Un buen partido
15.7
Nada más ver al nawabzada, Bibbo le entregó una carta.
—¿Cómo, en nombre del cielo, sabías que vendría esta noche? No estaba invitado.
—Esta noche todos están invitados —dijo Bibbo—. Pensé que el nawabzada no desaprovecharía la oportunidad.
Firoz rió. A Bibbo le encantaban las intrigas, y a él le convenía que así fuera, porque de otro modo le habría resultado imposible comunicarse con Tasneem. Sólo la había visto dos veces, pero le había fascinado; y él intuía que ella también debía de sentir algo por él.
Aunque sus cartas fueran modosas y discretas, el solo hecho de que ella le escribiera a escondidas de su hermana exigía valor.
—¿Hay respuesta por parte del nawabzada? —preguntó Bibbo.
—Sí, desde luego; y también algo más —dijo Firoz, entregándole una carta y un billete de diez rupias.
—Oh, pero esto es innecesario...
—Sí, lo sé —dijo Firoz—. ¿Quién más hay? —Hablaba en voz baja.
Podía oír cómo alguien salmodiaba un lamento en el piso de arriba.
Bibbo le recitó unos cuantos nombres, incluyendo el de Bilgrami sahib. Ante la sorpresa de Firoz, había varios sunnitas entre ellos.
—¿También sunnitas?
—¿Por qué no? —dijo Bibbo—. Saeeda begum no hace
discriminaciones. Incluso asisten algunas mujeres devotas... El nawabzada admitirá que se trata de algo bastante inusual. Y Saeeda Bai no permite esas injuriosas imprecaciones que tan mal ambiente crean en muchas reuniones.
—En tal caso, le habría pedido a mi amigo Maan que me acompañara —dijo Firoz.
—No, no —dijo Bibbo, sobresaltada—. Dagh sahib es hindú; eso no puede ser. Id, sí, pero Moharram... De ninguna manera. Es un asunto completamente distinto. Las procesiones callejeras están abiertas a todo el mundo, pero las reuniones privadas son otro cantar.
—De todos modos, me dijo que le diera recuerdos al periquito.
—Oh, esa miserable criatura... Me gustaría retorcerle el cuello —
dijo Bibbo. Estaba claro que algún incidente había reducido drásticamente el amor que sentía por el pájaro.
—Y Maan... Dagh sahib, quiero decir, también se preguntaba, y yo también me lo pregunto, por esa leyenda que afirma que Saeeda begum apaga con sus propias manos la sed de los viajeros en el desierto de Karbala.
—Al nawabzada le alegrará saber que no se trata de una leyenda —
dijo Bibbo, un poco molesta por el hecho de que se pusiera en duda la devoción de su ama, pero de pronto, al recordar el billete de diez rupias, le lanzó una sonrisa a Firoz—. Se la puede ver en la esquina de Khirkiwalan y Katra Mast el día en que sacan las tazias. Su madre, Moshina Bai, solía hacerlo, y ella nunca falta a su cita. Naturalmente, nadie sabe que es ella; lleva una burga. Pero incluso cuando no se encuentra bien se mantiene en su puesto; es una mujer muy piadosa.
Algunas personas creen que una cosa excluye la otra.
—No pongo en duda lo que dices —dilo Firoz seriamente—. No pretendía ofender.
Bibbo, encantada con aquella cortesía del nawabzada, dijo:
—El nawabzada está a punto de obtener una recompensa por su religiosidad.
—¿Y qué es?
—Lo verá por sí mismo.
Y así fue. Contrariamente a Maan, no se detuvo a mitad de la escalera para arreglarse el gorro. En cuanto entró en la habitación en que Saeeda Bai —que llevaba un sari azul marino y ninguna joya en la cara ni en las manos— celebraba la reunión vio —o mejor dicho, contempló— a Tasneem sentada en la parte de atrás del cuarto. Iba
vestida con un salwaar-kameez de color gamuza. Le pareció tan hermosa y exquisita como la primera ve. Tenía los ojos llenos de lágrimas. En cuanto vio a Firoz bajó la mirada.
Saeeda Bai no perdió una sílaba de su marsiya cuando vio entrar a Firoz, aunque le lanzó una mirada. Quienes la escuchaban se encontraban ya muy excitados. Hombres y mujeres lloraban; algunos se golpeaban el pecho y se lamentaban por Husein. La propia alma de Saeeda Bai parecía haber penetrado en el marsiya, aunque una parte de ella observara a los congregados y se hubiera apercibido de la entrada del hito del nawab de Baitar. Más tarde tendría que enfrentarse a ese problema; por el momento simplemente tenía que soportarlo. Pero la agitación que sentía se transmitía a su indignación contra el asesino del Imam Husein:
Y cuando ese condenado mercenario
extrajo la espada ensangrentada
el Príncipe de los mártires
inclinó la cabeza ante Dios, agradecido.
El resuelto Y brutal Shamr
desenfundó su daga y avanzó...
los cielos se estremecieron,
la tierra se sacudió
ante actos tan odiosos e infames.
Y cuando Shamr le puso la daga en la garganta
¡fue como si hubiera pisoteado
el mismísimo Libro Sagrado!
«¡Toba! ¡Toba!» «¡Ya Allah!» «¡Ya Husein!», gritaron los presentes.
Algunos estaban tan ahogados por la pena que no podían hablar, y cuando ten la siguiente estrofa se refirió al pesar de su hermana Zainab
—su desvanecimiento, su consternación cuando volvió a abrir los ojos y vio la cabeza de su hermano, la cabeza del Santo Príncipe de los Mártires ensartada en una lanza—, hubo un imponente silencio entre el
público, una pausa antes de reemprender los lamentos. Firoz le lanzó una mirada a Tasneem; ésta todavía tenía la vista baja, pero sus labios se movían siguiendo las palabras que su hermana estaba recitando:
¡Anis, deja ya de hablar
de las lamentaciones de Zainab!
El cuerpo de Husein yace ahí,
sin enterrar, al sol;
¡ay, el Profeta no encontró
la paz en su última morada!
¡Su santa progenie encarcelada
y su casa incendiada!
¡Cuántos hogares ha dejado arruinados,
desolados, la muerte de Husein!
La progenie del Profeta,
jamás volvió a conocer la felicidad.
Saeeda Bai se interrumpió y miró a su alrededor, observando a Firoz por unos instantes, a continuación a Tasneem. Al cabo de un minuto, como quien no quiere la cosa, le dijo a Tasneem:
—Ve a darle de comer al periquito, y dile a Bibbo que venga. Le gusta estar presente durante el soz-khwani. —Tasneem salió del cuarto.
Los demás miembros del público comenzaron a recuperarse y a charlar entre ellos.
A Firoz se le cayó el alma a los pies. Con los ojos siguió a Tasneem hasta la puerta. Estaba perplejo. Nunca le había parecido tan hermosa como entonces, sin adornos, con las mejillas manchadas de lágrimas.
Perdido en la contemplación, apenas se dio cuenta de que Bilgrami sahib le saludaba.
Pero Bilgrami sahib ahora le estaba hablando de aquella vez que visitó Baitar durante las celebraciones del Moharram, y, en contra de su voluntad, la mente de Firoz regresó al Fuerte y al Imambara, evocando
el refulgir blanco y rojo de la araña que colgaba del techo, las escenas de la batalla de Karbala en las paredes y la salmodia de las marsiyas bajo cientos de luces parpadeantes.
El gran héroe del nawab sahib era Al-Hur, el comandante qué al principio era enviado a prender a Husein y que al final se separaba del ejército enemigo en compañía de treinta jinetes y se unía al bando más débil para afrontar una muerte inevitable. Firoz había intentado discutir el tema con su padre una o dos veces; pero al final lo había dejado correr. Firoz sospechaba que su padre sentía cierta debilidad por la nobleza de los perdedores, pues se mostraba muy vehemente al hablar de ese asunto.
Saeeda Bai comenzó a cantar un breve marsiya particularmente adecuado para el soz. Carecía de introducción, no se glosaba la belleza física del héroe, ni éste se vanagloriaba de su linaje, de su valor o de sus proezas en el campo de batalla, ni había largas escenas de combate, ni descripciones del caballo ni de la espada, casi nada exceptuando las partes más conmovedoras del relato: las escenas de despedida de sus seres amados, los lamentos de las mujeres y los niños. A llegar a la parte de los lamentos, la voz de Saeeda Bai se alzó en el aire en un extraño lamento sollozante, intensamente musical, intensamente hermoso.
Firoz había oído el soz anteriormente. Se volvió hacia el lugar donde había estado sentada Tasneem,y observó que ahora lo ocupaba la frívola Bibbo. Iba despeinada y lloraba a lágrima viva, golpeándose el pecho, inclinada hacia adelante, como si fuera a desmayarse de tanta aflicción.
Igual ocurría con las mujeres que la rodeaban. Bilgrami sahib sollozaba cubriéndose la cara con el pañuelo, las manos apretadas en un gesto de oración. Saeeda Bai tenía los ojos cerrados; aun siendo una artista de supremo control, en aquel momento su arte se le escapaba de las manos. Su cuerpo, al igual que su voz, temblaba de pena y dolor. Y
Firoz, aunque no se diera cuenta, también lloraba de modo incontrolable.
OceanofPDF.com