Un buen partido
19.16
LA mañana posterior a la boda, durante el desayuno, Haresh decidió que podría aprovechar su estancia en Brahmpur para echar un vistazo a la fábrica local de Praha.
—Pero no puedes irte así como así —dijo Lata, separando su taza de té de los labios con una expresión atónita. Estaban sentados a una pequeña mesa, en la cámara nupcial de la casa de su abuelo.
—No —dijo Haresh—, Tienes razón. ¿Por qué no vienes? A lo mejor te gusta.
—Creo que me iré a casa de Savita —dijo Lata, y volvió a llevarse la taza a loa labios.
—¿Qué es esa caja de zapatos? —preguntó Haresh, y la abrió.
Dentro había un pequeño gato, labrado en madera y sonriendo con picardía.
Lata lo cogió y lo examinó complacida.
—Es del zapatero que tuve que ir a ver ayer —dijo Haresh.
—Me gusta —dijo Lata.
Haresh la besó y te marchó.
Al cabo de unos minutos Lata fue hacia la ventana que daba a la buganvilla y se asomó, un poco perpleja. Era una extraña manera de iniciar su vida matrimonial. Pero entonces le dio vueltas al asunto y decidió que era mejor que Haresh no se hubiera quedado a pasar el día con ella, pues así podría pasear por Brahmpur e ir a la universidad, a los ghats, al Barsaat Mahal. Puesto que iban a empezar una nueva vida, mejor empezarla en otra parte.
La familia de Haresh había regresado a Delhi aquel mismo día, y Arun, Varun y los demás habían vuelto a Calcuta. Al día siguiente. Lata y Haresh ocuparían sus asientos en un tren con destino Calcuta. Haresh no podía irse de luna de miel inmediatamente debido a su trabajo, pero le prometió a Lata que pronto se tomaría unas vacaciones. Fue aún más
considerado con ella que en el viaje de Kanpur a Lucknow. Lata sonrió y le dijo que no se preocupara tanto por ella, pero le gustaron sus atenciones.
Su madre fue a despedirles a la estación, acompañada de Savita y Pran. Hacia calor y habla mucho ruido. La señora Rupa Mehra se pasó el pañuelo perfumado de colonia por la frente y los párpados. De pie en el andén, con sus dos hijas y sus maridos, pensó que no podría soportar separarse de ninguna de ellas. Se sintió repentinamente tentada de irse con Lata y Haresh, pero por suerte desistió.
Se aseguró de que tuvieran suficiente comida para el viaje; había traído provisiones extra, caso de que ellos no se hubieran acordado, incluida una gran caja de cartón con las letras Mercado de Shiv: Lo Mejor en Dulces, y un termo lleno de café frío.
Abrazó a Haresh, se aferró a Lata como si jamás hubiera de volver a verla. De hecho, planeaba regresar a Calcuta el 20 de junio —era el cumpleaños de una buena amiga— y visitar Prahapore el mismo día de su llegada. Estaba encantada de tener otra casa que añadir a su periplo anual.
Lata saludó con la mano desde la ventanilla mientras el tren se alejaba de la Estación de Brahmpur. Haresh parecía relajado y feliz, y Lata descubrió que eso también la llenaba de dicha. Los ojos se le llenaron de lágrimas ante la idea de vivir separada de su madre. Miró a Haresh durante un segundo, y luego se volvió hacia el paisaje. En pocos minutos llegarían a las afueras de la ciudad.
Aproximadamente una hora más tarde, durante una parada en una estación muy pequeña, vio un pequeño grupo de monos. Se dieron cuenta de que ella les miraba, e, intuyendo la presencia de un alma bondadosa, se acercaron a la ventanilla. Lata observó a Haresh: estaba dando una cabezada. Le asombró que fuera capaz de dormir durante diez o veinte minutos seguidos donde o cuando se le antojara.
Les arrojó unas cuantas galletas: el grupo se estrechó a su alrededor, chillando con insistencia. Por un momento, Lata se miró las manos decoradas con henna, sacó un musammi, peló con cuidado la piel verdosa, lo dividió en partes y lo distribuyó. Los monos se lo tragaron al
instante El silbato ya había sonado cuando Lata distinguió a un mono viejo y solitario, sentado al otro extremo del andén.
La observaba fijamente, sin pedir nada.
Cuando el tren comenzó a moverse, Lata introdujo rápidamente la mano en la bolsa de fruta, sacó otro musammi y lo arrojó hacia el mono viejo. Éste fue a cogerlo, pero los otros también lo vieron y se lanzaron corriendo por él; y antes de que Lata pudiera ver en qué concluía todo aquello, el tren ya había dejado atrás la estación.
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