir de ahí. No le parecía necesario precipitarse, y si bien el zapatero le inquietaba muy levemente, ese tal Akbar no le preocupaba en lo más mínimo.
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