Un buen partido

Vikram Seth · Capítulo 101 de 478

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Un buen partido

6.15

Cuando entraron en los terrenos de la Casa de Baitar, sin embargo, la idea de ver a Firoz alegró ligeramente a Maan.

Les hicieron aguardar en el vestíbulo. El anciano sirviente dijo que el nawab sahib estaba en la biblioteca, y que sería informado de la llegada del ministro. Tras unos minutos, Mahesh Kapoor se levantó del viejo sofá de piel y comenzó a caminar arriba y abajo. Se había cansado de estar mano sobre mano y mirar fotografías de hombres blancos con tigres muertos a sus pies.

Al cabo de unos minutos se le acabó la paciencia. Le dijo a Maan que fuera con él y recorrió las habitaciones de altos techos y los pasillos mal iluminados en dirección a la biblioteca. Ghulam Russol intentó disuadirle infructuosamente. También apartó a Murtaza Ali, que andaba rondando cerca de la biblioteca. El ministro de Finanzas y su hijo llegaron ante la puerta de la biblioteca y la abrieron de par en par.

Un resplandor le cegó por un momento. No sólo estaban iluminadas las tenues lámparas de lectura, sino la gran araña de luces que había en mitad de la biblioteca. Y en la gran mesa redonda que había debajo —

con papeles extendidos por todas partes e incluso un par de libros de leyes encuadernados en piel de búfalo— estaban sentados tres parejas de padres e hijos: El nawab sahib de Baitar y Firoz; el rajá y el rajkumar de Mahr, y dos de los Abogados Escuálidos y Gafitas Bannerji (tal como se conocía en Brahmpur a esa renombrada familia de picapleitos).

Sería difícil adivinar quién se sintió más violento ante esa súbita intrusión.

El tosco rajá de Mahr gruñó:

—Hablando del rey de Roma.

Firoz, aunque encontraba la situación incómoda, se alegró de ver a Maan, e inmediatamente se levantó para estrecharle la mano. Maan puso su mano izquierda sobre el hombro de su amigo y dijo:

—No me estreches la mano derecha, me la has dejado inútil.

El rajkumar de Marh, que estaba más interesado en los jóvenes que en la jerga de la Ley del Zamindari, miró con aprobación a aquella apuesta pareja.

El mayor de los Bannerji («P. N.») se volvió rápidamente hacia su hijo («S. N.»), como diciéndole: «Ya te había dicho que deberíamos haber celebrado esta reunión en nuestro despacho.»

El nawab sahib se dio cuenta de que le habían pillado con las manos en la masa, conspirando contra la ley de Mahesh Kapoor en compañía de un hombre al que normalmente habría evitado.

Y Mahesh Kapoor se dio cuenta enseguida de que era el intruso más inoportuno que podía concebirse en esa reunión de trabajo, pues él era el enemigo, el expropiador, el gobierno, el origen de la injusticia, el otro bando.

Fue, sin embargo, Mahesh Kapoor quien rompió el hielo entre el círculo de los mayores, dirigiéndose al nawab sahib y cogiéndole la mano. No dijo nada, pero asintió lentamente con la cabeza. Sobraban las palabras de disculpa o solidaridad. El nawab sahib supo inmediatamente que su amigo habría hecho todo lo posible para ayudarle de haberse enterado del asedio a la Casa de Baitar, y que sólo circunstancias fortuitas lo habían impedido.

El rajá de Mahr rompió el silencio con una carcajada:

—¡Así que ha venido a espiarnos! Nos sentimos halagados. Nada de enviar a un secuaz, sino el ministro en persona.

Mahesh Kapoor dijo:

—Ya que al llegar no me cegó la visión de las matrículas de oro de su coche, no hubo manera de saber que estaba aquí. Supongo que vino en rickshaw.

—Tendré que contar mis matrículas antes de irme —dijo el rajá de Mahr.

—Si necesita ayuda, permítame que le envíe a mi hijo. Sabe contar hasta dos —dijo Mahesh Kapoor.

El rajá de Mahr se puso rojo.

—¿Todo esto estaba planeado? —le preguntó al nawab sahib. Se le ocurrió que quizá se tratara de un complot de los musulmanes y sus simpatizantes para humillarle.

El nawab sahib consiguió articular:

—No, Su Alteza, no lo estaba. Y me disculpo ante todos ustedes, especialmente ante usted, señor Bannerji, no debería haber insistido en que nos reuniéramos aquí.

Ya que los intereses comunes en aquel litigio le había empujado a la compañía del rajá de Mahr, el nawab sahib creyó que invitándole a su propia casa podría hablar con él acerca del Templo de Shiva en Chowk, o que al menos eso haría posible una charla posterior. Las relaciones entre los hindúes y musulmanes de Brahmpur eran tan difíciles que el nawab se había tragado su aversión y su orgullo a fin de ayudar a poner un poco de paz. Sólo que el tiro acababa de salirle por la culata.

El mayor de los Escuálidos y Gafitas, horrorizado por lo sucedido, decía ahora con una voz remilgada:

—Bueno, creo que ha ya hemos discutido las líneas maestras del asunto, y por el momento podemos aplazar la reunión. Informaré a mi abuelo por carta de lo manifestado por las dos partes, y espero convencerle de que lleve el caso personalmente, siempre y cuando resulte necesario.

Se estaba refiriendo al gran G. N. Bannerji, abogado de fama, perspicacia y rapacería legendarias. Si, como resultaba inevitable, la ley era aprobada por la Cámara Alta, recibía el visto bueno del presidente de la India y entraba en vigor, sin duda alguna sería recurrida ante el Tribunal Superior de Brahmpur. Si podían convencer a G. N. Bannerji de que aceptara representar a los terratenientes, las posibilidades de que la ley fuera declarada anticonstitucional y nula serían mucho mayores.

Los Bannerji se despidieron. El Bannerji más joven, aunque no mucho mayor que Firoz, era ya un abogado con experiencia. Tenía inteligencia, trabajaba duro, le llovían los casos de antiguos clientes de su familia, y consideraba a Firoz demasiado blando para esa profesión.

Firoz admiraba su inteligencia, pero le consideraba excesivamente presuntuoso, igual que su padre. Su abuelo, sin embargo, el gran G. N.

Bannerji, no era tan pedante como ellos. Aunque ya había cumplido los setenta, se mantenía tan vigorosamente erecto en el tribunal como en la cama. Las enormes sumas —algunos decían que carentes de todo escrúpulo— que exigía antes de aceptar un caso las dedicaba a mantener un disperso harén de mujeres; y aun con todo conseguía vivir por encima de sus posibilidades.

El rajkumar de Mahr era un joven decente, bien parecido y un tanto débil, que sucumbía al carácter dominante de su padre. Firoz detestaba a aquel tosco rajá que tanto se complacía en importunar a los musulmanes: «negro como el carbón, con sus botones de diamante y sus perlas preciosas rematándole las orejas». Su noción del orgullo familiar le hizo mantenerse a distancia también del rajkumar. No ocurrió lo mismo con Maan, quien propendía a sentir simpatía por los demás a menos que éstos se comportaran de modo desagradable. Maan despertó la curiosidad del rajkumar, y éste, al enterarse de que en aquellos días estaba bastante ocioso, sugirió que se vieran un día. Concertaron una cita para aquella misma semana.

Mientras tanto, el rajá de Mahr, el nawab sahib y Mahesh Kapoor permanecían de pie junto a la mesa, iluminados por la ararla de luces.

Los ojos de Mahesh Kapoor se posaron sobre los papeles desperdigados, pero a continuación, recordando la anterior pulla del rajá, rápidamente apartó la mirada.

—No, no, considérese nuestro invitado, ministro sahib —dijo burlón el rajá de Mahr—. Léalo todo. Y a cambio, cuénteme con pelos y señales ese plan que ha ideado para quedarse con nuestras tierras.

—¿Quedarme con sus tierras?

Un pececillo de plata correteó por la mesa. El rajá lo aplastó con el dedo.

—Me refiero, naturalmente, al ministerio de Finanzas del gran estado de Purva Pradesh.

—A su debido tiempo.

—Ahora está hablando como su querido amigo Agarwal en la Asamblea.

Mahesh Kapoor no respondió. El nawab sahib dijo:

—¿Nos trasladamos a la sala de estar?

El rajá de Mahr no hizo ademán de moverse. Dijo, casi tanto para el nawab sahib como para el ministro de Finanzas:

—Se lo he preguntado por motivos altruistas. Presto mi apoyo a los demás zamindars simplemente porque no me gusta la actitud del gobierno, de algunos insectos políticos como usted. Yo no tengo nada que perder. Mis tierras están protegidas de sus leyes.

—¿Ah, sí? —dijo Mahesh Kapor—. ¿Hay una ley para los hombres y otra para los monos?

—Si todavía es usted hindú —dijo el rajá de Mahr—, quizá recuerde que fue el ejército de los monos el que derrotó al de los demonios.

—¿Y qué milagro espera esta vez? —Mahesh Kapoor no pudo resistirse a preguntarlo.

—El Artículo 362 de la Constitución —dijo el rajá de Mahr, escupiendo alegremente algo más que el número dos—. Éstas son nuestras tierras, ministro sahib, nuestras propias tierras, y por los pactos de unión que nosotros, los gobernantes, suscribimos cuando consentimos en unirnos a vuestra India, la ley no puede arrebatárnoslas ni los tribunales ponerles las manos encima.

Todos recordaban que el rajá de Mahr había acudido borracho y balbuceando ante el austero ministro del Interior de la India, Sardar Patel, para firmar el Acta de Adhesión mediante la cual anexionaba su estado a la Unión India, y que había manchado su firma con sus propias lágrimas, creando, de este modo, un documento histórico único.

—Veremos —dijo Mahesh Kapoor—. Veremos. Sin duda G. N.

defenderá a Su Alteza con la misma destreza con que defendió vuestras bajezas en el pasado.

Fuera cual fuera la historia que había tras esa pulla, surtió su efecto.

El rajá de Mahr arremetió contra Mahesh Kapoor de manera repentina y malintencionada, gruñendo. Por suerte tropezó con una silla y cayó a su izquierda, sobre la mesa. Sin aliento, levantó la cara de

entre los libros de leyes y los papeles desperdigados. Pero una de las páginas de un libro de leyes se habla roto.

Durante un segundo, al mirar la página rota, el rajá de Mahr pareció aturdido, como si no supiera dónde se encontraba. Firoz, aprovechando su desorientación, fue rápidamente hacia él, y con brazo firme le condujo hacia la sala de estar. Todo acabó en pocos segundos. El rajkumar siguió a su padre.

El nawab sahib se volvió hacia Mahesh Kapoor y levantó ligeramente una mano, como para decir: «Déjalo como está.» Mahesh Kapoor se disculpó:

—Lo siento, lo siento mucho. —Pero tanto él como su amigo se referían menos al incidente que acababa de ocurrir como a que hubiera tardado tanto tiempo en visitar la Casa de Baitar.

Tras unos instantes, le dijo a su hijo:

—Venga, Maan, vámonos. —Al salir observaron, medio oculto en el camino de entrada, el largo Lancia negro del rajá, con sus matrículas como lingotes de oro macizo en las que se leía «MARH 1».

En el coche, de vuelta a Prem Nivas, cada uno se extravió en sus pensamientos. Mahesh Kapoor meditaba que, a pesar de haber llegado en un momento tan explosivo, se alegraba de no haber demorado por más tiempo aquella visita. Con sólo darle la mano se dio cuenta de lo afectado que estaba el nawab sahib.

Mahesh Kapoor creía que el nawab le llamaría al día siguiente para disculparse por lo ocurrido, aunque no le ofreciera una verdadera explicación. Todo el asunto resultaba muy embarazoso: el aire estaba lleno de sucesos extraños, llenos de cabos sueltos. Y era inquietante que llegara a formarse una coalición —aunque efímera— de antiguos enemigos con el único norte de proteger sus intereses comunes y combatir una legislación gestada durante tanto tiempo. Le habría gustado saber qué puntos débiles habían encontrado los abogados en su ley, si es que habían encontrado alguno.

Maan pensaba en lo mucho que le había alegrado volver a encontrarse con su amigo. Le dijo a Firoz que probablemente pasaría el resto de la velada con su padre, y Firoz prometió enviarle un mensaje a

Saeeda Bai —y si era necesario, llevarlo personalmente— para informarle que al Dagh sahib le resultaba imposible acudir a la cita.

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