Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 65 de 478

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Un buen partido

4.6

Eran las diez, y los jóvenes que estaban en la habitación de Sunil Patwardhan, cerca de la universidad, se encontraban felizmente embriagados de una mezcla de alcohol y buen humor.

Sunil Patwardhan era profesor de matemáticas en la Universidad de Brahmpur. Había sido amigo de Haresh en la Universidad de St Stephen's de Delhi; después de eso, como Haresh se fue a Inglaterra para llevar a cabo sus estudios sobre el calzado, durante un par de arios ni se vieron ni se escribieron, y sólo tuvieron noticias el uno del otro a través de amigos comunes. Aunque Sunil era matemático, en St Stephen's se le conocía por su carácter campechano. Era grande y bastante grueso, aunque, atiborrado como estaba de holgazana energía, indolente ingenio y ghazales en urdu y citas de Shakespeare, muchas mujeres le encontraban atractivo. También le gustaba beber, y durante sus días de universidad intentó muchas veces ' hacer beber a Haresh..., sin éxito, pues Haresh, por entonces, era abstemio.

De estudiante, Sunil Patwardhan creía que, como método de trabajo, con dos semanas de profundos estudios matemáticos era suficiente; durante el resto del tiempo no prestó atención a sus clases, y sus notas fueron excelentes. Ahora que era profesor le resultaba difícil imponer a sus alumnos una disciplina académica en la que él mismo no creía.

Estuvo encantado de volver a ver a Haresh tras tantos años. Haresh, de acuerdo con la costumbre, no le había informado de que iría a Brahmpur por cuestiones de trabajo, sino que había aparecido en su puerta dos o tres días antes, había dejado su equipaje en la sala de estar, había charlado durante media hora y a continuación se había marchado a toda velocidad a otra parte, diciendo algo incomprensible acerca de comprar microláminas y una partida de cuero.

—Mira, éstos son para ti —añadió antes de despedirse, depositando una caja de zapatos sobre la mesa de la sala de estar.

Sunil la abrió y quedó encantado. Haresh dijo:

—Sé que sólo llevas zapatos de éstos.

—¿Cómo recuerdas mi número?

Haresh rió y dijo:

—Para mi, los pies de la gente son como coches. Siempre recuerdo su número..., no me preguntes cómo lo hago. Y tus pies son como Rolls-Royces.

Sunil recordó la vez en que él y un par de amigos retaron a Haresh

—que siempre mostraba una irritante seguridad en sí mismo— a que identificara a cierta distancia cada uno de los cincuenta coches aparcados delante de la facultad durante un acto oficial. Haresh los acertó todos. Considerando su memoria casi perfecta para los objetos, era raro que hubiera sacado una media de bien en su licenciatura en literatura inglesa y que hubiera llenado su examen de poesía de innumerables citas erróneas.

Dios sabe, pensó Sunil, cómo se ha metido en el negocio del calzado, pero probablemente es algo que le va. Habría sido una tragedia para el mundo y para él convertirse en profesor como yo. Lo asombroso es que eligiera una carrera como literatura inglesa.

—¡Bien! Ahora que estás aquí, celebraremos una fiesta —había dicho Sunil—. Como en los viejos tiempos. Traeré a un par de antiguos compañeros de la universidad que están en Brahmpur para que se unan a los más alegres de mis colegas académicos. Pero si quieres bebidas sin alcohol tendrás que traértelas tú mismo.

Haresh le prometió que intentaría ir, «si el trabajo lo permite». Sunil le amenazó con excomulgarle si no lo hacia.

Ahora Haresh estaba allí, aunque hablando sin parar y con entusiasmo de todo lo que había hecho durante el día.

—Oh, basta, Haresh, no nos hables más de cueros ni de zapatos —

dijo Sunil—. No nos interesa todo eso. ¿Qué pasó con aquella chica sij a la que perseguías en tu época de crápula?

—No era una sardani, era la inimitable Kalpana Gaur —dijo un joven historiador. Inclinó la cabeza hacia la izquierda con toda la melancolía de que fue capaz, imitando exageradamente la mirada de adoración con que Kalpana Gaur observaba a Haresh desde el otro lado

del aula durante las clases sobre Byron. Kalpana era una de las pocas mujeres que estudiaban en St Stephen's.

—Uh... —dijo Sunil desaprobándole con autoridad—. No conocéis la verdad de la historia. Kalpana Gaur iba detrás de él, y él iba detrás de la sardani. Haresh solía cantarle serenatas ante la ventana de la casa de su familia, y le enviaba cartas por medio de intermediarios. La familia sij no podía soportar la idea de que su amada hija se casara con un lala.

Si queréis más detalles...

—Sunil se embriaga con el sonido de su propia voz —dijo Haresh.

—Ya lo creo que sí —dijo Sunil—. Pero reconócelo, te equivocaste de mujer. Deberías haber cortejado no a la chica, sino a la madre y a la abuela.

—Gracias —dijo Haresh.

—¿Así que todavía seguís en contacto? ¿Cómo se llamaba...?

Haresh no se sintió en la obligación de dar ninguna información. No estaba de humor para contarles a esos afables idiotas que todavía, después de todos esos años, estaba muy enamorado de ella, y que, además de sus punteras y contrafuertes, guardaba en la maleta una fotografía de ella enmarcada en plata.

—Quítate los zapatos —le dijo a Sunil—. Quiero que me los devuelvas.

—¡Cerdo! —dijo Sunil—. Sólo porque he mencionado a esa santa entre santas...

—No seas asno —replicó Haresh—. No voy a comérmelos, te los devolveré en un par de días.

—¿Qué vas a hacer con ellos?

—Si te lo cuento te aburrirás. Vamos, quítatelos.

—¿Qué, ahora?

—Sí, ¿por qué no? Unas cuantas copas más y a mi se me habrán olvidado y tú te habrás ido a dormir con ellos puestos.

—¡Oh, muy bien! —dijo Sunil quitándose los zapatos.

—Eso está mejor —dijo Haresh—. Así estás más a mi altura. Qué magníficos calcetines —añadió, mientras los calcetines de tartán rojo chillón de Sunil quedaban completamente a la vista.

—¡Uau! —De todas partes llegaban gritos de aprobación.

—Qué hermosos tobillos —prosiguió Haresh—. ¡Vamos a actuar!

—Encended los candelabros —gritó alguien.

—Traed las copas con esmeraldas.

—Echad esencia de rosas.

—¡Poned una sábana blanca en el suelo y haced pagar entrada!

El joven historiador, en el afectado tono de un locutor, informó a la audiencia:

—El famoso cortesano Sunil Patwardhan ejecutará para nosotros su exquisita interpretación de la danza khatak. Nuestro Señor Krishna baila con las pastoras. «Venid», les dice a las gopis. «Venid a mí. ¿De qué tenéis miedo?»

—¡Ta-ta-tai-tai! —dijo un médico borracho, imitando el sonido de los pasos de baile.

—Nada de cortesana, patán, artista!

—¡Artista! —dijo el historiador, prolongando la última vocal.

—Vamos, Sunil, estamos esperando.

Y Sunil, que no solía hacerse de rogar, ejecutó torpemente una danza casi-kathak mientras sus amigos se desternillaban de risa. Sonrió con afectada coquetería mientras su rollizo corpachón giraba por el cuarto, aquí derribando un libro y allí derramando una copa. Tan absorto estaba en su representación, que a su interpretación de Krishna y las gopis —en la que se asignó todos los papeles— siguió una escena improvisada que representaba al vicerrector de la Universidad de Brahmpur (un conocido mujeriego que no le hacía ascos a ninguna fémina) saludando zalamero a la poetisa Sarojini Naidu cuando ésta venía como invitada de honor a las ceremonias de la Fiesta Anual.

Algunos de sus amigos, que no podían más de risa, le imploraban que se

detuviera, y otros, que tampoco podían parar, le suplicaban que siguiera bailando para siempre.

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