Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 393 de 478

Páginas del PDF

Un buen partido

17.3

Al día siguiente, Maan fue a visitar a Rasheed. Se hospedaba en una habitación situada en la parte más sórdida y superpoblada del casco antiguo, en medio de callejas estrechas y descuidadas que olían a alcantarilla. Rasheed vivía solo. No podía permitirse tener a su familia con él. Se preparaba él mismo la comida siempre que podía, daba sus clases particulares, estudiaba, desempeñaba algunas tareas en el Partido Socialista, y estaba intentando escribir un opúsculo —medio popular, medio erudito-que explicara el significado y las ventajas del laicismo en

el islam.110 Durante meses su vida se había alimentado más de su fuerza

de voluntad que de comida y afecto. Cuando vio a Maan en su puerta, Rasheed pareció atónito y contrariado. Maan observó con consternación que la mitad del pelo se le había vuelto blanco. Tenía la cara demacrada, pero aún le brillaba un cierto fuego en la mirada.

—Vamos a dar un paseo —sugirió Rasheed—. Tengo una clase dentro de una hora. Aquí dentro hay muchas moscas. Curzon Park nos viene de camino. Podemos sentarnos allí y charlar.

Se sentaron en el parque, bajo el tibio sol de diciembre y junto un enorme ficus de hojas pequeñas. Cada vez que alguien pasaba a su lado, Rasheed bajaba la voz. Parecía en extremo cansado, aunque hablaba casi sin parar. Desde buen principio Maan tuvo claro que Rasheed no iba a ayudar a su padre en ningún sentido, pues su intención era apoyar al Partido Socialista en el distrito de Salimpur-cum-Baitar. Rasheed le comunicó que pasaría las vacaciones haciendo campaña en favor de su partido y en contra del Congreso. Habló largo y tendido del feudalismo, la superstición y la estructura opresiva de la sociedad, y especialmente del papel que el nawab sahib de Baitar desempeñaba en el sistema. Dijo que los líderes del Congreso —y presumiblemente Mahesh Kapoor—

eran carne y uña con los grandes terratenientes, y que ése era el motivo por el que éstos serían compensados por las tierras que el Estado iba a expropiarles.

—Pero no conseguirán embaucar al pueblo —dijo—. La gente se da perfecta cuenta de lo que ocurre.

Hasta ese momento Rasheed había hablado con gran convicción —

probablemente un poco exagerada—, quizá incluso con excesiva animosidad, en contra del gran terrateniente del distrito, aun cuando sabía que era amigo de Maan; pero no había nada particularmente extraño en su manera de hablar ni en la lógica que seguía. La palabra

«embauca., sin embargo, actuó como una especie de falla o fractura en su discurso. De pronto se volvió hacia Maan y dijo con mordacidad:

—Naturalmente, esa gente a la que pretenden embaucar es más lista de lo que crees.

—Naturalmente —asintió Maan amigablemente, aunque se sentía un tanto decepcionado. No le cabía duda de que Rasheed habría podido ayudar mucho a su padre en la zona de Debaria, y probablemente incluso en la ciudad de Salimpur. De no haber sido por Rasheed, Maan no habría llegado a saber nada del lugar.

—Para serte franco —dijo Rasheed—, no puedo negar que te he odiado tanto como a los demás al comprender lo que pretendíais hacer.

—¿A mí? —dijo Maan. No comprendía qué tenía que ver él en todo eso, aparte de ser hijo de su padre. Y, de todos modos, ¿por qué llegar al extremo de odiar?

—Pero todo eso ya está olvidado —prosiguió Rasheed—. No se gana nada odiando. Sin embargo, debo pedirte ayuda. Puesto que eres en parte responsable, no puedes negármela.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Maan, perplejo. Cuando visitó la aldea para el Bakr-Id, comprendió que Rasheed vivía bajo cierta tensión, pero ¿qué tenía que ver él con todo eso?

—Por favor, no finjas ignorancia —dijo Rasheed—. Conoces a mi familia; incluso has conocido a la madre de Meher... y aun así insistes en esos planes. Tú mismo te has confabulado con la hermana mayor.

Maan recordó de pronto lo que Saeeda Bai le había dicho.

—¿Tasneem? —preguntó—. ¿Estás hablando de Saeeda Bai y Tasneem?

Una expresión hostil ensombreció la cara de Rashed, como si Maan acabara de confirmar su propia culpa.

—Si lo sabes, ¿qué necesidad hay de invocar su nombre? —preguntó.

—Pero si no lo sé, no sé de qué me hablas —protestó Maan, atónito por el sesgo que había tomado la conversación.

Rasheed, procurando ser razonable, dijo:

—Sé que tú, Saeeda Bai y otros, incluyendo a gente importante del gobierno, estáis intentando casarme con ella. Y que ella me ha elegido a mí. La carta que me escribió..., las miradas que me lanzaba... Un día, de pronto, en medio de una clase, hizo un comentario que sólo podía significar una cosa. No puedo dormir de preocupación, en tres semanas apenas he pegado ojo. No quiero hacerlo, pero temo por su buen juicio.

Se volverá loca a menos que yo corresponda a su amor. Pero aun cuando me comprometa a ello, cosa que debo hacer por pura y simple humanidad, aunque me comprometa a ello, he de asegurarme protección para mi mujer y mis hijas. Tendrás que conseguir que Saeeda Bai te lo garantice. Sólo consentiré bajo unas condiciones muy claras.

—¿De qué diantres estás hablando? —dijo Maan con cierta brusquedad—. Yo no formo parte de ese plan...

Rasheed le cortó en seco. Estaba tan enfadado que temblaba. Pero intentó dominarse.

—Por favor, no digas eso —exclamó—. No puedo aceptar que me digas algo así a la cara. A mí no podéis engañarme. Ya te he dicho que no siento odio contra ti. Me he dicho que por muy equivocadas que fueran tus intenciones, lo hacías por mi bien. Pero ¿acaso no se te ocurrió pensar en mi mujer y mis hijas?

—Nada más lejos de las intenciones de Saeeda begum —dijo Maan

—, que pretender que Tasneem se case contigo. En cuanto a mí, es la primera noticia que tengo.

Una expresión astuta atravesó la cara de Rasheed.

—¿Entonces por qué mencionaste su nombre hace un momento?

Maan puso ceño, intentando recordarlo.

—Saeeda begum dijo algo en relación a unas cartas que le enviaste a su hermana —dijo—. No te aconsejo que sigas escribiéndole. Eso sólo servirá para enojada. Y —añadió, enfadándose él también, aunque

procurando controlarse, pues, después de todo, estaba hablando con su profesor, por joven que fuera, y con alguien que, además, le había hecho de anfitrión en su aldea— me gustaría que dejaras de imaginar que yo formo parte de ese complot.

—Muy bien —dijo Rasheed con firmeza—. Muy bien. No volveré a mencionarlo. ¿Acaso te critiqué cuando visitaste al patwari con mi familia? Demos por acabado este capítulo. Yo no te acusaré, y tú, amablemente, no protestarás ni negarás nada. ¿De acuerdo?

—Pero cómo no voy a negarlo... —dijo Maan, preguntándose qué pintaba el patwari en todo esto—. Deja que te diga, Rasheed, que estás completamente equivocado. Siempre he sentido un gran respeto por ti, pero no entiendo de dónde sacas estas ideas. ¿Qué te hace pensar que Tasneem se interesa mínimamente por ti?

—No lo sé —dijo Rasheed, especulativo—. A lo mejor es por mi aspecto, o por mi rectitud, o por el hecho de que ya haya hecho tantas cosas en la vida y vaya a ser famoso algún día. Sabe que he ayudado a mucha gente. —Bajó la voz—. Yo no busqué sus atenciones. Mi actitud ante la vida es eminentemente religiosa. —Suspiró—. Pero conozco el significado del deber. Debo hacer lo que sea necesario para que no pierda el juicio. —Bajó la cabeza en un repentino gesto de agotamiento y se inclinó hacia adelante.

—Creo —dijo Maan tras unos minutos, un tanto desconcertado y dándole unos golpecitos en la espalda— que deberías cuidarte un poco más o dejar que tu familia cuide de ti. Deberías regresar a tu pueblo en cuanto empiecen las vacaciones, o incluso antes... y dejar que la madre de Meher cuide de ti. Descansa. Duerme. Come bien. No estudies. Y no te agotes haciendo campaña por ningún partido.

Rasheed levantó la cabeza y miró a Maan con aire burlón.

—Eso es lo que te gustaría, ¿verdad? —dijo—. Entonces tendrías el terreno libre. Entonces ya nadie os disputaría el pastel. Entonces podrías enviar a la policía a que me abriera la cabeza con un lathi. Puede que haya sufrido algunos reveses, pero cuando se me mete algo entre ceja y ceja, lo hago. Sé cuándo dos hechos guardan relación entre sí. No es fácil embaucarme, especialmente si no tienes la conciencia tranquila.

—Estás hablando en clave —dijo Maan—. Y creo que se te está haciendo tarde para la clase. En cualquier caso, no quiero oír hablar más de este asunto.

—Debes confirmarlo o negarlo.

—Por amor de Dios —gritó Maan, exasperado.

—La próxima vez que visites a Saeeda Bai, dile que estoy dispuesto a llevar la felicidad a su hogar si insiste en seguir adelante con esto, que aceptaré celebrar una ceremonia sencilla, pero que ninguno de los hijos que tenga en mi segundo matrimonio podrá usurpar los derechos de las hijas que va tengo. Y el matrimonio con Tasneem debe mantenerse en secreto, incluso ante el resto de mi familia. No debe haber rumores..., después de todo, Tasneem es la hermana de, bueno..., he de cuidar de mi reputación y de la de mi familia. Sólo aquellos que ya están al corriente...

Pareció quedarse dormido lentamente.

Maan se puso en pie, miró asombrado a Rasheed y le sacudió la cabeza. Suspiró, a continuación se apoyó en el tronco de un árbol y siguió mirando a su antiguo profesor y amigo. Bajó los ojos al suelo y dijo:

—Ni voy a regresar a casa de Saeeda begum ni estoy conspirando en contra tuya. No estoy interesado en abrirle la cabeza a nadie. Mañana me voy a Salimpur con mi padre. Si quieres enviarle algún mensaje a Saeeda begum, envíaselo tú mismo, pero te suplico que no lo hagas. No entiendo ni la mitad de lo que me estás diciendo. Pero si quieres, Rasheed, te acompañaré a tu pueblo, o al pueblo de tu mujer, y me aseguraré de que llegues sano y salvo.

Rasheed no se movió. Se apretó la frente con la mano derecha.

—Bueno, ¿qué dices? —preguntó Maan, preocupado y colérico.

Tenía planeado ir a casa de Saeeda Bai antes de marcharse, y ahora se sentiría obligado a mencionarle su encuentro con Rasheed y el sesgo poco tranquilizador que había tomado. Deseaba con toda su alma que nadie resultara perjudicado y que no amargara la víspera de su partida.

—Me quedaré sentado aquí —dijo Rasheed— y pensaré.

Hizo que la palabra sonara inquietantemente agorera.

OceanofPDF.com