Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 355 de 478

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Un buen partido

15.12

Maan y Firoz deambulaban por el oscuro callejón de Katra Mast, en dirección a Misri Mandi, cuando el primero se detuvo abruptamente.

que acababa de oír no eran los sonidos característicos de la procesión de una tazia —y además era muy tarde para eso— ni el alegre bullicio del Bharat Milaap. El resonar de los tambores se había interrumpido en los dos lados, ya no se oía ni «Hassan! ¡Husein!» ni «¡Jay Siyaram!». En lugar de eso les llegaban los caóticos y ominosos ruidos de una turba, interrumpidos por gritos de dolor o furia... o gritos de «Har har Mahadeva». Esta agresiva invocación de Shiva no habría sonado fuera de lugar ayer, pero hoy helaba la sangre.

Soltó la mano de Firoz y le hizo dar media vuelta girándolo por los hombros.

—¡Corre! —dijo con la boca seca de temor—. Corre. —El corazón le latía con fuerza. Firoz se le quedó mirando, pero no se movió.

Ahora la multitud bajaba el callejón a gran velocidad. Los sonidos eran cada vez más cercanos. Maan miró a su alrededor desesperado.

Las tiendas estaban todas cerradas, las persianas bajadas. No había ninguna calleja lateral que pudieran tomar.

—Regresa, Firoz... —dijo Maan, temblando—. ¡Vete, corre! Aquí no hay donde esconderse.

—¿Qué ocurre? ¿Es que eso no es la procesión? —Firoz abrió la boca mientras advertía el terror en los ojos de Maan.

—Escúchame, por favor —dijo Maan entrecortadamente—. Haz lo que te digo. ¡Vete corriendo! Vete corriendo hacia el Imambara. Los retrasaré uno o dos minutos. Eso será suficiente. Me pararán a mí primero.

—No pienso dejarte —dijo Firoz.

—Firoz, no seas idiota, es una turba hindú. Yo no estoy en peligro.

Pero lo estaré si voy contigo. Dios sabe lo que estará ocurriendo ahí ahora. Si hay disturbios, puede que estén matando hindúes.

—No...

—Dios mío...

La multitud casi les había alcanzado, y era demasiado tarde para huir. Delante del grupo había un joven que parecía ebrio. Llevaba la kurta desgarrada y sangraba de un corte en el costado. En la mano sostenía un lahti manchado de sangre, y avanzaba hacia Maan y Firoz.

Tras ellos —aunque estaba oscuro y no se veía muy bien— debía de haber unos veinte o treinta hombres, armados con lanzas, cuchillos y antorchas encendidas y empapadas en queroseno.

—Musulmanes..., matadlos a todos.

—No somos musulmanes —dijo Maan inmediatamente, sin mirar a Firoz. Intentó controlar su voz, pero soltó un gallo de terror.

—Eso podemos averiguarlo enseguida —dijo el joven con malos mondos Maan le miró: tenía el rostro enjuto y bien afeitado un rostro hermoso aunque lleno de locura, furia y odio. ,Quién era? ;;Quién era toda e. gente? En la oscuridad, Maan no reconoció a nadie. ¿Qué había ocurrido? ¿Cómo era posible que la tranquilidad del Bharat Milaap hubiera acabado de pronto en aquel disturbio? ¿Y qué, pensó con la mente anegada de temor, iba a ocurrirles?

De pronto, como de milagro, la niebla del miedo desapareció de su mente.

—No hay nada que averiguar —dijo con voz más profunda—. Nos asustamos porque al principio creímos que erais musulmanes. Desde aquí no oíamos lo que gritabais.

—Recita el Gayatri Mantra —dijo el joven, con desdén.

Maan recitó las sílabas sagradas.

—Ahora vete... —dijo—. Y no amenaces a gente inocente. Sigue tu ca«mino. ¡Jai Siyaram! ¡Har har Mahadeva! —No pudo evitar que su voz sonara burlona.

El joven vaciló.

Alguien de la multitud gritó—.

—El otro es musulmán. ¿Por qué, si no, va vestido así?

—Sí, es cierto.

—Quítate tus elegantes ropas.

Firoz había comenzado a temblar de nuevo. Eso les dio ánimos.

—Veamos si está circuncidado.

—Matad a los crueles haramzada, asesinos de vacas, haramzada, cortad la garganta de e. cabrón.

—¿Qué eres? —dijo el joven, hundiendo el lathi manchado de sangre en el estómago de Firoz—. Habla, rápido, rápido, antes de que utilice esto para machacarte la cabeza...

Firoz se encogió y tembló. La sangre del lathi le había manchado la sherwani blanca. Normalmente no le faltaba valor, pero ahora, ante aquel peligro incontrolable e irracional, era incapaz de articular palabra.

¿Cómo se podía discutir con una turba?

—Soy lo que soy. ¿Y a ti qué te importa?

Maan, desesperado, miraba a su alrededor. Sabía que no había tiempo para hablar. De pronto, en la vacilante y aterradora luz de las antorchas su mirada se posó alguien que creyó reconocer.

—¡Nand Kishor! —gritó—. ¿Qué haces en compañía de esta pandilla? ¿No te da vergüenza? Tú, todo un maestro de escuela. —Nand Kishor, un hombre de mediana edad, con gafas, ponía cara de pocos amigos.

—Cállate —le dijo el joven a Maan con malos modos—. ¿Sólo porque te gustan las pollas circuncidadas crees que dejaremos ir al musulmán? —De nuevo hundió su .lathi en la barriga de Firoz, y otra mancha de sangre apareció en su sherwani.

Maan hizo caso omiso de él y siguió dirigiéndose a Nand Kishor.

Sabía que no le quedaba mucho tiempo para dialogar. Era un milagro que hubieran podido decir palabra, que todavía estuvieran vivos. .

—Mi sobrino Bhaskar va a clase contigo. Forma parte del ejército de Hanuman. ¿Es que le enseñas a atacar a gente inocente? ¿Es éste el tipo

de Ram Rajya que quieres instaurar? No hacemos daño a nadie. Deja que sigamos nuestro camino. ¡Vamos! —le dijo a Firoz, agarrándolo por el hombro—. Vamos. —Con el hombro intentó abrirse camino entre la multitud.

—No tan deprisa. Tú puedes irte, asqueroso traidor, pero tú no —

dijo el joven.

Maan se volvió hacia él, sin hacer caso de su lahti, le agarró por la garganta con una furia repentina.

—¡Tú eres el asqueroso! —le dijo en un gruñido no muy sonoro pero que, sin embargo, llegó a todos los miembros de la multitud—.

¿Sabes qué día es hoy? Este hombre es mi hermano, más que mi hermano, y hoy, en nuestro barrio, celebramos el Bharat Milaap. Si tocas un pelo de la cabeza de mi hermano, un solo pelo, Rama se apoderará de tu asquerosa alma y la enviará a quemarse en el infierno, y en tu próxima vida renacerás como la asquerosa krait que ya eres. Vete a casa y bébete tu propia sangre a lengüetadas, cabrón, antes de que te parta el espinazo. —Arrancó el lathi de la mano del joven y le empujó hacia la turba.

Con la cara encendida de cólera, Maan atravesaba la multitud en compañía del ileso Firoz. A causa de sus palabras, ahora todos le miraban un poco acobardados, un poco más inseguros. Antes de que pudieran reaccionar, Maan, empujando a Firoz delante de él, había recorrido cincuenta metros y doblado una esquina.

—¡Y ahora corre! —dijo.

Él y Firoz corrieron despavoridos. La turba aún era peligrosa. Se había quedado sin líder durante unos minutos, sin saber qué hacer, pero pronto se reagrupó y, sintiéndose burlada por aquella presa, recorrió los callejones buscando a otras.

Maan sabía que debían evitar a toda costa la ruta de la procesión del Bharat Milaap y llegar como pudieran a casa de su hermana. Quién podía saber a qué peligros deberían enfrentarse, con qué otras pandillas o lunáticos se podían topar.

—Intentaré llegar al Imambara —dijo Firoz.

—Ahora ya es demasiado tarde —dijo Maan—. Te han cortado la salida y no conoces esta zona. Quédate conmigo. Vamos a casa de mi hermana. Su marido pertenece al Comité del Rambla, nadie atacará su casa.

—Pero no puedo. ¿Cómo voy a...?

—¡Cállate! —dijo Maan, de nuevo con la voz temblorosa—. Ya nos has hecho correr suficientes peligros. Basta de estúpidos escrúpulos. En nuestra familia no existe el purdah, gracias a Dios. Entrar esa puerta y no hagas ruido. —A continuación rodeó con un brazo el hombro de Firoz.

Le condujo a través de una pequeña colonia de lavanderos,y aparecieron en el estrecho callejón donde vivía Kedarnath. Sólo había cincuenta metros hasta el escenario montado para el Bharat Milaap.

Podían oír los gritos y aullidos que de allí procedían. La casa de Veena estaba en un barrio casi completamente hindú; no había peligro de que se formara ninguna turba musulmana.

Todos se quedaron mirando a Firoz —que, con su sherwani blanca manchada de sangre, entró trastabillando en la casa— y a Maan, que aún llevaba en la mano el lathi también manchado de sangre.

Kedarnath avanzó hacia ellos, los otros tres miembros de la familia retrocedieron. La anciana señora Tandon se llevó las manos a la boca.

—¡Hai Ram! ¡Hai Ram! —exclamó, boquiabierta de horror.

—Firoz se quedará aquí hasta que podamos sacarle sano y salvo —

dijo Maan, mirándoles a todos Lino por uno—. Hay una turba que recorre las calles... y habrá otras. Pero aquí todos estamos a salvo. A nadie se le ocurrirá atacar esta casa.

—Pero la sangre..., ¿estás herido? —preguntó Veena, volviéndose hacia Firoz, con la mirada llena de preocupación.

Maan observó la sherwani de Firoz y su propio lathi, y de pronto se echó a reír.

—Sí, este lahti es el causante, pero no yo..., y ésta no es su sangre.

Firoz saludó a sus anfitriones en cuanto el sobresalto de todos los presentes lo permitió.

Bhaskar, aún lloroso, y viendo el efecto que todo eso provocaba en sus padres, miró de una manera extraña a Maan, que colocó el largo báculo de bambú contra la pared y besó a su sobrino en la frente.

—Éste es el hijo pequeño del nawab sahib de Baitar —le dijo Maan a la anciana señora Tandon. Ésta asintió en silencio. Su mente había regresado a los días de la Partición en Lahore, y sus recuerdos y pensamientos eran de absoluto terror.

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